24 mayo, 2020

El pan nuestro


En la tercera o cuarta semana de la pandemia, de súbito, me desperté con la necesidad de hacer pan. Prepararlo, amasarlo, hornearlo, con mis propias manos.

De pequeño ayudaba a mi madre a hacer queques. Pesaba los ingredientes con meticulosidad, embadurnaba los moldes.

Pero nunca hicimos pan.

Hasta hoy que, en pleno confinamiento, descubrí que solo se necesitan cuatro ingredientes: harina, levadura, agua y sal. 

El pan es uno de los alimentos más antiguos del hombre. Nace con el trigo, unos diez mil años a.C.

Probablemente, estos cereales remojados en agua fueron olvidados, generándose una masa intragable que se arrojó al fuego y se coció; convirtiéndose en una crujiente hojuela.

Los egipcios dominaron la técnica y los griegos y romanos la perfeccionaron. Tal vez por su antigüedad, el pan simboliza el alimento primario.  

En la religión sacia el hambre de los pobres al multiplicarse, lo mismo que los peces. En la eucaristía, es el cuerpo de Cristo que será entregado por todos nosotros.

En política representa el derecho a la alimentación. Aunque también la manipulación desde el poder que busca atrapar la voluntad del hombre por el estómago. 

¡Pan y circo!, clamaron los césares. Haya acuñó ¡Pan con libertad!, pero los pobres saben que cuando el hambre aprieta lo único que hay es ¡Pan con soledad! Y si la cosa es para llorar, ¡Pan y cebollas!

No hace mucho, comentaba con los amigos este impulso repentino que me asaltó por preparar pan. Literalmente, salté de la cama con esta necesidad. Tuve hambre de pan. Desperté como si mi reloj biológico me dijera: ya es hora.

Luego comprobé en las redes que no fui el único. Infinidad de mensajes daban cuenta de lo mismo. Había gente que contaba que sentía esa misma necesidad de preparar su hogaza en casa.

Tiene que haber una explicación psicoanálitica, estoy seguro. El enclaustramiento prolongado está surtiendo efecto. Y, como en el pasado remoto, se vienen tiempos de hambre en el mundo. 

Hay que guardar pan para mayo. Y quizás también para junio, julio, agosto y setiembre. La cosa viene pelona. Y el hambre, como el virus, mata.

Ahora que hice mi primer pan, pensé mucho en un amigo de infancia. Panadero. De padre italiano. 

Era el menor de tres hermanos. Estuvimos juntos en primaria. Llevaba panes frescos, olorosos, crujientes por fuera y esponjosos por dentro. A veces me invitaba.

Un día fui a su casa y me enseñó su panadería por dentro. Todo era un desorden armónico. Los costales de harina arrumados, las mesas pegoteadas, la manteca en latas cuadradas, un barro de harina parda en el piso y dos hornos de ladrillo con puertas de hierro pesadas que solo controlaban sus hermanos mayores.

Ese día jugamos a ser panaderos. Hicimos panes, galletas de animales y pelotas de fútbol para comer de un bocado.

A mi ese mundo me ilusionó. Preparar el pan uno mismo. Me pareció fascinante. Pero a mi amigo no. Odiaba la panadería. Su padre lo levantaba todos los días a las cuatro de la mañana para ayudar en el trabajo. Entonces entendí por qué se dormía en las clases.

Pero ese día fuimos felices jugando a preparar nuevas formas de saciar el hambre. Terminamos con harina hasta en las pestañas.

He pensado en él ahora que amasé de verdad mi primer pan. ¿Qué habrá sido de su vida? Lo único que sé es que al morir su padre, sus hermanos mayores continuaron un tiempo el oficio, pero luego lo abandonaron. Vendieron la panadería y hoy en su lugar se levanta un edificio multifamiliar. Mi amigo creció, se fue del barrio y nunca más supe de él.

Un tutorial me ha servido para convertir la harina en la foto que acompaña este post. He trabajado unas horas, y no ha sido fácil. El trabajo en sí no es fácil. Ganarás el pan con el sudor de tu frente.

Hay que mezclar los ingredientes en orden. Poco a poco, sin prisa. Temperar el agua para que la levadure funcione. Esperar. Amasar. Golpear. Estirar. Doblar. Dejar reposar. Y luego, volver a golpear. Amasar. Enseguida, suavizar el proceso. Acariciar. Doblar. Juntar la masa. Palmotear. Descansar. Hornear. 

