Politikha / Blog de Luis Alberto Chávez

25 marzo, 2016

Proceso y estados alterados

El presente proceso electoral ha sido irremediablemente alterado, manoseado y, por tanto, afectado. La razón es la sombra de dudas que han proyectado los propios organismos electorales al hacer un uso extensivo, diverso, interpretativo y subjetivo de los cambios introducidos en la Ley Electoral sobre dádivas y proselitismo.

La más reciente resolución del JEE de Lima Centro 1 ­–aprobada entre gallos y medianoche–, contorsiona el derecho para librar a la candidata de Fuerza Popular de la exclusión del proceso.

Incorpora elementos interpretativos, donde la ley no interpreta.

La ley no indica, por ejemplo, que se deba probar que el dinero entregado sea patrimonio del infractor.  La resolución del JEE, introduce este elemento.

Dice también la resolución del JEE que el acto al que asistió la candidata de FP no fue de carácter proselitista, sino cultural.

¿Ignora el JEE que Factor K es una agrupación cultural solo de fachada? Que en realidad es una organización encargada de captar jóvenes para Fuerza Popular a través de actividades artísticas.

El acto de premicación fue un acto proselitista, preparado ex profesamente para recibir a los candidatos de FP y para dejar en claro que era dicha organzación política la patrocinadora de las actividades. ¿O cree el JEEE que Factor K podría aludir a la K de Kuczynski?

Pero el problema no es solo de los organismos electorales.

El origen de este cambalache electoral está en la decisión del Congreso que aprobó –por insistencia, debido a la observación del Ejecutivo–, una serie cambios a la ley electoral ¡en medio del proceso en curso!

Estos cambios, hay que decirlo, obedecieron a presiones de ONGs internacionales, nacionales, opinólogos, politólogos y medios de comunicación, que desde hace un tiempo buscan reglamentar la política hasta volverla un espejo suizo.

Es decir, los cambios políticos, culturales, como son los cambios en la profundización de la democracia, se quieren atajar por vía de la ley.

El resultado es este remedo de elecciones que estamos obligados –por ley– a tener.

Un proceso donde, por lo menos, la pluralidad de elección, ha sido recortada, retaceada, disminuida.

A estas alturas, a 15 días de acudir a las urnas ­–3 millones lo harán vía voto electrónico–, con incertidumbre sobre qué candidatos quedarán finalmente, con jóvenes preparándose para salir a las calles, lo único que tenemos claro es que estamos ante un proceso y estados alterados.



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14 marzo, 2016

El fantasma ha despertado



Un fantasma ha despertado. Estaba dormido. Aturdido. Arrinconado. Pero estaba allí. Resistiendo los medios, las encuestas, las redes. Ese fantasma salió de su habitación el 15 de marzo y llenó la Plaza San Martín: el antifujimorismo.  

Según Ipsos, el antivoto naranja era 40% en febrero y sube a 44% en marzo. Y va in crescendo.

Nadie sabe hasta donde llegará esta fuerza, pero el fujimorismo ha sentido la pegada. Su primer error ha sido responder con prepotencia; como antes, como siempre; y llamar a los jóvenes del 15M, terroristas.

Esos jóvenes indignados han salido para cerrarle el paso a Keiko Fujimori.

Pero su agenda es mayor. Protestan contra los organismos electorales, contra sus decisiones y sus integrantes. Contra el proceso electoral en general al que no lo sienten seguro, confiable, democrático.

Protestan contra los candidatos que representan el pasado, el viejo orden, integrantes de la vieja clase política, antidemocrática y corrupta.

Esos jóvenes delinean uno de dos  caminos que empiezan a bifurcarse. Los que confían en la presente campaña electoral y quienes consideran que este proceso está irremediablemente viciado.

Esto plantea un problema para la democracia.

¿Son más importantes los principios generales que los procesos burocráticos? ¿Están intrínsicamente ligados, o pueden acaso comprenderse uno sin el otro? ¿Es más importante el derecho a elegir y ser elegido o las normas de cumplimiento administrativo para inscribir una candidatura?

Dependerá de qué respondas para ubicarte en uno y otro camino.

Pero independientemente de donde te ubiques, esta elección va camino a una pendiente de polarización. Fujimoristas vs antifujimoristas.

¿Aguantará el proceso una arremetida final así? ¿O una ola de violencia extrema puede perturbar y desequilibrar de manera irremediable el precario proceso electoral?

Es una respuesta que solo las calles tienen. La polarización amenaza con no terminar con el resultado electoral. La autoridad presidencial que emerja de este proceso tendrá una legitimidad de piel de cristal. 

En todo caso, el fantasma ha despertado. Y anda suelto.


