Mostrando las entradas con la etiqueta coronavirus. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta coronavirus. Mostrar todas las entradas

13 febrero, 2021

Oxígeno y mercado negro

 

“El problema del oxígeno no es solo en el Perú”, ha dicho el presidente Francisco Sagasti. “Miren México, vean España”, ha complementado. Cuando todos pensábamos que la demanda se había duplicado, el presidente nos ha dicho que en realidad se ha triplicado.

 

La segunda ola ha disparado el contagio y este la demanda de oxígeno. La Organización Mundial de la Salud (OMS) prevé que tres de cada cinco países en el mundo requieren oxígeno medicinal.

 

Ahora bien, México y Perú se parecen y difieren en muchas cosas. 

 

Aquí la gente se amanece dos o tres días en la puerta de un expendedor o distribuidor para llenar un tanque de 10m3. Se desespera, pero aguarda una ayuda. En México, la Guardia Nacional ha salido a resguardar los camiones repartidores de bandas armadas que asaltan el oxígeno en el camino para venderlo en el mercado negro. 

 

Aquí, por ahora, seguimos desplegando campañas para ayudar a aumentar la producción de oxígeno. La empresa privada realiza denodados esfuerzos para este fin. En México, el gobierno ha dispuesto surtidores gratuitos en distintos puntos del D.F. para que la gente se abastezca del vital elemento. 

 

En el Perú tenemos un déficit diario de producción de oxígeno de 110 toneladas métricas, según han informado las autoridades de Salud. En México el problema no es de producción, sino de logística, no hay balones suficientes.

 

Aquí nos movemos en un mercado de escasez con rasgos iniciales de mercado negro. En México, ya tienen un mercado de la muerte a toda madre. Allá los pocos balones de oxígeno que hay se venden a precios exorbitantes. La solución era importarlos de Estados Unidos, pero ahora ese país también está saturado por la enfermedad y no exporta balones. Los fabricados en China demorarán meses en llegar. 

 

Entonces, se abre el mercado de la muerte. En México los balones se alquilan por días y semanas. También se alquilan los concentradores de oxígeno —pequeños productores de oxígeno medicinal que pueden ser enchufados en casa— a un precio de 100 dólares a la semana. El negocio es lucrativo. Y si no tienes plata para este servicio, te mueres.

 

Aquí, en Perú, se conoce de alquiler de balones, pero no concentradores de oxígeno que pueden costar en el mercado interno entre 1200 y 1700 dólares. No tenemos noticias de que se estén alquilando, pero no sería raro. El mercado de la muerte tarde o temprano se abre en todas partes. Una forma de evitarlo es abrir la libre importación de concentradores y dispositivos de alto flujo de oxígeno. Y desbaratar la maraña burocrática que se lleva vidas.

01 noviembre, 2020

Ola de furia

 

Europa otra vez vive aterrada. La segunda ola del coronavirus ha ocasionado que los gobiernos vuelvan a endurecer las medidas sanitarias. Los bares, restaurantes, discotecas y gimnasios, se cierran. Inglaterra, Francia, Itlaia, Alemania, España y Francia coinciden en la alerta roja.

 

Los que no parecen entender del todo las medidas son los ciudadanos. Cansados, angustiados, desesperados, por más de seis meses de confinamiento, algunos grupos han salido a protestar en las calles.

 

¿Qué los empuja? ¿Qué fuerza los impele a desafiar la muerte? 

 

Lo han hecho, además, con irracional violencia. Incendios y batalla campal.

 

Jóvenes extremistas identificados como de derecha han atentado contra la propiedad privada. Parece un contrasentido. 

 

Su ira refleja que están hartos no solo del encierro, sino de la parálisis económica. Los trabajos no se han recuperado y sienten que el futuro se les escapa de las manos.

 

Entre los objetivos de los iracundos protestantes han estado los bancos y las tiendas de escaparate, las cuales, han vaciado. 

 

Pero también han salido a protestar los viejos. Adultos mayores refugiados, muchas veces abandonados en casas especializadas, que ya no aguantan más. 

 

Y aunque salen a protestar con su barbijo puesto y en filas ordenadas, con pancartas y arengas más bien tiernas como: “Queremos vivir en libertad los últimos días que nos quedan”, muchos, en su desesperación, tiran sus tapabocas frente a las cámaras.

