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23 octubre, 2021

La revolución productiva de la sierra (1)

Esta semana Radio Programas subió a las alturas de Puno y abrió sus micrófonos a la gente de Corani, Puno. Julia Anco Anagui, una mujer que vive en su casa de barro e ichu relató como ella sentía la vida: “Vivo en una lomada, en un lugar seco, donde no hay agua, no hay para consumir, no hay para nuestros animales, no hay para regar las chacras, no hay nada acá, todo está seco. No hay agua, no hay lluvia, no hay nada. Sembramos productos, no valen para nada, sembramos, pero no cosechamos bien. A veces no cosechamos cuando hay helada. No hay vida en este pueblo, en un lugar seco estamos”.

 

Julia Anco contó que la falta de agua mataba a sus animales y hacía abortar a sus ovejas. En medio de su soledad e impotencia, le dijo al corresponsal de RPP que los niños de Corani no estaban asistiendo al colegio y que, como sus abuelos en el pasado, ahora los nietos no sabían leer. Esta realidad no es muy diferente a la que viven a diario las poblaciones altoandinas del país. Es difícil para el Estado proveer servicios pasando los 2500 metros de altura. 

 

¿Qué se puede hacer para solucionar esta situación de abandono de nuestra población campesina que, contra todas las dificultades, puebla el Ande hasta niveles que sobrepasan los 5000 m.s.n.m., organizando su vida en base al pastoreo y la agricultura de subsistencia, minada por la migración constante de los más jóvenes? ¿Hay posibilidades de desarrollo productivo en estas zonas agrestes y desoladas?

 

La experiencia que se viene logrando en diferentes espacios territoriales del país indica que sí, a condición de generar un cambio profundo en la tecnología productiva del campo, que, más que una reforma agraria —vinculada a un cambio de propiedad de la tierra—, es una revolución productiva de la tierra como consecuencia de una mejora en la gestión del agua, sustituyendo el riego por inundación —usado desde hace 10 mil años cuando se descubrió la agricultura— para introducir el riego tecnificado.

 

En las alturas de Tupicocha, en la cuenca alta de Lurín, existe evidencia de la transformación que ha logrado la gestión del agua en un escenario de permanente escasez del recurso hídrico, combinando técnicas ancestrales como las amunas, almacenamiento de agua en represas o qochas y riego tecnificado por goteo. A través de una siembra escalonada se logra administrar la cosecha todo el año, aumentar los cortes de alfalfa y con ello favorecer la crianza y alimentación de animales menores. El eslabón final de este proceso de innovación productiva es, sin duda, el riego tecnificado por goteo. En la sierra peruana el problema no es la tierra, sino el agua.

 

El economista Carlos Paredes, impulsor de Sierra Productiva, ha logrado junto a la Federación Campesina del Cusco y el Instituto Alternativa Agraria un laboratorio vivo en las comunidades campesinas de la microcuenca de Jabón Mayo, a 4000 m.s.n.m., en la provincia de Canas, Cusco. Bajo el enfoque de “Gestión integral de microcuencas” se introdujo el sistema de riego por aspersión dentro de un manejo racional del agua con la finalidad de dejar de depender exclusivamente de la agricultura de secano basada en la lluvia. 

 

Una lección importante de las experiencias de Tupicocha y Cusco es que, para introducir una nueva técnica en gestión del agua, manejo de suelos, abono, siembra, cosecha o poscosecha, y lograr que se replique, el campesino requiere que quien le enseñe sea otro campesino. No un ingeniero o un técnico, sino una persona como él, que ha adquirido un conocimiento especializado y que enseña con el ejemplo. A estas personas, hombres y mujeres del campo, se les conoce como yachachiqs: el que enseña aprendiendo. 

 

El Estado debería hacer un esfuerzo por incentivar la formación de los yachachiqs y crear con ellos las Escuelas Campesinas para difundir, mediante pasantías locales e intercomunales, las técnicas más avanzadas logradas en gestión del agua, manejo de la tierra, crianza de animales y producción de bienes artesanales o semiindustriales. Según Paredes, su organización ha logrado capacitar a 1700 yachachiqs en diez departamentos del país.

