Mostrando las entradas con la etiqueta Estados Unidos. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Estados Unidos. Mostrar todas las entradas

25 julio, 2020

El New Deal (2)


La respuesta de Franklin D. Roosevelt a la peor crisis económica y social que vivió su país en 1929-30 fue en varios frentes. Para empezar intervino directamente en la economía. Imprimió 2 mil millones de dólares y los repartió entre los bancos que sobrevivieron. Una decisión osada y heterodoxa. Keynes puro.

En 1933, Roosevelt utilizó la radio para dirigirse al pueblo norteamericano y pedirles que venzan el miedo, recuperen la confianza y vuelvan a depositar su dinero en los bancos, ahora solventes. Funcionó.

Aquí también nació lo que después sería una práctica común de asesores y marketeros políticos y presidentes de turno: marcar los primeros cien días de gestión con acciones y decisiones presidenciales intrépidas. 

Roosevelt creó el bono de desempleo, y a la vez intervino en el transporte, el agro, la industria. Esta fue la primera etapa del New Deal, entre 1933 y 34, que se diferencia de la segunda etapa entre 1935 y 38. La primera más económica y la segunda de profundo contenido social.

La administración central de gobierno subvencionó el campo, aumentó los precios agrícolas para favorecer los ingresos rurales, y ayudó a escoger las tierras más productivas. Creó el Cuerpo Civil de Conservacionistas para dar empleo a más de 3 millones de jóvenes que pasaron a mejorar cauces de río, ganar terrenos agrícolas y reforestar los bosques. 

Realizó abundante obra pública para ocupar a los desempleados de las ciudades. Creó presas, plantas hidroeléctricas, impuso una jornada mínima laboral, aumentó el salario y le dio el derecho a los obreros a sindicalizarse y negociar pliegos de reclamos. Unió el interés de los industriales con los de la Nación. 

Los republicanos y liberales se rebelaron contra estas medidas del New Deal. Para los conservadores que el Estado intervenga en la economía era una herejía. Pero Roosevelt no financió su cuantioso presupuesto incrementando la brecha fiscal, sino aumentando la recaudación tributaria; lo que dolió más en el bolsillo.

El Golden Gate es parte del New Deal. Empezó en 1933 y terminó en 1936. En el medio, 1935, apareció la seguridad social. Sin embargo, dos años más tarde, Roosevelt cambió de curso. Redujo los gastos federales. Se alejó de Keynes y se reinició la recesión de Roosevelt. Surgieron huelgas y protestas, lo que lo obligó a usar la fuerza pública y también a aumentar los gastos del gobierno. 

Es verdad que el New Deal no creó pleno empleo. Éste surgió más bien cuando el país pasó a operar en estado de guerra. Pero nadie duda que las poíticas sacó al país de una de las más largas y sombrías noches que haya pasado el pueblo norteamericano.

El New Deal fue uno de los mayores cambios en la conducción de un Estado. No solo se trató de una reforma económica, sino, sobre todo, de una forma de manejo político, un nuevo estilo de ejercer el liderazgo, usando los medios de comunicación de masas para sacar a la pobación del miedo, recuperar la confianza y  encaminarla hacia el equilibrio económico y social perdido.

19 julio, 2020

El New Deal (1)


A inicios de la tercera década del siglo XX, Estados Unidos se debatía en una de las peores crisis económica y social de su historia. La sobreproducción industrial y la especulación llevaron a una caída de precios que produjo despidos, miedo financiero y corrida bancaria. Es la etapa conocida como el Crack de 1929-30.

Millones de trabajadores quedaron desempleados. Las personas perdían sus casas al no poder pagar sus hipotecas y el hambre hacía presa de familias y barrios enteros. Se inició, entonces, una migración hacia la costa oeste, principalmente California.

En el momento del crack gobernaba el republicano Herbert Hoover. Un liberal que creía fuertemente en el emprendimiento individual y en el mercado. Era contrario a cualquier atisbo de intervención del Estado en la economía. Ni siquiera como señal de humanidad. 

El historiador Erick Hobsbawn aseguró en aquel momento que la situación de Estados Unidos era tan desesperada que la salida probablemente encaminaría la nación hacia el fascismo, el comunismo o el capitalismo democrático reformador de corte keynesiano.

