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07 julio, 2009

La Patadita: fue ayer y no me acuerdo

Que el congresista Jorge Del Castillo diga ahora que el paro del 2004 –el de Alan García y su patada– no buscaba apurar la salida del presidente Toledo puede ser un arrepentimiento tardío.

Pero también un reacomodo de los hechos.

Aquella vez el APRA apeló a su vieja táctica de agitar las masas y provocar el caos para arrinconar al gobierno y ver si ganaba a río revuelto.

Más o menos lo que intenta hacer ahora la izquierda radical con su gobierno.

Ese día, 14 de julio del 2004, García se puso al frente de la agitación y la violencia.

Militantes del Partido aprista se movilizaron desde tempranas horas para sembrar el caos.

En Alfonso Ugarte se acopiaban llantas que luego fueron incendiadas en el centro de Lima.

La policía detuvo a los regidores Otto Alvítez, de Comas y Antonio Sánchez Vázquez, de Los Olivos. Se les encontró “material pirotécnico y objetos punzantes para desinflar llantas, y combustible”, informó la prensa.

Ante estos hechos que demostraban el origen de la violencia, Mercedes Cabanillas sólo atinó a decir que el Gobierno "infla situaciones" para desviar la atención de la ciudadanía del "éxito del paro".

El propio Alan García, intentó rebajar el nivel de la denuncia: "Si se va a detener a las personas por llevar unas avellanas, que son unos cohetes voladores, hemos caído al nivel de las fiestas infantiles y las piñatas".

Enseguida agregó algo que parece dominar sus pensamientos más profundos: (además, dichos artefactos) "no matan a nadie".

Sobre la orden para que las Fuerzas Armadas resguarden los servicios públicos estratégicos como agua, energía, puertos y aeropuertos, espetó: "Es una respuesta descarada, abusiva y exagerada, propia de una dictadura".

Hoy el país enfrenta una nueva jornada de protesta.

Y los argumentos de ayer se vuelven contra quienes los enarbolaron el 2004.

El gobierno recibe de su propia medicina.

La diferencia es que la oposición democrática no prepara a sus militantes para sembrar el caos; no acopia llantas en su local partidario para quemarlas en las calles; no adiestra a sus seguidores para poner barricadas y levantar fogatas; no subvierte el orden, ni pretende adelantar las elecciones.

La oposición democrática considera el paro como una expresión de protesta, legítima y constitucional.

El paro, la huelga o la movilización son parte del derecho a la participación política de los ciudadanos.

Nadie debe asombrarse por ello. Se puede parar para decirle al gobierno basta ya de tanta desidia, basta ya de tanto copamiento, basta ya de tanta corrupción. Rómulo León está libre. Esa es la realidad.

09 diciembre, 2008

Alan García y los toros bravos de Acho

El exceso verbal que tuvo el jefe del Estado en la Plaza de Acho al señalar que no le gustan los “pitucos metidos a izquierdistas” y que confía más en los “hombres de color cobrizo”, fue un recurso desesperado producto de la frustración y la ira por los botellazos y bolsas de agua que le lanzaron al momento de ingresar al coso.

La pifiadera y muestras de rechazo que encontró en Acho, le malograron la estrategia de tener un baño de popularidad previo a la presentación de su plan anticrisis.

El presidente esperaba –con justa razón- preparar el terreno para lanzar el programa que permite al Estado meterse la mano a la billetera y disponer de 10 millones de soles extra para equilibrar la retracción de la inversión privada que se espera ante la recesión mundial.

Pero, al encontrar botellas y bolsas de agua del "respetable", se sulfuró repentinamente y no tuvo más infeliz idea que –por contraposición- atacar a los “pitucos de izquierda que ganan en dólares”, para lograr la identificación de los cobrizos hoscos que lo rodeaban.

Es un recurso que siempre ha utilizado García: contagiarse del auditorio que tiene enfrente y mimetizarse. Pero esta vez, se pasó de la raya y el tono y talante mostrados tuvieron un matiz inequívocamente racista.

Doble error, si consideramos que atizar la diferencia y el conflicto no es precisamente lo que el país necesita para desarrollar el plan anticrisis.

Esta azufrada reacción sólo pudo salir de una cabeza y humor calientes. Por eso, el pueblo, que siempre es sabio para estas cosas, al despedirlo, volvió a tirarle bolsas de agua, para ver si le enfría un poco la pensadora.

Es lo que cualquiera haría ante un toro que resolla aire caliente por los belfos.

