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25 marzo, 2022

Firmar o no firmar

El ex presidente de la República, Francisco Sagasti, acaba de proponer el adelanto de las elecciones generales vía la presentación de una iniciativa ciudadana al Congreso acompañada de 75 mil 600 firmas para modificar la Constitución en dos legislaturas ordinarias más un referéndum.

 

Firmar o no firmar, he ahí el dilema.

 

Es perentorio resolver esta disyuntiva que tiene en vilo a nuestra endeble democracia. Adelantar las elecciones puede ser una consecuencia de una renuncia presidencial, pero ya hemos escuchado al presidente decir en todos los idiomas que no está dispuesto a dar ese paso. 

 

Por otro lado, en el Congreso tenemos un segundo proceso de vacancia en curso y en la Agenda del Día al menos dos mociones de censura a ministros. Este enfrentamiento de los principales poderes del Estado dificulta la gobernabilidad y abre un camino de confrontación abierta, que probablemente se resuelva en la calle. 

 

Firmar es un acto que requiere decisión y valentía. Y de acuerdo con la historia, compromete, muchas veces, la vida.

 

Le pasó al presidente Augusto B. Leguía, el 29 de mayo de 1909, cuando una turba armada al mando de Carlos de Piérola —hermano del califa Nicolás—, y sus hijos Isaías y Amadeo, irrumpió en Palacio de Gobierno.

 

En el asalto al poder mataron a miembros de la guardia —entre ellos al soldado Choquehuanca, del que existe un busto en Palacio— y sacaron a empellones al inquilino de turno, el presidente Leguía.

 

En medio del desconcierto, conminaron al presidente a firmar su rendición y ceder el poder. Pero el presidente se negó.

 

Lo trasladaron entonces a la calle, lo condujeron por un tramo del Jirón de la Unión para conducirlo luego a la Plaza de la Inquisición. Al pie del monumento al libertador Bolívar lo volvieron a presionar exigiendo su capitulación.

 

— ¡No firmo! — exclamó Leguía. 

 

Finalmente, llegó la guardia montada, y tras liquidar a varios de los insurrectos, liberó al presidente quien terminó con los pelos alborotados y manchados de sangre, pero ileso. 

 

Leguía volvió por las mismas calles por donde lo sacaron. Y donde hace unos momentos lo vituperaron, esta vez lo aplaudieron y vitorearon. 

 

El régimen convirtió este pasaje de negación y firmeza en el “Día del Carácter”, que se celebraba cada 29 de mayo. 

 

Firmar es un acto de autenticidad. Una señal única de voluntad. Una declaración expresa de consentimiento. 

 

Obtener 76 mil firmas para adelantar las elecciones no es un problema.  El problema es aprobar la propuesta en el Congreso. 

 

La frase: “Que se vayan todos”, no tiene eco en el parlamento. Aceptémoslo: los congresistas no se quieren ir.

 

Pero volvamos a la historia. 

 

Superada la conspiración golpista contra Leguía, el tiempo pasó. Vino el Gobierno de José Pardo y luego volvió Leguía para quedarse en el oncenio con varias intentonas golpistas de por medio. 

 

Hasta que, finalmente, uno de sus acérrimos rivales, Nicolás de Piérola, murió.

 

Leguía fue al velorio. Carlos de Piérola, el insurrecto de antaño, le alcanzó el libro de condolencias para que lo firmara. 

 

Dicen que Augusto Bernardino sonrió socarronamente, sacó su pluma y dijo:

 

— Esta vez, sí firmo. *

 

 

 

 

 



 

 

* Alzamora, Carlos. Leguía. La historia oculta. Titanium editores. Lima, Perú. Julio, 2013.

28 julio, 2021

Carta a los Indios de las provincias interiores

Nobles hijos del Sol, amados hermanos, a vosotros virtuosos indios, os dirigimos la palabra, y no os asombre que los llamemos hermanos: lo somos en verdad, descendemos de unos mismos padres, formamos una sola familiay con el suelo que nos pertenece, hemos recuperado también nuestra dignidad y nuestros derechosHemos pasado más de trecientos años de esclavitud en la humillación más degradante, y nuestro sufrimiento movió al fin a nuestro Dios a que nos mirase con ojos de misericordia. 

