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24 febrero, 2021

Oxígeno para todos

 

La información oficial señala que la demanda no satisfecha de oxígeno en el Perú es de 110 toneladas métricas por día. Es una cantidad brutal. Si desplegamos esta magnitud en cilindros de 10 m3, serían 110 mil balones.

 

En otras palabras, dos estadios nacionales llenos de gente y diez mil personas más se quedan sin conseguir oxígeno todos los días en nuestro país. 

 

¿Qué ha pasado? ¿Por qué esta demanda drástica de oxígeno? ¿Acaso la cifra de contagiados no se ha reducido, como ha informado el gobierno?

 

La respuesta podría estar en la inseguridad que siente la gente en los servicios de sanidad. El miedo a dejar a su paciente en el hospital habría impulsado a muchos a proveerse por su cuenta de balones y atender a sus enfermos en sus casas. 

 

Los casos extremos llegan de todas formas al hospital, pero el primer estadio de la enfermedad se procesa en el domicilio.

 

Esta es la razón por la que vemos centenares de familias desbordando todos los puntos de venta de oxígeno medicinal recargable. 

 

Cada semana se requieren 770 mil balones de oxígeno medicinal. Las 40 toneladas que llegarán de Chile son 40 mil balones, una bocanada para la magnitud que necesitamos.

 

Cualquier esfuerzo que se realice para abastecer hospitales y clínicas no atenderá la necesidad primaria de oxígeno.

 

Para cubrir esta demanda se necesita una estrategia articulada que permita operar en varios frentes. Está muy bien comprar oxígeno como se ha hecho con Chile. Pero, necesitamos más. Por lo menos, triplicar ese volumen de compra, no semanalmente, sino todos los días.

 

Adicionalmente, se debe acordar más líneas de fabricación nacional de plantas de oxígeno de tipo PSA, como criogénicas que producen oxígeno líquido y que puede ser más fácilmente envasado en balones para atender a las familias y evitar que duerman en las calles tres días o que se tengan que trasladar a Pisco para recargar sus balones.

 

Otra medida que ayudaría a que las familias atiendan a sus enfermos en casa sería declarar la libre importación de concentradores de oxígeno mientras dure la emergencia sanitaria. Estos dispositivos mejoran la oxigenación de los pacientes, reemplazan el uso de balones y pueden servir para atender un grupo de familias con la debida supervisión médica. 

 

Actualmente, solo las empresas farmacéuticas pueden importar los concentradores de oxígeno pagando aranceles e impuestos. Liberalizarlos de estas cargas impositivas y restricciones de importación podría hacer que lleguen a más hogares. 

 

Que las empresas puedan instalar centros de oxigenación para sus trabajadores, familiares y comunidad del entorno, ayudaría también a desconcentrar la oferta de oxígeno. Nada mejor que las empresas invirtiendo en la salud del principal capital que tiene un país: el recurso humano.

 

Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), el problema de la provisión de oxígeno es tan grave que tres de cada cinco países en el mundo requerirán en poco tiempo oxígeno medicinal. Si no acometemos medidas integrales industriales, logísticas, tributarias y sociales, será difícil encontrar una salida al problema del oxígeno que por ahora nos asfixia.

 

17 enero, 2021

Los Antivacunas

Al movimiento de Los Sin Vacuna -países rezagados en la obtención de las vacunas para sus ciudadanos-, se suma ahora un movimiento que ya existía en el mundo, pero que hoy se manifiesta en todo su dramatismo y crudeza en nuestro país: Los Antivacunas.

 

No abundaremos en detalles sobre por qué este tipo de posturas antirracionales adquieren no solo protagonismo, sino grado de certeza, convencimiento y seguimiento, solo diremos que forma parte del comportamiento del ser humano que se mueve entre el miedo y la esperanza.

 

Hay razones religiosas, políticas, económicas; pero son las posturas pseudo científicas, los prejuicios, los razonamientos conspirativos,  las mentiras y la desinformación, lo que más daño hacen.

 

En la Panamericana Sur, una pinta política electoral ha sido reemplazada por un enorme mensaje -fondo blanco, letras rojas- que dice: “Soy peruano. No a la vacuna carajo”. No me extraña el mensaje en sí, sino que nadie se atreva a borrarlo. 

