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12 diciembre, 2011

Política-ficción en cinco actos

Acto I
El presidente, aborda el helicóptero de la Policía Nacional y parte con rumbo sur. Quiere observar in situ la movilización de la población de cañete enfurecida por la construcción de un penal en su zona. Lo acompaña su ministro del Interior, su ex instructor militar, retirado y empresario exitoso. El presidente quiere resultados; muy en el fondo tiene intenciones de dialogar y hacer entrar en razón a los dirigentes.

Acto II
El helicóptero se acerca al escenario y da varias vueltas sobre el teatro de operaciones. El ministro del Interior explica la situación. Hace observaciones de movimientos, disciplina táctica, repliegue de fuerzas, ataques y movidas estudiadas, circundantes, escalonadas. “No, aquí no hay una movilización espontánea de pobladores; lo que hay es un despliegue táctico de organizaciones radicales, un operativo estudiado con fines desestabilizadores”, concluye. El presidente escucha anodado.

Acto III
El helicóptero aterriza en un punto de la carretera. El presidente quiere salir, pero el ministro se lo impide. Informes de Inteligencia, dice, alertan que no existen condiciones objetivas de seguridad para el presidente. Los informes recomiendan no exponer al jefe de Estado. El ministro le pide que se quede. Baja él. Camina raudo. La corbata ventea con las hélices del helicóptero. Los medios lo abordan. Ordena, dispone, manda. Luego regresa al helicóptero. Todo en orden, presidente.

Acto IV
Esa noche se desata una descarga contra los manifestantes. La masa se desarticula. Corren en estampida. Las balas silban. Una de ellas se aloja en un poblador. La primera víctima. Al día siguiente. Las protestas ceden. Los pobladores firman un acuerdo. El gobierno ya no construirá el penal. Los familiares lloran a su muerto. La protesta termina.

Acto V
El ministro del Interior acompaña al Presidente del Consejo de Ministros a Cajamarca. El premier pretende seguir dialogando. El ministro no. El premier da un ultimátum. El ministro tiene un Plan B. Ha dejado listo un dispositivo legal disponiendo Estado de emergencia. El premier se entera por la televisión. El ministro envía un informe a Economía solicitando acciones contra el gobierno regional y gobiernos locales de Cajamarca. A la par detiene a dirigentes cajamarquinos en Lima. El MEF congela las cuentas de Cajamarca. El premier reúne en Lima a los alcaldes cajamarquinos afectados. Descongela las cuentas. Demasiadas contradicciones.

Epílogo
El premier se va. El ministro se convierte en premier.

17 febrero, 2010

Déjà vu

Hoy soñé con una calle en la que -estoy seguro- había estado antes. No me pasaba esto desde que dejé de ser niño. Hace mucho tiempo. La calle era colorida, de reminiscencia colonial, aunque con ribetes modernos. Era de un solo sentido con carros aparcados en uno de los costados. Una casita blanca llamó mi atención. Tenía una base de piedra, algo plomiza o azulada y un marco de puerta del mismo color. La puerta era blanca, lo mismo que el intercomunicador. Un farolito pendía del dintel, iluminando el número de calle: 20. Era la penúltima de la fila; más allá una casa amarilla con ribetes color ladrillo, bordeaba la esquina.

Era verano. Los árboles verdes, sin rastro de hojas en el piso, dibujaban una estampa que no era de otoño. Era verano. Estaba seguro por la sombra de las copas recostada sobre las casas y los autos estacionados. La calle estaba vacía, lo que me generaba angustia y curiosidad. No había niños jugando en los alrededores. Parecía una ciudad de ancianos. De pronto, sentí que en cualquier momento aparecería yo mismo caminando por la esquina, por la casa amarilla. Pero pensé que eso no sería posible porque si alguna casa tenía yo en esa calle tenía que ser la número 20.

Viví en una casita similar de niño. O al menos así me la imagino ahora de grande. Era una casita con techos a dos aguas, de paredes estucadas en cal, lo que le daba ese color blanco que la hacía tan cálida y amplia, aunque no lo fuera del todo, en realidad. Era limpia, eso sí. Mamá acostumbraba a mantenerla así casi con espíritu maniático. Y yo heredé esa costumbre con mi cuarto. Lo tenía siempre arreglado, y no importaba cuanto tiempo me tomaba, siempre le pasaba escoba al piso y limpiaba mi pequeña biblioteca que hasta ahora me acompaña y que empezó, me acuerdo, con dos libros que compre de una colección que por aquel entonces empezó a publicar el gobierno militar de turno.

Caminé hasta la esquina y miré hacia un lado. A media cuadra había un túnel. Los carros pasaban apenas por lo estrecho de lugar. Seguí de frente y comprobé que toda la calle estaba cubierta por la sombra de los árboles. Imaginé que caminaba por allí paseando mi perro, rumbo a la panadería. Pensé que sería un lugar agradable donde no existía ruido ni peleas callejeras. Pero por el silencio existente, era posible escuchar el ronquido de los viejos al hacer la siesta.

No sé por qué te cuento todo esto. Lo cierto es que esa calle de casas coloridas se apareció hoy en mi sueño. Era como si hubiera estado allí. Podía sentir el piso desnivelado en cada uno de mis pasos. Las baldosas a rayas que seguramente se llenaban de agua con la lluvia. Podía sentir la vida atrapada en una burbuja. Podía sentir, incluso, el canto de los pájaros en las mañanas. Hasta me picaba la nariz con las pelusillas que dejaban caer los árboles y que el viento arrastraba de un lado a otro. Podía incluso ver las letras en las esquinas pintadas sobre la pista: Stop. Las cebras preventivas y las líneas punteadas para aparcar los coches. Podía ver las tapas de los buzones.

Podía sentir que caminaba directamente hacia la casita blanca y tocaba el intercomunicador en forma de casita también. Sentí cómo unos suaves pasos se acercaban a la puerta. Recordé que podía identificar tus pasos, aún cuando caminaras descalza por la alfombra. Alguien respondía a mi llamado. Sentí el crujir de la aldaba. El olor a mujer. Desperté.