Él nos inspiró el sentimiento de Libertad, y Él mismo nos ha dado fuerza para arrollar a los injustos usurpadores, que sobre quitarnos nuestra plata y nuestro oro, se posesionaron de nuestros pueblos, os impusieron tributos, nos recargaron de pensiones, y nos vendían nuestro pan y nuestra agua.

Ya rompimos los grillos, y este prodigio es el resultado de vuestras lágrimas y de nuestros esfuerzos. El Ejército Libertador que os entregará esta carta, lo enviamos con el designio de destrozar la última argolla de la cadena que os oprime. Marcha a salvaros y protegeros. Él os dirá y hará entender que están constituídos; que hemos formado todos los hijos de Lima, Cuzco, Arequipa, Trujillo, Puno, Huamanga y Huancavelica, un Congreso de los más honrados y sabios vecinos de esas mismas provincias. 

Este Congreso tiene la misma y aún mayor soberanía que la de nuestros amados Incas. Él, a nombre de todos los pueblos y de vosotros mismos, va a dictar leyes que han de gobernarnos, muy distantes de las que nos dictaron los injustos reyes de España. 

Vosotros indios, sois el primer objeto de nuestros cuidados. Nos acordamos de lo que habéis padecido, y trabajamos por haceros felices en el día. Vais a ser nobles, instruidos, propietarios, y representaréis entre los hombres todo lo que es debido a vuestras virtudes. 

Esperad muy breve el cumplimiento exacto de estas promesas, que no son seguramente como los falsos ofrecimientos del gobierno español. Aguardad también nuestras frecuentes cartas, nuestras determinaciones, y nuestra Constitución. Todo os irá en vuestro idioma quechua, que nos enseñaron nuestros padres, y que mamastéis a los pechos de vuestras tiernas madres. 

¡Hermanos!: el día que recibáis esta carta veréis a vuestro padre el Sol amanecer más alegre sobre la cumbre de vuestros volcanes de Arequipa, Chachani, Pichupichu, Coropuna, Sulimana, Sarasara, Vilcanota, Ilimani. Abrasad entonces a vuestros hijos, halagad a vuestras esposas, derramad flores sobre las hueseras de vuestros padres, y entonad al son de vuestro tambor y vuestra flauta dulces yaravíes y bailad alegres cachuas diciendo a gritos: ya somos nuestros; ya somos libres, ya somos felices. 

 

Congreso Constituyente 1823

 

20 febrero, 2021

La utopía de Floki

En la serie Vikingos, Floki es un guerrero danés que domina el arte de la guerra, eximio constructor de barcos, que cree fervientemente en sus dioses, pero que un día, tras asesinar a Athlestan, un mártir cristiano consejero del líder del clan, Ragnar Lothbrok, y perder primero a su única hija y luego a su esposa, decide abandonar su mundo de guerra, muerte y venganza para construir otro inspirado en “los auténticos dioses”.

 

Floki se abandona al vaivén de las olas y tras una larga odisea marina encalla en una tierra desconocida. Un lugar al que ningún hombre había llegado antes. A punto de morir con una herida pútrida en la mano, Floki se encomienda a sus dioses, pero se cura con las aguas sulfurosas de un volcán cercano. Al volver en sí entiende que los dioses le han permitido vivir con un propósito: disfrutar de las bondades de la tierra y compartir esa dicha con otros hombres. 

 

Decide entonces regresar a su pueblo, Kattegat, para atraer a un grupo de familias, convencerlas de las bondades de la nueva tierra y fundar con ellas un nuevo asentamiento vikingo, un lugar donde se destierre la violencia, la guerra, la rapiña y el deseo de venganza, y florezca en cambio el trabajo, la ayuda mutua, la justicia, la prosperidad y el culto en paz a los dioses. 

 

No es el primer utópico que fracasará en su intento. Ni el último. El sueño de Floki, la construcción de una sociedad justa y en paz se desarmará casi tan pronto como se inició. El asesinato del hijo de una familia generará el deseo de venganza de los afectados en una escalada de violencia que terminará por eliminar al fruto inocente del amor entre los hijos de ambas familias, simbólicamente, el primer hijo de la nueva tierra.