 

Según la encuesta de IPSOS APOYO, en los últimos cinco meses, los peruanos que no se vacunarían han pasado de 22% a 48%. Ello, en medio del inicio de una segunda ola pandémica que nos muestra nuevamente el fantasma del penoso sistema de salud de la primera ola: colas de familiares buscando oxígeno, hospitales desbordados y faltas de camas UCI.

 

El 52% de los que no se vacunarían refieren temor a sufrir efectos secundarios y 30% considera que el desarrollo de las vacunas ha sido demasiado acelerado. Todas estas razones han sido explicadas por la ciencia, pero un grueso sector de la población se resiste a creer en ello. 

 

La desinformación se combate con información. Simple, directa y sostenida. Esta tarea no es solo del gobierno, pero es el gobierno el primer actor en salir a escena. 

 

Urge que desde esta posición de dirección del país se convoque, por ejemplo, a las principales agencias de publicidad para que desarrollen junto a expertos y especialistas de diversas áreas del conocimiento, una campaña sostenida de información digerible y creíble.

 

El gobierno puede convocar también a los medios de comunicación para unir esfuerzos en el despliegue informativo, a los candidatos a la presidencia, a las organizaciones empresariales, eclesiásticas, sociales y universidades, para el mismo propósito. 

 

La campaña informativa se despliega con aliados. No confundir esto con presupuesto publicitario. Lobystas abstenerse.

 

Los números en el frente de guerra no engañan. El 14 de enero hubo 5,022 nuevos infectados; la mitad de ellos llegó a los hospitales en las últimas 24 horas. Al día siguiente, ya había 2,011 nuevos contagios. Si no nos vacunamos, no tendremos protección. 

 

Necesitamos que la mayor parte de la población desarrolle los anticuerpos para enfrentar al virus. Y eso se logra cuando nuestro organismo lo reconoce. Y eso es la vacuna: un bicho inactivo que nos inoculan para preparar las defensas. 

 

Se siente repulsivo, horrendo, pero más horroroso es que el virus con toda su letalidad nos ataque igual. Vamos, presidente, estamos sguros que puede hacer algo más que mostrar un dispensador de alcohol colgado al cuello.

16 diciembre, 2020

Los sin vacuna


La pandemia no solo ha desnudado las falencias del Estado. También las del ser humano. Hoy el mundo ve nacer a un grupo de hombres y mujeres marginales, vulnerables, descartables, expuestos al contagio, sin derecho a proteger la vida: Los sin vacuna. 

 

Si algún sentido tiene el calificativo de Tercer Mundo es este. Un mundo de tercera. Olvidado, sin tecnología, ni laboratorios, ni industria farmacéutica propia. Un mundo con recursos, pero con déficit de gestión. Incapaz de comprar una vacuna.

 

Una galería donde pululan los apetitos y las luchas anodinas por el poder.

 

Un galpón donde se privilegian los intereses particulares antes que los colectivos. Y donde el Estado es un remedo o una ficción, y desatiende su principal razón de ser: proteger la vida y la seguridad de los ciudadanos.

 

Hoy son las vacunas. Fuimos incapaces de prever, cerrar las negociaciones, concretar y pagar por adelantado los pedidos. En el camino quedaron tres presidentes, ministros y gestiones. En su lugar aparecieron protestas, manifestaciones, cierres de carreteras y muertos. 

 

Ayer fueron pertrechos de guerra. En lugar de unirnos frente al conflicto internacional, nos volvimos locos buscando los mendrugos de poder. Nos peleamos en plena Guerra del Pacífico. No compramos las armas que debíamos. Y, por si fuera poco, esquilmamos el Estado, escapando con el botín. 

 

Si algo aprendimos de la historia es a no ponernos de acuerdo en la emergencia. A acusarnos y a pelearnos de todo y por todo. La pandemia, por lo tanto, no nos asusta. Nos obliga a bajar la guardia. Nos impele a irrespetar el distanciamiento físico. A romper las reglas. A petardear el poder en lugar de fortalecerlo. Igual hoy como ayer.

 

Mientras un grupo de seres humanos, algunos vecinos, empezaron a vacunarse, nosotros estamos arrumados en el vagón de tercera. En el de primera van los que tienen industria farmacéutica. En segunda, los que no fabrican vacunas, pero, al menos, tuvieron la sapiencia de comprar. 

