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16 julio, 2021

Moderación

La política ha pasado de un discurso violento a simplemente violencia. El auto del ministro de Salud es atacado por una turba de manifestantes del partido que perdió las elecciones. Horas después, la misma mesnada arremete contra periodistas que cubren los incidentes y luego enfilan su furia contra negocios privados en el centro de Lima. Del otro lado, un ciudadano vestido con la casaquilla de la selección nacional es molido a golpes y llevado de emergencia a una clínica local. 

 

Es la representación de la política tribal. Lo que vemos en las calles son grupos movilizados que pasan del discurso de odio a la acción. No aceptan el resultado de los acontecimientos. El discurso negacionista exacerba la ira de unos. La larga espera a otros. En el choque de ambas posiciones, el jugar con fuego, puede llevarnos al caos. Y la violencia podría deslegitimar el curso de las acciones.

 

¿Busca alguien generar un caos político y tirar por la borda este proceso electoral? Hay dos momentos que nos ayudarán a responder esta pregunta. La proclamación de resultados que deberá anunciar el JNE la próxima semana y la juramentación del nuevo presidente de la República el 28 de julio.

 

El presidente Francisco Sagasti ha admitido que las fuerzas policiales se han contenido en reprimir a los revoltosos, al punto que, en los últimos cinco meses, dijo, “solo se han usado dos bombas lacrimógenas”. Ergo, en adelante, se usarán más.

 

Es momento de llamar a la moderación. Y a la cordura. No debemos caer en excesos, sino actuar siempre con sensatez. En política, la moderación es un valor escaso, pero, por lo mismo, valioso. Corresponde a los líderes no solo llamar a la calma, sino practicarla. Vivir y actuar en equilibrio, con sobriedad y responsabilidad. La palabra y la acción deben mantenerse en armonía.

 

Si las masas no se desmovilizan, si no acatan responsablemente los resultados, si no pasan de la protesta a la propuesta, será difícil no llegar a la confrontación física, como hemos visto recientemente. No es fácil controlar la hybris, el exceso, el orgullo, la soberbia, el dolor. 

 

Pero en situaciones límite, como las que vivimos, se requiere que los políticos muestren la madera de la que están hechos. Que hagan uso de la templanza, la ecuanimidad y moderen su radicalismo y extremismo.

 

Se requiere valor para actuar con buen juicio y liderar a las masas al orden. La insensatez, en cambio, es moneda corriente y favorece la violencia. La transferencia del poder es ya demasiado turbulenta para seguir agitando las calles. En estos momentos difíciles, una sola cosa hay que pedirles a los políticos y a sus tribus: moderación.



27 junio, 2021

Pálidos, pero serenos

 

Contundente. El resultado de la segunda vuelta electoral no deja dudas. La mayoría de peruanos abriga sentimientos negativos ante el turbulento desenlace de estas elecciones generales. La preocupación (46%), la incertidumbre (31%), el temor (17%), aparecen como nubes negras cargadas que eclipsan el espíritu de esperanza (16%) y alegría (5%) que debiéramos tener ad portas del bicentenario.

 

No es sorprendente sentirnos de esa manera si reparamos en la campaña de guerra que ha sido esta disputa electoral: masas movilizadas y en juego de posiciones, poderes fácticos alineados con una de las partes, sistema electoral espoloneado por maniobras dilatorias, pedidos de golpe, llamados de insubordinación y hasta propuestas de anulación de todo el proceso electoral.

 

La democracia es puesta a prueba hasta sus extremos. El intento de bloquear las decisiones del JNE a través de la renuncia de uno de sus miembros cuando la ley prohíbe hacerlo en pleno proceso electoral— es solo la gota que ha colmado la paciencia de los grupos democráticos que empiezan a decir “Basta ya”, o como editorializa El Comercio hoy, “Ya estuvo bueno”. 


Entramos en la recta final de la definición electoral. Hace un año nos preguntábamos en estas mismas páginas ¿Cómo llegaremos los peruanos a las urnas el 2021? ¿Con qué espíritu iremos a votar? ¿Con qué ánimo encararemos el futuro? ¿En quién confiaremos? O mejor, ¿en qué o quién creeremos? 