Con pan y vino se hace el camino. El alimento que calma el hambre. De coraza dura, dorada y crujiente. Y de miga suave, porosa, humeante.  El pan. El pan nuestro. 

17 mayo, 2020

Yo no me río de la muerte



“Yo nunca me río
de la muerte.
Simplemente
sucede que
no tengo
miedo
de
morir...”
- Javier Heraud, El Viaje.


Escucho al médico internista en RPP y vuelvo a pensar en ella.

Es difícil hacerlo cuando directamente no te ha golpeado o cuando lo hizo estabas como ausente.

De niño sentía su presencia cada noche.

Pensaba que se llevaría a mi madre y eso me producía una gran tristeza. 

Un hueco en el pecho me atravesaba de palmo a palmo.

No quemaba. Dolía. 

El dolor del corazón es el dolor de la oquedad.

A los doce años la vi a los ojos. Un auto casi me atropella, pero me salvó el instinto y la adrenalina acumulada en mis piernas que me hicieron correr, mientras el auto quemaba llantas, resbalándose en la calzada.

A los quince años visitó a uno de mis amigos.

Entonces, la conocí. Y pude sentir el dolor en el dolor ajeno.

Pensaba, si ayer nomás fuimos a verlo al hospital.

Estaba en pijama. Un pijama grande para su cuerpo esmirriado.

Hicimos una travesura y nos escapamos de las enfermeras.

Nos llevó a un sótano, y luego a otro. 

“Aquí vienen todos”, nos dijo.

“Los dejan en una cámara fría como una refrigeradora”.

—¿Tienes miedo?, preguntó.

—No, dije. Tengo pena.

—Ah, tienes miedo, miedo, ja, ja, ja, ja.

—¿Y tú?

—Ayer trajeron a uno de mis amigos del pabellón. Se lo llevaron a operar y no regresó. Casi nadie regresa. Tenía miedo. Yo no.

El día de su muerte estaba a punto de ir al colegio. El uniforme gris, pantalón y chompa plomo derretido, era lo más cercano que tenía al luto.

Sentí el dolor en el dolor de su madre, que encaneció en un segundo.

El tiempo pasó y fuimos creciendo. 

Pero cada vez que pasaba su madre a comprar al mercado, ella nos veía en silencio, con una mezcla de tristeza y resignación, como si una parte de su vida se hubiera ido ese día con su hijo.

Muchos años después, pero muchos años después, murió mi abuelo. Mi corazón había dejado de ser de niño. Entendía la muerte como algo natural. Mi abuelo vivió su vida y se fue sin molestar a nadie. 

Un día se durmió y no despertó más. 

He sentido luego otras muertes. Muertes cercanas, como la madre de mi amigo. Mi suegra. Otro amigo de infancia. Y muertes lejanas, muchas muertes lejanas.

Hoy ella se pasea por todos lados.

Flirtea, acecha, atrapa.

¿Qué pasará cuando la tenga que mirar a los ojos?

¿Qué pensará el médico cuando tenga que decidir?

Quizás no diga nada. Y no tenga miedo.

O quizás piense en la segunda estrofa del poeta:
“Yo no me río de la muerte.
Pero a veces tengo sed
y pido un poco de vida”.







25 abril, 2020

Los caminantes



Aparecieron transgrediendo las órdenes del Estado. Rompieron el aislamiento y el distanciamiento social. No les importó el peligro al contagio. Ni el miedo a la muerte. Son los caminantes pobres del Perú. Ciudadanos ubicados en el fondo de la escala social, a los que no les llega el bono del gobierno, ni la canasta de víveres. Nada.

Muchos de ellos llegaron a la capital para trabajar en lo que sea y ganar algo de plata. Lo hacen siempre en el verano. Vienen de distintos rincones del país a la capital a ganarse alguito. Trabajan como ambulantes, se emplean en negocios familiares; las mujeres optan por trabajar en casas, vender en mercados, tiendas o lavar ropa.

El Covid-19 frustró sus planes. El sistema informal que los sostenía colapsó con la cuarentena obligatoria. Desapareció el comercio, paró la economía. Los magros ahorros se agotaron y no tuvieron ni para proveerse alimentos, ni para pagar sus cuartos en la ciudad. 

El hambre, la incertidumbre, el miedo, aparecieron. No había más qué hacer. Y como dice la canción, su única alternativa fue  regresar a la tierra en que nacieron. 