 

Los peruanos, aplicados durante años en tener las cuentas macroeconómicas en azul, nos enfrentamos a la dura realidad de estar jalados en recursos humanos. Porque plata había. Capacidad de pago existe. ¿Acaso no hemos quemado las reservas internacionales para evitar el quiebre de las empresas? ¿No nos hemos endeudado por 100 años? 

 

Una vez más nos fallaron.  Los políticos no estuvieron a la altura de las circunstancias. Se pelean entre todos. Se distraen zarandeando el poder. 

 

El resultado es una sociedad arrojada al mundo de las sombras, del miedo. Un lugar donde moran los seres descartables, los sin vacuna, los que deben apelar a la inmunidad del rebaño para salvarse.

 

Porque eso somos, finalmente, un rebaño humano. 

 

Así como los sin tierra, sin agua, sin techo y sin trabajo, nace hoy un nuevo mundo perecible de seres-vacunos, sin vacuna.

 

01 noviembre, 2020

Ola de furia

 

Europa otra vez vive aterrada. La segunda ola del coronavirus ha ocasionado que los gobiernos vuelvan a endurecer las medidas sanitarias. Los bares, restaurantes, discotecas y gimnasios, se cierran. Inglaterra, Francia, Itlaia, Alemania, España y Francia coinciden en la alerta roja.

 

Los que no parecen entender del todo las medidas son los ciudadanos. Cansados, angustiados, desesperados, por más de seis meses de confinamiento, algunos grupos han salido a protestar en las calles.

 

¿Qué los empuja? ¿Qué fuerza los impele a desafiar la muerte? 

 

Lo han hecho, además, con irracional violencia. Incendios y batalla campal.

 

Jóvenes extremistas identificados como de derecha han atentado contra la propiedad privada. Parece un contrasentido. 

 

Su ira refleja que están hartos no solo del encierro, sino de la parálisis económica. Los trabajos no se han recuperado y sienten que el futuro se les escapa de las manos.

 

Entre los objetivos de los iracundos protestantes han estado los bancos y las tiendas de escaparate, las cuales, han vaciado. 

 

Pero también han salido a protestar los viejos. Adultos mayores refugiados, muchas veces abandonados en casas especializadas, que ya no aguantan más. 

 

Y aunque salen a protestar con su barbijo puesto y en filas ordenadas, con pancartas y arengas más bien tiernas como: “Queremos vivir en libertad los últimos días que nos quedan”, muchos, en su desesperación, tiran sus tapabocas frente a las cámaras.

 

La policía ha tenido que contener el desbande usando la fuerza. Y apagando los  incendios callejeros que provocan en diversos puntos. No solo en las capitales, sino también en las regiones.

 

Es como si las democracias europeas hubieran sido puestas nuevamente a prueba. 

 

Occidente se resquebraja, frente a un oriente que parece llevar mejor las expectativas de su población y el regreso a la nueva mormalidad.

 

En el caso de Wuhan, China, no solo han reabierto los negocios y colegios, sino que hasta han vuelto los conciertos y espectáculos masivos.

 

En Europa, en cambio, la gente está harta y furiosa. Los lemas que se corean en las ciudades levantadas lo grafican muy bien: “No queremos bozales, no somos animales”, “la izquierda y la derecha son la misma mierda”. 

 

Y es que la chispa que encendió el descontento ha sido el regreso del toque de queda. La inmovilidad social. 

 

De nada valen los argumentos y cifras que hasta el momento ha generado la pandemia: más de un millón de muertos.

 

Ni siquiera el recuerdo fresco del desborde de los sistemas de salud, la velocidad del contagio o la falta de una vacuna segura este año, disuaden a los protestantes.

 

Los gobiernos culpan a los ciudadanos que bajaron la guardia ante la llegada del verano europeo. Y los ciudadanos a los gobiernos que no parecen ofrecer nada más que recomendaciones básicas... y más distanciamiento social.

 

Estamos avisados en América. Debemos evitar que la segunda ola pandémica se  convierta también en el desborde de una ola de furia contenida.

 

 

 

25 abril, 2020

Los caminantes



Aparecieron transgrediendo las órdenes del Estado. Rompieron el aislamiento y el distanciamiento social. No les importó el peligro al contagio. Ni el miedo a la muerte. Son los caminantes pobres del Perú. Ciudadanos ubicados en el fondo de la escala social, a los que no les llega el bono del gobierno, ni la canasta de víveres. Nada.