 

La encuesta de Ipsos nos dice que llegamos con el talante sombrío, preocupados y temerosos ante el futuro incierto. Lo vemos en las conversaciones en casa o con los amigos, en el trabajo. No hay seguridad de cómo obtendremos ese mínimo de racionalidad que se necesita para gobernar sin sobresaltos, ni sorporesas, ni con zarpazos desestabilizadores. Sin maniobras distractoras desde el poder y sin presiones violentas desde la calle.

 

El gobierno del 2021 necesita ser un gobierno diferente. La inseguridad, la prepejlidad, el miedo, se cura con reglas claras, predictibilidad, equipos sólidos y, sobre todo, confianza.  Recuperar la confinaza es el primer paso para salir de la desesperanza.

  

El diálogo entre las fuerzas políticas debe ser la savia que alimente la confianza. Las organizaciones empresariales están ya en ese camino. Lo anunciado por el entrante presidente de la Confiep apunta a un proceso de cambio que busca revertir la crisis de valores y la falta de confianza que vive el país. 

 

La polarización debe cesar para dar paso a la construcción de un pacto social por el cambio, pero moderado, con estabilidad macroeconómica, sin experimentos estatistas, con una conducta ética y con un manejo transparente de la cosa pública.

 

El Acuerdo Nacional puede ser el espacio para fomentar el encuentro ordenado de ideas y trazar los caminos más adecuados para manejarnos en democracia, discrepando con altura y respetando a las minorías. Sin juegos siniestros y desestabilizadores que invoquen el pueblo como excusa de uno y otro lado.


Reconstruir la esperanza será una tarea delicada, frustrante, pero deberá ser sincera, persistente e indesmayable si queremos pasar el bicentenario como lo imaginaron los padres fundadores. La visión de un país “Firme y feliz por la unión”, depende hoy más que nunca de nosotros. 



18 junio, 2021

Machetes y sables

Espantados, horrorizados, muertos de miedo. Así se sintieron algunos limeños al ver en la capital a cientos de campesinos ronderos que raspaban sus machetes contra el asfalto, mientras marchaban. 

 

Sonidos de guerra, acusaron.

 

Al mismo tiempo, un grupo de militares en retiro blandieron sus sables, esgrimieron fraude electoral y exigieron que los altos mandos en actividad intervengan e impidan “que la máxima autoridad del país sea designada de manera ilegal e ilegítima”. Invocaron incluso el derecho a la no obediencia.

 

Ruidos de golpe, insinuaron.

 

Veinticuatro horas después, el propio presidente de la República, Francisco Sagasti, a quien los militares en retiro acusaban de haber roto su neutralidad en el proceso electoral, salió en defensa de las FF. AA. y de su rol no deliberante en una democracia.

 

Lo inaceptable —dijo— “es que un grupo de retirados de las FF. AA. pretenda incitar a los altos mandos para que quiebren el estado de derecho”.

 

Tañido a la calma y serenidad, se escuchó.

 

El país va rumbo a una colisión violenta. Los dos partidos que pelean voto a voto la definición de la segunda vuelta, no han desmovilizado a sus masas. Todo lo contrario. Las mantienen activas y en las calles.

 

Esto es sumamente peligroso. Con un proceso extendido debido a las demandas de nulidad y una serie de mecanismos legales planteados, los seguidores de uno y otro lado se irán calentando cada día que pase.

 

Mañana hay dos marchas convocadas, una por Fuerza Popular y otra por Perú Libre. Ojalá estas se mantengan separadas y los líderes sean lo suficientemente razonables para no incitar más el clima de violencia. 

 

Pero hay momentos en que las masas se desbordan. En cualquiera de los bandos puede haber infiltrados que quieran ganar a río revuelto. Una pequeña brizna puede terminar incendiando la pradera.

 

La mayoría de los peruanos no quiere un desenlace violento. Ni un mar de sangre. Ni un golpe de Estado. Debemos rechazar cualquier intento de fuerza que busque socavar el orden constitucional y el sistema democrático. 

 

Los organismos electorales deben estar a la altura de las responsabilidades para actuar con apego estricto no solo a las normas, sino a garantizar el sentido exacto de la voluntad popular. 

 

No debe quedar alguna sombra de duda respecto a lo expresado en las urnas. Si los resultados no son reconocidos por todos, ingresaremos al preámbulo oscuro de la ilegitimidad y de aquí a la ingobernabilidad hay solo medio paso.