 

Si bien Platón diseñó en el mundo antiguo La República, un mundo más justo, coherente y ético, será Tomas Moro quien acuñe la palabra utopía, cuya traducción más exacta es “lugar que no existe”. Al igual que Floki, Moro también cree, a mediados del Siglo XVI, que los europeos pueden construir una civilización perfecta en una isla descubierta en aquel entonces y que los viajeros relataban con cuentos fantásticos de vida en comunidad, propiedad colectiva y tiempo libre para la paz, donde el interés de uno sería armónico con el interés del otro.

 

El mundo perfecto de Floki, como en el resto de pensadores y filósofos que han ideado lo mismo, no toma en cuenta que el componente esencial de la nueva sociedad no es la estructura jurídica o económica sobre la que se construye esa nueva sociedad; tampoco la religión, sino el hombre. Es la naturaleza humana la que, independientemente del orden social, sistema legal o principio económico que se pretenda establecer, se impone. 

 

Es el ser humano quien sin importar si tiene un Dios, varios dioses o es ateo, lleva en su alma el principio de toda civilización: la guerra y la paz, el trabajo y la rapiña, la envidia y la solidaridad, la perfidia y lo sublime, la vida y la muerte. 

 

Desesperado, desesperanzado, Floki renuncia a su proyecto de construir una sociedad ideal. Y se lanza a la nada. Otra vez. Las olas lo llevan ahora más lejos, mucho más lejos. Lo arrojan a las costas de América —como en realidad pasó alguna vez con los Vikingos, exploradores del mundo marino—, donde encuentra a otros seres humanos. Pero ya no tiene fuerzas ni deseos de conocer o intercambiar conocimiento. Se refugia en una casa que levanta en un árbol, sin contacto alguno con la nueva civilización. 

 

Los amerindios no lo atacan. Ni lo matan. Lo dejan vivir. Les causa curiosidad. Lo alimentan. Tiempo después, otros viajeros vikingos lo encuentran. Floki desciende de su casa-árbol. Los naturales lo creen loco. Sus antiguos camaradas también. Acaso por pensar un mundo mejor. Acaso por ser coherente con estos principios. Acaso porque eso es imposible.

 

 

11 octubre, 2020

País de cumbres y abismos


País de cumbres y abismos. De contradicciones. De fuerzas endógenas y exógenas. País de hiel y miel al mismo tiempo. Dulce y cruel, como reflexiona el historiador, maestro y pensador peruano, Jorge Basadre, cuyas palabras, dichas hace ya veintiún años, mantienen su lacerante vigencia. El abismo social que veía y demandaba acabar, sigue siendo hoy una dura realidad ante nuestros ojos.

“País de choques y mezclas entre razas inconexas y polivalentes a través del tiempo largo, a veces cegado por la embriaguez de momentos alegres y confiados, aunque en más de una ocasión, resultó sumido en un agonizar cruento para tener, luego, extraordinaria aptitud para reaccionar. País de demasiadas oportunidades perdidas, de riquezas muchas veces malgastadas atolondradamente, de grandes esperanzas súbitas y de largos silencios, de obras inconclusas, de aclamaciones y dicterios, de exaltaciones desaforadas y rápidos olvidos. País dulce y cruel, de cumbres y abismos. País de Yahuarhuácac, el inca, que, según la leyenda, lloró sangre de impotencia; y de Huiracocha, el inca que se irguió sobre el desastre. 


País de aventureros sedientos de oro y de domino sobre hombres, tierras y minas y, también, país de santos y de fundadores de ciudades. País de cortesanos según los cuales no se podía hablar a los virreyes sino con el idioma del himno y el idioma del ruego. País de altivas y valerosas cartas que suscribieron Vizcardo Guzmán y Sánchez Carrión, separadas en el tiempo y unidas por la más pura inspiración democrática. País donde a lo largo del tiempo, gamonales altivos o taimados creyeron vencida a la estirpe de los defensores de los indios entre los que hubo mártires como Juan Bustamante y oradores incorruptibles como Joaquín Capelo. 


