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08 abril, 2018

Escozores en el Poder

Algunas de las preguntas planteadas aquí en el post anterior empezaron a responderse esta semana con la conformación del gabinete, las primeras declaraciones del premier Villanueva y la recolocación de los actores partidarios en la escena política. Lo sintomático es que los primeros escozores de este reacomodo se han sentido primero que nada en la bancada de gobierno.

Tal vez asistamos en lo que va de nuestra historia corta —para usar un término del historiador Hobsbawm, que en nuestro caso debería ser desde la recuperación de la democracia en 1980 hasta nuestros días–, asistamos, digo, a la primera experiencia de ver ganar a un partido las elecciones y ver gobernar a otro. Esta es la razón del prurito oficialista.

Es una experiencia inédita en nuestro país. Ni Belaunde 2, García I, Fujimori I y II, Paniagua, Toledo, Humala o García II, tuvieron esa dificultad, ni cedieron lo ganado en las calles y ánforas. En ningún caso, estos gobiernos tuvieron minorías en el Congreso. Ejercieron el poder y lo conservaron con mayorías propias o con alianzas.

El premier Villanueva habla de un pacto social, lo que implica una buena relación con el Congreso, pero la bancada pepekausa interpreta sus palabras como si fuera un pacto con Fuerza Popular. La presencia del secretario general de Peruanos por el Kambio en el Ejecutivo, Salvador Heresi, no parece ser el elemento de cohesión entre el partido y la nueva administración Vizcarra-Villanueva.

Hoy podríamos estar ante un escenario diferente, algo nuevo, que empieza a preocupar, para empezar, al partido que ganó las elecciones por 50 mil y pico de votos, pero ganó. ¿Seguirá siendo este un gobierno de los pepekausas? preguntábamos en la columna anterior. Mercedes Aráoz, Juan Sheput y Gilbert Violeta tienen dudas de que así sea y en diferentes tonos han salido a reclamar al presidente Vizcarra definiciones al respecto.

Esta diferencia radical de interpretación indicaría que nos acercamos al final de un camino que se bifurca: o bien estamos ante lo que puede ser el difícil trance hacia la gobernabilidad —lo que, en efecto, involucra a un acuerdo mínimo de todos los partidos—, o asistimos más bien al anuncio anticipado de la pérdida total del gobierno de parte del partido que ganó las elecciones. Urticaria política, por donde se le mire.

Lo insólito de esta situación no es que este nuevo escenario no funcione. Todo lo contrario, podría funcionar y hasta satisfacer a quienes buscan una estabilidad política y un crecimiento económico y social sostenido. Lo raro es que los hechos convaliden, sin que a nadie se le mueva un pelo, que un partido que ganó en las ánforas, pierda el poder en el ejercicio mismo del gobierno. ¿Escozor es lo mismo que picor? El que se pica pierde, estamos de acuerdo. ¿Pero y al que le pica? Sarna con gusto ¿no pica?




01 octubre, 2017

El hombre que se fue al frío


El Primer Vicepresidente debe estar terminando de hacer sus maletas. Duda entre llevarse toda la ropa de verano o solo empacar la de invierno. No sabe si volverá seguido a reemplazar al Presidente Pedro Pablo Kuczynski o se ausentará por largos periodos para regresar solo en Navidad y Fiestas Patrias.

Sí, el Primer Vicepresidente de la República ha sido expectorado del primer círculo del poder. Sigue en la línea de sucesión constitucional, pero acabaron sus funciones como ministro, consejero, representante, vocero o cualquier otro encargo para el que Martín Vizcarra estaba —como los Boy Scout—, siempre listo.

El ex gobernador de Moquegua entró con buen pie a la política nacional. Lo acompañaba el éxito de su gestión y los logros alcanzados principalmente en Educación, razón por la cual estuvo en el bolo para ese ministerio, lo mismo que para dirigir el primer gabinete como Presidente del Consejo de Ministros.

Pero las fuerzas internas que siempre existen en torno al poder lo colocaron en el poderoso Ministerio de Transportes y Comunicaciones. La fuerza del Primer Vicepresidente le alcanzó para recomendar a su ex gerente general de Moquegua, Edmer Trujillo, al Ministerio de Vivienda, Construcción y Saneamiento. Sumando ambos ministerios, el primer vicepresidente manejaba más del 70% del Presupuesto.