 

El país vivió entre ruidos de sables y anforazos los primeros años de su independencia. A pocos días de cumplirse los 200 años de ella, no repitamos los mismos ecos nefastos de buscar salidas violentas al margen de la Constitución y las leyes. Ni chirrido de machetes, ni ruido de sables.



12 junio, 2021

Lápiz con punta


La imagen tradicional de un político peruano en tiempos de campaña era llegar a las provincias a lomo de bestia. Eran tiempos en que el país no tenía carreteras asfaltadas y las provincias vivían aisladas. El político llegaba, levantaba un estrado en la plaza y propalaba un discurso. 

 

Con el tiempo, y con la llegada de la radio y la televisión, los mítines fueron cada vez más preparados para los medios que para la gente. Empezaron a llegar los grupos de música y artistas. El mitin político se convirtió en un show artístico y el político en un showman que bailaba y cantaba para deleite de la masa.

 

La explosión de las redes y el sometimiento de la política al marketing hicieron que empezáramos a vislumbrar una política 2.0, profesional, científica, con herramientas estadísticas y psicológicas para medir la voluntad popular y sintonizar con sus emociones.

 

Los publicistas de antaño dieron paso a los estrategas del marketing político. Seres casi extraterrestres que van de país en país organizando y dirigiendo campañas, sin importar aspectos centrales de las organizaciones políticas como identidad, ideología o valores.

 

Su consigna no es lograr un buen presidente, ni buscar el consenso ni la concertación —esas cosas aburridas son para los políticos y, además, esos temas no generan votos—. Lo que los marketeros perfilan es un candidato que gane elecciones, sin importar mucho el aspecto ético o las ideas que tenga para gobernar el país.

 

Entonces, elaboran encuestas y focus group; y proponen diseños, logos, eslóganes, ideas-fuerza, spots, carteles, volantes, mosquitos y redes sociales. Una superproducción de redes, videos, memes y tik-toks. 

 

Hasta que llega un candidato distinto, pero genuino, que se pasea por el Perú como lo haría en su chacra, con sombrero; que habla mal, pero que comunica mejor con una masa semianalfabeta mayoritaria, y que ofrece voltear la tortilla a quienes siempre han estado en el fuego perpetuo.

 

A diferencia de los candidatos tradicionales, que van a las capitales de departamento, este candidato se interna primero en las provincias, las más alejadas, donde no hay internet ni servicios públicos. Y donde el Estado es un perfecto desconocido. 

 

Les habla de las cosas de la vida diaria, como si diera una clase de primaria, su especialidad. No les habla de macroeconomía ni crecimiento per cápita, ni PBI, ni inflación, ni disciplina fiscal. Les dice que protegerá sus cultivos y sus mercados, que prohibirá aquellos productos que compitan con los nacionales y que estatizará la economía, aunque el Estado no pueda con los servicios básicos.

 

Más que articular un discurso racional, estructurado; exacerba emociones, mueve sentimientos, desata furias y penas. 

 

Con un discurso simple, básico —limitado, populista, anacrónico—, este candidato que logró notoriedad encabezando una huelga de maestros, que no se quita el sombrero ni cuando entra a un recinto cerrado, sin marketeros políticos, sin equipo de gobierno y casi sin asesores, está a punto de ser encaramado presidente de la República.

 

Tiene sí un aspecto simbólico muy fuerte. Representa una masa indígena discriminada y ajena al Estado en estos casi 200 años de República, y tiene experiencia sindicalista. Maneja asambleas y sabe presionar. Desde las provincias más recónditas, donde no llega el internet y donde la educación a distancia en plena pandemia fracasó, este profesor mestizo levantó un lápiz. 

 

Un simple y humilde lápiz, que representa para las poblaciones de las zonas rurales del país la aspiración a educarse. En plena era tecnológica, de tablets y móviles, ese lápiz está a punto de escribir su propia historia.

30 mayo, 2021

El miedo

 

¿Qué mueve a las sociedades?: ¿el poder, la razón, el conocimiento, la estupidez, el egoísmo, la avaricia, la envidia, el odio, la solidaridad, el altruismo, el amor?. Todas las anteriores, sería preciso decir. En distinto orden, eso sí, dependiendo de nuestros valores, sentimientos, conocimientos y experiencias de vida acumulados.