País de millones de analfabetos monolingües y con grandes figuras culturales. País de tanto desilusionado, pesimista, maldiciente en 1823 y 1824 mientras que, en esos momentos horribles, Hipólito Unanue voceaba su esperanza terca en el fervoroso periódico Nuevo Día del Perú. País donde, en la guerra de la independencia, se produjo el bochorno de la escaramuza de Macacona y, poco después, la larga luminosa de la los Húsares de Junín. País que entre 1879 y 1883 se enredó y dividió en un faccionalismo bizantino cuyos efectos letales no lograron contrarrestar, en múltiples rincones de la heredad nacional, numerosos héroes famosos o anónimos cuyos nombres debemos exhumar y que lucharon durante cinco largos años, a diferencia de lo ocurrido en la guerra entre Francia y Alemania en 1870, limitada a unos pocos meses. 


País que requiere urgentemente la superación del Estado empírico y del abismo social; pero, al mismo tiempo, necesita tener siempre presente con lucidez su delicada ubicación geopolítica en nuestra América”. 

 

(Discurso de Jorge Basadre Grohmann, agradeciendo la imposición de la Orden del Sol, en enero de 1979).






26 noviembre, 2014

Perú Bicentenario


Faltan siete años para el Bicentenario de la República. ¿Somos el país que imaginaron, soñaron, pelearon y conquistaron quiénes nos liberaron y quiénes tuvieron en sus manos el diseño de la estructura de gobierno?

¿Qué valores inspiraron el nacimiento de la República? ¿Heredamos democracia o autoritarismo? ¿Nos unimos en busca de la felicidad o por miedo? ¿Somos hoy acaso esa República imaginada?

Es necesario volver a los orígenes para encontrar en el debate de entonces, en medio de un contexto bélico con una potencia mundial, la fragua de valores, nociones, sueños, inspiraciones y aspiraciones que modelaron lo que hoy somos como Nación. ¿Construimos República, pero no ciudadanía?

Después de todo, el pensamiento que primó sobre la arquitectura del nuevo gobierno fue el Protectorado. El poder a un hombre fuerte que sacrifique la libertad (de la ciudadanía) en aras de la unidad (de la República). Bernardo de Monteagudo fue tal vez el intelectual más influyente que modeló esta nueva forma de gobierno, llegando a la conclusión, junto a San Martín,  de la viabilidad de la Monarquía Constitucional.

El país bullía por entonces en facciones armadas y verbales. José Faustino Sánchez Carrión y otros defenderán con ardor tesis contrarias basadas en conceptos como libertad, justicia, igualdad, que finalmente prevalecerán y que son la amalgama de los principios políticos que se mantienen hasta hoy y que conocemos como democracia.

El Perú nació de la guerra, pero también del debate político por diseñar su estructura jurídica. Es necesario recuperar ese debate. Y el bicentenario es un buen motivo o pretexto para hacerlo.

Los 200 años están a la vuelta de la esquina. ¿Qué estamos haciendo? ¿Qué estamos planeando? Muy poco o nada. Ni el Poder Ejecutivo, ni el gobierno de la ciudad tienen un Plan para Bicentenario. Sabemos que el 2019 tendremos los Juegos Panamericanos, pero no tenemos nada para el 2021. En el Congreso existe una Comisión de trabajo del Bicentenario y nada más. No sabemos algo de ella.

El primer centenario, en cambio, fue un acontecimiento. Al menos desde el punto de vista de la obra pública y privada. Gobernaba Leguía y La Patria Nueva. Se construyeron las avenidas Progreso (hoy Venezuela), Unión (hoy Colonial), y Leguía (hoy Arequipa). Nacieron nuevos barrios como San Miguel, Magdalena. Se levantaron la Plaza San Martin, el Parque Universitario, el Palacio de Justicia, el Hospital Loayza, el Hotel Bolívar. Los gobiernos extranjeros enviaron regalos ornamentales para la ciudad.

Y no es que busquemos un "Shock  de obras", como acaba de proponer el ex presidente Alan García para recuperar la fe y la confianza ciudadana en la política. Todo lo contrario, necesitamos un "Shock político institucional" que surja desde la política, del debate de las ideas y no del cemento.

