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14 febrero, 2014

Contarlo todo o la voz propia



“Contarlo todo”, el libro de Jeremías Gamboa, el chico de Santa Anita –llamado Gabriel Lisboa–, que estudia Comunicaciones en la Universidad de Lima y que a costa de mucho esfuerzo aprende el arte de escribir en el periodismo, pero que entiende también que para seguir su vocación de contar historias tiene que dejarlo, no es, en verdad, solo una novela.

Es más que eso. Es un río de situaciones ordenadas y secuenciadas que como toda buena novela que crea un universo propio es un texto que se puede analizar desde la crítica literaria, pero también mirarse desde su arista sociológica. Y es este último aspecto el que me interesa abordar.

Gabriel Lisboa es un joven de la llamada clase media emergente, que estudia becado en una de las universidades mas caras de Lima, vive con sus abuelos –ella una ama de casa y él un mozo de restaurante, autodidacta–. Este peruano, hijo de la segunda generación de migrantes, se apropia de la ciudad dejando atrás el mundo de sus padres, el mundo rural, quechuahablante. Ese mundo –Ayacucho en la novela– que pese a todo, el joven citadino Gabriel Lisboa visita en un último intento por reafirmar su vena literaria.

Lisboa viaja a Ayacucho con un libro de Arguedas que le había costado entender antes en la ciudad. Lo olvida en su bolsillo trasero, pero sobrevive a su juerga, como si el mundo andino estuviera atado a él de manera indisoluble, aunque deblititado todavía. Por breves momentos, parece entender ese mundo rural, ese Perú profundo, pero le gana su espíritu citadino. Lo que logra rescatar de Ayacucho en su novela es una discoteca en Huamanga, un lugar “parecido a Barranco”, adornado con una bola de espejos en el techo que “ya no se usan en las discotecas de Lima”.

Lisboa cree empezar a entender el complejo mundo andino de Arguedas, pero siente que lo que le pasó en la capital ayacuchana es mucho “más pragmático, realista” y centra su historia en una conquista y encuentro amoroso que tiene con una joven huamanguina, a quien logra llevar a la cama, lo que para ella es su “primera vez”. La muchacha marca también un cambio de mentalidad. La otrora sagrada virginidad no le importa demasiado, revelando emociones y decisiones de la juventud provinciana asumidas con libertad y sin mayores culpas o cargos de conciencia.

Gabriel representa a un nuevo peruano. Un peruano emergente que se integra a una urbe cosmopolita y que consigue abrirse paso con su talento. Este neo peruano no conoce la lengua de sus padres, que luchan por “seguir siendo”, pero aprende a hablar inglés. Nada de eso le servirá cuando se enamore de una niña de la clase alta de Lima, en cuya familia siente de manera sutil aunque firme el peso de la diferencia social y cierta forma de racismo social.

El alter ego de Gabriel reacciona y se rebela ante esta discriminación, después de todo –reflexiona el personaje–, de qué estamos hablando si en su caso es un chico que ha sabido mantenerse en los primeros lugares en una universidad donde muchos hijitos de papá no pueden siquiera terminar una carrera y que ha escrito en dos de las más prestigiosas revistas del medio y en una llegó a ser editor a muy corta edad.

En esas condiciones materiales de vida, Gabriel se forma y va tomando lentamente conciencia de su propio ser. Deja la industria del periodismo para encerrarse en el taller del escritor. Una tarea farragosa, solitaria, de orfebre, que es en el fondo la tarea de un escritor. El resultado es Contarlo todo, un vómito negro del Nuevo Perú. Necesario para seguir avanzando en ese redescubrimiento del otro Perú, ausente hoy en día en esta primera novela, pero que seguramente el autor explorará en una segunda entrega, acaso el encuentro con su padre, o sus raíces, que es, de algún modo, la búsqueda constante de sí mismo. Y en ese camino, expresarse como lo ha hecho ahora, con propia voz.