 

Pero ¿qué mueve a las sociedades y a los seres humanos en los procesos políticos?, ¿las pasiones?, esos sentimientos extremos que dejan poco espacio a la razón para ser llenados por el fuego de la sinrazón. 

 

No es la ideología, que es un cuerpo de ideas compacto, no en desuso, pero sí en abierto retroceso. 

 

Lo que mueve las sociedades, especialmente en campañas políticas, es un conjunto de ideas preconcebidas, que más proceden de la emoción que de la razón.

 

El sociólogo francés Dominique Möisi usó este lado oscuro y fulgurante que tenemos todos para explicar el comportamiento de las sociedades e identificó tres fuerzas principales: el miedo, la humillación y la esperanza. 

 

El miedo es la ausencia de confianza, explicó Möisi. Es una respuesta emocional a una percepción —real o exagerada— de un peligro inminente. 

 

Tememos a lo que desconocemos o a lo que intuimos será lesivo a nuestros intereses. Por esa razón, el miedo es opuesto a la esperanza, que requiere creer para empezar a anidarla.

 

Hoy, en el Perú, a una semana de ir a la segunda vuelta, la emoción prevalece sobre la razón, y el miedo se ha fijado muy fuerte en nuestro inconsciente, impidiendo que crezca la esperanza.

 

Esta es una elección en la que el miedo ha sepultado a la esperanza, que en definición de Möisi es sinónimo de confianza.

 

Vamos a las urnas con miedo y sin esperanza. 

 

Miedo a que, salga quien salga, el otro candidato no acepte los resultados electorales y derrapemos en un clima de inestabilidad política y más perjuicio económico.

 

Miedo a que, gane quien gane, el país no encuentre la paz necesaria entre ejecutivo y legislativo para resolver los problemas urgentes que tenemos en torno al proceso de vacunación y a la recuperación de la economía.

 

Miedo a que, se siente quien se siente en el sillón de Pizarro, el país siga movilizado en las calles y se instaure un clima de paros, bloqueos y marchas en diversos puntos del país.

 

Miedo, en fin, a que la política siga deteriorando la economía. A que suba el dólar. A que reaparezca la inflación. A que crezca la deuda externa a niveles inmanejables. Y a que se ahonde la crisis social hasta ahora controlada. 

 

La tercera fuerza que mueve a las sociedades —nos dice Möisi— es la humillación, que es la confianza traicionada. 

 

A lo largo de nuestra historia, el Perú ha tenido más humillación que esperanza. Y más miedo que confianza.  

 

Acaso, si el 28 de julio, mientras San Martín realizaba uno de los discursos más cortos en la vida política de un país tuvimos, apenas, un hálito de esperanza:

 

“Desde este momento, el Perú es libre por la voluntad general de los pueblos y por la justicia de su causa que Dios defiende”.

 

De ahí en adelante, nos ha dominado la humillación —la esperanza traicionada—, los golpes, autogolpes, la corrupción. Otras veces, el miedo: el terrorismo, la hiperinflación, el crimen organizado. 

 

Hubiera sido deseable que al cumplir 200 años de vida republicana —entre sables y anforazos— habláramos siquiera una vez de esperanza. La esperanza de un futuro mejor para todos. Habrá que esperar.

19 mayo, 2021

Pelotudeces democráticas

Que necesitemos obligar, como sociedad civil, a los dos competidores en segunda vuelta a firmar un documento para asegurar un compromiso mínimo con el sistema democrático revela hasta qué punto carecemos de ese espíritu como país.

 

Hay que estar en el sótano democrático para pedirle a los candidatos que dejen por escrito que se irán el 28 de julio de 2026, que respetarán la Constitución, que defenderán la iniciativa privada y la libertad de expresión y de prensa.

 

Sin partidos políticos institucionalizados, con un centro político licuado en el presente proceso electoral —licuado, no desaparecido, ojo—, el papel de garantes de la democracia lo han asumido las iglesias católica y evangélica y las ONG como Transparencia y la CNDDHH.

