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02 mayo, 2021

Bono Inclusión

El debate en Chota entre Pedro Castillo y Keiko Fujimori fue revelador en varios sentidos. En primer lugar, mostró el estilo sindical en la negociación que imprimió Perú Libre. Frente a un JNE incapaz de organizar el debate, surgió una municipalidad provincial que presentó un espectáculo abierto con presencia de público. Una especie de democracia asambleísta que ni siquiera aceptó la moderación y conducción de la cadena de radio más importante del país.

 

Pero lo más importante es que se trató del primer debate a nivel de candidatos presidenciales realizado fuera de Lima, en una de las provincias más pobres del país, dentro de una región que al mismo tiempo es sede de la principal empresa minera de oro del Perú. Esta dicotomía de tierra rica y campesino pobre se repite a lo largo de los yacimientos mineros en toda la sierra peruana. Y encierra una de las paradojas conocida como: “La maldición de los recursos naturales”.

 

La lógica indica que un país rico en recursos naturales debiera ser un país sin problemas económicos o presupuestales. Pero la realidad señala que más bien ocurre lo contrario. Los países ricos en recursos naturales son pobres, desiguales e inequitativos. Una explicación es que los recursos son extraídos no por los países que los poseen, sino por transnacionales que dejan sus impuestos, los cuales se diluyen en Estados corruptos, ineficientes e incapaces. Al final del día, las regiones donde existe el recurso natural (petróleo, gas, oro, plata, cobre, litio o lo que fuera) no reciben los beneficios de la extracción, generando en la población disconformidad, enojo, desconfianza y conflictividad social.

 

La propuesta de la candidata de Fuerza Popular es algo nuevo en nuestro medio: se pasó de "agua sí, oro no" a destinar el 40% de la renta que genere la extracción de recursos naturales directamente a las familias de las zonas de influencia. Es una manera no ortodoxa —pero no por eso menos audaz— de depositar los beneficios del recurso explotado directamente en los bolsillos de la gente. Es lo que podría llamarse un Bono Inclusión. O la distribución de la riqueza empieza por casa.

 

Esta propuesta merece ser debatida por los expertos. Hasta ahora sabemos que las transferencias monetarias entregadas directamente a los beneficiarios no solo funcionan, sino que destierran el concepto paternalista de que los pobres no pueden decidir sobre su futuro. Los programas Juntos o Pensión 65 siguen esta lógica. Lo interesante de aplicar este shock económico en las comunidades campesinas es que se podría fomentar el ahorro para generar futuros emprendimientos, como ha ocurrido en el mismo programa Juntos en su segunda y tercera fase. 

 

Esto no quiere decir que el Estado deje de lado sus obligaciones en estas comunidades. El 60% restante de los ingresos requiere un Estado fuerte que vuelva tangible su presencia en forma de carreteras, educación, salud y servicios básicos. Las inversiones en estas comunidades salen así de la riqueza que genera el propio recurso, lo que equivaldría a que las industrias extractivas participen directamente en el desarrollo de las comunidades más pobres. 

 

Un Estado y sociedad fuertes consolidan la democracia. Y sociedades empoderadas con equilibrio y crecimiento económico consolidan la libertad  —en este caso, libertad de hacer con su dinero lo que mejor convenga—, base de la democracia. El camino inverso es el que vemos y utilizamos hoy en día: riqueza extrema para unos y pobreza y paternalismo —base del populismo— para todos.

 


27 mayo, 2018

Cambios en las alturas


Occopata es una comunidad rural andina, en la que se respira el cambio. Hasta hace diez años tenía un camino afirmado que la distanciaba del Cusco. Hoy cuenta con una carretera asfaltada que permite llegar a la capital de la región en 20 minutos.

Hasta el 2007 no había teléfonos. Apenas un aparato público que funcionaba a energía solar y con una tarjeta que permitía recibir llamadas más que hacerlas. Hoy tienen electricidad, señal de televisión abierta y teléfonos celulares que llegan con buena señal incluso en los alejados y elevados campos de cultivo.

Casi la totalidad de hijos de estas familias campesinas salieron de la comunidad y estudiaron carreras técnicas agropecuarias en institutos. Algunos se fueron a estudiar a Cañete, Ica y otros a Lima.

Muchos de ellos están regresando a Occopata. Vienen a veces con sus nuevas familias y también con nuevas ideas. Abren agroveterinarias, crían cuyes o instalan fito-toldos o invernaderos para contrarrestar las heladas, una característica de las zonas altoandinas, y de Occopata ubicada a 3.950 m.s.n.m. En estos pequeños invernaderos cultivan fresas o rosas para venderlas en el mercado.

También hay pequeños invernaderos en los colegios, en este caso, apoyados por el Centro Internacional de Post Grado de la Universidad San Ignacio de Loyola en Cusco. Los niños aprenden aquí a cultivar el alimento y a luchar contra la helada. 

Jóvenes de la Universidad de Arizona que estudian en la USIL-Cusco han instalado sistemas de filtración y potabilización de agua en los colegios de Occopata para mejorar la salud de los niños. La universidad busca ahora extender esta experiencia a cada vivienda. Sería una revolución silenciosa. El agua contaminada que consumen nuestros campesinos les impide absorver eficazmente los nutrientes de los alimentos.

Las 500 familias que viven aquí se dedican principalmente a la agricultura y crianza de ovejas. Cultivan sobre todo papa de la que conservan cerca de 300 variedades. La Universidad Nacional de San Antonio Abad del Cusco viene brindando asesoría mejorando la calidad de las semillas. USIL también asesora en la  elaboración de planes de negocio que permitan mejorar los ingresos de las familias.

Por ahora, los lugareños siembran la papa de manera mixta o mezclada, es decir, diversas variedades en un mismo terreno. Pero, en el siguiente periodo de siembra, pondrán las semillas de una variedad en un mismo surco, para mejorar el trabajo de post cosecha.

En términos generales, la economía de Occopata responde a la descripción que John Murray hizo en los años setenta, es decir, control vertical de la tierra en los diversos pisos altitudinales. Los comuneros poseen tierras en diversos nichos ecológicos para asegurar la diversidad de sus productos.

El impacto climático amenaza y profundiza este, de por sí, precario equilibrio medioambiental. La educación, la mejora en la infraestructura, las nuevas tecnologías y la asesoría técnica, se suman a la economía vertical, causando un impacto positivo en la comunidad de Occopata.


Sembrar rosas o fresas en plena helada, identificar la papa nativa que requiere el mercado, hacer planes de negocio, estar conectados con celulares, y regresar a la tierra para emprender un negocio o interesarse en la política y pensar en asumir cargos públicos por elección, son señales de estos nuevos vientos que soplan en las alturas y los cambios que vienen ocurriendo en nuestras comunidades campesinas. La imagen de este niño hablando por celular a casi 4 mil metros de altura, quizás simbolice el cambio que se siente aquí.