18 diciembre, 2013

Escuela rural: aldeana y lejana


Mi madre nació en 1940 y alcanzó a ir al colegio hasta 1950, año en que dejó las parcelas de arroz, frijol y yuca en el campo de Piura y se trasladó a Lima para trabajar. Estudió solo hasta tercero de primaria en una escuelita rural, cerca de su casa. Tuvo suerte que el colegio quedara sólo a quince minutos a pie de su casa. Otros amiguitos y amiguitas venían de mucho más lejos y debían caminar una hora o más. Estudiaba dos turnos -mañana y tarde-, de manera que, en el entretiempo, muchas veces tenía que regresar a casa y ayudar a su madre a cocinar. Cuando había que ayudar con los animales –lo que ocurría casi siempre-, ya no regresaba. Así, con dificultades, aprendió a leer, a sumar y restar. Le ayudó para defenderse en la vida.

Eso fue hace más de sesenta años. Leyendo un informe sobre la escuela rural hecho por la Defensoría del Pueblo (DP), podemos afirmar que para algunos peruanos, para los peruanos del Perú rural, en materia de Eduación, las cosas no cambian o lo hacen muy poco (1). 

Según cifras del MINEDU, el 70% de los colegios públicos de nivel primaria son rurales. Una visita a 451 de esos colegios hecho por la DP, encontró que el 84% de los estudiantes de zonas rurales sigue trasladándose a pie. La mitad de ellos demora hasta media hora para llegar a su escuela. Un 26% toma entre media hora y una hora y un 14% entre una y dos horas.

El informe encontró el caso excepcional de un niño de una escuela del distrito de Corani, provincia de Carabaya, departamento de Puno, al que le toma más de cuatro llegar a su colegio. (Si me preguntan quién es el hombre del año, he aquí mi candidato).

Hay avances colectivos, por cierto, el 75% de las escuelas tiene servicio de agua y el 66% tiene electricidad. Pero las necesidades siguen siendo altas. 90% de las escuelas requieren mantenimiento de infraestructura y 68% mantenimiento de mobiliario escolar. 

En materia de telecomunicaciones estamos desconectados. El 99% de las escuelas en zonas rurales carece de teléfono propio y un altísimo 96% no tiene acceso a internet.

Por otro lado, el 92% tiene acceso a servicios higiénicos básicos, pero el 80% de ellos es en realidad un pozo séptico, lo que revela el enorme déficit de obras de alcantarillado en las zonas rurales del país.

El informe también analiza una respuesta práctica puesta en marcha desde el Estado con la entrega de bicicletas a niños matriculados en escuelas rurales. El programa  tiene dificultades (2). "La supervisión permitió observar que no en todos los casos esta sería la medida más adecuada debido a las características del trayecto que los/las estudiantes deben recorrer. Así, por ejemplo, en zonas de sierra, elevadas pendientes dificultan el uso de bicicletas y obligan a los/las estudiantes a cargar con ellas generalmente durante el tramo de regreso, debido a que sus hogares están ubicados en zonas altas", dice el documento de la DP.

Esta realidad de la escuela rural es la raíz que explica la brecha social y la desigualdad económica que tenemos como país. Los niños y niñas de las zonas rurales carecen de igualdad de oportunidades y no solo en Educación, sino también en otros aspectos indispensables en los primeros años de vida como Salud y Nutrición.

Inclusión social sin atención real de los excluidos es solo una frase. Es la razón de ser del crecimiento económico, redistribuir los beneficios. Si seguimos repitiendo este modelo diferenciado por generaciones seguirá aumentando la brecha de la inequidad y desigualdad social. Leer el informe de la DP es como si escuchara a mi madre contarme cómo iba ella a su escuelita fiscal allá en la década de los cuarenta del siglo pasado. Aquicito nomás.

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(2) Mediante Resolución Ministerial N° 434-2013, se aprobó la Directiva N° 021-2013-MINEDU/VMGP-DIPECUD, «Orientaciones para la Implementación de la Iniciativa Rutas Solidarias: Bicicletas Rurales para llegar a la Escuela».