Entraron, entonces, en desobediencia civil.Una vez más, el Estado no supo ni prever la situación, ni atenderla como es debida cuando estalló.

Los caminantes se empezaron a juntar. Llegaron a las diversas salidas de Lima. Los que iban al norte se concentraron en La Victoria. Los que viajaban al centro se quedaron en la carretera central. Los que iban al sur, en Lurín. Los que pensaban retornar a la selva se acomodaron en las afueras del Grupo Aéreo Nº 8, esperando un vuelo humanitario.

La policía tuvo que intervenir para impedir su avance desesperado, desordenado, en turbamulta. No hay libertad de tránsito en el país. La cuarentena implica el encierro obligatorio. Pero, los caminantes no pueden darse ese lujo. Si no mueren por la infección, morirán por inanición.

Las regiones a las que pertenecen deben inscribirlos y organizarse para recibirlos; disponer de hoteles, carpas, para obligarlos a cumplir su cuarentena. Antes de salir también deben pasar por el protocolo de despistaje. Solo los sanos pueden seguir su viaje. Los sintomáticos deben permanecer en cuarentena; atendidos por el Estado, quien, una vez más, les ha fallado.

Según cifras oficiales de la PCM, hasta ayer había 167,000 inscritos para viajar a diversas regiones del país. De ellos, 3,579  lograron ser atendidos y pasar su prueba de despistaje;  en tanto que 1,621 regresaron a 7 regiones. 

La capacidad para hacerles las pruebas rápidas, según anunció el ministro Zeballos,  es de 800 atenciones diarias. A ese ritmo, para atender a todos los inscritos, se necesitarán 208 días de pruebas, si es que nadie más se anota. En el mejor de los casos, las pruebas terminarán ¡en 7 meses!

Urge tratar la emergencia sanitaria como una guerra. Disponer de inmediato centros temporales de aislamiento en estadios, coliseos deportivos, parques zonales, iglesias. Hacer lo mismo que se hizo en la Plaza de Toros de Acho.

Informar a los caminantes las distintas ubicaciones de estos centros temporales de aislamiento y control sanitario. Lograr que las municipalidades se encarguen de su alimentación (La Victoria es la única que lo ha hecho). Organizar el transporte interprovincial y disponer su servicio. Las líneas aéreas privadas pueden también encargarse de trasladar a los pasajeros a los puntos más alejados.

Lo que no puede permitir el Estado es que los caminantes pasen la noche en el suelo, a la vera de las calzadas, que no tengan alimento, ni abrigo. Ellos no tienen otra opción. No son locos, irresponsables o insensibles. Son pobres. Pobres. Y están desesperados. 


10 abril, 2020

COVID-19: El ápex


El Dr. Elmer Huertas lo comentó esta semana. El 21 de abril el Perú llegará a su ápex, el pico más alto de la pandemia, que desbordará el sistema de salud, generando más infectados, más pacientes críticos mas ingresos a UCI y más muertes. Eso pasó en todos los países donde apareció el SARS-coV-2. Al día 47 del paciente cero, se produjo el clímax de atenciones límites. 

Cuando ese momento llega, los médicos deben replantear sus decisiones al constatar que las UCI y los respiradores mecánicos, son insuficientes. ¿A quiénes salvan?

La directora del Comando COVID, Dra. Pilar Mazzetti, lo ha dejado claro: “Estamos en guerra. Y el objetivo de esta guerra es tener la menor cantidad de bajas”. 

Desde Italia, cuando entraron a su ápex, las noticias parecían crueles: “están dejando morir a los ancianos; prefieren salvar a los más jóvenes”. 

En un hospital de Madrid, una doctora instruía a su personal médico sobre “la ética utilitarista en casos de catástrofes”, un protocolo para decidir la prioridad de atención de los pacientes, que equivale, muchas veces, a optar entre la vida y la muerte.

El valor principal del procedimiento es la utilidad. Pero no la utilidad individual, sino social. 

Ante la disyuntiva de dos pacientes graves con la misma necesidad de atención de un respirador mecánico, se prefiere al que asegure mejores años de vida útil para la sociedad. No al más joven. 

Así, entre un paciente de 40 años con cáncer terminal y esperanza de calidad de vida de un año y otro de 50 años con otras morbilidades, pero con mayor techo de vida, se decide por el segundo. 