Muchos de ellos llegaron a la capital para trabajar en lo que sea y ganar algo de plata. Lo hacen siempre en el verano. Vienen de distintos rincones del país a la capital a ganarse alguito. Trabajan como ambulantes, se emplean en negocios familiares; las mujeres optan por trabajar en casas, vender en mercados, tiendas o lavar ropa.

El Covid-19 frustró sus planes. El sistema informal que los sostenía colapsó con la cuarentena obligatoria. Desapareció el comercio, paró la economía. Los magros ahorros se agotaron y no tuvieron ni para proveerse alimentos, ni para pagar sus cuartos en la ciudad. 

El hambre, la incertidumbre, el miedo, aparecieron. No había más qué hacer. Y como dice la canción, su única alternativa fue  regresar a la tierra en que nacieron. 

Entraron, entonces, en desobediencia civil.Una vez más, el Estado no supo ni prever la situación, ni atenderla como es debida cuando estalló.

Los caminantes se empezaron a juntar. Llegaron a las diversas salidas de Lima. Los que iban al norte se concentraron en La Victoria. Los que viajaban al centro se quedaron en la carretera central. Los que iban al sur, en Lurín. Los que pensaban retornar a la selva se acomodaron en las afueras del Grupo Aéreo Nº 8, esperando un vuelo humanitario.

La policía tuvo que intervenir para impedir su avance desesperado, desordenado, en turbamulta. No hay libertad de tránsito en el país. La cuarentena implica el encierro obligatorio. Pero, los caminantes no pueden darse ese lujo. Si no mueren por la infección, morirán por inanición.

Las regiones a las que pertenecen deben inscribirlos y organizarse para recibirlos; disponer de hoteles, carpas, para obligarlos a cumplir su cuarentena. Antes de salir también deben pasar por el protocolo de despistaje. Solo los sanos pueden seguir su viaje. Los sintomáticos deben permanecer en cuarentena; atendidos por el Estado, quien, una vez más, les ha fallado.

Según cifras oficiales de la PCM, hasta ayer había 167,000 inscritos para viajar a diversas regiones del país. De ellos, 3,579  lograron ser atendidos y pasar su prueba de despistaje;  en tanto que 1,621 regresaron a 7 regiones. 

La capacidad para hacerles las pruebas rápidas, según anunció el ministro Zeballos,  es de 800 atenciones diarias. A ese ritmo, para atender a todos los inscritos, se necesitarán 208 días de pruebas, si es que nadie más se anota. En el mejor de los casos, las pruebas terminarán ¡en 7 meses!

Urge tratar la emergencia sanitaria como una guerra. Disponer de inmediato centros temporales de aislamiento en estadios, coliseos deportivos, parques zonales, iglesias. Hacer lo mismo que se hizo en la Plaza de Toros de Acho.

Informar a los caminantes las distintas ubicaciones de estos centros temporales de aislamiento y control sanitario. Lograr que las municipalidades se encarguen de su alimentación (La Victoria es la única que lo ha hecho). Organizar el transporte interprovincial y disponer su servicio. Las líneas aéreas privadas pueden también encargarse de trasladar a los pasajeros a los puntos más alejados.

Lo que no puede permitir el Estado es que los caminantes pasen la noche en el suelo, a la vera de las calzadas, que no tengan alimento, ni abrigo. Ellos no tienen otra opción. No son locos, irresponsables o insensibles. Son pobres. Pobres. Y están desesperados. 


05 abril, 2020

Soplo de vida*

Contra el reloj, ingenieros de la UNI diseñan prototipo de ventilador mecánico súper económico.

El número de contagiados por coronavirus en el Perú sigue en aumento. A punto de superar la curva de los 1.000 contagiados y pasar los 24 fallecidos, médicos intensivistas, enfermeras y técnicos se preparan para dar batalla en el último reducto de la enfermedad: la Unidad de Cuidados Intensivos (UCI). Que tiene como elemento esencial al respirador artificial, un dispositivo electro-mecánico que ayuda con la respiración de los pacientes en estado más crítico. 

Actualmente, tenemos 852 UCI, de las cuales 276 han sido destinadas para pacientes contagiados con el Covid-19. Cuando entremos en el pico de la enfermedad –en tres o cuatro semanas– todos los esfuerzos se concentrarán en los ventiladores mecánicos, cuya producción ya empieza a escasear en el mundo. La importación de uno de estos equipos cuesta entre US$ 20.000 y US$ 50.000 dólares y traerlos a nuestros hospitales tardaría por lo menos 2 meses.