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06 febrero, 2016

Política ficción en tres actos y un epílogo


(I)

La Universidad Complutense, usando su procedimiento administrativo más largo, no entrega su informe antes del 10 de abril y la campaña sigue su curso. Conforme pasan las semanas, ni las pruebas adicionales que siguen apareciendo, ni los informes periodísticos en contra, comentarios burlones y apanado en redes sociales, logran hacer desistir al candidato de Alianza para el Progreso de sus pretensiones de ser presidente de la República.

Acuña no solo no renuncia, sino que –contra todo pronóstico– su candidatura sigue subiendo, pasa a la segunda vuelta con Keiko Fujimori; logra victimizarse y dándole vuelta a la estigmatización de Dr. Xerox, que para entonces ya tiene, y sin que La Complutense aún se pronuncie, gana a la representante de Fuerza Popular. Aunque parezca increíble, para esta segunda vuelta, su estrategia victoriosa de campaña, la toma de la máxima industrial de los propios ancestros de su competidora: copiar, igualar, superar.

(II)

Acuña convoca entonces a la unidad nacional. Afirma que hará un gobierno para todos los peruanos, sin odios ni rencores, de ancha base, el Perú primero y bla, bla, bla. Usa toda la monserga retórica democrática de los últimos cincuenta años. Hurga y roba pasajes enteros de discursos clásicos de Haya de la Torre, Juan Domingo Perón, Benito Juárez, Salvador Allende, pero ya nada importa. El estilo es el hombre. Además se defiende: las ideas no son de quién las dice, sino de quién las necesita.

En plena conformación de su gabinete, el flamante presidente electo es sorprendido con el informe de la Universidad Complutense. No hay dudas. Obvio. Hay plagio. La universidad lamenta lo sucedido y a partir del Caso Acuña incorpora el uso de software como etapa previa a la designación del comité asesor de tesis universitarias en sus tres grados: bachiller, magister y doctorado. El presidente electo, recurre al JNE. No hay causal para impedir su juramentación.

(III)

El 28 de julio del 2016 el presidente de la República, César Acuña Peralta, toma juramento de su cargo. Lo hace en medio de una batahola iniciada, liderada, por la bancada mayoritaria del Congreso en manos de Fuerza Popular, pero acompañada por el resto de bancadas que de inmediato conforman el bloque opositor. No han pasado dos horas y se presenta una moción multipartidaria argumentando violación del Artículo 113 Inc. f de la Constitución: vacancia presidencial por incapacidad moral.

No hay forma de detener el procedimiento. El presidente es expectorado del cargo. La primera vicepresidenta Anel Townsend duda al comienzo, pero al ver la renuncia de su segundo vicepresidente, Humberto Lay, decide dar una pelea en serio para mantenerse en el puesto. Su argumento cobra sentido. Resulta que en el Congreso, la primera mayoría ha logrado colocar como presidente de ese poder del Estado al congresista más votado de sus filas: Kenji Fujimori. La sucesión democrática indica que si cae todo el Ejecutivo, el gobierno queda en manos del presidente del Congreso. El argumento de Anel es sólido. El remedio puede ser peor que la enfermedad.

(Epílogo)

El desenlace no es para nada original. Es una burda copia de la solución que encontró la democracia peruana el 2000 cuando el presidente en ejercicio, Alberto Fujimori, renunció por fax desde el Japón. El presidente del Congreso, Kenji Fujimori, renuncia a su cargo para dejar en línea de sucesión al primer vicepresidente, un congresista novato, anodino, medio sonso, puesto allí ex profeso, y que –cómo no– se compromete a convocar de inmediato a nuevas elecciones generales en el plazo máximo de ocho meses. El Perú no será Macondo, pero puede ser peor; un país donde la realidad supera siempre a la ficción. O cuando menos, la imita.




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01 febrero, 2016

El copista ilustrado

El plagio es un acto que nace de tres de los peores males del hombre: la mentira, la incapacidad y la ociosidad.

Pero una cosa es plagiar y otra copiar. La primera atañe a un robo. La segunda puede imitar una obra de arte. No se plagia un jarrón chino; se copia.

Sea plagio o copia, el sentido es que ambos hurtan aspectos, ideas o características originales de otro.

Por eso, el acto de plagiar o de copiar conlleva siempre un hecho de apropiación.

El árbol empieza a torcerse desde los primeros años, en los trabajos escolares. Se copia el cuaderno, la tarea, el examen.

El plagiador requiere casi siempre una contraparte débil, cómplice de la falta.

El que estudia, cede a los requerimientos del copista al prestarle el cuaderno o el balotario resuelto.

El copista que empieza copiando la tarea, por lo general, termina plagiando en pleno el examen. Busca el atajo, el menor esfuerzo, la trampa.

El plagiar es un tema de la ética. Tiene que ver con la capacidad de mentirse a sí mismo y de mentir o engañar a los demás.