Urge despercudirnos del marasmo. Pensar el país. Rediseñar políticas públicas. Convocar a los peruanos y peruanas más destacados y formar equipos de trabajo que asuman el reto de explorar lo avanzado en estos primeros 200 años de vida republicana. La universidad o los partidos deben asumir este reto. Un ciclo de debate que convoque a la intelligentzia actual en diversas disciplinas para mirar el país y proyectarlo al futuro.

Monteagudo creó un espacio de discusión para mostrar las bondades del Protectorado. Debemos ahora retomar esa idea, pero para mostrar las bondades de la República. Perú Bicentenario debe ser ese espacio.

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 * Columna publicada en Diario 16 de Lima, Perú, el 26 de Noviembre del 2014.

ACTUALIZACION.- Después de haber publicado este artículo encuentro algunos esfuerzos interesantes ligados al Bicentenario, nacidos desde los medios de comunicación. El primero de ellos es una serie de programas producidos por el canal del Estado, IRTP - Canal 7, que se inicia este lunes 15 de diciembre con el capítulo sobre la Revolución de Túpac Amaru. Los conductores-narradores de este nuevo programa de TV son el historiador Antonio Zapata y el actor Giovanni Ciccia. Resalta igualmente la serie de artículos que desde hace buen tiempo viene publicando la Revista Caretas sobre tópicos diversos alrededor del tema de los 200 años de la Independencia del Perú. Al cintillo tradicional que acompaña el logotipo de la revista "Ilustración Peruana", se le ha agregado  ahora la frase: "Rumbo al Bicentenario". Destaca igualmente el trabajo de la Revista Hildebrandt en sus trece que cada viernes nos ofrece textos, cartas y/o relatos históricos de personajes relacionados con la historia y la cultura del Perú. 

16 noviembre, 2013

Bolognesi en Arica




Imposible no terminar en pie, cantando el himno nacional -como ellos en la escena final-, esperando el ataque enemigo que se aproxima por el lado este del Morro y al que un puñado de hombres, encabezados por el coronel Francisco Bolognesi, ha decidido enfrentar sabiendo que la suerte está echada. 

Imposible no sentir ira ante la impotencia y sacrificio de aquel grupo de patriotas que fue abandonado por los políticos de turno.

La epopeya de Bolognesi y sus defensores marca una lección para las generaciones futuras. Es un mensaje de dignidad ante la adversidad. Del deber por la defensa colectiva de la Nación antes que el interés individual y pequeño de cada uno de nosotros.

La gesta de Arica se ve como una batalla militarmente inútil. Se ha perdido Tarapacá y Tacna. Los bolivianos han regresado prontamente a su país. Arica está aislada, desconectada por el norte y por el sur, y se espera desesperadamente que lleguen los refuerzos a cargo del coronel Leiva.

Bolognesi envía ocho emisarios con cartas para el coronel Leiva o el general Montero, pero ninguno regresó con respuesta. El jefe de Arica envía telegramas, pide instrucciones, planes, estrategia. Solo uno fue respondido por el prefecto de Arequipa, saludando la decisión de los combatientes de quedarse a defender el morro, pero, igualmente, sin instrucciones precisas sobre qué hacer.

La respuesta que esperaba la resistencia y los refuerzos nunca llegaron. Bolognesi y los suyos se ven así abandonados por el Perú oficial. En Lima, ha tomado el poder Nicolás de Piérola, luego de la huida del presidente Prado.

El autor de la obra de teatro, Alonso Alegría, insinúa que entre las razones por las que Piérola no envió instrucciones, ni refuerzos a Bolognesi es porque podría haber sospechado de la actitud “civilista” del viejo coronel en Arica.

El odio politico, la rivalidad extrema, la razzia interna, es uno de los males que arrastramos desde la fundación de la República. “Antes los chilenos que Piérola”, era un grito popular de la época.

Es entonces que cada uno de los combatientes del Morro asume su rol ante la Historia y deciden inmolarse por un bien mayor a la propia vida; el honor, la dignidad, el amor a la tierra.

Su sacrificio nutre a las generaciones futuras. Marca un derrotero. Señala un norte. La derrota de aquel 7 de junio de 1880 no será redimida sino ante la Historia.