La historia demuestra que esta última opción se impuso. El partido demócrata designó como su candidato a Franklin D. Roosevelt, un ex senador y gobernador de Nueva York que en 1921 fue atacado por poliomielitis y se creía retirado de la política. 

Pero en 1932 ganó la postulación a la Presidencia de la República y desde entonces se mantuvo en el poder. Gobernó durante 12 años y transformó su país, desterrando el miedo en la población, recuperando la confianza en las familias y en los agentes económicos, e impulsando un agresivo programa de apoyo estatal en la generación de puestos de trabajo mediante obra pública.

En su lanzamiento como candidato, Roosevelt no solo leyó bien el contexto social y económico del momento, sino que supo resumir política y comunicacionalmente su nueva propuesta.

“Esta no es una elección solo entre dos partidos, ni siquiera entre dos hombres. Es una elección entre dos formas de gobernar”, dijo el día de su lanzamiento.

Roosevelt ganó la elección en un ambiente de recesión. Los desempleados sumaban 11 millones de trabajadores, y en su peor momento llegaron a 13 millones y medio. En las calles era común ver las “sopas populares”, comedores sociales que atendían a los más necesitados. En los suburbios de la ciudad crecieron como hongos las “Hoovervillages”.

En su discurso de asunción de mando, Roosevelt volvió a dar en el bull comunicacional. “Lo único qué hay que temer es al miedo mismo. Tenemos una nación que requiere acción ahora”. 

Su propuesta de recuperación económica se conoció como el “New Deal” o Nuevo Pacto. Una nueva forma de asumir el compromiso del Estado con sus ciudadanos. 

Por aquellos tiempos se consolida una nueva carrera profesional que había surgido a comienzos del siglo: Trabajo Social. Muchas de las ideas del New Deal fueron llevadas a cabo por profesionales de esta carrera que busca el bienestar de la sociedad a través del pleno ejercicio de los derechos del hombre.   

El modelo keynesisano, base del futuro Estado de bienestar, tiene también sus raíces en aquellas medidas que Roosevelt impulsó para sacar a su país de uno de los mayores hoyos económicos y sociales que se hayan conocido: recesión, desempleo, hambre, migración, miedo. Todo junto. ¿Algún parecido con lo que pasamos hoy?

(Esta historia continuará)



02 septiembre, 2016

El muro que nos separa


El muro es un monumento al miedo. Levantamos una barricada para defendernos o protegernos, aislarnos. Es una muralla a lo desconocido.

Los seres humanos lo han hecho todo el tiempo.

Las primeras culturas se asentaron y aislaron en las alturas, en las colinas, al borde de los precipicios, para evitar el asalto de comunidades enemigas.

Hicieron muros de piedra y torreones para vigilar y mantener ventaja estratégica a distancia.

Los chinos construyeron su muralla para defenderse de los hunos.

Los castillos medievales cavaron fosos y levantaron puentes levadizos para aislarse del pueblo.

Los nazis construyeron el muro de Berlín para dividir políticamente la nación germana.

En Israel existe un muro que divide a su pueblo de los palestinos.

Trump insiste en levantar un muro entre México y Estados Unidos.

En Las Casuarinas (Lima, Perú), existe un muro que separa a los vecinos pobres de San Juan de Miraflores.

En diversos distritos de Lima y del interior del país, se tapian ventanas, se cierran barrios con rejas, tranqueras, y se colocan alambradas de púas o eléctricas para defenderse de la delincuencia.

Cuando el miedo nos invade, elevamos muros de fierro, cemento o piedra.

Pero, Daron Acemoglu y James Robinson, demostraron hace tiempo que lo que separa  a los pueblos no es algo que podamos construir.

En "Por qué caen las Naciones", los profesores de MIT y Harvard demostraron que lo que divide a Sonora (Estados Unidos) de Sonora (México), no es el idioma, ni la geografía, ni la cultura, ni la religión, ni la música.

Ni un muro o alambrada. Ni siquiera una frontera o accidente geográfico.

Lo que divide y diferencia a los pueblos es la naturaleza de sus instituciones. El modelo político y el tipo de economía –inclusiva o extractiva– que desarrollan.

Nos divide el miedo y la estupidez.

Los muros físicos no impedirán que los pueblos busquen mejores oportunidades de vida.

Los muros de fierro y cemento caerán, como cayó el muro de Berlín, a combazo limpio.