Es duro, pero es el protocolo que se usa para casos de desastres. Su raíz es tan antigua como la práctica misma de la medicina. 

El juramento hipocrático, un conjunto de principios éticos, es uno de los instrumentos más antiguos que guían la acción del médico. 

Los hebreos también tienen un código de comportamiento médico que establece varios principios en caso de decisiones límite: Si hay una sola cama disponible y llegan dos pacientes, se le da el tálamo a quien tenga más probabilidad de cura, pero si esta ya la ocupa otro enfermo que tiene menos probabilidad de curarse, se prohibe desalojarlo para dársela al que tiene más viabilidad.

Las guerras mundiales y los sucesos catastróficos hicieron que se genere nuevos protocolos para atención de pacientes en situaciones de desborde del sistema sanitario, como el que vivimos ahora con la pandemia del coronavirus. 

En este caso, se aplica lo que se conoce como “Triaje de Guerra”. Los enfermos son seleccionados para su atención por colores: verde, leve; amarillo, recuperable; rojo, crítico, actuar de inmediato; y negro, es no recuperable, se le seda. Gris, ni se lo mira, excepto que empiece a tener síntomas.

En esta guerra mundial que libramos contra el Coronavirus, los países empiezan a actuar con esta lógica. Desbordado el sistema sanitario, lo que sigue es la acumulación de cadáveres. Estados Unidos ya empezó entierros masivos en Hart Island, al noreste del Bronx.   

Pero no se confunda. La acción de salvar a un paciente y dejar ir a otro es un acto de amor. De amor al prójimo. De amor a la vida. 

La decisión la toman a diario los médicos, quienes se someten a duras pruebas y dilucidan situaciones éticas complejas.

Y,  a veces, la decisión nace del propio paciente, como aquella mujer de más de noventa años, en un hospital de Italia, quien al ver a un joven que necesitaba un respirador le dijo a su médico: “póngasela a él, doctor, yo ya he tenido una vida bastante buena”. 



05 abril, 2020

Soplo de vida*

Contra el reloj, ingenieros de la UNI diseñan prototipo de ventilador mecánico súper económico.

El número de contagiados por coronavirus en el Perú sigue en aumento. A punto de superar la curva de los 1.000 contagiados y pasar los 24 fallecidos, médicos intensivistas, enfermeras y técnicos se preparan para dar batalla en el último reducto de la enfermedad: la Unidad de Cuidados Intensivos (UCI). Que tiene como elemento esencial al respirador artificial, un dispositivo electro-mecánico que ayuda con la respiración de los pacientes en estado más crítico. 

Actualmente, tenemos 852 UCI, de las cuales 276 han sido destinadas para pacientes contagiados con el Covid-19. Cuando entremos en el pico de la enfermedad –en tres o cuatro semanas– todos los esfuerzos se concentrarán en los ventiladores mecánicos, cuya producción ya empieza a escasear en el mundo. La importación de uno de estos equipos cuesta entre US$ 20.000 y US$ 50.000 dólares y traerlos a nuestros hospitales tardaría por lo menos 2 meses.

Hace dos semanas, Manuel Luque Casanave, profesor e investigador de la Universidad Nacional de Ingeniería (UNI), recibió una llamada del rector de su casa de estudios, quien le informó que el presidente Martín Vizcarra requería que se buscara una solución inmediata para fabricar ventiladores mecánicos en el país. “Tiene que ser una solución rápida y económica”, le explicó el rector.

Sin pensárselo dos veces, Luque Casanave se puso a la orden. De inmediato convocó aalumnos y egresados de ingeniería mecatrónica y mecánica de la UNIy tras cinco días de febril trabajo el resultado fue un prototitpo de ventilador mecánico, cuyas piezas se fabrican en impresoras 3D. “Está compuesto de un monitor que indica los signos vitales de la persona, un ventilador electromecánico que ayuda a llevar oxígeno a los pulmones y elimina el CO2, ductos, válvulas y filtros”, explica. 
El equipo del ingeniero Luque Casanave viene siendo asesorado por un grupo de médicos del Ministerio de Salud (MINSA), con quienes tienen una reunión virtual cada dos días. Además, se han puesto en contacto con Fab Lab Perú, una organización sin fines de lucro que promueve el uso de impresoras 3D. 

