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19 noviembre, 2018

Asilo a la uruguaya


La solicitud de asilo del ex presidente Alan García al gobierno uruguayo agita y eleva al plano internacional la compleja situación política que vive el país. Es justo señalar que el ámbito externo reconoció desde un primer momento la sucesión democrática ocurrida en nuestro país tras la renuncia del presidente Pedro Pablo Kuczynski. Nunca hubo atisbo de interrogante o cuestionamiento sobre el procedimiento constitucional peruano de alternancia democrática. Ni dentro ni fuera, en realidad.

Sin embargo, en la carta de solicitud de asilo, García Pérez pretende demostrar que lo que vive el Perú es una situación similar al socavamiento y cooptación de institucionaes democráticas que tuvimos en 1992. El ex presidente se declara víctima de una persecusión política por parte de un gobierno que controla a los fiscales de turno y que busca a toda costa expectorar al Fiscal de la Nación y manejar de manera omnímoda el poder, investigando desde allí a sus enemigos políticos. Como ejemplo, pone la prisión preventiva dictada contra Keiko Fujimori y la calificación a los partidos políticos como organizaciones criminales.

Este es el tema de fondo que debará dilucidar el gobierno de Tabaré Vásquez. ¿Es el Perú un Estado autoritario? ¿Estamos frente a un gobierno que no respeta la independencia de poderes? ¿Es el presidente Vizcarra el responsable de una cacería fiscal contra sus adversarios políticos? O es más bien un proceso inverso donde, en efecto, existe una guerra, pero para desmantelar la estructura de poder corrupto enquistado por años en el Ministerio Público y Poder Judicial.

Si Uruguay respeta el proceso de saneamiento de la justicia peruana deberá negar el asilo al presidente García y dejar que se le juzgue con todas las garantías procesales. Pero si considera lo contrario, entonces, mellará la imagen del presidente Vizcarra, caso en el que, el presidente del Perú podría evaluar medidas más severas respecto al nivel de relaciones bilaterales.

De todas formas, el daño a nivel internacional al Perú ya está hecho. Que un ex presidente solicite asilo por considerarse un perseguido político llama la atención sobre todo el proceso jurídico seguido en nuestro país. Los capitales internacionales lo pensarán más de tres veces para venir. Los inversionistas locales también ralentizarán sus decisiones.  La economía parada no ayuda a nadie.

La defensa del estado peruano debiera ser una sola: en el Perú no se juzgan las ideas, sino las acciones. No hay perseguidos políticos. Hay políticos que merecen ser investigados. En los próximos días veremos cómo se define este pedido de asilo... a la uruguaya.


08 enero, 2009

Tragicomedia gubernamental en siete actos

El presidente García se está pasando de vueltas. Desde hace buen tiempo, viene exhibiendo una absoluta falta de coherencia en el manejo de los asuntos públicos.

Son errores propios del presidente, pero nadie parece decírselo con claridad.

Y allí tenemos al Premier Yehude Simon que sale con su cara de buenote a disculpar y enmendar los gazapos presidenciales.

Las marchas y contramarchas en el aumento de sueldos a los ministros es un caso de antología.

Primer Acto: el presidente García dispone aumentar del sueldo a sus ministros y homologarlos con el sueldo de los congresistas, publicando un dispositivo en el Diario Oficial que lo exceptúa a él de la medida.

Doble error: el presidente es quien encabeza la escala remunerativa del sector público y, además, dicho aumento no estaba contemplado en el presupuesto del 2009.

Segundo Acto: Se inicia una ola de crítica en la prensa. El presidente responde tirándole la pelota al Congreso y exigiendo que sean los congresistas quienes primero se rebajen los sueldos.

Tercer Acto: El ministro de Defensa, Antero Flores, sale a defender el aumento con el argumento de que lo que gana (5,000 dólares) no le alcanza para vivir.

Cuarto Acto: La crítica continúa. El alcalde de Lima, Luis Castañeda Lossio, afirma que el aumento es inoportuno e incongruente con la crisis que se avecina.

Quinto Acto: Los ministros se rinden, se reúnen en la Presidencia del Consejo de Ministros y le piden por escrito al presidente que derogue el dispositivo que les aumentó los sueldos.

Sexto Acto: El presidente acepta y, por escrito nuevamente, los felicita por el gesto noble “de no aceptar el aumento aprobado”.

Séptimo Acto: El presidente brinda con vino en sesión del Consejo de Ministros la derogatoria de su propio dispositivo firmado y publicado 48 horas antes.