 

El Sistema Nacional de Evaluación, Acreditación y Certificación de la Calidad Educativa (Sineace) y el Fondo de Cooperación para el Desarrollo Social (Foncodes) del Ministerio de Desarrollo e Inclusión Social (Midis), son hoy en día las autoridades competentes para certificar a los yachachiqs, dándoles así la oportunidad de integrarse a la PEA a hombres y mujeres del campo que no lograron terminar sus estudios básico o superior, pero que a lo largo de su vida han adquirido conocimientos, nuevos aprendizajes y competencias. 

 

Estos líderes comunales dominan técnicas de cosecha y siembra de agua, mejoramiento de pastos y crianza de animales, así como implementación de energías renovables, cocinas mejoradas, producción de lácteos, lana, piscigranjas, fitotoldos y decenas de innovaciones tecnológicas de bajo costo y alto rendimiento. Lo que falta es que la academia —universidades e institutos técnicos— se integre a este proceso de conocimiento y desarrolle mejoras en las herramientas que usa el campesino, como la chaquitaclla, por ejemplo, que no ha sido modificada desde su invención. 

 

Los saberes ancestrales del campesino, unidos a los conocimientos científicos actuales, enseñados por los propios líderes del campo a través de las Escuelas Campesinas organizadas por el Estado, desde las regiones, sería una auténtica reforma agraria con un impacto productivo que mejoraría su calidad de vida en su propio entorno altoandino.

05 septiembre, 2021

Andenes milenarios y presentes

 

Los cronistas españoles escribieron sobre el antiguo Perú basándose en leyendas y testimonios que recogieron de primera mano, pero también de sus propias observaciones en el terreno. El sistema de riego, compuesto por reservorios y canales muy bien trabajados, que se extendía por kilómetros sobre las faldas de los cerros para conducir el agua desde las partes altas; y la estructura de terrazas que se levantó sobre montañas para crear terreno agrícola, fueron dos aspectos de la ingeniería inca que los deslumbró, aunque, en verdad, ambas soluciones fueron introducidas por las diversas culturas que reinaron estas tierras en periodos anteriores.

 

Los moches construyeron, quizás, la más amplia red de canales que irrigaron las desérticas tierras del norte del país; mientras que los huari y los chancas encontraron solución para intervenir las montañas, rasgarlas, transportar tierra agrícola y formar las cadenas de andenes que en algunos casos podemos ver hasta hoy. Mucho se ha debatido sobre las razones por las que se abandonó esta práctica y si es necesario que el Estado promueva su recuperación, preservación y ampliación.

 

Se han esgrimido razones históricas, como el cambio de patrón de desarrollo de la minería en lugar de la agricultura; factores migratorios, climáticos, de organización social, de pobreza, entre otros, para explicar la pérdida de andenes en diversas regiones del país. Guamán Poma de Ayala anotó en sus crónicas el abandono de canales de regadío como la causa del abandono de los andenes.

 

Incluso el inventario que se hace de esta modalidad de técnica agrícola difiere. En 1986, el Ing. Luis Massón calculó que existían 1 millón de ha en andenes. Al año siguiente, el ONERN encontró 152,375 ha en cinco regiones. Y en 1995, el INRENA detectó 256,245 ha en ocho regiones. El 2013, un estudio del BID/INRENA indica la existencia de 340,719 ha en once regiones. El uso de mapas satelitales revela más bien que las cifras podrían estar subvaluadas y habría más andenes de los que hubiéramos imaginado, no solo en la sierra, sino en la costa y en la ceja de selva.

 

Es necesario seguir investigando y hacer un inventario a nivel de microcuencas para completar el mapa de andenes por cuencas y escalar así a nivel nacional. También es importante reconocer que los andenes responden a problemas actuales, como la escasez del agua producto del calentamiento global, por lo que resultan una solución adecuada para un territorio de montañas como el nuestro.

 

Cabe señalar que la tecnología de construir andenes en la montaña ha sido una solución que el hombre desarrolló en diversos puntos del planeta. En la sierra peruana, los andenes fueron usados en un primer momento para el cultivo de maíz. Estudios recientes indican que la introducción de nuevos cultivos como la cebada, alfalfa y habas, que también crecen en territorios planos, ha hecho que se dejen de usar andenes ubicados en laderas altas.

 

Lo que es evidente es que los andenes no pueden funcionar sin organización social. Se requiere de una gran mano de obra para conducir el agua, labrar la tierra de terraza, mantener los cultivos y cosechar luego los frutos. Con escasísimas excepciones, en los andenes no entra la fuerza animal ni la tracción mecánica. Es la energía humana la que permite su mantenimiento. El campesino andino sigue pegado a la tierra a la que le brinda su fuerza de trabajo en las condiciones más exigentes.