 

Pero no pasaron ni 24 horas cuando salió a la luz un audio del electo congresista de Perú Libre, Guillermo Bermejo, encendido como su apellido: “somos socialistas y nuestro camino de nueva Constitución es un primer paso. Y si tomamos el poder, no lo vamos a dejar. Con todo el respeto que se merecen ustedes y sus pelotudeces democráticas, nuestra idea es quedarnos para instaurar un proceso revolucionario en el Perú”.

 

¿Cómo queda el juramento democrático del profesor Castillo frente este tipo de declaraciones? Literal, y lamentablemente, como un saludo a la bandera. 

 

Una de esas pelotudeces democráticas a la que se refiere Bermejo representa el corazón de la democracia: la alternancia del poder. Él no cree en este mecanismo que nace del respeto a la Constitución y de la propia voluntad popular. Su idea es quedarse en el poder.

 

Por si fuera poco, el propio candidato presidencial en una presentación ante los gobernadores regionales ha seguido desmadejando su plan de terminar con el sistema. A sus iniciales ideas de desaparecer el Tribunal Constitucional y la Defensoría del Pueblo —reestructurar, dijo luego—, se suma ahora la propuesta de liquidar la Superintendencia Nacional de Fiscalización Laboral (Sunafil), el Programa Nacional de Inversión en Salud (Pronis), el Programa Nacional de Infraestructura Educativa (Pronied) y el Programa Provías Nacional.

 

Ello con la finalidad de que estas instancias no compitan con los gobiernos regionales y locales, a los que también le quiere transferir autonomía en la recaudación de impuestos, siguiendo el esquema de estados federales y no los de una república unitaria y descentralizada como establece la Constitución. “Zapatero a tus zapatos”, refirió para remarcar su voluntad de que cada uno haga lo suyo.

 

El problema es que los gobiernos subnacionales no han sido capaces hasta hoy de lograr eficacia en la inversión de los recursos fiscales transferidos. Los gobiernos regionales tienen una ejecución del gasto público del 65%, mientras que los gobiernos locales apenas si pasan el 51%. No solo es ineficiencia o corrupción como podría pensarse, es algo peor, es incapacidad real, ausencia de capacidad técnica y de recursos humanos.

 

Hasta ahora no escuchamos un plan sobre cómo elevar el nivel de gestión pública en los niveles subnacionales. No se trata solo de descentralizar el mecanismo de control, en este caso la Contraloría General de la República, que está muy bien que se haga, sino de descentralizar también las capacidades técnicas y humanas a los gobiernos regionales y locales.

 

Se requieren gestores públicos que sepan armar expedientes técnicos, hacer seguimiento a los desembolsos y ejecutar los presupuestos con calidad y eficiencia. Hay propuestas aisladas al respecto, como que gerentes de las empresas privadas donen su tiempo asesorando a los gobiernos locales y regionales, o creando una entidad en el propio MEF que se encargue de la formación de estos funcionarios en alianza con las escuelas de Gestión Pública de las universidades, hasta abrir y empoderar una poderosa Escuela Nacional de Administración Pública. 

 

Si no elevamos la calidad del gasto público, difícilmente el ciudadano podrá sentir la presencia del Estado. Por el contrario, ante un Estado carente de servicios, ajeno o muchas veces ausente, el sentimiento de liquidar el sistema aflora con facilidad. En este caso no se trata de pelotudeces democráticas, sino de actuar democrática y eficientemente para que al final no seamos todos víctimas de unos pelotudos antidemocráticos.



02 mayo, 2021

Bono Inclusión

El debate en Chota entre Pedro Castillo y Keiko Fujimori fue revelador en varios sentidos. En primer lugar, mostró el estilo sindical en la negociación que imprimió Perú Libre. Frente a un JNE incapaz de organizar el debate, surgió una municipalidad provincial que presentó un espectáculo abierto con presencia de público. Una especie de democracia asambleísta que ni siquiera aceptó la moderación y conducción de la cadena de radio más importante del país.

 

Pero lo más importante es que se trató del primer debate a nivel de candidatos presidenciales realizado fuera de Lima, en una de las provincias más pobres del país, dentro de una región que al mismo tiempo es sede de la principal empresa minera de oro del Perú. Esta dicotomía de tierra rica y campesino pobre se repite a lo largo de los yacimientos mineros en toda la sierra peruana. Y encierra una de las paradojas conocida como: “La maldición de los recursos naturales”.

