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18 octubre, 2022

La dignidad del cargo


 

La dignidad de la primera magistratura no puede estar en duda, si queremos ser respetados como Nación. Su deterioro, liviandad o su absoluta falencia, afecta no solo el valor del propio cargo representativo, sino el alma colectiva de los ciudadanos. Degradada la cabeza ¿qué se puede esperar del cuerpo?

 

Y, sin embargo, nos encontramos en esa anomia del poder político. La denuncia de la Fiscalía de la Nación contra el jefe del Estado independientemente de sus consecuencias legales o constitucionales en el Congreso es un documento que desnuda la miseria misma del poder.

 

El gobierno elegido democráticamente se presenta como una malformación congénita del arte para gobernar. Una organización pervertida en sus fines que tiene como obejtivo administrar el poder sacando provecho de él; un lúpulo amargo que fermenta cualquier acto lícito de gobernar.

 

La dignidad se tiene o se gana. Empieza por el respeto que uno tiene de sí mismo, y se refleja en el que las personas tienen sobre uno. La dignidad no puede ser sustituida por nada. Ni se compra ni se vende. Es incanjeable.

 

Cuando se ejerce un cargo, la dignidad da como resultado el honor y el respeto. Nadie con más autoridad sobre su pueblo que un gobernante íntegro. He ahí el origen de la palabra “dignatario”. 

 

La actual crisis política que vive el país nos revela que este principio se ha deteriorado. En todo nivel, en toda nuestra clase política, desde el regidor hasta la presidencia de la República, en provincias como en la capital.

 

De manera persistente y progresiva, las inconductas, tropelías, arreglos, repartijas y delitos revelados, reducen el valor y estatus del cargo representativo; y, al mismo tiempo, lo vuelve más apetitoso para los carentes de valores, horadando el valor mismo de la democracia representativa.  

 

Deshonrar el cargo público es traicionar la voluntad popular. Comprar lealtades con puestos públicos, desfalcar el erario nacional, amañar licitaciones, obstruir la función de los órganos juridisccionales, desaparecer pruebas, ocultar cómplices, incoar a quienes lo investigan, ha desbordado todo límite

 

La inconducta funcional, la degradación del cargo, le hace daño al país. La lección que debemos extraer de todo esto es simple: quien pretenda ejercer un cargo público debe ser digno de él. 

 

Lo anunció en 1821 Faustino Sánchez Carrión cuando unió dignidad a la condición de vida republicana. Lo que el tribuno quiso decirnos es que, si aspirábamos a ser República, no podía ejercerse representación sin honor. “Elevar nuestros sentimientos a la altura de este título”. 


Dignidad en la vida y de ser electo también en la función pública. 

 

 

 

 

 

 

 

06 enero, 2019

Poder es querer


El fiscal de la Nación, Pedro Gonzalo Chávarry, ha perdido toda legitimidad para seguir encabezando el Ministerio Público. Carece de superioridad jerárquica. Manda pero no gobierna. Ni él mismo se obliga. Un día saca a los fiscales Domingo Pérez y Rafael Vela y al día siguiente los repone.

El daño que le hace a la institucionalidad del Ministerio Público, sin embargo, no se resuelve con un caballazo jurídico del Ejecutivo. Es una situación de emergencia, pero aún en estas circunstancias, se debe respetar la constitucionalidad de las normas y la autonomía de los poderes.

Montesquieau decía que los tres poderes del Estado no podían estar en una sola mano o grupo de personas porque, sino, caemos en tiranía. Tampoco podía intervenir un poder en otro, sin afectar el balance y equilibrio necesario para gobernar sin abuso. La separación de poderes es básico para el funcionamiento democrático y para asegurar el respeto a las libertades y garantías procesales del ciudadano frente al Estado.

La propuesta del Ejecutivo propone mediante una ley que los fiscales supremos adjuntos reemplacen temporalmente a la Junta de Fiscales Supremos, expectorando a estos últimos de un plumazo. Esto, en tanto se forma la nueva Junta Nacional de Justicia que reemplaza al liquidado Consejo Nacional de la Magistratura. Eso no se puede hacer. No está previsto en la Constitución.

Esa vía de solución no existe, como bien lo han explicado diversos constitucionalistas. Pero, entonces, ¿qué hacer para recuperar la conducción jerárquica en el Ministerio Público?, ¿cómo apartar al fiscal Chávarry de su función respetando los cánones institucionales?, ¿Qué hacer si no renuncia voluntariamente al MP?

La respuesta pasa nuevamente por el Espíritu de las Leyes. Poner en funcionamiento la separación de poderes. Es decir, que cada uno de los poderes, despliegue su función, realice su tarea, y asuma su responsabilidad, en esta hora complicada.

Y para ello hay dos mecanismos. Si la denuncia es por infracción a la Constitución, el Congreso resuelve de manera autónoma. Si la denuncia es por delitos de función, el Congreso actúa como sala de antejuicio y dispone la suspensión del funcionario para que este sea denunciado por el Ministerio Público y sancionado por el Poder Judicial.