 

Pero como la andenería es una obra de ingeniería, fruto de la cultura, no se puede afirmar que esta solución se abandone o se pierda del todo. La cultura se crea y se recrea de manera permanente. Lo que se tiene que hacer es incorporar nuevos conceptos en su revalorización. Para empezar, nueva tecnología; luego reservorios y riego tecnificado; paneles solares, huaros, una nueva chaquitaclla mecánica-eléctrica; y conceptos de mercado para superar la agricultura familiar de subsistencia. En promedio, los peruanos consumimos 45 kilos de arroz al año versus 1.5 kilos de quinua en el mismo periodo de tiempo.

 

Los andenes se recuperarán solo si los pobladores que los usan encuentran beneficios personales, familiares y grupales, que pasan por disminuir los niveles de dependencia por consumo de energía humana, mejorar la productividad y acceder a mejores mercados. La población andina será la primera en conservar, construir o reconstruir andenes si es que estos corresponden a una necesidad actual; y si los proyectos de recuperación consideran la dinámica económica y social de los grupos humanos que los han de utilizar (Treacy, 1994c).

 

El sistema de andenes no solo debe verse como tierras de cultivo, también son estructuras de gestión del agua y de recarga del acuífero. El agua es el elemento articulador del territorio, a la que se debe sumar la tecnología y el mercado para mejorar la productividad y calidad de vida de los habitantes. Una posible salida, desde el Estado, es crear partidas específicas para las microcuencas, ejecutadas directamente por las comunidades campesinas a través de núcleos ejecutores.

 

Nos faltan investigaciones precisas sobre índices de radiación sobre los andenes a lo largo del año. Sabemos que en la agricultura de montaña solo existen dos estaciones: la época húmeda y la seca. También falta incidir sobre calidad y conservación del suelo, niveles de humedad y rol de los microorganismos, así como medir el nivel de energía humana que implica su trabajo y mantenimiento. Sabemos que diversas técnicas de cultivo y abono mejoran la productividad en los andenes. La papa rinde 242% más, el trigo 154% más y la cebolla 157% más (PNCSACH, 1988). El policultivo es mejor que el monocultivo. En andenes de San Pedro de Casta se encontró que abonar con compost rindió 25.4 t/ha, pero abonar con guano de cabra rindió 34 t/ha (E. Chillón, 1988).

 

La organización social de las comunidades es una de las fortalezas que tenemos como país, pero no debe vérselas con ojos bucólicos o compasivos del pasado, sino como grupos humanos diversos y heterogéneos, con pleno derecho a labrarse un futuro con su capacidad de trabajo y talento.

 

 

Fuente:

Seminarios y congresos organizados por el Centro Bartolomé de las Casas, 2020-2021.

13 diciembre, 2020

El otro boom del agro


Hay otro boom en el agro. Y esta semana estalló. Las cifras que explican este otro "boom", no están en dólares, sino en magros soles. Es el problema central de la protesta social que terminó con la Ley de Promoción Agraria: los sueldos bajos. Alrededor de este punto hay reclamos por derechos de salud, laborales y tributarios. Pero, lo central de la explosiva respuesta del trabajador del campo es el aumento de sueldos. 

El jornal promedio actualmente es de 39 soles por 8 horas de trabajo. Las penalidades y descuentos pueden reducir en la práctica el monto a 20 soles. Si descontamos el desayuno, almuerzo y pasajes casi no queda nada para el diario. No hay ahorro. Ni planes. Ni horizonte de vida.

 

El jornal es sobrevivencia pura y dura. Evidencia de que algo no funciona. Así pasamos del boom agro exportador a la explosión del agro trabajador.

 

El mayor problema parece ser la informalidad que además arrastra una serie de distorsiones e inseguridades. Si el trabajador es captado por una service (en complicidad o no con la empresa formal), no tiene derechos, ni beneficios. Nada. El jornalero informal depende solo de su fuerza de trabajo. Agotada ésta es reemplazada por otro y así sucesiva y abusivamente.

 

Digan lo que digan, no hay punto de comparación entre el crecimiento de las ganancias de la agroexportación y el sueldo de sus trabajadores. Es como si el primero subiera por ascensor y el segundo por escalera. El siguiente cuadro lo confirma. 