Fue el mejor momento de poder de Martín Vizcarra. De allí en adelante todo cambió.

Chinchero le recordó que el poder se ejerce. O sometes o te sometes. No hay más. Él prefirió someterse al poder de una Contraloría fortalecida por el respaldo del Congreso... y perdió. Lo pusieron contra la espada y la pared al amenazarlo con un proceso de censura y renunció.

Lo hemos visto después haciendo esfuerzos para intermediar en la huelga de profesores, yendo al Cusco para dialogar con el Sutep y fracasar en el intento. En las últimas semanas, lo vimos en las fotos en cada conferencia de prensa del Presidente de la República o del ex Presidente del Consejo de Ministros. Sin poder alguno.

El nombramiento como embajador del Perú en Canadá es una oportunidad. ¿Exilio dorado? ¿Premio? ¿Castigo? ¿Un trabajo? ¿Un alejamiento del círculo de Poder? ¿Una espera para volver como Presidente del Consejo de Ministros? ¿Difícil saberlo, por ahora. Su futuro oscila entre un regreso con gloria y un alejamiento burocrático. Lo cierto es que, por un tiempo, Martín Vizcarra, no estará bajo los reflectores. Y eso puede ser bueno para él.

No debería llamar la atención el alejamiento temporal del Primer Vicepresidente. A no ser que se trate, en efecto, de algún tipo de castigo o represalia. La Constitución Política del Perú es clara en este aspecto y sigue la tradición de los Estados Unidos. El Vicepresidente asume funciones de Presidente "Por impedimento temporal o permanente del Presidente de la República". Punto.

Si un Vicepresidente carece de cargo en el Ejecutivo, su puesto se convierte en una tragedia muda. La anécdota que solía contar Thomas R. Marshall, Vicepresidente de Woodrow Wilson, grafica muy bien esta situación: "Hubo una vez dos hermanos. Uno se perdió en el mar y el otro fue elegido Vicepresidente. De ninguno de los dos se oyó hablar nunca más"

Uno, es seguro que se ahogó. El otro, probablemente se fue al frío.

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P.d. Feliz Día a todos los periodistas en su día, hoy 1 de Octubre. Que la verdad no solo los haga libres, sino íntegros.


31 diciembre, 2015

En defensa de la Descentralización

La descentralización es un proceso irreversible. No debe detenerse, ni retroceder. Por el contrario, debiera mejorarse, ajustarse, reimpulsarse. Necesita redireccionarse.

No hay reforma más importante que se haya realizado en democracia, que la descentralización. Hasta antes del 2002, se larvó en Perú un Estado centralista, arcaico, burocrático. En buena parte sigue siéndolo, pero cada vez menos.

Los casos de corrupción en los gobiernos regionales son una amenaza seria para el proceso de descentralización. Podría  incluso revivir el manejo centralista del Estado.

La mitad de los gobernadores regionales en problemas con la justicia. Obras paralizadas por pago de coimas en licitaciones y concursos. 700 en todo el país –según la Contraloría–, por un valor de 4.500 millones de soles.

A primera vista parece que la descentralización lo único que ha descentralizado es la corrupción.

Pero no es así. Aquí lo que ha pasado es que el gobierno nacional deshizo el mecanismo institucional necesario para monitorear el proceso.

El gobierno del Presidente Toledo dejó una arquitectura legal que consideraba la transferencia gradual de competencias. Instituyó una instancia de coordinación ­–El Consejo Nacional de Descentralización­–, que el siguiente gobierno simplemente eliminó. Y el actual no restituyó.

En lugar del CND se creó una Secretaría de Descentralización, de tercer nivel, sin autonomía técnico-funcional ni político-administrativa.

Se confundió autonomía con autarquía. Y se transfirió recursos sin mejorar las competencias y capacidades. Los gobiernos regionales avanzaron en mejorar sus presupuestos, pero no su capacidad de gasto.

Hoy los gobernadores regionales no se reúnen con regularidad con el Presidente de la República. El jefe del Estado no despacha con los representantes de los gobiernos subnacionales para monitorear planes de desarrollo u obras de envergadura que exceden el ámbito regional.

El Presidente trabaja con sus ministros, sectorialmente; pero no lo hace regionalmente con los gobernadores. No existe ese nivel de coordinación nacional-subnacional. Con excepción, claro de los Consejos de Ministros Descentralizados, modalidad que inició el Presidente Toledo en su gobierno.

