Politikha / Blog de Luis Alberto Chávez

27 diciembre, 2010

Desvaríos de Navidad

Algunas cosas raras me ocurren con la navidad. De chico nunca tuve un árbol y ahora que lo tengo a mis hijos les cuesta armarlo. Y luego es más difícil todavía desarmarlo. En casa no acostumbrábamos a armar ni arbolitos, ni nacimientos, ni cenas de nochebuena. Aquella noche transcurría casi como cualquier otra. Cenábamos temprano, abríamos antes que nadie los regalos y mi hermano y yo salíamos a la calle a pasar las doce fuera de casa porque mamá dormía para entonces. Por lo general, lo que hacía era pasarla fuera de casa, en la de algún amigo, viviendo con él la navidad o pegado al televisor que anunciaba la celebración de la fiesta en otras partes del mundo. Buscaba algunos pasadores viejos y hacía mi “mechita” para reventar cuetecillos toda la noche. Con el tiempo, la alegría de las fiestas se fue transformando en un sentimiento distinto. Ahora era yo quien buscaba llegar temprano a casa para celebrar la navidad y obligaba a mi madre, mi tía, hermano y sobrino a no dormirse antes de la medianoche hasta esperar la nochebuena. Conforme pasó el tiempo, la celebración de esta fiesta cobró un sentido de tristeza. Pensaba en la gente que no podía celebrar. Que pasaba hambre y soledad. Las luces y los villancicos me envolvían en una nube de desconsuelo y desolación. Mi corazón albergaba un amor y separarme de ella en estas fechas me era muy doloroso. La llegada de mis hijos amenguó ese dolor. Con ellos, la navidad volvió a recobrar el brío y la sensación de felicidad que tenía cuando niño. Las canciones y las luces alegraban ahora mi vida. Lo mismo que los regalos y la cena de nochebuena. Ellos son la navidad, pensaba. Pero ahora ellos mismos están creciendo y siento temor que las navidades regresen a ser un pozo profundo de melancolía. Todo eso pienso ahora que descanso un poco y contemplo el árbol, armado e iluminado en un rincón de la casa, y me pregunto si esta vez los chicos lo desarmaran rápidamente sin que reniegue y lo vea allí hasta bien pasadas la bajada de reyes, que nadie recuerda ya que existen, y que en algún tiempo se celebraban tanto o más que la misma navidad.

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