El problema, entonces, no es de crecimiento del empleo, sino de calidad del mismo. Es en el salario donde las distorsiones, entre lo formal e informal, se hacen más evidentes. Y aquí es donde se ancla el reclamo de los trabajadores en la comisión multipartidaria del Congreso de la República.

 

Las negociaciones deben equilibrar las posiciones en algún punto entre 40 y 70 soles diarios. El otro punto asociado directamente al principal es la temporalidad de los contratos. Debe mejorarse en la nueva propuesta que se elabore. El empleo temporal —característico en la agricultura— no tiene por qué ser precario. El trabajo estacional debe asumir proporcionalmente los costos de gratificaciones, vacaciones y seguro médico. 

 

Sobre este punto convendría que se evalúe la necesidad de crear supervisores especializados en empresas agrícolas —una especie de Sunafil especializada en trabajo agrícola: Sunagro—, un organismo técnico que entienda las características especiales que tiene la empresa agroexportadora formal, que tiene, además, el know-how de ser supervisada por empresas multinacionales con estándares mucho más exigentes para acceder al mercado externo.

 

Trabajo decente es no solo un concepto. Si en verdad aspiramos a ingresar al exclusivo club de los países de la OCDE, debemos empezar por mejorar las condiciones laborales de los trabajadores, aumentar sus jornales, es decir, embridar sus derechos a los beneficios del boom agroexportador. 

 

 

03 marzo, 2019

El esquivo camino al desarrollo


¿Cuál debe ser la ruta al desarrollo del Perú? Muchos caminos se han intentado. Algunas ideologías prevalecieron. Todas aportaron algún cambio. Un grado de mejora. Para unos más que otros, es cierto. Pero, avanzamos. En casi 200 años de República hemos tenido un esquivo camino al desarrollo. Pasamos del guano a la minería. Interrumpimos la agricultura y casi no tuvimos industria. 

Hoy el mundo ingresa de manera veloz a la Cuarta Revolución Industrial, y nos seguimos haciendo la misma pregunta: ¿qué hacer para dar el salto al desarrollo? El World Economic Forum (WEF) advirtió hace dos años que por lo menos "el 35% de las destrezas exigidas para empleos en todas las industrias cambiarán en 2020”. ¿Qué estamos haciendo frente a ello?

Estados Unidos, China, Japón y Europa avanzan hacia una alta tecnologización. Un mundo de máquinas, donde el ser humano es reemplazado y los robots compiten en costo/hora con obreros y agricultores de carne y hueso de otras latitudes, entre ellas, América Latina.

La agroexportación tiene un espacio. La agricultura de subsistencia, como la conocemos, no. En la medida que los mercados internacionales se vuelvan más competitivos y exigentes, la agricultura de subsistencia será casi de sobrevivencia. Un banano de Tumbes regado con agua contaminada no tiene mercado externo asegurado. En cambio, una uva de Piura con campos regados con tecnología del agua, dosificada y limpia, llega tranquilamente a cualquier mesa del mundo.

Pero la base no es la tecnología. Ese, más bien, es el resultado, la consecuencia del verdadero camino al desarrollo: La Educación.

Educar y fomentar habilidades especializadas y avanzadas contribuye al crecimiento económico personal, promueve la productividad y contribuye al crecimiento económico. La tarea del Estado debe ser proporcionar este tipo de educación competitiva que genere la creatividad, la autoconfianza y desarrolle las potencialidades de nuestros jóvenes.

Nuestro país invierte el 0,12% del PBI en Investigación y Desarrollo, cifra por debajo de otros países de la región. Brasil invierte el 1,28% de su PBI. Argentina el 0,53% de su PBI. Chile el 0,36% de su PBI. Y Colombia el 0,27% de su PBI.

Tenemos apenas 0,2 investigadores por cada 1.000 integrantes de la PEA, mientras que el promedio en América Latina es de 1,57. Los retos son enormes, pero tenemos que empezar ya, si queremos evitar verdaderas catástrofes sociales más adelante. Por ahora, el Estado peruano invierte 4,8% del presupuesto de Educación en becas. Colombia invierte 7% y Chile invierte el 10,3%.

Si queremos transformar la productividad de nuestro país, si queremos incentivar el talento de nuestros jóvenes, debemos empezar por triplicar el fondo para becas de estudios en universidades peruanas y en el extranjero. Ese debiera ser el mejor regalo para los jóvenes en el Perú del Bicentenario: triplicar el presupuesto de Beca 18.