Más difícil será derribar el muro mental que históricamente separa al hombre del hombre.

07 julio, 2011

¿De USA y Rusia con amor?

La visita del presidente electo Ollanta Humala a Estados Unidos no pudo ser más auspiciosa. El hecho más importante fue sin duda el encuentro personal por unos minutos con el presidente Barack Obama, quien, rompiendo el tradicional protocolo que impide saludar a un presidente no juramentado, Barack Obama, participó por unos minutos de la reunión que Humala sostenía con el consejero de Seguridad, Tom Donilon, y lo saludó y pulseó personalmente.

Es un gesto destacable que el presidente de los Estados Unidos sólo se permite con los presidentes de México, por la relación de vecindad entre ambos países, y que recordó el mismo trato deferencial que tuvo el presidente Bush tuvo antes con los presidentes electos de Brasil y Perú, Lula y Toledo, respectivamente.

Humala consigue así un primer guiño de amor de la potencia mundial, lo que le ayuda a emitir una señal positiva de confianza que debe ahora traducirse en el respeto a los tratados comerciales internacionales y en mantener un clima adecuado para el flujo de inversiones.

El crecimiento económico y su consecuente redistribución social transformada en desarrollo dependen más que de la inversión pública en obras faraónicas, de mantener el flujo de inversiones privadas que permita la generación de más puestos de trabajo, el aumento de la recaudación fiscal y la mejora de la calidad del gasto en Educación, Salud, Nutrición e Infraestructura.

“Ollanta Humala tiene una gran agenda frente a él y Estados Unidos está listo para ser su socio”, ha dicho la secretaria de Estado Hillary Clinton, resumiendo así la disposición de los Estados Unidos ha mantener una relación privilegiada con el Perú, y pensando seguramente en la siempre controversial influencia de Venezuela en la región.

El presidente Humala, por su parte, se ha comprometido a fortalecer y mejorar las relaciones con la primera potencia mundial, cuidando eso sí de mantener algunos puntos no negociables como el no permitir el ingreso de tropas extranjeras a nuestro territorio en materia de lucha antinarcóticos o terrorismo. “La Fuerza Armada del Perú es una sola”, ha dicho con firmeza.

Todo hubiera salido redondo a no ser por las noticias que desde Rusia daban cuenta que otro Humala sostenía su propio romance primaveral con autoridades y empresarios de gas. Se trata del menor de los hermanos, Alexis Humala (46), ex estudiante de Geología del Instituto de Exploración Geológica de Moscú (1998), con inversiones en nuestro país en turismo y pesca. Este cruce de flirteos simultáneos puede generar más de un enredo que es necesario aclarar.

No es correcto que un miembro de la familia presidencial utilice su relación privilegiada con el poder para hablar de asuntos de Estado o negocios con autoridades de gobiernos o empresarios extranjeros. Alexis Humala fue recibido por el canciller ruso, Sergey Larvov, y por empresarios de la más importante empresa estatal de gas rusa, Gazprom. ¿En nombre de quién? ¿Representando qué? ¿Quién le otorgó esa representación?

Si bien nadie escoge la familia que tiene ni puede asumir responsabilidad por actos de terceros, el presidente electo debe aclarar este asunto en el acto –en una– y deslindar de una buena vez con estas prácticas que generan dudas y que empañan los gestos y señales de confianza y transparencia que viene logrando con viajes como los realizados hasta ahora y que necesita para afirmar su gobierno. Hay hermanos muchísimo qué hacer; pero cuidado, hermano.

19 diciembre, 2008

Murió Garganta Profunda el vengador anónimo


Se apagó Garganta Profunda. A los 95 murió el hombre que luchó consigo mismo y que derribó del poder a Richard Nixon en 1974. Muchos vieron en él a un patriota, pero, la verdad, que fue un acto de venganza. Nixon no lo ascendió a Número 1 del FBI y Mark Felt, Garganta Profunda, decidió cobrarle la afrenta.

Felt se convirtió en la mítica fuente de los reporteros del The Washington Post, Bob Woodward y Carl Bernstein, en el caso Watergate.

Desde las profundidades del anonimato, utilizando sofisticados mecanismos de entrega de información y reuniéndose en zótanos, Garganta Profunda fue mostrando a los reporteros las acciones vedadas que a veces cometen los hombres que dirigen el Estado.

