Politikha / Blog de Luis Alberto Chávez

01 febrero, 2016

El copista ilustrado

El plagio es un acto que nace de tres de los peores males del hombre: la mentira, la incapacidad y la ociosidad.

Pero una cosa es plagiar y otra copiar. La primera atañe a un robo. La segunda puede imitar una obra de arte. No se plagia un jarrón chino; se copia.

Sea plagio o copia, el sentido es que ambos hurtan aspectos, ideas o características originales de otro.

Por eso, el acto de plagiar o de copiar conlleva siempre un hecho de apropiación.

El árbol empieza a torcerse desde los primeros años, en los trabajos escolares. Se copia el cuaderno, la tarea, el examen.

El plagiador requiere casi siempre una contraparte débil, cómplice de la falta.

El que estudia, cede a los requerimientos del copista al prestarle el cuaderno o el balotario resuelto.

El copista que empieza copiando la tarea, por lo general, termina plagiando en pleno el examen. Busca el atajo, el menor esfuerzo, la trampa.

El plagiar es un tema de la ética. Tiene que ver con la capacidad de mentirse a sí mismo y de mentir o engañar a los demás.

Cuando el copión reproduce ideas de otros con pasión, pierde la noción de vergüenza. Copia sin prisa, pero sin pausa. Sin que nada lo detenga.

En ese trance, su labor se vuelve mecánica, autómata. Llena los espacios sin entender lo que hace. No le importa, sino untar el papel con tinta.

A cualquier mortal una página en blanco, lo perturba. Al copista, no le preocupa. Hasta podría deleitarle.

Para el copiador impenitente, una página en blanco es el espacio en el que se encuentra a sí mismo. Vacío de contenido.

Con el tiempo, el copista se acostumbra a su oficio. Y su arte se vuelve sofisticado. Copia monografías, tesis universitarias, magistrales, doctorales.

Si al inicio pedía favores, cuando crece, se paga sus extravíos. Copia y encarga copiar sin pudor. Ni rubor. Copy and paste.


Por eso, si Dios escribe recto sobre renglones torcidos, el copista escribe torcido siempre sobre los renglones rectos de otros. 

Y vive feliz, como una perdiz, hasta que se mete en política y decide ser presidente.

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