El camino al desarrollo, para que no sea esquivo, debe invertir en nuestra gente, en nuestros jóvenes. El recurso humano, es el mejor capital de un país, de una Nación. Pero el mejor capital de un ser humano es su formación integral; su conocimiento, su capacidad creativa, sus valores y el coraje para asumir los retos y salir adelante.



23 abril, 2014

La otra revolución: del campo a la ciudad *


En las alturas de la Cuenca de Lurín, a dos horas y media de Lima, un grupo de pobladores viene realizando una revolución silenciosa, pacífica, del campo a la ciudad. Ellos vienen convirtiendo su pequeña agricultura rural, familiar, de subsistencia, en una agricultura rentable, competitiva y de mercado. El camino al cambio no ha empezado por obtener el título de propiedad de la tierra, ni por el crédito. Ni siquiera por la innovación agrícola –todo eso lo han hecho, además–, sino por el agua. Esta revolución en el campo empezó por aumentar la capacidad hídrica.

Los agricultores de la Mancomunidad Municipal de Lurín repararon que la tierra sin agua carece de valor. Es tierra abandonada. Nadie la trabaja. Su primera preocupación fue entonces obtener agua. O mejor dicho, retenerla, porque, como en todas las zonas altoandinas del país, entre diciembre y marzo vienen las lluvias. En esa temporada, se genera en Lurín cerca de 80 millones de m3 de agua. El 5% se utiliza para actividades agrícolas, ganaderas y consumo humano. El resto se va al mar.
A pulso, los comuneros de las zonas media y alta de la cuenca construyeron reservorios de mediana capacidad para retener esta agua. Usaron los vasos naturales de las laderas del macizo andino. Sólo en el distrito de Tupicocha construyeron 8 de estos reservorios que, en conjunto, represan un millón de m3 de agua. Los demás distritos siguen este ejemplo.
Retener y almacenar el agua fue el primer paso de esta revolución silenciosa. El siguiente fue modificar un patrón cultural, acentuado en nuestras comunidades andinas: el riego por inundación. No sin esfuerzo, desconfianza al comienzo y tras un proceso gradual de experimentación, introdujeron el riego por goteo. La nueva técnica les permitió dosificar el uso de agua de los reservorios y maximizar su eficiencia. Al mismo tiempo, aumentó la productividad del campo y generó el excedente necesario para acceder a mercados más grandes y competitivos.
Con agua y productividad, el tercer paso fue la asociatividad empresarial. Es un mito que el minifundio –la denominada agricultura familiar–, no puede ser rentable. Las zonas altoandinas del Perú están fraccionadas en unidades agrícolas menores de 2 hectáreas (Censo Nacional Agrario - 2013). Pero la pequeña y dispersa propiedad no está asociada a una distribución familiar de la tierra –como podría pensarse–, sino a lo que el etnohistoriador rumano, John Murra, llamó con propiedad “la economía vertical andina”, pequeñas parcelas articuladas y ubicadas en diferentes pisos ecológicos por razones de clima. Al sembrar de manera escalonada, a diferente altura, el campesino se protege de las pérdidas por heladas.
Esta fragmentación de la tierra observable en todo el ande no impide que se realice una agicultura competitiva para acceder a mercados mayores, a condición de que se asegure el agua. El problema fundamental en la Sierra es que la agricultura rural familiar depende del riego por secano, es decir, de la estación de lluvias. Si llueve hay siembra, si no, no. El 63,8% de la tierra cultivable en el Perú se riega bajo esta modalidad. La tierra que no se riega se queda sin trabajar. El Censo Nacional Agropecuario preguntó cuál era la razón por la que no se trabajaba la tierra. 48,8% respondió “por falta de agua”, mientras que 24% dijo “por falta de crédito”. El problema principal de la Sierra no es la tierra ni la propiedad, sino el agua.
Y este es el problema central que vienen resolviendo los agricultores de las partes media y alta de Lurín. El problema del agua. La agricultura familiar en el mundo es responsable del 56% de la producción de alimentos. En el Perú, este porcentaje sube a 70%. Promover e impulsar la agricultura familiar para que nuestras comunidades altoandinas se alimenten mejor –como ocurre con el Programa de Recuperación de Andenes– está muy bien, pero es mucho más estratégico vencer la pobreza saliendo del modelo de subsistencia.
El camino que vienen siguiendo los productores de la Cuenca de Lurín abre una ruta segura para superar la barrera de la subsistencia: construcción de represas altoandinas, riego tecnificado, productividad y mercado. El crédito viene con la confianza en estos factores precedentes. Un modelo que asegura la transformación de una agricultura rural familiar, en otra de producción y comercialización. Como remarcó el ex ministro de Agricultura, Carlos Amat y León, hace unos días al comentar esta experiencia monitoreada técnicamente por el Centro Global para el Desarrollo y la Democracia (CGDD): “Si estas represas se hubieran construido masivamente en la Sierra antes de los ochenta, Sendero Luminoso no habría existido”. He ahí el verdadero cambio, la revolución, para las poblaciones altoandinas. Del campo a la ciudad.