Según sus cálculos, cada impresora puede fabricar un ventilador mecánico en dos o tres días. A mayor número de impresoras 3D, se podría acelerar el proceso de elaboración de los ventiladores mecánicos. Por esta razón, espera poder apelar a la solidaridad de las personas que tengan una impresora 3D para imprimir ciertas piezas del ventilador mecánico desde sus hogares, una vez que el prototipo sea aprobado por el ministerio

Cada uno de estos ventiladores tiene un costo aproximado de US$ 500, precio súper económico comparado con lo que cuestan los modelos importados. En estos momentos, el norte del país reclama con urgencia estos ventiladores. Tumbes tiene solo uno y Piura tres. Loreto acaba de recibir siete. Pero, si el virus escala en proporciones geométricas, se necesitarán más. Muchos más.

Una vez pasada la crisis del coronavirus, estos ventiladores podrían seguir funcionando, e incluso, evolucionar sin ningún problema. “Se podrán automatizar un poco más. Ahora tienen lo suficiente para solucionar esta emergencia, pero una vez que se abra nuevamente el comercio y la industria, podremos ponerle aún más elementos y tener una versión 2.0”. 

Personas como Manuel Luque Casanave y su grupo de ingenieros conectados a través de Zoom o Hangouts, trabajando 12 horas diarias en el proyecto, nos hacen pensar que, tal vez, sí tengamos las herramientas para hacerle frente a la pandemia. Solucionar el diseño y la producción de ventiladores mecánicos para los pacientes más graves es una carrera contra el tiempo de la que están dispuestos a salir victoriosos. Y a dejar, su último aliento.  (Luis Alvaro Chávez Hinojosa).



* Nota publicada en Caretas 2634, jueves 2 de abril de 2020, elaborada con datos al martes 31 de marzo de 2020.



29 marzo, 2020

SARS-CoV-2: Decisiones de Estado


Los Estados son entelequias políticas. Los jefes de Estado son los que lo representan, según la Constitución. Y en circunstancias extremas, los diferencian. La pandemia de SARS-Cov2 que enferma al mundo de COVID-19, ha sacado a relucir el comportamiento de los Estados, o, mejor dicho, de los timoneles que los guían. 

Con esa serenidad que los propios alemanes le reconocen, Angela Merkel fue la primera estadista en reconocer que al final del día, el 70% del mundo quedaría infectado del nuevo coronavirus. Su respuesta inmediata fue cerrar las exportaciones de equipos y medicinas.

Boris Johnson, el primer ministro de ideas y cabellos alborotados, quiso permanecer inmutable ante el avance de la pandemia y se dedicó a estrechar manos en señal de confianza. Cuando vio las cifras del Imperial College que pronosticaban más de medio millón de muertos, reculó, dictó medidas de asilamiento, pero fue muy tarde: también él se contagió de coronavirus.

El caso más paradigmático es el del presidente de los Estados Unidos, Donald Trump. Insistió hasta la víspera en llamar “virus chino” a la nueva cepa de coronavirus para insistir en su origen y de paso castigar a su rival económico y político. 

Como en el caso de su colega del Reino Unido, también se resistió a declarar asilamiento obligatorio. Hoy Estados Unidos es el nuevo foco del COVID-19 y Nueva York el centro de la pandemia. 

En nuestra región, tenemos al presidente Jair Bolsonaro y al presidente López Obrador de México, cada quién en su estilo, poniéndose del lado negacionista y contraviniendo las recomendaciones de aislamiento de la Organización Mundial de la Salud. 

El resultado: Bolsonaro, en su momento de mayor debilidad, con rumores de reuniones de las Fuerzas Armadas y evaluación de escenarios, peleado con sus gobernadores y con la opinión pública, que piensan lo contrario. 

En México, el presidente dejó las estampitas religiosas y las recomendaciones de salir a los restaurantes y cuando la cifra de contagiados empezó a desbordarse, se animó a decirle a su gente que mejor permaneciera en sus casas.

La persona es el fin supremo del Estado, reza la mayoría de constituciones en el mundo. Pero son los jefes de Estado o de Gobierno, seres de carne y hueso, los que deben concretar esa orientación. 

Son los primeros mandatarios los que dan sentido a los fines que el Estado asume para sus ciudadanos, en este caso, defender la dignidad humana. 

El COVID-19, puso a muchos Estados en la disyuntiva de defender este principio o sucumbir a las necesidades de la economía, bajo los mismos argumentos –defender la dignidad humana– pero en el largo plazo. 