10 julio, 2008

El paro en la vecindad

Si Mario Huamán es el Chavo del Boche; entonces habría que admitir que Alan García es el Profesor Tirapalos. Ayer, después de sacar las Fuerzas Armadas a la calle, mantener spot de Vladimiro atancando al Sutep, detener a 216 manifestantes, puso su cara de yo no fui y nos invitó a tomar una tacita de café, señalando que no es necesario quemar llantas para escuchar el reclamo del pueblo.

El paro ha tenido un primer éxito: ha puesto en relieve que no vivimos en una bonita vecindad. Y que pese al crecimiento de la economía, que tiene obnubilado al gobierno, hay una gran mayoría en el país que llega con las justas a fin de mes sin tener cómo pagar la renta.

El paro se sintió. No en vano ocupó la mitad de los noticieros de televisión de anoche. Hubo excesos condenables, por cierto, pero fue la primera señal clara de que no basta el discurso del crecimiento para contentar a las masas. Es más, en un país con desigualdades abismales donde el quintil más rico gasta en alimentos 18 veces más que el quintil más pobre, las cifras de la abundancia exacerban la protesta.

Este no ha sido el primer paro contra el modelo económico que tiene el Perú desde 1990. ha habido varios con esa bandera en todos los gobiernos de esa fecha hacia adelante. El del 2004, por ejemplo, en el que participó Alan García fue más allá: pidió la cabeza del gobernante democrático de turno.

El de ayer ha sido más bien el primer paro en medio de la abundancia. Como muy pocas veces en su historia, el Perú puede exhibir hoy cifras económicas en azul. De ahí que este sea en realidad el primer paro ante la desigualdad del crecimiento. No se ha sentido en Lima, pero ha sido fuerte en el sur del país, en la selva, los lugares donde el crecimiento no llega.

El paro también ha sido más la expresión de las fuerzas antisistema que de las organizaciones sindicales o políticas. Los partidos democráticos, las autoridades regionales y los representantes oficiales, miembros del Congreso, una vez más, han quedado fuera de la fiesta. Su espacio ha sido ocupado por Frentes regionales, movimientos barriales, locales y fuerzas radicales dispares, difíciles de articular en una plataforma que no sea la de volver a fórmulas del pasado.

La mayoría fue a trabajar porque no le quedaba otra. Pero que no se lea mal esta situación. El tono del discurso de ayer del Presidente García, demuestra que al 9 no le sigue tan fácilmente el 10 y luego el 11. El paro ha sido una señal de alerta. Si en verdad se quiere mejarar las cosas será mejor que se escuche con oído más fino lo que dice la calle. No vaya a ser que un día de éstos, el pueblo, en verdad, no le tenga paciencia.



06 julio, 2008

Yo paro, tú tampoco

El paro es un instrumento político. Es una herramienta, una postura, netamente política. Aún si su plataforma fuera cien por ciento laboral, ésta, en esencia, es una respuesta política.

El paro es además un derecho. Está consagrado en la Constitución y como tal una de las virtudes de la forma de gobierno entre los hombres.

Parar es protestar en democracia. Nadie está obligado a hacerlo. Pero tampoco impedido de ello.

El paro es una respuesta de un sector o grupo de interés sobre aspectos económicos políticos con los que no está de acuerdo. Por eso es también una válvula de escape.

Un paro igualmente es una oportunidad para medir fuerzas. El gobierno versus los que paran, si es nacional. Las fuerzas que realizan el paro versus los gobernantes sean del nivel que sean.

La gran mayoría, por lo general, es ajena a los paros. Como a los asuntos políticos más elementales. Es una mayoría silenciosa que observa los acontecimientos en la televisión. Y eso.

Si esta mayoría no sale de sus casas por falta de transporte o de seguridad, los que convocan el paro los suma a su causa; por el contrario, si salen a trabajar, el gobierno los mete en su estadística.

Puede que, en el fondo, los directamente afectados de uno u otro lado no estén precisamente en ninguno de los bandos. Es gente que circunstancialmente se ve envuelta en el paro y sus consecuencias.

Un paro es contundente si hay conciencia de parar. No es necesaria la violencia. Ni siquiera el acto público de marchar. Simplemente basta la voluntad de parar.

Este acto se expresa en hechos que sí nos afectan. Que la panadería no venda pan, que el tendero no abra su tienda, que el mercado no funcione, que el transporte no circule.

Si todo ello ocurre a la vez, el paro se hace sentir. Si sucede lo contrario, entonces, pasa desapercibido.

De cómo se incline la balanza –en esta tensión de fuerzas– dependerá que el gobierno escuche las demandas del paro.

De todas formas, siempre es mejor escuchar lo que dice la calle. Y como gobernante de turno es más responsable y democrático atender antes que ignorar.