Cómo no enternecerse ante el gesto de Alfonso Ugarte; un joven acaudalado que pospuso su matrimonio y un viaje a Europa para enrolarse al Ejército y con su propio dinero formó un regimiento.

Cómo no seguir el ejemplo del coronel argentino Roque Sáenz Peña, que decidió quedarse a defender el Morro junto a los patriotas peruanos por solidaridad contienental.

Cómo no redimir al propio Juan Guillermo More que viste de paisano todo el tiempo, pero que el día de la batalla final, se colocó su uniforme de La Marina para resarcir el error de haber perdido el buque Independencia y recuperar el honor perdido con la muerte.

Cómo no reconocer el sacrificio de Bolognesi, militar retirado que decidió volver al Ejército al estallar la Guerra con Chile y que en el momento mismo de pelear hasta quemar el último cartucho, no sabe si uno de sus hijos -artillero del Ejército-, ha caído en la Batalla de Tacna. 

En esa semana final, Bolgnesi escribe una carta a su esposa en la que vuelca todo su sentimiento, su comprensión política de la situación, pero al mismo tiempo, su grandeza de inmolarse en nombre de todos nosotros. Sus palabras aún resuenan con claridad hoy:

“Esta será seguramente una de las últimas noticias que te lleguen de mí, porque cada día que pasa vemos que se acerca el peligro y que la amenaza de rendición o aniquilamiento por el enemigo superior a las fuerzas peruanas son latentes y determinantes. Los días y las horas pasan y las oímos como golpes de campana trágica que se esparcen sobre éste peñasco de la ciudadela militar engrandecida por un puñado de patriotas que tienen su plazo contado y su decisión de pelear sin desmayo en el combate para no defraudar al Perú. ¿Que será de ti amada esposa? Tu que me acompañaste con amor y santidad. ¿Que será de nuestros hijos, que no podré ver ni sentir en el hogar común? Dios va a decidir éste drama en el que los políticos que fugaron y los que asaltaron el poder tienen la misma responsabilidad. Unos y otros han dictado con su incapacidad la sentencia que nos aplicará el enemigo. Nunca reclames nada, para que no se crea que mi deber tiene precio...”

01 octubre, 2009

Las riquezas de los territorios perdidos VII

Juegos de Guerra.- El ensayo militar de Chile en el que ataca a un vecino país ubicado al norte del suyo, llamado eufemísticamente "Tarapacá", por desconocer tratados internacionales, es un ejercicio válido que no debería llamarnos la atención. Los ejércitos profesionales se preparan para la guerra en tiempos de paz. En lugar de llorar como rabonas -como el patético ministro de Defensa Rafael Rey- pidiendo que no se realicen estos juegos de guerra, deberíamos agendar los propios. Nadie quiere por supuesto animar un clima de hostilidades; sería absurdo. Pero tampoco debemos permanecer pasivos ante las maniobras y ensayos del sur. Deberíamos empezar por remover la desértica franja costera que tenemos entre Tacna e Ilo, abriendo zanjas o levantando lomos de piedra, como lo han hecho los chilenos en Arica. Igualmente deberíamos asistir a las maniobras militares de la "Operación Tarapacá 2009". Y analizar con rigor las potencialidades del vecino. Está probado que en combate, la mejor arma sige siendo el hombre.
De otro lado, seguimos desarrollando este capítulo doloroso de nuestra historia, tratando de explicar el impacto económico que tuvo para Chile la conquista de nuevos territorios en la Guerra del Pacífico y el usufructo de sus recursos naturales. Luego de repasar el valor económico que tuvieron el guano de las islas y el salitre, iniciamos una serie de artículos sobre el tercero de los más preciados recursos que aportaron los nuevos territorios conquistados: el cobre. (Nota del editor).


El capital norteamericano

Como todo recurso natural perecible, el ciclo del salitre, lo mismo que el guano, llegó a su fin. Dos hechos se sumaron a la desaparición del salitre: la llegada de capitales norteamericanos a nuevas áreas mineras y el invento alemán del salitre sintético.


