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28 diciembre, 2021

Un mundo más humano

  

El segundo año de la pandemia más terrible que ha vivido el mundo nos deja nuevamente asustados y perplejos con la recomendación de limitar nuestras salidas y reuniones o, de preferencia, encerrarnos, otra vez, en nuestras cuevas. La variante ómicron es la nueva amenaza que, según los entendidos, será la cepa predominante en poco tiempo debido a su alto poder de contagio. Hemos avanzado en contener los efectos de la enfermedad con las vacunas, pero las consecuencias han sido diferenciadas. 

 

La covid-19 ha aumentado la brecha social, económica y sanitaria en la humanidad. Pero no todos han sentido el impacto en igual proporción. Los pobres han sido los más afectados. Sobre ellos ha recaído el mayor número de muertos, la mayor pérdida de empleo, el hambre, la tardanza en el acceso a las vacunas y el retraso en el proceso de aprendizaje debido a su preexistente condición de baja conectividad digital.

 

Un informe del Banco Mundial señala que uno de los efectos directos de la pandemia fue que la pobreza aumentó el 2020 por primera vez en más de 20 años. Los grupos humanos que empezaban a salir de la pobreza, gracias a mecanismos de acceso al mercado y creación de fuentes de trabajo, retrocedieron y, lo que es peor, produjeron más de 100 millones de nuevos pobres.

 

La disparidad económica afecta también la salud. Los países de ingreso alto han vacunado a más del 75% de su población, mientras que los países de ingreso bajo lo han hecho apenas al 7%. No hay un acceso paritario a las vacunas, ni justo. El problema es que al tener pocos vacunados los países pobres se convierten en laboratorios humanos para un mayor número de mutaciones del virus. 

 

La no vacunación de la población trae otro problema. Su recuperación económica, ya de por sí pequeña y desigual, demora en reactivarse, privando a las personas de empleos que les generen ingresos para alimentarse mejor y para proveerse de otros servicios, como educación, por ejemplo. El 40% de la población más pobre del planeta aún no recupera sus magros ingresos. Y no es seguro que lo haga en un contexto de ralentización de la economía mundial.

 

El comercio y el turismo, que es lo más seguro que tienen las naciones menos favorecidas, han sido duramente golpeados por la pandemia. Esta es la ventana más segura de empezar la recuperación económica debido a que la propia pandemia demanda asegurar bienes y servicios esenciales, sobre todo alimentos frescos o procesados y productos sanitarios. Comercio fluido, generación de empleo y reducción de la pobreza van de la mano. Esto es algo que tienen que entender quienes administran el Estado. Para las exportaciones es profundizar la pobreza.

 

Finalmente, está el impacto de la pandemia en la educación. El cierre prolongado de las escuelas, la baja conectividad y la carencia de programas de gobierno que enfrenten esta situación ha hecho que tengamos aprendizajes deficientes, cuando no nulos, lo que ha llevado a que generaciones enteras de niños de 10 años, de países con ingresos bajos y medios, no puedan comprender un texto básico ni realizar operaciones matemáticas elementales.  Los datos del Banco Mundial indican que estos niños están en riesgo de perder 17 mil millones de dólares en ingresos por educación precaria a lo largo de su vida.

 

No hay forma de salir de este pozo profundo que con una mano solidaria. Además de focalizar y gastar adecuadamente, se requiere un mundo más humano, menos rentista, que no solo comercie con las vacunas, sino que proteja la vida. ¿Cómo es posible que existan países que tienen aseguradas vacunas para cuarta o quinta dosis cuando hay otros que ni siquiera pueden asegurar la primera dosis? La pandemia ha afectado todas las áreas del desarrollo. Pero si no reaccionamos como seres humanos y construimos un mundo más equilibrado, estamos perdidos. Hoy es la covid-19, mañana será el cambio climático, la guerra o cualquier otra plaga. Los pobres siempre serán los más vulnerables. Necesitamos, en definitiva, un mundo más humano y más justo.

31 enero, 2021

Contagiemos el amor

Tiene absoluta razón el papa Francisco cuando dice que ante el contagio del virus, que amenaza la especie humana, debemos contagiar amor. 

No hay forma de que derrotemos la covid-19 solos. 

El Estado con todos los problemas que tiene hace lo que puede. Pero, al final, cuando la desesperación cunde siempre está la familia. Y aquí tampoco, en muchos casos, hay claridad ni recursos para ganarle a la enfermedad.

La segunda ola nos está demostrando que este primer nivel de la sociedad no basta para enfrentar la enfermedad. 

Entre la familia y el Estado hay un vacío enorme de soledad que debe ser llenado por esa energía que reclama el papa. Contagiemos la solidaridad, el amor al prójimo, la ayuda al otro. 

Es entonces que deben articularse otros espacios, otros niveles de organización, más fuertes y eficientes, que ayuden a las familias a luchar contra el contagio letal.

Ese espacio es el de la empresa privada. No hablamos aquí de responsabilidad social ni de sostenibilidad, sino de compromiso humano auténtico. 

Aprendiendo de su propia experiencia en Respira Perú, Raúl Diez Canseco Terry acaba de anunciar que construirá un Centro de Atención Temporal de Oxigenación para sus trabajadores y familiares. 

Un sistema de oxigenación que es crucial en la primera fase de la enfermedad. Algo que deberíamos esperar todos del Estado como parte de la política de Atención Primaria de Salud, y que ayudaría a soportar la presión por camas UCI.

Pero la virulencia pandémica es de tal magnitud que ni el Estado ni la familia por sí solos pueden con ella. Es por eso que movilizar a la organización empresarial como anillo intermedio de ayuda no solo es loable, sino replicable.