Acciones antiéticas, como el espionaje y la intervención telefónica del opositor político. Acciones que llegan incluso a disponer de la vida humana. La política en ese caso es entendida como lucha por el poder, una confrontación terminal que busca el sometimiento o la liquidación.

Watergate fue el complejo hotelero de Washington, centro de operaciones del Partido Demócrata en 1972. El presidente en ejercicio –del Partido Republicano- ordenó intervenir sus instalaciones buscando obtener ventaja de sus competidores en las próximas elecciones generales.

Sin escrúpulos que valgan, Nixon envió agentes a asaltar las oficinas del partido Demócrata. Felt, involucrado también en el caso, encontró en este acto la manera de vengarse de quien consideró le arrebató su derecho a ocupar el más alto cargo en su profesión y denunció el caso a los periodistas Bob Woodward y Carl Bernstein. El escándalo terminó con la presidencia de Nixon.

Garganta Profunda murió a los 95 años, y se llevó todos los secretos a la tumba. Evidentemente sabía mucho más que el Caso Watergate. Su revelación permitió confirmar la forma perversa, oscura, que toma la política en ciertos niveles.

Garganta Profunda no murió consciente; padecía un tipo de demencia, desde hace unos años. Quizás fue mejor así. Los secretos de Estado podrían hacer palidecer al Libro del Apocalipsis.



14 noviembre, 2008

G-20 auge y caída de los imperios

Europa anunció hoy oficialmente que entró en recesión. Su PBI cayó en 0.2% en el tercer trimestre, algo que no ocurrió desde la fundación de la Unión Europea. Alemania, Italia y España son los países que han acusado el mayor impacto. Francia resiste aún. Todo ello en medio del inicio de la cumbre del G-20, foro que reúne a los países desarrollados y emergentes.

Mientras todos se preocupan por el sistema financiero internacional y sus reglas de juego vulneradas, el propio tablero mundial empieza a dibujar nuevos actores. A la potencia unipolar que dominaba el mundo desde la caída del Muro de Berlín, se suman una serie de países emergentes –entre los que destaca Rusia- que cada vez adquieren más protagonismo.

SI bien Estados Unidos no se retirará de inmediato de la supremacía del mundo, es cada vez más claro que su reinado parace llegar a su fin. En su lugar, surgen un grupo de países con intereses ya no unipolares, sino multipolares, o de polaridad restringida, por llamarla de alguna manera.

La polaridad restringida es la incapacidad de una sola potencia para imponerse en el mundo. Nunca como ahora, se aprecia un mundo desprovisto de un hegemón que imponga su estilo, su cultura y sus formas. Como señala Paul Kennedy en “Auge y Caída de los Imperios”, las guerras, las conquistas expancionistas, es decir, el sostenimiento de un ejército en guerra lleva a desequilibrar las economías de los Estados. Al comienzo el expansionismo parece apoyar el modelo de crecimiento, producto de las nuevas riquezas, tierras y productos conquistados, pero, a la larga, mantener el ritmo de gasto que genera el mantener a tropas operativas fuera del territorio, desemboca en crisis económicas.

No será tan rápido, sin embargo, asistir a este nuevo escenario. Ni la influencia de Estados Unidos desaparecerá de pronto. El primer paso seguramente será la mayor influencia de los otros países desarrollados para vigilar el desenvolvimiento de los principales bancos, así cómo introducir cambios en el rol del FMI. Las agencias de calificación también estarán en la mira. En suma, el nervio central del sistema. Europa viene dispuesta a recuperar su rol en esta historia. Rusia se siente fortalecido por su rápida recuperación. China, ya empezó su propio proceso de recuperación hacia adentro; Brasil aspira a mantener su puesto privilegiado entre los grandes e India acaba de poner un satélite en la luna para dejar en claro hasta donde ha llegado.

La ola removerá todo el barco capitalista. El tiempo dirá si es tan fuerte como para hundir la nave o sí los daños no llegan a comprometer la línea de flotación.

17 septiembre, 2008

El Huracán AIG pasa por Wall Street

Wall Street Cae. Las Bolsas del mundo cierran a la baja. El mundo tiembla ante la quiebra Lehman Brothers, uno de los bancos de inversión más grandes del mundo. Ni siquiera los 85 mil millones de dólares de rescate financiero de la Reserva Federal de los Estados Unidos a la American International Group (AIG) han logrado calmar los nervios. El dinero se escurre de las manos. Las acciones se hacen polvo. El gigante norteamericano sangra.