* Artículo de opinión publicado en el Diario La República, el 19 de abril de 2014.

13 mayo, 2008

ALC-UE: Alimentos biocombustible o biocomestible

El precio de los alimentos, incluido como tema de debate en la Cumbre ALC-UE, pondrá a América Latina en un dilema: apoyar la generación de biocombustibles o no. Porque detrás de la crisis de alimentos que denuncia la FAO y el Banco Mundial, está la crisis energética, producto del alza del precio del petróleo.

La sustitución del combustible fósil por bio-combustibles ha generado que las tierras que antes se dedicaban al cultivo de maíz o soja para la industria alimentaria se orienten ahora para la producción de etanol.

Cada país tiene y defiende sus intereses en este tema lo que, obviamente, genera puntos de encuentro y distanciamientos que con seguridad se expondrán en la reunión interregional que empieza pasado mañana en Lima.

Cómo serán las cosas que en bio-combustibles Lula es aliado de Bush y contrario a Fidel Castro. Chávez denuncia al imperialismo por usar alimentos para llenar los tanques de los carros de los ricos; mientras que Lula señala que es un mito que el etanol impacte sobre el hambre de los pueblos. Todo lo contrario, afirma, los campesinos pobres que no tenían alternativa de tener cultivos rentables ahora puede sembrar caña de azúcar para producir etanol.

El Perú, por lo pronto, ya adelantó su opinión negativa al respecto: “Necesitamos volver los ojos a la producción de alimentos y dejar de lado o graduar este cambio de uso de tierras hacia el etanol, que está haciendo mucho daño mundial. Al querer cambiar petróleo por etanol hemos entrado a una trampa que resulta peor”, ha dicho recientemente el Presidente García.

Se calcula que la producción mundial de biodiesel y bioetanol fue de 47,4 millones de toneladas el 2007, de los cuales, 39,5 millones de toneladas fueron etanol. Estados Unidos es el primer productor con 19,5 millones de toneladas, le sigue Brasil con 14,9 millones de toneladas, la Unión Europea con 1,8millones de toneladas y China con 1,27 millones de toneladas.

En cuanto a biodiesel, la producción total registrada el 2007 fue de 7,9 millones de toneladas. El principal productor es Alemania con 2 millones de toneladas, Estados Unidos con 1,2 millones, Francia con 1,15 millones e Italia con 550.000 toneladas.

Estados Unidos y Brasil representan un 70 por ciento de la producción mundial de etanol y desde marzo del 2007 tiene un acuerdo conjunto para investigación y comercialización del sustituto del petróleo.

Corresponde ahora al resto de América Latina participar de este debate y definir si se pliega a la política del Brasil y Estados Unidos de impulsar los biocombustibles o de preservar sus tierras para sembrar para comer como plantean Castro y Chávez.



12 abril, 2008

Alimentos escasos, precios altos y pobreza

Desde Haití llegan reportes de revueltas populares de masas desesperadas que asaltan mercados en busca de alimentos. En Perú, aprovechando la madrugada, el gobierno reparte bolsas de comida casa por casa en barrios pobres de Lima. En Chile el gobierno entregará 46 dólares a familias por debajo de la línea de pobreza.

No son fenómenos aislados. Los alimentos empiezan a escasear en el mundo y todo indica que el conflicto entre pobreza y alimentación estará en primer orden de importancia en los próximos años.

Según el director de la FAO, Jacques Diouf, la reserva de cereales almacenados en el mundo sólo alcanza para alimentar a la población entre 8 y 12 semanas. Se calcula que en total hay 405 millones de toneladas almacenadas en el mundo de arroz, trigo, cebada y soya, los cereales que han alimentado a la humanidad desde su aparición en la Tierra.