La escena termina sin que nadie le pida rendición de cuentas a quien se equivoca, al actor que no sólo ha confundido el libreto, sino que se sale de él de manera vertiginosa.

El presidente se ha quedado falto de rumbo. Trastabillea en las tablas. Pasa de una argumentación a otra con una facilidad increíble.

Ha contagiado a sus ministros, especialmente al de Defensa.

En este gobierno ya no se puede hacer un seguimiento del “día a día”, sino de “la hora en hora”.

Todo cambia, todo muta.

Pero nada es responsabilidad del Bem Amado. El presidente no se equivoca; corrige sus acciones.



29 julio, 2008

Inflación, gasto público y encuestas

Lo que queda del mensaje presidencial es que debemos dejar atrás el sueño de seguir creciendo como China. No más discursos triunfalistas de crecer más del 10% y de ser los pumas sudamericanos. En lugar de eso -como se lo recordó Toledo en entrevista a El Comercio- es mejor crecer moderadamente entre 6 y 7%, pero sostenidamente.

Para coronar esta meta el presidente García debe primero cumplir dos preceptos básicos: disminuir la inversión pública para ayudar a frenar la inflación, y acostumbrarse a convivir con una baja popularidad.

Si a ello le sumamos el embalse del precio de los combustibles –atraso que a fin de año sumaría 3 mil 500 millones de soles- y el colchón de soles que los gobiernos regionales tienen previsto gastar este año –el presidente lo calcula en 18 mil millones de soles-, el panorama es sombrío.

Lo cierto es que las medidas que tome el BCR en estos momentos no se sentirán, sino, a fines de año, con lo cual la inercia inflacionaria prevé impactar no sólo en los bolsillos de la gente, sino -en ecuación inversamente proporcional-, en la popularidad presidencial.

La fórmula es sencilla: a más inflación, menos popularidad. También es cierto que inflación controlada no es sinónimo de estabilidad política. Pero para eso hay que tener un partido organizado como el Apra en la oposición; lo que no es el caso. Este gobierno carece de una oposición activa.

Para escenarios sin interferencias, la fórmula mantiene vigencia. El problema es que aplicar una ecuación contraria tampoco es recomendable. Y es que la política no es como la matemática. Ergo: si el Presidente acelera el gasto público, en busca de obras que mostrar que le permitan mejorar su índice de aprobación, lo que hará es inyectar más soles al mercado y, por tanto, calentar más la economía, recayendo en el axioma anterior: a más inflación, menos popularidad.

Mejorar la calidad del gasto, invirtiendo en obras de infraestructura que permitan crear condiciones para generar nuevos puestos de trabajo es la fórmula indicada. No es sencillo. Requiere un manejo fino de política económica y monetaria. Un Primer ministro que se cuadre frente al jefe de Estado, un ministro de economía con más candados que llaves y paciencia, mucha paciencia.

11 mayo, 2008

Tiempos de diatriba y notificaciones

El país está notificado. Si se pone en juego el orden, la seguridad y la estabilidad democrática del Perú, “el Gobierno hará cuestión de Estado para que eso no ocurra, porque el Perú lo que necesita es orden”.

Y orden –en la visión extrema del Presidente- es mano dura del Gobierno a través del cierre constitucional del Congreso, vía la censura sucesiva de dos gabinetes.

“Cuestión de Estado”, la llama el Presidente.

Estas palabras abonan el clima de intolerancia y hostilidad que desde el Estado se proyecta a la sociedad civil organizada.

Desde hace un año se despliegan cambios sistemáticos en el ordenamiento jurídico del país que buscan prever una salida a una hipotética como inviable situación de violencia social.

Se promueve que la Policía dirija sus armas contra manifestaciones sociales sin temer represalias o problemas ante la justicia.

Se autoriza a las Fuerzas Armadas a intervenir en conflictos sociales con la sola decisión del Presidente de la República, sin aprobación del Consejo de Ministros.

Esto rompe un principio básico del presidencialismo peruano, cual es, equilibrar las decisiones del Primer Mandatario y refrendar sus acuerdos –bajo responsabilidad– mediante la aprobación y firma de los ministros de Estado.

Un país moderno y en orden no es un país que hostiliza a la sociedad civil y que endurece su relación con las organizaciones y movimientos en conflicto.

Un país democrático no es aquel que cambia las reglas de juego para concentrar el poder.

Un país que aspira a vivir en paz y tranquilidad social no es aquel que alienta medidas represivas e intolerantes.

El consenso y el diálogo no son sinónimos de debilidad o bobería. Son la esencia de la democracia. No se pueden reemplazar por la diatriba y la persecución sin cambiar la naturaleza del estado de las cosas.