No es la primera herida imperial. En los últimos años han sucumbido otros bancos con activos siderales, considerados colosos financieros. WorldCom, se declaró en quiebra con 103 mil millones de dólares en activos; Enron, pasaba los 63 mil millones de dólares. Lehman Brothers superó a todos. Sus activos sumaban 639 mi millones de dólares. Pero sus deudas, unos 613 mil millones de dólares al 31 de mayo último, asecendían vertiginosamente.

El problema de Lehman fue la insolvencia en la que cayeron sus bienes inmobiliarios, aproximadamente 60 mil millones invertidos, prestados, tercerizados. Prestó dinero para comprar casas y la gente no puede pagar ahora su deuda. Soltó casi tres veces la deuda externa peruana. No pudo encontrar un socio dispuesto a realizar un rescate financiero.

Socio que sí encontró AIG -la mayor aseguradora del mundo- en el gobierno de George W. Bush. Al tacho se fueron las lecciones de no intervención del Estado en Economía. La Reserva Federal sacó de la cartera 85 mil millones de dólares y se hizo del 80% de las acciones de AIG.

El capitalismo yanqui recurrió así al nacionalismo financiero (de ellos por supuesto) e intervino la empresa virtualmente en quiebra; en otras palabras, nacionalizó una parte mayoritaria de la aseguradora.

Los mercados han respondido con cautela. Con nervios. Con excepticismo.

Nubes negras se avecinan en el firmamento mundial del dinero verde, plástico y digital. Los inversionistas buscarán refugiarse en el oro, disparando su precio. La recesión norteamericana golpeará las economías del mundo.

Nuestra economía no es inmune. Ninguna lo es. La baja en Wall Street ha sido la más fuerte desde el 11-S. Pero hay quienes usan un referente aún peor. La comparan con la noche negra de 1929. Parece que hubiéramos pasado del Huracán Ike a la Tormenta AIG.

26 junio, 2008

Obama, Hillary y un final de película

Los norteamericanos son seres gestuales para la política. Les encanta las tribunas coloridas, las convenciones con globos y pancartas, los viajes cruzando el país de punta a punta, los discursos a pie del cañón. Y adoran, por supuesto, los Happy End al estilo Holliwood.

Una de esas escenas ocurrirá mañana, en el pequeño poblado de Unity (Unidad), en el mítico estado de New Hampshire, donde empezaron las primarias y donde Hillarry soñó que sería la primera mujer en llegar a la Casa Blanca.

Allí, en el poblado Unidad, tendrá lugar el primer encuentro público entre el vencedor senador Obama, y la sufrida derrotada ex Primera Dama.

Los 1,100 pobladores que habitan ese emblemático rincón de los Estados Unidos viven su propia película. El 8 de enero, nomás, dividieron sus votos entre ambos candidatos y le otorgaron 107 papeletas a cada uno.

Hoy no salen de su asombro y se preparan para ser testigos de lo que será el primer acto de una escena de reconciliación que ha alterado su monótona vida en Unity. El slogan del mitin –como no podía ser de otra manera- es “Unirse por el cambio”.

Pero el final feliz siempre tiene su nudo de intriga y suspenso. Hillary lleva entre sus temas de agenda una cifra que refleja una deuda de campaña que no estaba en sus cálculos: 20 millones de dólares.

No hay duda que los americanos son seres lúdicos, pero pragmáticos.

Pueden vivir pendientes de realizar el sueño americano, pero cuando se trata de negocios y política business are business, como se dice. Y en este caso, seguramente, lo mejor será que la unidad demócrata sea soldada y saldada.


*** ACTUALIZACION***


A través de El País nos enteramos que el Happy End se transformó en Happy Start.

Hillary le comentó su abultada deuda de campaña de 20 millones de dólares. Barack, en gesto felino, sacó dinero de su bolsillo y abrió una cuenta de apoyo a nombre de Hillary.

Ella, por su parte -algo rubrizada, quizás-, no tuvo más remedio que pedir más contribuciones para el candidato demócrata.