 

La policía ha tenido que contener el desbande usando la fuerza. Y apagando los  incendios callejeros que provocan en diversos puntos. No solo en las capitales, sino también en las regiones.

 

Es como si las democracias europeas hubieran sido puestas nuevamente a prueba. 

 

Occidente se resquebraja, frente a un oriente que parece llevar mejor las expectativas de su población y el regreso a la nueva mormalidad.

 

En el caso de Wuhan, China, no solo han reabierto los negocios y colegios, sino que hasta han vuelto los conciertos y espectáculos masivos.

 

En Europa, en cambio, la gente está harta y furiosa. Los lemas que se corean en las ciudades levantadas lo grafican muy bien: “No queremos bozales, no somos animales”, “la izquierda y la derecha son la misma mierda”. 

 

Y es que la chispa que encendió el descontento ha sido el regreso del toque de queda. La inmovilidad social. 

 

De nada valen los argumentos y cifras que hasta el momento ha generado la pandemia: más de un millón de muertos.

 

Ni siquiera el recuerdo fresco del desborde de los sistemas de salud, la velocidad del contagio o la falta de una vacuna segura este año, disuaden a los protestantes.

 

Los gobiernos culpan a los ciudadanos que bajaron la guardia ante la llegada del verano europeo. Y los ciudadanos a los gobiernos que no parecen ofrecer nada más que recomendaciones básicas... y más distanciamiento social.

 

Estamos avisados en América. Debemos evitar que la segunda ola pandémica se  convierta también en el desborde de una ola de furia contenida.

 

 

 

10 abril, 2020

COVID-19: El ápex


El Dr. Elmer Huertas lo comentó esta semana. El 21 de abril el Perú llegará a su ápex, el pico más alto de la pandemia, que desbordará el sistema de salud, generando más infectados, más pacientes críticos mas ingresos a UCI y más muertes. Eso pasó en todos los países donde apareció el SARS-coV-2. Al día 47 del paciente cero, se produjo el clímax de atenciones límites. 

Cuando ese momento llega, los médicos deben replantear sus decisiones al constatar que las UCI y los respiradores mecánicos, son insuficientes. ¿A quiénes salvan?

La directora del Comando COVID, Dra. Pilar Mazzetti, lo ha dejado claro: “Estamos en guerra. Y el objetivo de esta guerra es tener la menor cantidad de bajas”. 

Desde Italia, cuando entraron a su ápex, las noticias parecían crueles: “están dejando morir a los ancianos; prefieren salvar a los más jóvenes”. 

En un hospital de Madrid, una doctora instruía a su personal médico sobre “la ética utilitarista en casos de catástrofes”, un protocolo para decidir la prioridad de atención de los pacientes, que equivale, muchas veces, a optar entre la vida y la muerte.

El valor principal del procedimiento es la utilidad. Pero no la utilidad individual, sino social. 

Ante la disyuntiva de dos pacientes graves con la misma necesidad de atención de un respirador mecánico, se prefiere al que asegure mejores años de vida útil para la sociedad. No al más joven. 

Así, entre un paciente de 40 años con cáncer terminal y esperanza de calidad de vida de un año y otro de 50 años con otras morbilidades, pero con mayor techo de vida, se decide por el segundo. 

Es duro, pero es el protocolo que se usa para casos de desastres. Su raíz es tan antigua como la práctica misma de la medicina. 

El juramento hipocrático, un conjunto de principios éticos, es uno de los instrumentos más antiguos que guían la acción del médico. 

Los hebreos también tienen un código de comportamiento médico que establece varios principios en caso de decisiones límite: Si hay una sola cama disponible y llegan dos pacientes, se le da el tálamo a quien tenga más probabilidad de cura, pero si esta ya la ocupa otro enfermo que tiene menos probabilidad de curarse, se prohibe desalojarlo para dársela al que tiene más viabilidad.

Las guerras mundiales y los sucesos catastróficos hicieron que se genere nuevos protocolos para atención de pacientes en situaciones de desborde del sistema sanitario, como el que vivimos ahora con la pandemia del coronavirus. 

En este caso, se aplica lo que se conoce como “Triaje de Guerra”. Los enfermos son seleccionados para su atención por colores: verde, leve; amarillo, recuperable; rojo, crítico, actuar de inmediato; y negro, es no recuperable, se le seda. Gris, ni se lo mira, excepto que empiece a tener síntomas.