A partir de 1925 llegó a Chile capital y tecnología norteamericana. Nacen las ciudades María Elena y Pedro de Valdivia, llamadas "ciudades del nitrato", elemento químico éste necesario para el tratamiento industrial del cobre.

Por otro lado, el salitre sintético inventado por químicos alemanes durante la Prirnera Guerra Mundial originó que la industria del salitre declinara lentamente hasta la crisis financiera de la Bolsa de Nueva York, en 1929. A partir de esta fecha la mayoría de las salitreras de Tarapacá, Antofagasta y Atacama paralizaron sus labores, convirtiendose en un conjunto de ruinas abandonadas y saqueadas en el desierto.

Hubo excepciones como la oficina Chacabuco, en el cantón Central, que continuó trabajando hasta 1938 y se ha mantenido hasta hoy en precario estado; Santa Luisa (que operó hasta 1943) y Alemania (hasta 1973), en el cantón Taltal; así como las oficinas María Elena y Pedro de Valdivia, pertenecientes a la Sociedad Quimica y Minera de Chile S.A. (SOQUIMICH), que han seguido operando hasta nuestros días.

En 1996, sin embargo, cerró el campamento de la oficina Pedro de Valdivia.

El historiador chileno Eugenio Pereira Salas observa este cambio de los territorios conquistados y su aporte al desarrollo de la economía de Chile:

“El país se bifurca en áreas diferentes. El norte minero de Antofagasta y Tarapacá forma una clase desconocida en nuestra historia. Es un ambiente frenético, cuna de la conciencia del individualismo capitalista, frente a las concepciones tradicionales del resto del país. Un nuevo tipo de sociedad, sin arraigo colonial, sin encomienda o latifundio, más liberal en sus concepciones, más realista en su conducta, iba surgiendo allí, al borde de la pampa, donde a su vez el proletario naciente ensaya sus primeras reivindicaciones”.

El naciente Chile industrial, apoyado por capitales norteamericanos, tiene al cobre como su nuevo abanderado de desarrollo. Las fundiciones de este mineral dan paso a nuevas ciudades, nuevas costumbres; germinando una clase capitalista nueva, como bien anota el historiador chileno "desconocida en nuestra historia".


La era del cobre

Al igual que el resto de países andinos, Chile tiene una relación de origen con la minería. Aún desde tiempos prehispánicos los habitantes de esta parte del territorio sudamericano se relacionaron con los frutos de la tierra.


La explotación de minerales continuó en la Colonia y República, aunque no tuvo la importancia en calidad ni volumen que alcanzó en Bolivia o Perú.


Aún así, existen evidencias de que Chile exportaba cobre aún antes de la mitad del siglo XIX. Según información de fuentes chilenas la mayor producción chilena de cobre de ese siglo se registró en 1876, con 52.308 TM.


La caída de precios de los minerales alrededor de 1870 afectó el desarrollo minero de Chile, lo que coincidió con el descubrimiento de grandes depósitos cupríferos en España y EE.UU., además de la aplicación de técnicas más avanzadas.

De alguna manera, la exportación del salitre en el siglo XIX retrasó el desarrollo de la explotación del cobre. Su crecimiento sería visible recién en el siglo XX con el ingreso de capitales norteamericanos.


La explotación del cobre a gran escala empieza en 1912 con la mina El Teniente. En 1915 se abre Chuquicamata. En 1923, Potrerillos y en 1950 El Salvador, los más importantes centros mineros de Chile.


El capital norteamericano en la minería chilena se consolida a partir de 1920. A decir del historiador chileno Anibal Pinto, la minería “ha sido y lo es todavía, el cordón umbilical de la alianza entre el imperialismo y la oligarquía nacional” .


Cifras de 1967 indican que la relación entre la producción de la gran minería extranjera y la pequeña minería nacional era de cinco a uno: en 1967 la producción cuprífera de la Gran Minería fue de 534,400 TM, en tanto que la de la Pequeñay Mediana Minería fue 123,800 TM.


El cobre ha sido -y sigue siendo- tan importante en la historia del país del sur que no es posible entender su desarrollo sin el aporte de este mineral... (continuará).

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P.d. Un abrazo a todos los periodistas en su día. El 1 de Octubre se celebra el Día del Periodista en el Perú.