Y para que nadie dude de su apoyo, señaló: "Hemos atravesado América defendiendo los argumentos ante el pueblo americano en unas primarias duramente disputadas, pero hoy y desde hoy todos los día, estamos mano a mano".

Obama, con la elegancia que lo caracteriza, respondió sentirse orgulloso de poder llamar “amiga” a su antigua contendora.

Fue un típico show politic que tuvo como corolario una cuota de real politic; una encuesta realizada por Yahoo! News y Associated Press señala que 53% de los demócratas que apoyaban a Clinton hace dos meses respaldan ahora al senador demócrata de Illinois.




10 septiembre, 2007

11 - S en Palacio

Tres minutos después del primer ataque a las torres gemelas, CNN empezó a transmitir la noticia. Eran las 8:49 a.m. El presidente George W. Bush estaba fuera de Washington, en un colegio para niños en Texas y su secretario de Estado, Collin Powell, fuera de Estados Unidos, a cientos de kilómetros de distancia, en Perú.

Hacía 30 minutos que Powell estaba en el Salón de Embajadores de Palacio de Gobierno, conversando con el Presidente Alejandro Toledo. Había llegado a las 8 y 15 a.m. en punto. Estaba en el país para participar del nacimiento de la Carta Democrática Interamericana, iniciativa peruana aprobada por la OEA.

El primer ataque a la torre norte, producido a las 8:46 a.m., generó información confusa. Se dijo que una avioneta había chocado accidentalmente contra una de las torres del World Trade Center.

A las 9:02 a.m. impactó el segundo avión en la torre sur. Las imágenes se vieron en directo. Saltamos de nuestros asientos y subimos el volumen al televisor. Fue entonces que se empezó a hablar de un ataque terrorista.

El corazón del imperio había sido atacado.

La sala de prensa -desde dónde seguíamos el encuentro entre Toledo y Powell- se alteró por completo. De inmediato redactamos una nota y se la enviamos al Presidente: “Ataque a Estados Unidos. Dos aviones se estrellan contra el World Trade Center. Se dice que podría ser un ataque terrorista. CNN transmite en vivo”.

El Presidente comunicó a Powell la tragedia. El secretario de Estado dio una orden a uno de sus servidores. El hombre empezó a marcar el teléfono celular. Los edecanes instalaron un televisor en el Salón de Embajadores y pusieron CNN. El secretario de Estado no podía comunicarse. Se fue entonces a otra sala donde días antes se había instalado una línea telefónica especial.

El 11 de setiembre de 2001 murió casi tanta gente como en el ataque a Pearl Harbor en 1941. Fue el mayor ataque terrorista que hubiera sufrido Estados Unidos en toda su historia. Según anota el ex canciller alemán, Joschka Fischer en su libro “El retorno de la historia”, perecieron más del triple del total de norteamericanos que murieron en atentados terroristas ocurridos en los treinta años anteriores.


Powell se dio tiempo para asistir a la asamblea de gobernadores de la OEA, y aprobar la Carta Democrática. La asamblea en pleno guardó un minuto de silencio en homenaje a las víctimas. Al hacer uso de la palabra, en medio de muestras de respaldo y solidaridad de los representantes de América Latina, dijo:

“Una terrible, terrible tragedia ha ocurrido en mi nación, que también les ha ocurrido a todas las naciones de esta región, a todas las naciones del mundo y a todos aquéllos que creen en la democracia.

Nuevamente vemos terrorismo; vemos terroristas, personas que no creen en la democracia, personas que consideran que con la destrucción de edificios, con el asesinato de personas, de alguna manera pueden conseguir un objetivo político. Pueden destrozar edificios, pueden matar gente, tragedia que nos entristecerá; pero nunca les permitiremos matar al espíritu de la democracia. No pueden destruir nuestra sociedad. No pueden destruir nuestra convicción en el proceso democrático”.

Es importante que me quede aquí (en Lima) un poco más, para ser parte del consenso de esta nueva carta democrática. Eso es lo más importante que puedo hacer antes de partir de mi regreso a Washington … ”.

Luego, se despidió de la asamblea y se fue.

Este pasaje lo cuenta Bob Woodward en su libro “Bush va a la guerra”. Pero quienes, circunstancialmente, estuvimos ese día cerca de Powell lo vivimos directamente. Y sentimos de cerca su dolor.