En esta guerra mundial que libramos contra el Coronavirus, los países empiezan a actuar con esta lógica. Desbordado el sistema sanitario, lo que sigue es la acumulación de cadáveres. Estados Unidos ya empezó entierros masivos en Hart Island, al noreste del Bronx.   

Pero no se confunda. La acción de salvar a un paciente y dejar ir a otro es un acto de amor. De amor al prójimo. De amor a la vida. 

La decisión la toman a diario los médicos, quienes se someten a duras pruebas y dilucidan situaciones éticas complejas.

Y,  a veces, la decisión nace del propio paciente, como aquella mujer de más de noventa años, en un hospital de Italia, quien al ver a un joven que necesitaba un respirador le dijo a su médico: “póngasela a él, doctor, yo ya he tenido una vida bastante buena”. 



05 abril, 2020

Soplo de vida*

Contra el reloj, ingenieros de la UNI diseñan prototipo de ventilador mecánico súper económico.

El número de contagiados por coronavirus en el Perú sigue en aumento. A punto de superar la curva de los 1.000 contagiados y pasar los 24 fallecidos, médicos intensivistas, enfermeras y técnicos se preparan para dar batalla en el último reducto de la enfermedad: la Unidad de Cuidados Intensivos (UCI). Que tiene como elemento esencial al respirador artificial, un dispositivo electro-mecánico que ayuda con la respiración de los pacientes en estado más crítico. 

Actualmente, tenemos 852 UCI, de las cuales 276 han sido destinadas para pacientes contagiados con el Covid-19. Cuando entremos en el pico de la enfermedad –en tres o cuatro semanas– todos los esfuerzos se concentrarán en los ventiladores mecánicos, cuya producción ya empieza a escasear en el mundo. La importación de uno de estos equipos cuesta entre US$ 20.000 y US$ 50.000 dólares y traerlos a nuestros hospitales tardaría por lo menos 2 meses.

Hace dos semanas, Manuel Luque Casanave, profesor e investigador de la Universidad Nacional de Ingeniería (UNI), recibió una llamada del rector de su casa de estudios, quien le informó que el presidente Martín Vizcarra requería que se buscara una solución inmediata para fabricar ventiladores mecánicos en el país. “Tiene que ser una solución rápida y económica”, le explicó el rector.

Sin pensárselo dos veces, Luque Casanave se puso a la orden. De inmediato convocó aalumnos y egresados de ingeniería mecatrónica y mecánica de la UNIy tras cinco días de febril trabajo el resultado fue un prototitpo de ventilador mecánico, cuyas piezas se fabrican en impresoras 3D. “Está compuesto de un monitor que indica los signos vitales de la persona, un ventilador electromecánico que ayuda a llevar oxígeno a los pulmones y elimina el CO2, ductos, válvulas y filtros”, explica. 
El equipo del ingeniero Luque Casanave viene siendo asesorado por un grupo de médicos del Ministerio de Salud (MINSA), con quienes tienen una reunión virtual cada dos días. Además, se han puesto en contacto con Fab Lab Perú, una organización sin fines de lucro que promueve el uso de impresoras 3D. 

Según sus cálculos, cada impresora puede fabricar un ventilador mecánico en dos o tres días. A mayor número de impresoras 3D, se podría acelerar el proceso de elaboración de los ventiladores mecánicos. Por esta razón, espera poder apelar a la solidaridad de las personas que tengan una impresora 3D para imprimir ciertas piezas del ventilador mecánico desde sus hogares, una vez que el prototipo sea aprobado por el ministerio

Cada uno de estos ventiladores tiene un costo aproximado de US$ 500, precio súper económico comparado con lo que cuestan los modelos importados. En estos momentos, el norte del país reclama con urgencia estos ventiladores. Tumbes tiene solo uno y Piura tres. Loreto acaba de recibir siete. Pero, si el virus escala en proporciones geométricas, se necesitarán más. Muchos más.

Una vez pasada la crisis del coronavirus, estos ventiladores podrían seguir funcionando, e incluso, evolucionar sin ningún problema. “Se podrán automatizar un poco más. Ahora tienen lo suficiente para solucionar esta emergencia, pero una vez que se abra nuevamente el comercio y la industria, podremos ponerle aún más elementos y tener una versión 2.0”. 