No es una decisión fácil, como podría pensarse. En situaciones como las que vivimos sale a relucir el temple de los líderes. Su orientación humana y su sentido de la ética. 

Suena válido el argumento de defender la base económica del país y evitar en un futuro mediato mayor pobreza y más muertes ante una crisis económica global. 

Pero, la velocidad de irradiación de la cepa vírica COVID-19 fue tan agresiva que ningún sistema de salud lo podía soportar. 

No estábamos preparados para una guerra virológica de tamaña magnitud. 

Los Estados tuvieron, entonces, que decidir: defender primero la vida de las personas y atender luego la recuperación económica. 

Si tienes un edificio en llamas, con personas adentro, la primera pregunta no es cómo reconstruyes el edificio, sino cómo salvas a las personas. Ese tipo de decisiones son las que toman los jefes de Estado o de Gobierno. Parece fácil, pero ya vemos que no. 



21 marzo, 2020

La cueva global


30 mil años a.C., cuando el hombre se asustaba, se refugiaba en las cuevas. Le temía a las fieras, a los fenómenos naturales, a lo desconocido. Dos milenios d.C., volvemos a hacer lo mismo. Nos refugiamos en casa por temor al COVID-19. Nos protegemos en el primer y último reducto que hemos construido. 

Pasamos de la aldea global a la cueva global. En todo el planeta el hombre se refugia en su guarida. No debe, no puede, salir. Si lo hace se expone al contagio masivo por Coronavirus; un virus que no tiene aun vacuna y que empieza a dominar la vida y actividad humana.

No es tan letal, pero sí altamente contagioso. La rapidez con la que afecta al ser humano vulnera cualquier capacidad de atención sanitaria. China tuvo que construir un hospital en diez días para atender a los enfermos. Usó toda su potencia tecnológica, logística y política. El Estado en su máxima actividad. La coerción que vimos al comienzo contra los pacientes es ahora comprendida en todo el mundo.

El Reino Unido pensó al comienzo en la tesis de la imnunidad del rebaño. Es decir, la imnunidad de grupo: cuanto más gente se contagia y supera la infección (se vuelve inmune), menos posibilidades de que se produzcan brotes altos de infectados. 

Martin Hibberd, profesor de Enfermedades Infecciosas Emergentes de la Escuela de Higiene y Medicina Tropical de Londres, lo explicó así: "Cuando alrededor del 70% de la población se haya infectado y recuperado, las posibilidades de que se produzcan brotes de la enfermedad son mucho menores porque la mayoría de las personas son resistentes a la infección". 

Pero los modelos matemáticos de investigadores del Imperial College, no dejaron duda alguna. Aplicando un modelo epidemiológico que evaluaba el número de infectados versus las camas con respiradores necesarios para los enfermos, la política de no hacer nada, arrojó en Inglaterra 510 mil muertos y en Estados Unidos 2 millones 200 mil.


¿Qué hacer entonces? Hay varias decisiones que se irán probando en el camino. La primera de ellas ya se resolvió. Entre mitigar y suprimir, todo indica que lo más aconsejable es suprimir todo contacto humano. Aislar social y obligatoriamente a las personas. No solo reducir el contacto en algunas actividades, sino hacerlo en seco y de manera radical para todo grupo humano. 

De esta manera, no solo menos gente se contagiaría, sino que, la que lo hace, podría ser mejor atendida por el sistema de salud. El objetivo es que el sistema de salud no colapse por desborde incontrolable de casos.

Sin embargo, esta forma radical de mantener al hombre en la cueva tiene su contraparte. Se le llama fatiga de comportamiento. La gente se cansa de estar encerrada y cada vez más seguido tiende a romper el cerco sanitario y escapa de la casa.

Esta conducta posible abre un tercer escenario: aplicar una política intermedia de encierro total por un periodo de tiempo, luego un tiempo sin restricciones, posible rebrote de la enfermedad y nuevamente encierro total por otro tiempo, y así hasta reducir la velocidad de contagio. 

Todas estas medidas nacidas de cálculos econométricos han sido hechas solo teniendo en cuenta el punto de vista de la salud pública. Si le agregamos a ella la variable de impacto económico real para las familias y el país —trabajo, producción, comercioservicios—, las pérdidas son incalculables. 

Mientras tanto, el hombre, asustado, pero activo, ha decidido encerrarse en su cueva global y vivir conectado a internet. Cuando salga, es muy probable que el mundo sea diferente.