El fiscal Chávarry tiene actualmente cuatro denuncias en la SubComisión de Acuscaciones Constitucionales del Congreso de la República. Esta instancia debe procesarlas de inmediato, establecer el debido proceso y la legítima defensa, dictaminarlas, votarlas y elevarlas al pleno para su debate y aprobación final. La Comisión Permanente del Congreso puede igualmente presentar una nueva acusación constitucional.

La pelota está, pues, en la cancha del Congreso.

La reciente suspensión del fiscal Chávarry de su licencia como abogado en el CAL, tiene una doble instancia procesal que deberá ser resuelta en el Tribunal de Honor del colegio para que sea efectiva; pero inicia un proceso para que cualquier persona que se considere agraviada invoque el Art. 99 de la Constitución y pueda presentar una acusación ante la Comisión Permanente del Congreso por infracción constitucional.

El camino es largo, tedioso y complicado. Pero es el mecanismo legal que debemos respetar. Optar por la vía rápida de la intervención de un poder sobre otro es abrir una puerta peligrosa y poner un pie en el terreno fangoso de la inconstitucionalidad; una frontera oscura que celebran las masas, pero que al final, resulta contraproducente porque implica la supremacía de un poder sobre otro.


Al Congreso hay que decirle con todas sus letras que, en este caso, poder es querer.


11 noviembre, 2017

El ataque de la reina





El problema entre Keiko Fujimori y El Comercio no es un problema de titulares. Ni de información sobre lo que dijo o no dijo Marcelo Odebrecht. No es, por cierto, un problema de naturaleza semántica o de interpretación. Es un problema político. Y también de miedos.

El problema radica en que Keiko siente que el tema Lava Jato podría terminar por envolverla y comprometer su futuro político al quedar mancillada en el proceso de corrupción.

Ella cree que tras la denuncia de El Comercio y la investigación del Ministerio Público por lavado de activos al ex secretario general de FP, Joaquín Ramírez, y al propio partido Fuerza Popular, como banda criminal organizada, existe una campaña político-mediática-jurídica en su contra que busca sentarla en el banquillo de los acusados.

Bajo el argumento de que no hay mejor defensa que el ataque, la lideresa de FP ha decidido defenderse, es decir, ejercer el poder que tiene en el Congreso y plantear una lógica de lucha de poderes, de consecuencias impredecibles, que podría no dejar títere con cabeza.

Una especie de ataque Parham o ataque de la reina malvada, en ajedrez, que obliga a movimientos rápidos de la reina casi al iniciar el juego, exponiéndose a ataques, aunque salvaguardando su integridad pronto, tras una retirada táctica.

En este juego "alocado" de la reina, el presidente de la República es llevado a las cuerdas de la Comisión Especial que investiga el tema Lava Jato para enredarlo, obligándolo a comparecer ante ella con la finalidad de que caiga en alguna contradicción que amenace la continuidad en su puesto.

Al Fiscal de La Nación se le ha puesto una denuncia en la SubComisión de Acusaciones Constitucionales, acusándolo de no actuar diligentemente en procesar a las empresas peruanas socias de Odebrecht, y de haberse parcializado en la investigación y haber retrasado los trámites de extradición a otros procesados.

A cuatro magistrados del Tribunal Constitucional también se les ha amenazado con una acusación constitucional por un tema relacionado con una votación que consideraba el Caso de El Frontón como cosa juzgada y que según el presidente de dicho órgano, el procedimiento del colectivo se enmarca dentro de su jurisdicción e independencia de poderes.

También se le ha cargado las tintas a las empresas peruanas Graña y Montero y JJC, al modificar en el Congreso el Decreto de Urgencia 003-2017 y comprenderlas en las restricciones que en principio eran solo para Odebrecht y que impide tres cosas: 1) Transferir dinero fuera del país hasta que paguen la reparación civil, 2) Vender activos sin autorización previa del Ministerio de Justicia, y 3) Retener sus utilidades provenientes de contratos en otras obras que tengan con el Estado.

Por si fuera poco, el juego de la reina enfiló baterías contra el Diario El Comercio a quien amenazó con denunciarlo penalmente, según ella, por haber mentido al informar que Marcelo Odebrecht declaró a los fiscales peruanos que fueron a Curitiba a interrogarlo,  que, en efecto, tenía la certeza de haber financiado la campaña presidencial de Fuerza Popular.

En menos de una semana, el ataque de la reina ha sido despiadado. 

El objetivo político de Fuerza Popular ha ido contra el nervio central de la institucionalidad democrática: La Presidencia de la República, el Ministerio Público, el Tribunal Constitucional y la Libertad de Expresión. Un fuego cruzado que nos ha devuelto —como un Deja vu—, a lo peor de la década del noventa. ¿Cuál será ahora el juego del Ejecutivo? ¿Cómo se responde un ataque Parham? Esperaremos a ver el movimiento de alfiles y torres que se viene.