Personas como Manuel Luque Casanave y su grupo de ingenieros conectados a través de Zoom o Hangouts, trabajando 12 horas diarias en el proyecto, nos hacen pensar que, tal vez, sí tengamos las herramientas para hacerle frente a la pandemia. Solucionar el diseño y la producción de ventiladores mecánicos para los pacientes más graves es una carrera contra el tiempo de la que están dispuestos a salir victoriosos. Y a dejar, su último aliento.  (Luis Alvaro Chávez Hinojosa).



* Nota publicada en Caretas 2634, jueves 2 de abril de 2020, elaborada con datos al martes 31 de marzo de 2020.



29 marzo, 2020

SARS-CoV-2: Decisiones de Estado


Los Estados son entelequias políticas. Los jefes de Estado son los que lo representan, según la Constitución. Y en circunstancias extremas, los diferencian. La pandemia de SARS-Cov2 que enferma al mundo de COVID-19, ha sacado a relucir el comportamiento de los Estados, o, mejor dicho, de los timoneles que los guían. 

Con esa serenidad que los propios alemanes le reconocen, Angela Merkel fue la primera estadista en reconocer que al final del día, el 70% del mundo quedaría infectado del nuevo coronavirus. Su respuesta inmediata fue cerrar las exportaciones de equipos y medicinas.

Boris Johnson, el primer ministro de ideas y cabellos alborotados, quiso permanecer inmutable ante el avance de la pandemia y se dedicó a estrechar manos en señal de confianza. Cuando vio las cifras del Imperial College que pronosticaban más de medio millón de muertos, reculó, dictó medidas de asilamiento, pero fue muy tarde: también él se contagió de coronavirus.

El caso más paradigmático es el del presidente de los Estados Unidos, Donald Trump. Insistió hasta la víspera en llamar “virus chino” a la nueva cepa de coronavirus para insistir en su origen y de paso castigar a su rival económico y político. 

Como en el caso de su colega del Reino Unido, también se resistió a declarar asilamiento obligatorio. Hoy Estados Unidos es el nuevo foco del COVID-19 y Nueva York el centro de la pandemia. 

En nuestra región, tenemos al presidente Jair Bolsonaro y al presidente López Obrador de México, cada quién en su estilo, poniéndose del lado negacionista y contraviniendo las recomendaciones de aislamiento de la Organización Mundial de la Salud. 

El resultado: Bolsonaro, en su momento de mayor debilidad, con rumores de reuniones de las Fuerzas Armadas y evaluación de escenarios, peleado con sus gobernadores y con la opinión pública, que piensan lo contrario. 

En México, el presidente dejó las estampitas religiosas y las recomendaciones de salir a los restaurantes y cuando la cifra de contagiados empezó a desbordarse, se animó a decirle a su gente que mejor permaneciera en sus casas.

La persona es el fin supremo del Estado, reza la mayoría de constituciones en el mundo. Pero son los jefes de Estado o de Gobierno, seres de carne y hueso, los que deben concretar esa orientación. 

Son los primeros mandatarios los que dan sentido a los fines que el Estado asume para sus ciudadanos, en este caso, defender la dignidad humana. 

El COVID-19, puso a muchos Estados en la disyuntiva de defender este principio o sucumbir a las necesidades de la economía, bajo los mismos argumentos –defender la dignidad humana– pero en el largo plazo. 

No es una decisión fácil, como podría pensarse. En situaciones como las que vivimos sale a relucir el temple de los líderes. Su orientación humana y su sentido de la ética. 

Suena válido el argumento de defender la base económica del país y evitar en un futuro mediato mayor pobreza y más muertes ante una crisis económica global. 

Pero, la velocidad de irradiación de la cepa vírica COVID-19 fue tan agresiva que ningún sistema de salud lo podía soportar. 

No estábamos preparados para una guerra virológica de tamaña magnitud. 

Los Estados tuvieron, entonces, que decidir: defender primero la vida de las personas y atender luego la recuperación económica. 

Si tienes un edificio en llamas, con personas adentro, la primera pregunta no es cómo reconstruyes el edificio, sino cómo salvas a las personas. Ese tipo de decisiones son las que toman los jefes de Estado o de Gobierno. Parece fácil, pero ya vemos que no. 