Hace dos semanas, Manuel Luque Casanave, profesor e investigador de la Universidad Nacional de Ingeniería (UNI), recibió una llamada del rector de su casa de estudios, quien le informó que el presidente Martín Vizcarra requería que se buscara una solución inmediata para fabricar ventiladores mecánicos en el país. “Tiene que ser una solución rápida y económica”, le explicó el rector.

Sin pensárselo dos veces, Luque Casanave se puso a la orden. De inmediato convocó aalumnos y egresados de ingeniería mecatrónica y mecánica de la UNIy tras cinco días de febril trabajo el resultado fue un prototitpo de ventilador mecánico, cuyas piezas se fabrican en impresoras 3D. “Está compuesto de un monitor que indica los signos vitales de la persona, un ventilador electromecánico que ayuda a llevar oxígeno a los pulmones y elimina el CO2, ductos, válvulas y filtros”, explica. 
El equipo del ingeniero Luque Casanave viene siendo asesorado por un grupo de médicos del Ministerio de Salud (MINSA), con quienes tienen una reunión virtual cada dos días. Además, se han puesto en contacto con Fab Lab Perú, una organización sin fines de lucro que promueve el uso de impresoras 3D. 

Según sus cálculos, cada impresora puede fabricar un ventilador mecánico en dos o tres días. A mayor número de impresoras 3D, se podría acelerar el proceso de elaboración de los ventiladores mecánicos. Por esta razón, espera poder apelar a la solidaridad de las personas que tengan una impresora 3D para imprimir ciertas piezas del ventilador mecánico desde sus hogares, una vez que el prototipo sea aprobado por el ministerio

Cada uno de estos ventiladores tiene un costo aproximado de US$ 500, precio súper económico comparado con lo que cuestan los modelos importados. En estos momentos, el norte del país reclama con urgencia estos ventiladores. Tumbes tiene solo uno y Piura tres. Loreto acaba de recibir siete. Pero, si el virus escala en proporciones geométricas, se necesitarán más. Muchos más.

Una vez pasada la crisis del coronavirus, estos ventiladores podrían seguir funcionando, e incluso, evolucionar sin ningún problema. “Se podrán automatizar un poco más. Ahora tienen lo suficiente para solucionar esta emergencia, pero una vez que se abra nuevamente el comercio y la industria, podremos ponerle aún más elementos y tener una versión 2.0”. 

Personas como Manuel Luque Casanave y su grupo de ingenieros conectados a través de Zoom o Hangouts, trabajando 12 horas diarias en el proyecto, nos hacen pensar que, tal vez, sí tengamos las herramientas para hacerle frente a la pandemia. Solucionar el diseño y la producción de ventiladores mecánicos para los pacientes más graves es una carrera contra el tiempo de la que están dispuestos a salir victoriosos. Y a dejar, su último aliento.  (Luis Alvaro Chávez Hinojosa).



* Nota publicada en Caretas 2634, jueves 2 de abril de 2020, elaborada con datos al martes 31 de marzo de 2020.



21 marzo, 2020

La cueva global


30 mil años a.C., cuando el hombre se asustaba, se refugiaba en las cuevas. Le temía a las fieras, a los fenómenos naturales, a lo desconocido. Dos milenios d.C., volvemos a hacer lo mismo. Nos refugiamos en casa por temor al COVID-19. Nos protegemos en el primer y último reducto que hemos construido. 

Pasamos de la aldea global a la cueva global. En todo el planeta el hombre se refugia en su guarida. No debe, no puede, salir. Si lo hace se expone al contagio masivo por Coronavirus; un virus que no tiene aun vacuna y que empieza a dominar la vida y actividad humana.

No es tan letal, pero sí altamente contagioso. La rapidez con la que afecta al ser humano vulnera cualquier capacidad de atención sanitaria. China tuvo que construir un hospital en diez días para atender a los enfermos. Usó toda su potencia tecnológica, logística y política. El Estado en su máxima actividad. La coerción que vimos al comienzo contra los pacientes es ahora comprendida en todo el mundo.

El Reino Unido pensó al comienzo en la tesis de la imnunidad del rebaño. Es decir, la imnunidad de grupo: cuanto más gente se contagia y supera la infección (se vuelve inmune), menos posibilidades de que se produzcan brotes altos de infectados. 