Estas bocas hambrientas están causando desórdenes sociales en diferentes puntos del planeta. Sólo en los últimos 45 días el arroz subió 90% y pasó de 400 dólares a 760 dólares la tonelada. Las acciones de violencia alrededor de la subida de precios de la canasta básica llegan de lugares tan disímiles como Pakistán, México, Egipto o Haití.

Entre las razones para este desequilibrio mundial en la alimentación se menciona al acelerado proceso de reconversión de la matriz energética de los Estados Unidos hacia los biocombustibles. En apenas tres años, la casi totalidad de producción de maíz en ese país se destina a la producción de etanol.

El otro factor que explica este desorden en la producción, mercado y precios de los alimentos es la creciente demanda de poblaciones como la India y China. El crecimiento económico de estas regiones no es sólo por materias primas para la producción como carbón, hierro o cobre, sino también por alimentos, principalmente granos secos.

También se menciona el problema climático que afecta los cultivos, el aumento del precio de los fertilizantes y hasta el cambio de hábito de consumo en la dieta alimenticia de los asiáticos.

Frente a este panorama el Banco Mundial lanzó una alerta sobre una inminente crisis alimentaria lo que impactaría directamente sobre los índices de pobreza de los países emergentes.

La perspectiva es que los precios de los alimentos se mantengan altos por lo menos en los próximos 15 años lo que significaría “una reversión de tres puntos porcentuales en la pobreza en los países de bajos ingresos”.

El mundo necesita energía para seguir viviendo. Y el petróleo es un bien finito cuyas despensas se agotan cada día. La alternativa de reemplazarlo por sustancias orgánicas como el maíz impacta sobre las poblaciones menos protegidas.

El desorden climático causado por el hombre que busca ahora paliarse trocando petróleo por maíz cobra una dimensión dantesca. El precio de “limpiar” el planeta es alto; el hambre de una buena parte de la humanidad.



25 septiembre, 2007

¿Vuelve el Pan Popular?


Hay dos horrores que el primer Gobierno de Alan grabó en el inconsciente colectivo: el Pan Popular y la Leche Enci. Quienes vivimos esa época recordamos aún ese amasijo oscuro, horneado de afrecho y cáscara de trigo, muy bueno para la digestión por la fibra que contenía, pero que revelaba el fracaso de la política económica intervencionista. Su complemento ideal del desayuno 85-90, era la leche Enci, harinoso lácteo con más propiedades laxantes que nutritivas.

La pesadilla de esos años volvió a repetirse ayer cuando el premier Del Castillo convocó a su despacho a panificadores y especialistas para proponerles “encontrar la fórmula más adecuada para elaborar un pan de bajo costo y rico en proteínas”.

La idea era abaratar los costos del pan francés tradicional que amenaza con volver a subir de precio debido al aumento exponencial del precio del trigo en el mundo.

En los últimos meses la tonelada de trigo ha aumentado de 200 dólares a 350 dólares, obligando al gobierno a reducir a cero los aranceles de importación.

El Perú produce unas 300 toneladas de trigo al año e importa poco más de cuatro veces esa cantidad: 1 millón 400 mil toneladas.

Los desórdenes climáticos y la arremetida del maíz para biocombustible explican el decaimiento de la producción mundial del trigo.

El impacto que estos factores agroeconómicos exógenos tienen en países dependientes del cereal como el nuestro, es terrible.

Aquí el gobierno redujo los aranceles a cero, se aumento del sueldo mínimo en 50 soles (30 soles a partir de octubre y 20 soles desde enero), se anunciaron 40 mil empleos temporales para los sectores de escasos recursos, y se inició una campaña para promover el consumo de la papa en lugar del pan.

Todas estas medidas han resultado insuficientes. El pan ha pasado de 0.10 céntimos la unidad a 0.15 y amenaza con seguir subiendo.

De ahí que el Premier Del Castillo convocara ayer a su despacho a panificadores y representantes de productores, agricultores y molineros y les propusiera pensar en fórmulas alternativas.

La idea era preparar un pan más barato y con menos proporción de harina importada.

El que aparentemente ganó la prueba de economía y sabor aceptable fue la “chapla”, humilde pan cholo elaborado con harina local, achatado y chicloso de gran popularidad en la sierra peruana.

Todo iba bien hasta que a alguien se le ocurrió rebautizar al “chapla” como “pan popular”. Los asistentes se miraron y enmudecieron al recordar los viejos tiempos.