21 marzo, 2020

La cueva global


30 mil años a.C., cuando el hombre se asustaba, se refugiaba en las cuevas. Le temía a las fieras, a los fenómenos naturales, a lo desconocido. Dos milenios d.C., volvemos a hacer lo mismo. Nos refugiamos en casa por temor al COVID-19. Nos protegemos en el primer y último reducto que hemos construido. 

Pasamos de la aldea global a la cueva global. En todo el planeta el hombre se refugia en su guarida. No debe, no puede, salir. Si lo hace se expone al contagio masivo por Coronavirus; un virus que no tiene aun vacuna y que empieza a dominar la vida y actividad humana.

No es tan letal, pero sí altamente contagioso. La rapidez con la que afecta al ser humano vulnera cualquier capacidad de atención sanitaria. China tuvo que construir un hospital en diez días para atender a los enfermos. Usó toda su potencia tecnológica, logística y política. El Estado en su máxima actividad. La coerción que vimos al comienzo contra los pacientes es ahora comprendida en todo el mundo.

El Reino Unido pensó al comienzo en la tesis de la imnunidad del rebaño. Es decir, la imnunidad de grupo: cuanto más gente se contagia y supera la infección (se vuelve inmune), menos posibilidades de que se produzcan brotes altos de infectados. 

Martin Hibberd, profesor de Enfermedades Infecciosas Emergentes de la Escuela de Higiene y Medicina Tropical de Londres, lo explicó así: "Cuando alrededor del 70% de la población se haya infectado y recuperado, las posibilidades de que se produzcan brotes de la enfermedad son mucho menores porque la mayoría de las personas son resistentes a la infección". 

Pero los modelos matemáticos de investigadores del Imperial College, no dejaron duda alguna. Aplicando un modelo epidemiológico que evaluaba el número de infectados versus las camas con respiradores necesarios para los enfermos, la política de no hacer nada, arrojó en Inglaterra 510 mil muertos y en Estados Unidos 2 millones 200 mil.


¿Qué hacer entonces? Hay varias decisiones que se irán probando en el camino. La primera de ellas ya se resolvió. Entre mitigar y suprimir, todo indica que lo más aconsejable es suprimir todo contacto humano. Aislar social y obligatoriamente a las personas. No solo reducir el contacto en algunas actividades, sino hacerlo en seco y de manera radical para todo grupo humano. 

De esta manera, no solo menos gente se contagiaría, sino que, la que lo hace, podría ser mejor atendida por el sistema de salud. El objetivo es que el sistema de salud no colapse por desborde incontrolable de casos.

Sin embargo, esta forma radical de mantener al hombre en la cueva tiene su contraparte. Se le llama fatiga de comportamiento. La gente se cansa de estar encerrada y cada vez más seguido tiende a romper el cerco sanitario y escapa de la casa.

Esta conducta posible abre un tercer escenario: aplicar una política intermedia de encierro total por un periodo de tiempo, luego un tiempo sin restricciones, posible rebrote de la enfermedad y nuevamente encierro total por otro tiempo, y así hasta reducir la velocidad de contagio. 

Todas estas medidas nacidas de cálculos econométricos han sido hechas solo teniendo en cuenta el punto de vista de la salud pública. Si le agregamos a ella la variable de impacto económico real para las familias y el país —trabajo, producción, comercioservicios—, las pérdidas son incalculables. 

Mientras tanto, el hombre, asustado, pero activo, ha decidido encerrarse en su cueva global y vivir conectado a internet. Cuando salga, es muy probable que el mundo sea diferente.  


16 marzo, 2020

COVID-19: Matemática letal



Como si la sociedad tecnológica no nos castigara ya a una forma de aislamiento al interponer entre dos personas un dispositivo electrónico, la pandemia del COVID-19 nos condena a un aislamiento social obligatorio; una medida dura, pero necesaria para evitar la propagación del virus. 

No hay forma de que el virus se propague si no es por contacto humano. El virus necesita de un organismo vivo para subsistir. Por algunos minutos puede resistir sobre una superficie cualquiera, pero, sin otro organismo de sangre caliente que lo cobije, muere.

Los especialistas coinciden en que su nivel de mortandad no es tan alto. Según la Organización Mundial de la Salud, solo el 3,4% de los infectados fallece. La gripe tiene un índice menor, el 1% de los contagiados muere. ¿Pero si hacemos un ejercicio matemático con estas cifras de cuántos muertos estamos hablando?