Si las empresas construyen centros de oxigenación para sus propios trabajadores y familiares —un servicio que deberían dar las postas de salud en los barrios— ayudaría enormemente a descongestionar la carga de atención que hoy desborda a los hospitales.

El sistema consiste en disponer de un espacio físico y colocar allí un conjunto de camas y concentradores individuales que producen oxígeno con energía eléctrica, o respiradores mecánicos de un solo uso que se activan solo la presión de los balones de oxígeno. Todo bajo supervisión médica, por supuesto.

Siempre habrá voces que dirán que esa no es función de la empresa. Que la función de la empresa es generar ganancia, rentabilidad. Esa es una visión del pasado. Como bien han dicho Porter y Kramer, “la competitividad de una empresa y la salud de las comunidades donde opera están fuertemente entrelazadas”. 

No hay empresa sin comunidad saludable. O no hay economía sin salud. Por eso decíamos que el concepto de compromiso humano va más allá de la responsabilidad social, la filantropía o la sustentabilidad. 

El valor compartido es en tiempos de pandemia una obligación moral. Generosidad, solidaridad, ayuda concreta, solución efectiva, no solo desde la familia y el Estado, sino desde la organización empresarial, es hoy imperativo para defender la vida humana. 

Monseñor Miguel Cabrejos, presidente de la Conferencia Episcopal Peruana y miembro de Respira Perú, lo ha dicho hoy: “En esta pandemia hemos aprendido que nadie se salva solo y que el mal de uno perjudica a todos; pero también, el bien que hace uno fortalece y beneficia a todos”. Contagiemos el amor.

 

 

23 enero, 2021

Poder nacional y potencial nacional


Quienes pasamos por el Centro de Alto Estudios Nacionales (CAEN) nos quedamos para siempre con el estudio sistemático de la Realidad Nacional, la Defensa y el Desarrollo como pilares del Bienestar y la búsqueda, aceptación y difusión de los Objetivos Nacionales necesarios para afianzarnos como Nación e Identidad.

 

La visión estratégica que plantea el CAEN desarrolla, además, dos conceptos clave para entender la respuesta que eventualmente puede asumir el Estado en situaciones extremas como una guerra, un desastre natural, una calamidad o un ataque pandémico: el poder nacional y el potencial nacional. 

 

Tener un sistema público de salud por un lado y un sistema privado por el otro es parte del potencial nacional. En situaciones de normalidad, los pacientes acuden a los centros de salud, según donde estén afiliados. Pero ante una situación excepcional —una guerra o un megaterremoto—, el Estado puede disponer la unificación de este sistema pensando en la vida y la salud de las personas. Esto ya es el poder nacional.

 

El potencial nacional, entonces, es la totalidad de medios tangible o intangibles que tiene el Estado que, en circunstancias ad hoc, puede transformarse y pasar a formar parte del poder nacional. La discusión entre una y otra situación es definir las “circunstancias ad hoc”, las características especiales en que se toma y se basa la decisión.

 

En una guerra convencional no hay mucha explicación que valga. El desastre se aprecia con abrir la ventana. La conducción del Estado pasa a una situación de conmoción y emergencia, y dispone de todos los recursos. No es tan claro en el resto de circunstancias. Incluso un megaterremoto podría tener dificultades para que un gobierno democrático convierta el potencial nacional en poder nacional.

 

Pienso en la pandemia global que nos afecta y que cada vez vemos que empieza a tener situaciones de descontrol que amenazan la seguridad ya no solo de las naciones, sino, el género humano. Por las informaciones más recientes sabemos que el virus se resiste y muta, incluso, ante el poder de las vacunas. Desde España se confirma su salto de humano a visones, como sucedió antes en Dinamarca y Noruega. ¿Qué pasaría si salta a otra especie viva, un animal doméstico, por ejemplo? 

 

En la primera ola nuestro país no tuvo capacidad inmediata de producir plantas de oxígeno. Es decir, potencial latente tuvo, posibilidad real, también. Allí están nuestras empresas metal-mecánicas, industria nacional que ha sobrevivido a mil vaivenes y desórdenes de la economía y la política. Listas para operar, pero sin pedidos para hacerlo. Ni interés de parte del sector público para involucrarlas.

 

Lo que faltó no fue decisión para pasar del potencial nacional al poder nacional, sino voluntad política para incorporar al sector privado a la lucha efectiva contra la pandemia, coordinación eficaz para unir esfuerzos. El Estado fue torpe en la administración de su bonanza económica. En lugar de abrir el primer nivel de contención del virus (las postas médicas), lo cerró, derivando a todo tipo de pacientes a los hospitales públicos de mayor nivel.

 

Esta semana, gracias al esfuerzo de la sociedad civil, Respira Perú, iniciativa solidaria formada por la Conferencia Episcopal Peruana, la Sociedad Nacional de Industria y la Universidad San Ignacio de Loyola, junto a Motores Diesel Andinos S.A. (Modasa), lograron unir voluntades y presentaron las primeras seis plantas de oxígeno ensambladas 100% en el Perú. Es decir, hicieron realidad el potencial nacional en una de sus características, la latencia, que es pasar de la idea de medios aún no aprovechados —la línea de producción de la empresa— al efectivo ensamblaje de piezas para obtener una planta de oxígeno medicinal que produce 20 m3 por hora.

 

Qué importante que, a inicios de esta segunda ola, el Perú dé el primer paso para recuperar su autonomía en la producción de oxígeno medicinal. En este rubro hoy tenemos potencial nacional real. Para convertir este potencial en poder nacional, el sector público y privado debieran permitir operar esta línea de producción, activar su nivel de producción de 20 plantas por mes. ¿Es posible? Sí. Siempre que tengamos una mirada estratégica de nuestro potencial nacional y limemos la desconfianza que deteriora la relación entre unos y otros, paralizando todo.