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09 agosto, 2020

¡Tayta Martos!

Que el general Walter Martos vaya al Congreso de la República este martes —día consagrado al dios de la guerra—a pedir el voto de confianza para su gabinete es solo un simbolismo. La guerra no es con el Parlamento, ni con la oposición política; es contra la pandemia. Y para hacerle frente, cinco meses después de los magros resultados sanitarios y económicos obtenidos, es necesario cambiar de estrategia.

 

En cierto sentido, el general se adelantó en este nuevo procedimiento desde el ministerio de Defensa al organizar la búsqueda de los contagiados, identificar a los enfermos y prevenir el contagio de la población vulnerable entregando, casa por casa, kits de medicinas en lugar de esperar a los enfermos en los hospitales.

 

Esta política de focalización, detención y seguimiento de los enfermos, denominada Operación Tayta, en el caso de adultos mayores, es la que recomiendan los organismos internacionales de salud para evitar el colapso del sistema sanitario.

 

Pero pasar de una política sectorial del Ministerio de Defensa a una política de salud transversal requiere la participación de otros actores, no solo del gobierno nacional, regional o municipal. Es necesaria la presencia activa de sectores organizados de la sociedad como la empresa privada, las iglesias, los comedores y ollas populares.

 

Ese fue el mecanismo que dio resultado en Guayaquil, Ecuador, que pasó de tener enfermos que se desvanecían en las calles y muertos que esperaban ser recogidos a pacientes tratados de manera inicial en sus propias casas.

 

En el vecino país del norte se logró formar un equipo operativo que diseñó una estrategia en varios frentes, centrada en el tratamiento inicial de la enfermedad, aún cuando en esos momentos se discutía el efecto de fármacos como la Ivermectina, el Dexacort, la Azitromicina o la Hidroxicloroquina.

 

Surtieron efecto también los respiradores personales de un solo uso, sistema descartable de respiración mecánica-automática utilizada por el Ejército de los Estados Unidos en las guerras de oriente para socorrer a sus heridos. 

 

Como experto en planeamiento estratégico y toma de decisiones de la Escuela Superior de Guerra, el presidente del Consejo de Ministros sabe el Congreso es solo el primer obstáculo que deberá sortear para iniciar maniobras. El verdadero teatro de operaciones que tiene es la propia calle.


Además de enfrentar la pandemia, el nuevo timonel del gobierno deberá atender la emergencia social que se viene como resultado del colapso económico. La caída de dos dígitos que la ministra de Economía resiste con medidas de apoyo parece inevitable. Esto ocasionará no solo desempleo, sino hambre. No hay salud ni economía con estómagos crujientes. 

 

Los esfuerzos, por tanto, deben igualmente orientarse a recuperar la economía. Quizás el orden de las prioridades sea la principal diferencia con el caído gabinete Cateriano. Primero la emergencia de Salud, luego la emergencia Social y enseguida la emergencia Económica.

 

Con el panorama claro, el general tendrá que disponer de un recurso que no se aprende en las Fuerzas Armadas. En el Congreso, como en política, no se trata de mandar, ni obedecer; sino de escuchar, pulsear, consensuar y tolerar. Por esta razón, el despliegue no es tanto de fuerzas, sino de esfuerzo, mucho esfuerzo.





 

27 febrero, 2009

Museo para un país de desmemoriadas gentes

Se ha ofrecido construir un Museo de la Memoria en un país desmemoriado. Esa es la tragedia. Desde el gobierno, se ha dispuesto –literalmente hablando– echar tierra sobre los muertos ya muertos. Ahora se entiende a Vallejo: “Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo!”.

Tenemos un ministro de Defensa que no defiende la memoria, defiende el olvido y -quien sabe-, con el la impunidad.

Los gobernantes nos dicen que nadie quiere acordarse de los miles de muertos que dejó la guerra interna. Que todos quieren olvidar la etapa de horror y muerte ciega que vivimos los peruanos. Que un Museo de la Memoria es mantener abiertas las heridas.

Mentira. Las heridas jamás se cerraron; continúan abiertas esperando justicia. No ojo por ojo; justicia. No castigo; justicia.

¿Y qué es justicia? dirán. Es paz, reconciliación, desarrollo, inclusión.

Justicia es pan.

Pero no el pan del ministro de Defensa: "Si yo tengo personas que quieren ir al museo, pero no comen, van a morir de inanición. Hay prioridades".

Sino el pan nuestro de cada día, ese que se gana con sudor, con trabajo, con dignidad.

¿Por qué tanto temor a la memoria colectiva de los pueblos?

Todos los pueblos que han sufrido guerras y destrozos físicos y psíquicos, erigen museos no para conmemorar el horror, sino para recordar lo que no debe volver a suceder.

Las heridas de la guerra no sanarán si no somos capaces de asumirlas plenamente. ¡Un presidente está sentado en el banquillo acusado de crímenes de lesa humanidad!

Ni el ministro de Defensa, ni las Fuerzas Armadas, tienen por qué sentirse ofendidos si se construye un museo que muestre la brutalidad de la guerra interna.

No hay guerra limpia. El hombre es el lobo del hombre y eso se cumple en toda acción de armas.

¿Y para qué queremos un Museo de la Memoria?

Para enseñarle a las futuras generaciones que no deben caer en el oscurantismo del terror.

Para que nuestros hijos aprendan que la paz que hoy disfrutamos fue -un día no muy lejano- un tiempo oscuro.

Para que no olvidemos todos que en nombre de la paz, hubo peruanos que se mancharon las manos de sangre.

Para no ser un país de desmemoriadas gentes.