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20 febrero, 2022

Burócratas arracimados

 

En primer lugar, hay que decir que todo Estado moderno requiere de una burocracia para su funcionamiento. El sistema de administración del Estado expresa el dominio legal de quien detenta el poder o de quien, ganándolo, le  impone su sello o su orientación. 

 

Pero una cosa es que los partidos que ganan las elecciones tengan todo el derecho de colocar a sus cuadros en los puestos de dirección y otra muy distinta es copar el aparato del Estado con militantes incapacitados para el puesto. 

 

Se trata de lograr una estructura administrativa eficiente, no de arracimar funcionarios públicos.

 

Cuando el Estado es desbordado por funcionarios inexpertos que solo llegan al Gobierno por cuota partidaria, el sistema deviene en un burocratismo patrimonialista en donde el líder no tiene servidores públicos que lo ayuden a gobernar, sino subordinados —esclavos, clientes, los llama Weber—, que solo reciben órdenes de quien detenta el poder.

 

Todos los partidos que llegan al Gobierno se encuentran con este tipo de problemas. Aunque es cierto que —unos más que otros— los partidos adolecen de expertos o militantes preparados en administración pública. 

 

Por otro lado, no hay una carrera en pregrado de Administración Pública. Esta recién existe como especialidad en el posgrado sea a través de cursos, diplomado o maestría, y con mallas curriculares diversas, según se trate de universidades públicas o privadas.

 

Lo ideal sería crear una Escuela Nacional de Administración Pública que forme y capacite a los futuros funcionarios del Estado en los diferentes niveles y subniveles del Estado. Un modelo es el de la Academia Diplomática, que todos los años permite el ingreso con un cupo limitado de aspirantes a integrar el servicio diplomático peruano —bachilleres de casi todas las profesiones—, asegurando una formación competente y una línea de carrera meritocrática. 

 

También podría acreditarse un programa para que las propias universidades ofrezcan esta especialización en el último año de su carrera, previo diseño del perfil de funcionario que requiere el sistema de administración pública. 

 

La administración pública debe ser una línea de carrera para estudiantes comprometidos con el servicio público, y con criterios claros y transparentes de ascenso, promoción y responsabilidades. 

 

Los partidos políticos deben conservar su cuota de poder en los puestos de dirección —para eso ganan las elecciones, para gobernar— y alentar a sus militantes a prepararse para administrar el Estado. Pero deben llevar líderes, no ganapanes.

 

En ningún caso debe verse al Estado como un botín, una agencia de empleos o un carnaval de puestos públicos. 

 

El Estado no requiere de un burocratismo incompetente, patrimonialista y saqueador, sino, una burocracia técnica y profesional preparada para servir al ciudadano con eficiencia, sentido social y ética.

22 agosto, 2020

Preguntas a boca de urna

¿Cómo llegaremos los peruanos a las urnas el 2021 ? ¿Con qué espíritu iremos a votar? ¿Con qué ánimo encararemos el futuro? ¿En quién confiaremos? O mejor, ¿en qué creeremos?

Es crucial responder estas y otras preguntas. En términos económicos y sociales, el país llegará casi a rastras. Los cálculos más optimistas esperan una recuperación al nivel  pre-pandemia recién  el segundo semestre. Pero el rumbo del país y sus consecuencias, acaso, ya se definieron.

 

La recaudación tributaria será una primera dificultad. En unas semanas tendremos el presupuesto del próximo año. Será la primera vez en veinte años que disminuya en términos reales.

 

Con las arcas afectadas, el próximo gobierno será austero. Y los equipos que administren la cosa pública, sumamente eficientes y con una alta vocación de servicio.

 

En esas circunstancias, la corrupción deberá ser castigada de manera drástica, ejemplar, de paje a rey. Necesitamos recuperar, en este sentido, la decencia de gobernar.

 

No habrá más dinero para bonos. Y la deuda pública cuyo ratio oscilaba entre el 20 y 25% del PBI, -lo que nos enorgullecía- podría dispararse. Los organismos de crédito internacional estarán dispuestos a prestarnos dinero. El problema es cómo les pagaremos sin despellejarnos.

 

Pero si las dificultades económicas serán acuciantes, lo serán más las demandas sociales. Se requerirá estimular el empleo para todos, pero, especialmente para los jóvenes. Son las principales víctimas sociales de la pandemia. Han perdido sus precarios trabajos y muchos también sus estudios.

 

Llegaremos enfermos y con hambre. Habrá más pobres y desempleados. 


¿Qué tipo de gobierno necesitaremos entonces? ¿Qué cualidades deberá tener el gobernante que escogeremos esa tercera semana de abril del próximo año? 

 

En primer lugar, no debe ser uno solo -basta ya de caudillismos egoístas-, sino un equipo. Un conjunto de hombres y mujeres que nos diga con claridad y sencillez qué se proponen hacer desde el primer día para atender la emergencia-país.

 

Ese equipo debe tener liderazgo para ejecutar las cosas y para contagiar el estado de ánimo de la gente. 

 

Un gobierno que no confunda marketing con capacidad de gestión. 


Y que primero que nada reconozca la deuda social que tenemos como Nación y cierre las brechas abiertas que tenemos desde la fundación de la República, como bien anota James A. Robinson en una entrevista reciente. 

 

Somos una República histórica y estructuralmente desigual, decíamos en un post anterior. Suturemos, entonces, cerremos, soldemos, esas heridas.