Los alemanes han calculado que al final de la pandemia, al menos 70% del planeta habrá sido infectados con el COVID-19. El último censo mundial indica que somos 7700 millones de habitantes en La Tierra. Si utilizamos el cálculo alemán, tendremos 5390 millones infectados, de los cuales 4312 millones (80%) solo sentirán que tuvieron un catarro fuerte, 808.5 millones (15%) necesitarán asistencia médica, y 40.4 millones (5%) serán considerados casos graves. La mitad de estos casos graves, 20.2 millones, es posible que mueran.

La cifra de fallecidos puede estar en alrededor de 183 millones si usamos el índice estadístico calculado por la OMS, o, disminuir a 53 millones, si usamos el índice de mortandad de la gripe. Por otro lado, el mapa del coronavirus que mide en tiempo real el número de infectados y de fallecidos, indica que a la fecha tenemos 181 165 casos confirmados y 7114 fallecidos, lo que arroja una tasa de mortalidad de 3,92%. Si cruzamos el índice alemán con el porcentaje real, tendremos al final de la jornada 211 288 000 de fallecidos por coronavirus. Una cifra espantosa, pero estadística.

De allí que el mayor problema hoy sea contener la propagación. Evitar que escale el contagio. No solo por las muertes que puede causar, sino también por el colapso de los sistemas de salud que no podrían atender el desborde del virus. 

En la fase final del COVID-19, se requiere asistir a los pacientes con oxígeno, debido a que enfermos tienen los pulmones disminuidos por la neumonía. Lo trágico de esta enfermedad es que los hospitales no tienen suficientes máquinas de ventilación para atender a todos los pacientes afectados. Por eso, la lucha contra la enfermedad depende, siempre, de la calidad de medidas tomadas antes de que escale el contagio y del sistema de salud del país afectado.

En el Perú los cálculos del Ministerio de Salud señalan que es probable que, si no tomamos medidas extremas para evitar el contagio, podríamos tener entre 1 mil a 2 mil pacientes que requieran ventilación asistida. Pero, según ha indicado el Dr. Elmer Huerta, solo tenemos 250 camas con ventilación asistidas. Si eso pasara, tendríamos que llegar al extremo de Italia donde los médicos tuvieron que elegir a quiénes entubaban para ayudarlos con oxígeno y prolongarles la vida, y a quienes dejaban morir.

Por esta razón, antes que el virus se propague en proporciones geométricas, el aislamiento social es la mejor forma de reducir su letal impacto. Los números están del lado del virus. La decisión de que no se siga multiplicando, está de nuestro lado.



09 marzo, 2020

Coronavirus: es en serio


La epidemia del Coronavirus amenaza al mundo. A poco más de tres meses de su aparición en Wuhan, China, el contagio por COVID-19 ha saltado a diversas partes del planeta, siendo Europa la más afectada, después de China. 
Aun cuando el índice de mortalidad de la nueva peste es bajo en comparación a otras enfermedades, lo ocurrido en Italia esta semana, alarmó a todos. 
Primero, fueron 16 millones de italianos de la región de Lombardía y 14 provincias de la zona norte italiana, quienes quedaron confinados en su territorio. Pero, luego, el primer ministro, Giussepe Conte, extendió la medida a todo el país.
Es una solución drástica, pero efectiva, a juzgar por los resultados obtenidos por China en controlar el crecimiento geométrico que muestra el virus, si dejamos que las masas humanas sigan su rutina de vida normal.
La preocupación ahora es frenar el nivel de contagio por contacto personal. 
Al no existir vacunas, ni tratamiento especial que no sea el aplicado a la influenza o a la gripe, la medida más eficaz es aislar el virus y seguir su trazabilidad para evitar su expansión y descontrol.
El impacto en la economía de una medida de tamaña magnitud, es enorme. Las fábricas chinas cerraron, lo mismo que los terminales aéreos y terrestres, los mercados, las universidades, los colegios, los espectáculos y centros de diversión.
Italia toma hoy idénticas medidas. Las calles han sido tomadas por el Ejército y la policía y las más turísticas, como Venecia o Milán, lucen vacías, fantasmales, como salidas de una película de horror.
Ni el fútbol se salva. El campeonato local italiano ha sido suspendido y peligra la Eurocopa.
En España, eligieron no cerrar ciudades y ya empiezan a preocuparse por la insuficiencia de Unidades de Cuidados Intensivos y equipos de ventilación asistida en los hospitales. Si la progresión de casos sigue como hasta ahora, en dos meses, los servicios de emergencia del país ibérico habrán colapsado. 
Para entonces, la irradiación descontrolada del virus será fatal. Sobre todo, para un país con una población extremadamente vieja.
En el Perú, no podríamos resistir un embate de dicha magnitud. La composición informal de nuestra economía no permite tomar medidas drásticas como la inmovilización de ciudades enteras. 
70% de nuestros trabajadores no puede darse el lujo de quedarse en su casa en cuarentena. Ellos se ganan la vida cobrando su jornal diariamente. Si no trabajan, no comen. 
Un informe del BBVA publicado hoy en Gestión señala que el 19% de los peruanos con empleo formal son mal pagados y no tienen capacidad de ahorro. Ellos podrían sobrevivir sin recibir su salario, apenas unos días, menos de una semana. 
No hablemos de nuestro sistema de salud. 
Por el momento, la mejor protección es, aunque suene increíble, el tiempo. El que tenemos para evitar que el virus se propague de manera descontrolada y el relacionado al clima. 
El verano aisla o retarda la propagación de las infecciones virales. Pero ya quedan pocas semanas para que esto pase... The winter is coming.