Martin Hibberd, profesor de Enfermedades Infecciosas Emergentes de la Escuela de Higiene y Medicina Tropical de Londres, lo explicó así: "Cuando alrededor del 70% de la población se haya infectado y recuperado, las posibilidades de que se produzcan brotes de la enfermedad son mucho menores porque la mayoría de las personas son resistentes a la infección". 

Pero los modelos matemáticos de investigadores del Imperial College, no dejaron duda alguna. Aplicando un modelo epidemiológico que evaluaba el número de infectados versus las camas con respiradores necesarios para los enfermos, la política de no hacer nada, arrojó en Inglaterra 510 mil muertos y en Estados Unidos 2 millones 200 mil.


¿Qué hacer entonces? Hay varias decisiones que se irán probando en el camino. La primera de ellas ya se resolvió. Entre mitigar y suprimir, todo indica que lo más aconsejable es suprimir todo contacto humano. Aislar social y obligatoriamente a las personas. No solo reducir el contacto en algunas actividades, sino hacerlo en seco y de manera radical para todo grupo humano. 

De esta manera, no solo menos gente se contagiaría, sino que, la que lo hace, podría ser mejor atendida por el sistema de salud. El objetivo es que el sistema de salud no colapse por desborde incontrolable de casos.

Sin embargo, esta forma radical de mantener al hombre en la cueva tiene su contraparte. Se le llama fatiga de comportamiento. La gente se cansa de estar encerrada y cada vez más seguido tiende a romper el cerco sanitario y escapa de la casa.

Esta conducta posible abre un tercer escenario: aplicar una política intermedia de encierro total por un periodo de tiempo, luego un tiempo sin restricciones, posible rebrote de la enfermedad y nuevamente encierro total por otro tiempo, y así hasta reducir la velocidad de contagio. 

Todas estas medidas nacidas de cálculos econométricos han sido hechas solo teniendo en cuenta el punto de vista de la salud pública. Si le agregamos a ella la variable de impacto económico real para las familias y el país —trabajo, producción, comercioservicios—, las pérdidas son incalculables. 

Mientras tanto, el hombre, asustado, pero activo, ha decidido encerrarse en su cueva global y vivir conectado a internet. Cuando salga, es muy probable que el mundo sea diferente.  


16 marzo, 2020

COVID-19: Matemática letal



Como si la sociedad tecnológica no nos castigara ya a una forma de aislamiento al interponer entre dos personas un dispositivo electrónico, la pandemia del COVID-19 nos condena a un aislamiento social obligatorio; una medida dura, pero necesaria para evitar la propagación del virus. 

No hay forma de que el virus se propague si no es por contacto humano. El virus necesita de un organismo vivo para subsistir. Por algunos minutos puede resistir sobre una superficie cualquiera, pero, sin otro organismo de sangre caliente que lo cobije, muere.

Los especialistas coinciden en que su nivel de mortandad no es tan alto. Según la Organización Mundial de la Salud, solo el 3,4% de los infectados fallece. La gripe tiene un índice menor, el 1% de los contagiados muere. ¿Pero si hacemos un ejercicio matemático con estas cifras de cuántos muertos estamos hablando?

Los alemanes han calculado que al final de la pandemia, al menos 70% del planeta habrá sido infectados con el COVID-19. El último censo mundial indica que somos 7700 millones de habitantes en La Tierra. Si utilizamos el cálculo alemán, tendremos 5390 millones infectados, de los cuales 4312 millones (80%) solo sentirán que tuvieron un catarro fuerte, 808.5 millones (15%) necesitarán asistencia médica, y 40.4 millones (5%) serán considerados casos graves. La mitad de estos casos graves, 20.2 millones, es posible que mueran.

La cifra de fallecidos puede estar en alrededor de 183 millones si usamos el índice estadístico calculado por la OMS, o, disminuir a 53 millones, si usamos el índice de mortandad de la gripe. Por otro lado, el mapa del coronavirus que mide en tiempo real el número de infectados y de fallecidos, indica que a la fecha tenemos 181 165 casos confirmados y 7114 fallecidos, lo que arroja una tasa de mortalidad de 3,92%. Si cruzamos el índice alemán con el porcentaje real, tendremos al final de la jornada 211 288 000 de fallecidos por coronavirus. Una cifra espantosa, pero estadística.

De allí que el mayor problema hoy sea contener la propagación. Evitar que escale el contagio. No solo por las muertes que puede causar, sino también por el colapso de los sistemas de salud que no podrían atender el desborde del virus. 