 

¿Escogeremos con la razón o como siempre con la emoción? ¿Votaremos por la esperanza o con desolación?, son preguntas o dudas a boca de urna.

 

Necesitaremos un shock de endorfinas sociales para recuperar el alma nacional. La vacuna puede ayudar a devolver el ánimo colectivo de la gente. Ojalá para entonces esté clara su llegada al país. 

 

No necesitamos más por el momento. Visión y objetivos claros. Gente capacitada para gobernar. Decencia. Y vocación de servicio.


Recuperar la confianza es la base. El optimismo lo construimos a punche. Que las nuevas autoridades sepan qué hacer y no decepcionen ayudaría bastante.



23 abril, 2014

La otra revolución: del campo a la ciudad *


En las alturas de la Cuenca de Lurín, a dos horas y media de Lima, un grupo de pobladores viene realizando una revolución silenciosa, pacífica, del campo a la ciudad. Ellos vienen convirtiendo su pequeña agricultura rural, familiar, de subsistencia, en una agricultura rentable, competitiva y de mercado. El camino al cambio no ha empezado por obtener el título de propiedad de la tierra, ni por el crédito. Ni siquiera por la innovación agrícola –todo eso lo han hecho, además–, sino por el agua. Esta revolución en el campo empezó por aumentar la capacidad hídrica.

Los agricultores de la Mancomunidad Municipal de Lurín repararon que la tierra sin agua carece de valor. Es tierra abandonada. Nadie la trabaja. Su primera preocupación fue entonces obtener agua. O mejor dicho, retenerla, porque, como en todas las zonas altoandinas del país, entre diciembre y marzo vienen las lluvias. En esa temporada, se genera en Lurín cerca de 80 millones de m3 de agua. El 5% se utiliza para actividades agrícolas, ganaderas y consumo humano. El resto se va al mar.
A pulso, los comuneros de las zonas media y alta de la cuenca construyeron reservorios de mediana capacidad para retener esta agua. Usaron los vasos naturales de las laderas del macizo andino. Sólo en el distrito de Tupicocha construyeron 8 de estos reservorios que, en conjunto, represan un millón de m3 de agua. Los demás distritos siguen este ejemplo.
Retener y almacenar el agua fue el primer paso de esta revolución silenciosa. El siguiente fue modificar un patrón cultural, acentuado en nuestras comunidades andinas: el riego por inundación. No sin esfuerzo, desconfianza al comienzo y tras un proceso gradual de experimentación, introdujeron el riego por goteo. La nueva técnica les permitió dosificar el uso de agua de los reservorios y maximizar su eficiencia. Al mismo tiempo, aumentó la productividad del campo y generó el excedente necesario para acceder a mercados más grandes y competitivos.
Con agua y productividad, el tercer paso fue la asociatividad empresarial. Es un mito que el minifundio –la denominada agricultura familiar–, no puede ser rentable. Las zonas altoandinas del Perú están fraccionadas en unidades agrícolas menores de 2 hectáreas (Censo Nacional Agrario - 2013). Pero la pequeña y dispersa propiedad no está asociada a una distribución familiar de la tierra –como podría pensarse–, sino a lo que el etnohistoriador rumano, John Murra, llamó con propiedad “la economía vertical andina”, pequeñas parcelas articuladas y ubicadas en diferentes pisos ecológicos por razones de clima. Al sembrar de manera escalonada, a diferente altura, el campesino se protege de las pérdidas por heladas.
Esta fragmentación de la tierra observable en todo el ande no impide que se realice una agicultura competitiva para acceder a mercados mayores, a condición de que se asegure el agua. El problema fundamental en la Sierra es que la agricultura rural familiar depende del riego por secano, es decir, de la estación de lluvias. Si llueve hay siembra, si no, no. El 63,8% de la tierra cultivable en el Perú se riega bajo esta modalidad. La tierra que no se riega se queda sin trabajar. El Censo Nacional Agropecuario preguntó cuál era la razón por la que no se trabajaba la tierra. 48,8% respondió “por falta de agua”, mientras que 24% dijo “por falta de crédito”. El problema principal de la Sierra no es la tierra ni la propiedad, sino el agua.
Y este es el problema central que vienen resolviendo los agricultores de las partes media y alta de Lurín. El problema del agua. La agricultura familiar en el mundo es responsable del 56% de la producción de alimentos. En el Perú, este porcentaje sube a 70%. Promover e impulsar la agricultura familiar para que nuestras comunidades altoandinas se alimenten mejor –como ocurre con el Programa de Recuperación de Andenes– está muy bien, pero es mucho más estratégico vencer la pobreza saliendo del modelo de subsistencia.
El camino que vienen siguiendo los productores de la Cuenca de Lurín abre una ruta segura para superar la barrera de la subsistencia: construcción de represas altoandinas, riego tecnificado, productividad y mercado. El crédito viene con la confianza en estos factores precedentes. Un modelo que asegura la transformación de una agricultura rural familiar, en otra de producción y comercialización. Como remarcó el ex ministro de Agricultura, Carlos Amat y León, hace unos días al comentar esta experiencia monitoreada técnicamente por el Centro Global para el Desarrollo y la Democracia (CGDD): “Si estas represas se hubieran construido masivamente en la Sierra antes de los ochenta, Sendero Luminoso no habría existido”. He ahí el verdadero cambio, la revolución, para las poblaciones altoandinas. Del campo a la ciudad.

* Artículo de opinión publicado en el Diario La República, el 19 de abril de 2014.