Se requiere continuidad en las coordinaciones. Regularidad. Obligatoriedad. 

Quizás sea necesario que así como se tiene a la CIAEF para articular las políticas económicas y financieras y a la CIAS para coordinar la política social, se cree un mecanismo de coordinación entre el presidente y los gobiernos subnacionales, que podría ser una Comisión Nacional de Asuntos Regionales (CIAR), o restituir el Consejo Nacional de Descentralización con los mismos fines.

La Ley Orgánica del Poder Ejecutivo tiene una instancia que podría cumplir ese objetivo: el Consejo de Coordinación Intergubernamental (CCI), en el que participan los presidentes regionales y una representación de alcaldes,  (LOPE Art. 19. Inc. 13). Está a cargo del Presidente del Consejo de Ministros, pero, en la práctica, es letra muerta. Nunca se le ha convocado.

Aquí lo que requiere es el liderazgo del Presidente de la República. Es el jefe de Estado quien debe redireccionar el proceso de descentralización. Y dejar que la PCM o un nuevo CND ejecute un programa nacional de fortalecimiento de capacidades.

La descentralización no es un fin en sí mismo; es un mecanismo para llegar al ciudadano. Construir el Estado con rostro humano es un proceso impostergable. No hay vuelta atrás en el deseo de llegar con calidad, eficacia y eficiencia al ciudadano. Y ese mecanismo es la descentralización, anhelo de los pueblos desde la fundación de la República.




12 abril, 2015

Cateriano, el político


Finalmente, el presidente Humala se decidió por abrir la faltriquera, no desplegar del todo su abanico del poder y, en movida de solitario, jugar su carta más pesada: Pedro Cateriano.

A diferencia de todos los otros presidentes del Consejo de Ministros de este gobierno, Cateriano proviene de un mazo políticamente puro. Estuvo ligado al Fredemo y luego al Frente Independiente Moralizador (FIM) de Fernando Olivera, quien lo llevó al Viceministerio de Justicia en el gobierno de Alejandro Toledo.

Tiene oficio político, además de formación jurídica y el respaldo de Mario Vargas Llosa. Nada mal para un hombre de 50 años que pensó estar dos meses en el Ministerio de Defensa y duró más de dos años.

A condición de que maneje su talante y humor, su salto al premierato bien puede reflejar el primer paso para que el gobierno recupere la mayoría perdida en el Congreso.

Su solo nombramiento rayó la cancha y dejó juntos a apristas y fujimoristas. Además, no es mucho lo que puede conseguir en este espacio. Por más buenas maneras que exhiba.

Un acuerdo político con el Apra a estas alturas implica un alto costo. Alan tiene una acusación constitucional en ciernes y tendrá que ofrecer más que una sonrisa si quiere salvar la cabeza. No parece ser el espejo en que se ve Cateriano. ¿Un acuerdo con Alan a cambio de un aterrizaje suave de Cateriano hasta el final del gobierno? No.

En el caso del fujimorismo no hay mucho que negociar. La primera fuerza política del Congreso ha hecho sentir su peso y –algo que no hay que descuidar–, hace tiempo que ya decidió no insistir en la liberación de Fujimori. Esa tarea se la dejan a Keiko o a Mauricio Diez Canseco.

El resto de bancadas, en cambio, no necesariamente han sido ganadas al lado oscuro. La censura a Ana Jara fue producto de un descuido como dice The Economics, pero, también, de la soberbia de no saber reconocer un error y admitir las responsabilidades a tiempo.

Y aquí Pedro Cateriano puede desarrollar plenamente sus habilidades. Tendrá que conversar con cada una de las agrupaciones políticas y generar el consenso que le permita construir estabilidad en lo político y confianza en lo económico, algo que requieren los agentes económicos para reactivar la economía.

Si hace bien su tarea, el correlato inmediato será mantener el último año la Mesa Directiva del Congreso. No es imperativo tener mayoría propia para gobernar. Es necesario, sí,  nuclear una mayoría congresal. ¿Tarea imposible? No para un político. A condición de que opere con finura y arte. No olvidemos, además, que la política es, en esencia, el arte de lo posible.

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Artículo publicado en Diario 16, el jueves 9 de abril de 2015.