En la fase final del COVID-19, se requiere asistir a los pacientes con oxígeno, debido a que enfermos tienen los pulmones disminuidos por la neumonía. Lo trágico de esta enfermedad es que los hospitales no tienen suficientes máquinas de ventilación para atender a todos los pacientes afectados. Por eso, la lucha contra la enfermedad depende, siempre, de la calidad de medidas tomadas antes de que escale el contagio y del sistema de salud del país afectado.

En el Perú los cálculos del Ministerio de Salud señalan que es probable que, si no tomamos medidas extremas para evitar el contagio, podríamos tener entre 1 mil a 2 mil pacientes que requieran ventilación asistida. Pero, según ha indicado el Dr. Elmer Huerta, solo tenemos 250 camas con ventilación asistidas. Si eso pasara, tendríamos que llegar al extremo de Italia donde los médicos tuvieron que elegir a quiénes entubaban para ayudarlos con oxígeno y prolongarles la vida, y a quienes dejaban morir.

Por esta razón, antes que el virus se propague en proporciones geométricas, el aislamiento social es la mejor forma de reducir su letal impacto. Los números están del lado del virus. La decisión de que no se siga multiplicando, está de nuestro lado.



09 marzo, 2020

Coronavirus: es en serio


La epidemia del Coronavirus amenaza al mundo. A poco más de tres meses de su aparición en Wuhan, China, el contagio por COVID-19 ha saltado a diversas partes del planeta, siendo Europa la más afectada, después de China. 
Aun cuando el índice de mortalidad de la nueva peste es bajo en comparación a otras enfermedades, lo ocurrido en Italia esta semana, alarmó a todos. 
Primero, fueron 16 millones de italianos de la región de Lombardía y 14 provincias de la zona norte italiana, quienes quedaron confinados en su territorio. Pero, luego, el primer ministro, Giussepe Conte, extendió la medida a todo el país.
Es una solución drástica, pero efectiva, a juzgar por los resultados obtenidos por China en controlar el crecimiento geométrico que muestra el virus, si dejamos que las masas humanas sigan su rutina de vida normal.
La preocupación ahora es frenar el nivel de contagio por contacto personal. 
Al no existir vacunas, ni tratamiento especial que no sea el aplicado a la influenza o a la gripe, la medida más eficaz es aislar el virus y seguir su trazabilidad para evitar su expansión y descontrol.
El impacto en la economía de una medida de tamaña magnitud, es enorme. Las fábricas chinas cerraron, lo mismo que los terminales aéreos y terrestres, los mercados, las universidades, los colegios, los espectáculos y centros de diversión.
Italia toma hoy idénticas medidas. Las calles han sido tomadas por el Ejército y la policía y las más turísticas, como Venecia o Milán, lucen vacías, fantasmales, como salidas de una película de horror.
Ni el fútbol se salva. El campeonato local italiano ha sido suspendido y peligra la Eurocopa.
En España, eligieron no cerrar ciudades y ya empiezan a preocuparse por la insuficiencia de Unidades de Cuidados Intensivos y equipos de ventilación asistida en los hospitales. Si la progresión de casos sigue como hasta ahora, en dos meses, los servicios de emergencia del país ibérico habrán colapsado. 
Para entonces, la irradiación descontrolada del virus será fatal. Sobre todo, para un país con una población extremadamente vieja.
En el Perú, no podríamos resistir un embate de dicha magnitud. La composición informal de nuestra economía no permite tomar medidas drásticas como la inmovilización de ciudades enteras. 
70% de nuestros trabajadores no puede darse el lujo de quedarse en su casa en cuarentena. Ellos se ganan la vida cobrando su jornal diariamente. Si no trabajan, no comen. 
Un informe del BBVA publicado hoy en Gestión señala que el 19% de los peruanos con empleo formal son mal pagados y no tienen capacidad de ahorro. Ellos podrían sobrevivir sin recibir su salario, apenas unos días, menos de una semana. 
No hablemos de nuestro sistema de salud. 
Por el momento, la mejor protección es, aunque suene increíble, el tiempo. El que tenemos para evitar que el virus se propague de manera descontrolada y el relacionado al clima. 
El verano aisla o retarda la propagación de las infecciones virales. Pero ya quedan pocas semanas para que esto pase... The winter is coming.