 

La lógica indica que un país rico en recursos naturales debiera ser un país sin problemas económicos o presupuestales. Pero la realidad señala que más bien ocurre lo contrario. Los países ricos en recursos naturales son pobres, desiguales e inequitativos. Una explicación es que los recursos son extraídos no por los países que los poseen, sino por transnacionales que dejan sus impuestos, los cuales se diluyen en Estados corruptos, ineficientes e incapaces. Al final del día, las regiones donde existe el recurso natural (petróleo, gas, oro, plata, cobre, litio o lo que fuera) no reciben los beneficios de la extracción, generando en la población disconformidad, enojo, desconfianza y conflictividad social.

 

La propuesta de la candidata de Fuerza Popular es algo nuevo en nuestro medio: se pasó de "agua sí, oro no" a destinar el 40% de la renta que genere la extracción de recursos naturales directamente a las familias de las zonas de influencia. Es una manera no ortodoxa —pero no por eso menos audaz— de depositar los beneficios del recurso explotado directamente en los bolsillos de la gente. Es lo que podría llamarse un Bono Inclusión. O la distribución de la riqueza empieza por casa.

 

Esta propuesta merece ser debatida por los expertos. Hasta ahora sabemos que las transferencias monetarias entregadas directamente a los beneficiarios no solo funcionan, sino que destierran el concepto paternalista de que los pobres no pueden decidir sobre su futuro. Los programas Juntos o Pensión 65 siguen esta lógica. Lo interesante de aplicar este shock económico en las comunidades campesinas es que se podría fomentar el ahorro para generar futuros emprendimientos, como ha ocurrido en el mismo programa Juntos en su segunda y tercera fase. 

 

Esto no quiere decir que el Estado deje de lado sus obligaciones en estas comunidades. El 60% restante de los ingresos requiere un Estado fuerte que vuelva tangible su presencia en forma de carreteras, educación, salud y servicios básicos. Las inversiones en estas comunidades salen así de la riqueza que genera el propio recurso, lo que equivaldría a que las industrias extractivas participen directamente en el desarrollo de las comunidades más pobres. 

 

Un Estado y sociedad fuertes consolidan la democracia. Y sociedades empoderadas con equilibrio y crecimiento económico consolidan la libertad  —en este caso, libertad de hacer con su dinero lo que mejor convenga—, base de la democracia. El camino inverso es el que vemos y utilizamos hoy en día: riqueza extrema para unos y pobreza y paternalismo —base del populismo— para todos.

 


17 abril, 2021

La República ausente

 

No es casualidad que el voto del profesor Pedro Castillo recorra las nervaduras del Ande, sumando adhesiones en el norte, centro y sur. Su voto es principalmente serrano. Sucedió lo mismo en las elecciones pasadas. No sorprende, digo, que las poblaciones históricamente menos integradas al Estado nación reclamen inclusión gritando su descontento cada cinco años en las urnas. 

 

Lo que sorprende es que sigan haciéndolo democráticamente. Desafección hay en las urbes. En las zonas rurales lo que hay es abandono, pobreza y un futuro incierto. En estas zonas donde no hay carreteras, ni reservorios de agua, ni conectividad, es imposible que se quiera convencer a la gente con una campaña por redes sociales.

 

Las redes sociales que existen allí son las de carne y hueso: la familia, la comunidad, la junta de regantes, las rondas, la escuela, las Fuerzas Armadas en menor medida, y la Iglesia en sus diferentes expresiones. Y la radio y televisión.

 

Lo que este grupo de peruanos busca es respuesta a sus principales necesidades. Una agenda concreta que los haga sentir no solo compatriotas, contigo Perú, sino ciudadanos con derechos. En todos los procesos electorales esta población exige inclusión real. Son hijos de la República. Pero no reconocidos aún. Estos connacionales tienen madre patria, pero no un padre estado. Son hijos de La República ausente.

 

La descentralización que se pensó como una medida para desconcentrar la gestión, y mejorar la presencia del Estado en las regiones, lo único que repartió fue la corrupción. Las escuelas nacionales son hoy edificios fantasmales. Ni hablar de los hospitales, abandonados e insuficientes. 