01 marzo, 2020

Coronavirus bursátil*


Esta semana el fenómeno coronavirus fue más letal con las bolsas en el mundo que con las personas. Los índices bursátiles de las principales plazas financieras cayeron, desatando un pánico generalizado, uno de los factores más difíciles de controlar en una crisis financiera. 

Según reportes de Bloomberg, en los últimos días se produjo la mayor caída de acciones desde febrero del 2018. Hasta los bonos del tesoro a diez años retrocedieron hasta su mínimo histórico en 2016.

Mientras las autoridades de salud presentaban la enfermedad viral como una pandemia que cada día gana más terreno en diversos países del mundo, los indicadores financieros parecen necesitar algo más que mascarillas para calmar sus nervios y protegerse.

La primera ola del coronavirus ha repercutido no solo como un tema de salud o política sanitaria, sino como una marea económica que frenó en seco la maquinaria de producción China, el país que más crece en el mundo.

El gigante asiático es el mayor mercado de consumo y producción industrial en el mundo, por lo que demanda materia prima de diversas regiones, como el cobre que producen Perú y Chile que, en conjunto, abastecen el 40% del mercado mundial de este mineral.

Las empresas transnacionales más grandes de los Estados Unidos tienen su centro de producción en China. Procter & Gamble, por ejemplo, ha interrumpido su cadena logística de producción y abastecimiento. Adidas, la reconocida gigante empresa alemana, también ha paralizado su produción. Las principales aerolíneas han suspendido sus vuelos, afectando la cadena hotelera, turística y de entretenimiento en general.

Mientras el gobierno chino realiza grandes esfuerzos para combatir la epidemia, sus principales fuentes de producción farmacéutica han tenido que cerrar. Parece un contrasentido, pero las fábricas de medicamentos de unas 20 provincias afectadas por el coronavirus postergaron su producción hasta después del Año Nuevo Chino.

Similar preocupación existe sobre la producción de teléfonos inteligentes, tablets, computadoras y partes electrónicas, de la que China es una potencia industrial en en el mundo.

La zona Euro, no se escapa del pánico. La afectación de la zona norte italiana —la región industrial— es una prueba de ello. El ausentismo laboral y su primer efecto, el cierre de fábricas, genera una menor productividad y la interrupción de la cadena logística productiva y comercial; amenazando a toda Europa.

El Banco Mundial calcula que si la pandemia sigue extendiéndose el impacto económico podría llagar a 1% del PIB mundial, estimado este año en 3.3%. 

Por lo que vemos, hasta ahora el comportamiento del coronavirus ha contagiado más las finanzas que la salud. Sus primeros ataques han sido principalmente las zonas industriales del mundo desarrollado, con la excepción de Estados Unidos y Rusia;  economías dotadas de retrovirales muy potentes, al parecer.



* Con información del Centro de Inversiones y Finanzas con tecnología Bloomberg de USIL.