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03 febrero, 2019

El compliance officer en los partidos

Lava Jato ha empezado a cambiar las organizaciones empresariales, al Estado y cambiará también a los partidos políticos. El coletazo de la corrupción ha sido tan fuerte que terminará por recomponer a todo tipo de organización y las de tipo político no pueden ser la excepción.

En el Perú, los procesos abiertos en el marco de las investigaciones por sobornos al más alto nivel de la empresa brasileña Odebrecht han llevado a la Fiscalía a considerar al interior de los partidos la formación de “organizaciones criminales para delinquir”.

Es decir, que un grupo de ciudadanos al amparo o bajo la cubierta de una organización política se reúne para realizar actos reñidos, violatorios o directamente atentatorios de la ley, con el animo de obtener un fin, en este caso, el poder.

El  razonamiento fiscal es el siguiente: no es el partido el que se convierte en organización criminal, sino son los dirigentes -que manejan el partido- los que actúan, de manera consorciada, como una banda criminal.

Sin entrar en detalles de cada acción partidaria analizada por la fiscalía, ni de lo laxo que resulta el uso del concepto “banda criminal”, lo cierto es que las actividades y decisiones de los partidos políticos transcurren en un velo de misterio frente a la ciudadanía; sobre todo en lo que se refiere al manejo administrativo, económico y financiero de las campañas electorales.

No es suficiente la normatividad existente de rendición de cuentas a la ONPE de los ingresos y egresos de los gastos de campaña, tanto de los candidatos como de los partidos políticos.  La situación actual requiere, además de conductas transparentes y éticamente correctas, una formación rigurosa de las normas y leyes que rigen el comportamiento de las organizaciones políticas al momento de realizar operaciones jurídicas, financieras, contables y administrativas.

Así como se desterró de la historia  “el anforazo”, o “el arreglo en mesa”, en el momento del escrutinio, hoy es imprescindible que los partidos se despojen de las diferentes modalidades que encuentran para disimular inconductas funcionales en el manejo económico que van desde “el pitufeo”, hasta “la doble contabilidad”, pasando por “los gastos inflados”, “los aportes voluntarios falsos”, y “las colaboraciones anónimas”.  

Todos esos recursos mentirosos de campaña entrañan algún tipo de responsabilidad. Para evitar caer en ellas, las organizaciones políticas necesitan algo más que secretarios de economía, jefes de campaña o tesoreros. Requieren de un profesional idóneo, no elegido en asamblea, seleccionado por su alto sentido de la ética y excelente formación jurídica, que establezca con claridad lo que se puede y no se puede hacer en un partido político. Que imponga normas de conducta y protocolos de actuación así como las medidas de control y vigilancia que el partido, sus dirigentes, militantes y simpatizantes,necesitan conocer y cumplir para evitar caer voluntaria o involuntariamente en conductas delictivas.

Ese personaje es el compliance officer, el oficial de cumplimiento, una especie de contralor-veedor-fiscalizador, encargado de cumplir y hacer cumplir estrictas medidas de control que lleven al partido político y sus integrantes por la senda de la ley y la ética. Su rol no es solo preventivo en el sentido de cumplir la ley, sino hasta prospectivo, en la medida que un partido sano incrementa, a la larga, la confianza ciudadana, lo que podría traducirse a su vez en mejores resultados en el ánfora y en una mejor salud para la democracia.

El papel del compliance officer es, por tanto, no solo orientar al partido y sus dirigentes a actuar dentro del marco de la ley para evitar futuras acusaciones penales, sino, también de ayudar a recuperar el nivel de confianza en las instituciones políticas, una de las más golpeadas y vapuleadas en los últimos años. En el Perú, este personaje no existe. Los partidos son manejados por camarillas que hacen y deshacen a su antojo, tanto en acciones y decisiones políticas, como en conductas y actividades  administrativas, contables y financieras. Es momento de cambiar esta situación.

11 noviembre, 2017

El ataque de la reina





El problema entre Keiko Fujimori y El Comercio no es un problema de titulares. Ni de información sobre lo que dijo o no dijo Marcelo Odebrecht. No es, por cierto, un problema de naturaleza semántica o de interpretación. Es un problema político. Y también de miedos.

El problema radica en que Keiko siente que el tema Lava Jato podría terminar por envolverla y comprometer su futuro político al quedar mancillada en el proceso de corrupción.

Ella cree que tras la denuncia de El Comercio y la investigación del Ministerio Público por lavado de activos al ex secretario general de FP, Joaquín Ramírez, y al propio partido Fuerza Popular, como banda criminal organizada, existe una campaña político-mediática-jurídica en su contra que busca sentarla en el banquillo de los acusados.

Bajo el argumento de que no hay mejor defensa que el ataque, la lideresa de FP ha decidido defenderse, es decir, ejercer el poder que tiene en el Congreso y plantear una lógica de lucha de poderes, de consecuencias impredecibles, que podría no dejar títere con cabeza.

Una especie de ataque Parham o ataque de la reina malvada, en ajedrez, que obliga a movimientos rápidos de la reina casi al iniciar el juego, exponiéndose a ataques, aunque salvaguardando su integridad pronto, tras una retirada táctica.

En este juego "alocado" de la reina, el presidente de la República es llevado a las cuerdas de la Comisión Especial que investiga el tema Lava Jato para enredarlo, obligándolo a comparecer ante ella con la finalidad de que caiga en alguna contradicción que amenace la continuidad en su puesto.

Al Fiscal de La Nación se le ha puesto una denuncia en la SubComisión de Acusaciones Constitucionales, acusándolo de no actuar diligentemente en procesar a las empresas peruanas socias de Odebrecht, y de haberse parcializado en la investigación y haber retrasado los trámites de extradición a otros procesados.

A cuatro magistrados del Tribunal Constitucional también se les ha amenazado con una acusación constitucional por un tema relacionado con una votación que consideraba el Caso de El Frontón como cosa juzgada y que según el presidente de dicho órgano, el procedimiento del colectivo se enmarca dentro de su jurisdicción e independencia de poderes.

También se le ha cargado las tintas a las empresas peruanas Graña y Montero y JJC, al modificar en el Congreso el Decreto de Urgencia 003-2017 y comprenderlas en las restricciones que en principio eran solo para Odebrecht y que impide tres cosas: 1) Transferir dinero fuera del país hasta que paguen la reparación civil, 2) Vender activos sin autorización previa del Ministerio de Justicia, y 3) Retener sus utilidades provenientes de contratos en otras obras que tengan con el Estado.

Por si fuera poco, el juego de la reina enfiló baterías contra el Diario El Comercio a quien amenazó con denunciarlo penalmente, según ella, por haber mentido al informar que Marcelo Odebrecht declaró a los fiscales peruanos que fueron a Curitiba a interrogarlo,  que, en efecto, tenía la certeza de haber financiado la campaña presidencial de Fuerza Popular.

En menos de una semana, el ataque de la reina ha sido despiadado. 

El objetivo político de Fuerza Popular ha ido contra el nervio central de la institucionalidad democrática: La Presidencia de la República, el Ministerio Público, el Tribunal Constitucional y la Libertad de Expresión. Un fuego cruzado que nos ha devuelto —como un Deja vu—, a lo peor de la década del noventa. ¿Cuál será ahora el juego del Ejecutivo? ¿Cómo se responde un ataque Parham? Esperaremos a ver el movimiento de alfiles y torres que se viene.