 

La crisis para todos es tremenda, pero en algunos lugares del Perú es colosal y permanente. Por eso, más que la forma cómo votaron las regiones, que, repito, no es novedad, lo que debe preocuparnos es el débil respaldo que tuvieron quienes pasaron a segunda vuelta. 

 

Como señala muy bien Martín Hidalgo hoy en El Comercio, el pase a la segunda vuelta de Pedro Castillo y Keiko Fujimori es el más bajo de los últimos 40 años. Descontando el ausentismo electoral, los votos blancos y viciados, Castillo pasa con 10,6% de votos reales y Keiko con 7,4%. Con esos resultados ninguno podría haber disputado la segunda vuelta en los últimos procesos electorales democráticos. 

 

El desplome es en todos los candidatos. Keiko obtuvo 6 millones de votos el 2016 y Pedro Pablo Kuczynski 3 millones. Ahora, Castillo obtiene alrededor de 3 millones de votos y Keiko no llega a 2 millones. La explicación no puede ser solo la crisis pandémica o la sola desafectación por la política. 

 

Podríamos estar ante algo más profundo. Parodiando la jerga de los abogados sería una especie de conjunto real de razones que tiene como resultado un resentimiento del sistema. O como señaló César Hildebrandt hace unas semanas, quizás estemos ante la primera señal del surgimiento de una auténtica oclocracia, el gobierno de las muchedumbres, en la definición de Aristóteles.

 

Las razones para llegar a esa nueva realidad son muchas, pero en la base, de todas maneras, está la combinación letal de corrupción y pandemia. Una respuesta al canibalismo político observado en plena pandemia. Políticos insensibles, capaces de arrancarse el poder a dentelladas. Angurrientos de poder y fortuna, carentes de eficacia para comprar oxígeno o vacunas, e incapaces para escuchar y resolver los problemas permanentes del Ande. 



03 abril, 2021

El monstruo populista

El populismo es un monstruo. Ha despertado en estas elecciones, pero siempre estuvo allí. En cada elección asoma su figura de varias cabezas —algunas de izquierda, otras de derecha—, aupado en la desesperación y la ignorancia. Como nuestras peores pesadillas, es una creación propia como ajena. Es fruto de nuestros actos. De gobiernos que fracasaron. De democracias fallidas.

 

Pero no es un monstruo repulsivo. Todo lo contrario. Atrae a las masas. Les encanta. Las seduce. Más ahora en plena pandemia, con millones de puestos de trabajo perdidos, hospitales desbordados, hambre en los cerros, vacunas que no llegan y enfermos sin oxígeno que se curan con cañazo y sal. 

 

En medio de la hecatombe política, económica, social y moral que vivimos, el populismo se pasea, repta por los extramuros de la ciudad y del campo, arrastrando adeptos. Lo siguen los sin voz, sin trabajo, sin escuela, sin techo, sin comida, sin futuro, sin esperanza. Los que no tienen Estado, ni escuelas, ni salud; solo fuerza de trabajo, cada vez más endeble y vulnerable.

 

Para ellos el populismo no es absurdo ni irracional, sino una legítima opción frente a su situación de abandono. Un legítimo reclamo, podría admitirse. Si no hay atención hospitalaria, ni medicinas, ni trabajo, ni nada parecido a servicios de un Estado decente, ¿por qué no pensar en regular el precio de las medicinas, de los combustibles y aumentar el salario mínimo y entregar comida gratuita a los pobres? 

 

Para los peruanos sin educación, sin salud adecuada y en estado de sobrevivencia permanente, el populismo no es una locura. Es una medida desesperadamente lógica y racional. Es su tabla de salvación. Una boya a la cual aferrarse en medio de un mar de abandono y desolación. Cada quien vota por quien cree que lo beneficiará.

 

Sin problemas básicos resueltos de tercer mundo no esperen una votación decente de primer mundo. Nuestra democracia adolece de cimientos sociales como para pensar en construir los siguientes pisos de derechos políticos. Es por eso un sistema precario. 

 

Los derechos económicos y sociales tienen aún serios déficits en nuestro país como para aspirar a una democracia institucional. La encuesta ENAHO 2018 indica que 53% de peruanos tienen alumbrado público, energía eléctrica en casa, agua potable, teléfono, celular y conexión a internet. La otra mitad es el caldo de cultivo del populismo. 