Cuando el copión reproduce ideas de otros con pasión, pierde la noción de vergüenza. Copia sin prisa, pero sin pausa. Sin que nada lo detenga.

En ese trance, su labor se vuelve mecánica, autómata. Llena los espacios sin entender lo que hace. No le importa, sino untar el papel con tinta.

A cualquier mortal una página en blanco, lo perturba. Al copista, no le preocupa. Hasta podría deleitarle.

Para el copiador impenitente, una página en blanco es el espacio en el que se encuentra a sí mismo. Vacío de contenido.

Con el tiempo, el copista se acostumbra a su oficio. Y su arte se vuelve sofisticado. Copia monografías, tesis universitarias, magistrales, doctorales.

Si al inicio pedía favores, cuando crece, se paga sus extravíos. Copia y encarga copiar sin pudor. Ni rubor. Copy and paste.


Por eso, si Dios escribe recto sobre renglones torcidos, el copista escribe torcido siempre sobre los renglones rectos de otros. 

Y vive feliz, como una perdiz, hasta que se mete en política y decide ser presidente.

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31 diciembre, 2015

En defensa de la Descentralización

La descentralización es un proceso irreversible. No debe detenerse, ni retroceder. Por el contrario, debiera mejorarse, ajustarse, reimpulsarse. Necesita redireccionarse.

No hay reforma más importante que se haya realizado en democracia, que la descentralización. Hasta antes del 2002, se larvó en Perú un Estado centralista, arcaico, burocrático. En buena parte sigue siéndolo, pero cada vez menos.

Los casos de corrupción en los gobiernos regionales son una amenaza seria para el proceso de descentralización. Podría  incluso revivir el manejo centralista del Estado.

La mitad de los gobernadores regionales en problemas con la justicia. Obras paralizadas por pago de coimas en licitaciones y concursos. 700 en todo el país –según la Contraloría–, por un valor de 4.500 millones de soles.

A primera vista parece que la descentralización lo único que ha descentralizado es la corrupción.

Pero no es así. Aquí lo que ha pasado es que el gobierno nacional deshizo el mecanismo institucional necesario para monitorear el proceso.

El gobierno del Presidente Toledo dejó una arquitectura legal que consideraba la transferencia gradual de competencias. Instituyó una instancia de coordinación ­–El Consejo Nacional de Descentralización­–, que el siguiente gobierno simplemente eliminó. Y el actual no restituyó.

En lugar del CND se creó una Secretaría de Descentralización, de tercer nivel, sin autonomía técnico-funcional ni político-administrativa.

Se confundió autonomía con autarquía. Y se transfirió recursos sin mejorar las competencias y capacidades. Los gobiernos regionales avanzaron en mejorar sus presupuestos, pero no su capacidad de gasto.

Hoy los gobernadores regionales no se reúnen con regularidad con el Presidente de la República. El jefe del Estado no despacha con los representantes de los gobiernos subnacionales para monitorear planes de desarrollo u obras de envergadura que exceden el ámbito regional.

El Presidente trabaja con sus ministros, sectorialmente; pero no lo hace regionalmente con los gobernadores. No existe ese nivel de coordinación nacional-subnacional. Con excepción, claro de los Consejos de Ministros Descentralizados, modalidad que inició el Presidente Toledo en su gobierno.

Se requiere continuidad en las coordinaciones. Regularidad. Obligatoriedad. 

Quizás sea necesario que así como se tiene a la CIAEF para articular las políticas económicas y financieras y a la CIAS para coordinar la política social, se cree un mecanismo de coordinación entre el presidente y los gobiernos subnacionales, que podría ser una Comisión Nacional de Asuntos Regionales (CIAR), o restituir el Consejo Nacional de Descentralización con los mismos fines.

La Ley Orgánica del Poder Ejecutivo tiene una instancia que podría cumplir ese objetivo: el Consejo de Coordinación Intergubernamental (CCI), en el que participan los presidentes regionales y una representación de alcaldes,  (LOPE Art. 19. Inc. 13). Está a cargo del Presidente del Consejo de Ministros, pero, en la práctica, es letra muerta. Nunca se le ha convocado.

Aquí lo que requiere es el liderazgo del Presidente de la República. Es el jefe de Estado quien debe redireccionar el proceso de descentralización. Y dejar que la PCM o un nuevo CND ejecute un programa nacional de fortalecimiento de capacidades.

La descentralización no es un fin en sí mismo; es un mecanismo para llegar al ciudadano. Construir el Estado con rostro humano es un proceso impostergable. No hay vuelta atrás en el deseo de llegar con calidad, eficacia y eficiencia al ciudadano. Y ese mecanismo es la descentralización, anhelo de los pueblos desde la fundación de la República.




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