El país es un zapallo partido en dos. Una mitad mira el mundo con sus necesidades básicas satisfechas, con un porcentaje de ella preparada para competir en el mundo global. La otra, se acuesta sin saber qué comerá el día siguiente; vive con el riesgo de quedar atrapada en los muros de la pobreza.

 

El monstruo populista crece en esa laguna negra alimentada por años donde se han desatendido las demandas ciudadanas primarias: derecho a la educación, a la salud, a la justicia. En esa sanguaza de necesidad, los cantos de sirena del populismo atraen a los que nada tienen que perder.

 

El próximo domingo iremos nuevamente a las urnas. El monstruo estará allí. ¿Qué harás con tu voto?

 

28 marzo, 2021

Fragmentados y subrepresentados

 

A dos semanas de las elecciones generales, el país luce fragmentado y subrepresentado en sus opciones político-electorales.  Ningún candidato ha captado las simpatías de la población. El que encabeza las encuestas tiene menos del 12%. En elecciones pasadas a estas alturas el primero ya bordeaba el 30%. 

 

Después de 10 elecciones presidenciales desde 1980 a la fecha, con cinco presidentes en el último quinquenio, la sensación de que la política ha fracasado en asegurar el bienestar y desarrollo es evidente. En un contexto de aumento de la corrupción en todos los niveles y con una pandemia que solo ha desnudado la incapacidad gubernamental.

 

Nadie cree en nada ni en nadie. No en vano nuestro país encabeza en América Latina el grupo de países con menos credibilidad en los partidos políticos. Entre el 80% y 90% de los peruanos no tiene interés en la política ni se identifica con partido político alguno.

 

En esas condiciones de extrema precariedad, los partidos tampoco han hecho su trabajo de  reflexión, ni confluencia, ni para conseguir la unidad. La pandemia no ha hecho más que confirmar esta percepción de una política que no sirve para entregar resultados. ¿Qué es sino un sistema de salud con 100 camas UCI al inicio de la covid-19? ¿Y qué tipo de Estado no puede siquiera asegurar un balón de oxígeno?

 

Ningún gobernante podrá enfrentar solo el desafío de devolver a la política su verdadera razón de ser. Necesitará una gran capacidad para convocar a los mejores y para concertar acuerdos. Pero, en lugar de eso, vemos solo ataques y una tremenda crisis de confianza.

 

Más que una nueva Constitución, necesitamos constituir un Estado austero, honesto y eficaz. Si solo se cumplieran estas tres características nos ahorraríamos 23 mil millones de soles, que cada año engordan los bolsillos de los funcionarios públicos.

 

El crecimiento económico en sí mismo no es el fin, sino el medio. Al crecimiento del primer plato se le debe agregar la justicia social en el segundo plato para equilibrar la balanza del Buen Gobierno. 

 

Eso requiere evitar el populismo como mecanismo de acción. El debate que queremos escuchar es ¿qué tipo de Estado queremos tener? Ni un Estado que regale todo. Ni uno que todo lo regule.

 

Es verdad que la acumulación excesiva de poder económico genera distorsiones en la sociedad; pero, para eso no necesitamos un Estado que castigue ni que persiga, sino un Estado promotor, regulador, que permita un equilibrio sano entre el capital y el trabajo.

 

No hemos compensado nuestras diferencias de oportunidades. Crecimos, pero desarrollamos poco. Y compensamos menos. ¿Qué pensará una madre de familia cuando escucha a un político y luego para alimentar a sus hijos tiene que abrir una olla común y cocinar con leña?

 

Felizmente aún somos un país donde la solidaridad se expresa en las familias, en los barrios, en el campo. Un país donde los jóvenes tienen un marcado compromiso y voluntad de servir. 7 millones de peruanos son menores de 30 años. Y casi el 10% de ellos serán nuevos votantes. 

 

Ellos están esperando un mensaje de esperanza. Un mensaje nuevo que represente la esencia de la democracia y que recupere la confianza. La crisis y la emergencia no pasarán con el nuevo gobierno. No hay panacea. Pero al menos que exista horizonte. Por eso, pensemos bien la importancia de nuestro voto este 11 de abril.