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13 junio, 2020

Los nuevos caminantes




Hace unas semanas escribimos sobre el fenómeno sociológico de miles de peruanos sin trabajo en la capital y con hambre que regresaban a sus provincias a pie, expulsados por el coronavirus, y al mismo tiempo teniendo como última esperanza el refugio en sus lugares de origen. Les llamamos los caminantes.

Eran miles de personas y familias enteras movilizadas de forma silenciosa, pacífica, por las carreteras, que no encontraron en el mercado ni en el Estado respuesta a sus demandas de salud, alimentación o puestos de trabajo.

Hoy un nuevo tropel de ciudadanos se ha volcado a las calles. Inundan las principales avenidas alrededor del centro histórico de Lima y La Victoria. A diferencia de los anteriores caminantes, estos no llevan sus enseres a cuestas, sino mercadería, bienes de valor, que no pueden vender. 

No son desempleados o trabajadores precarios en busca de empleo. Tienen un capital que se deprecia conforme crece su angustia. Son comerciantes formales, inquilinos de galerías, muchos de ellos con uno o dos puestos de venta, con créditos en el banco y cuentas que pagar. 

Son emprendedores que tampoco el mercado o el Estado ha logrado atender. Con el agravante de que, además, son castigados por algunos alcaldes insensibles que privilegian el ornato al orden; como cuando pintan las casas de los pobres en lugar de proveerles servicios básicos e infraestructura.

El Estado en todos sus niveles no sabe qué hacer con esta masa de comerciantes que sale incluso en carros y camionetas y se estacionan en cualquier esquina para ofrecer sus productos. Los que no tienen vehículos simplemente se echan sus costales al hombro con prendas de vestir, artículos mil, mochilas, maletas y repuestos de carro y computadora. 

Urge atender esta demanda social, que tras noventa días de cuarentena está haciendo explotar la economía. Menos burocratismo. Menos protocolismo. Más creatividad. 

Una fórmula rápida, como se propuso entonces para los primeros caminantes, es utilizar los espacios públicos que ya existen —parques zonales, estadios, colegios, iglesias para ubicar a estos comerciantes y organizar el mercado. Esto permitiría mostrar, de paso, las ventajas de la formalidad. Con más del 70% de economía fuera de registro que aporta alrededor del 20% del PBI, no vamos a ninguna parte. 

No se trata ya de perseguir, castigar, penar; sino de atraer, enseñar, y ser efectivos en la entrega de servicios. La tarea obviamente no es solo municipal. El gobierno nacional debe intervenir ya. No atender este problema solo empujará a los hoy precarios emprendedores formales, a punto de quebrar, precisamente al lado oscuro de la informalidad. No frustremos, ni matemos el emprendimiento.



11 julio, 2017

El Estado informal


El accidente del Cerro San Cristóbal ha desnudado un problema de fondo; el de la informalidad. Pero no de la sociedad, que ya la conocemos, sino del Estado, que nos revela que, en lugar de avanzar, retrocedemos.

La empresa Green Bus es una empresa formal. Obtuvo todos sus permisos para operar. Se los otorgó la Municipalidad de Lima. Estaba autorizada para hacer turismo urbano. 

La Municipalidad del Rímac, también le extendió una autorización para funcionar. Le pegó una calcomanía en el parabrisas y le cobraba 3 mil soles mensuales a la empresa para que trabajara tranquila.

Para que sus buses turísticos de dos pisos transitaran libremente, Green Bus debió pasar una revisión técnica de todas sus unidades.

La empresa pasó esa prueba técnica. Tiene los papeles para probarlo.

En la guantera del bus siniestrado estaba el SOAT 2017. Los pasajeros estaban protegidos contra accidentes de tránsito. Pero cuando llegaron a hospitales y clínicas estas se negaron a atenderlos.

El problema es otro. No es que la empresa sea informal. El informal es el Estado.

Es la maldita informalidad que nos persigue y domina. Que está en el ADN institucional de toda entidad que brinda un servicio público. 

Al caer el bus por el abismo quedó al descubierto que la distancia entre sus ejes es muy corta; la cola del bus es muy larga, y la altura también; las llantas lucen desgastadas, sin cocadas, en la lona; y los asientos del segundo piso descapotado… ¡no tenían cinturones de seguridad!

El SOAT estaba vigente, pero las clínicas y hospitales reclamaban el papel en físico para atender a los heridos. Y todos tenemos en la guantera ¡sólo un papel, no más de 65,  como pasajeros tenía Green Bus!

Esa misma informalidad del Estado le permitió a la empresa operar… ¡sin rutas definidas, ni paraderos establecidos! Jalando gente en la propia Plaza de Armas.

Esa misma informalidad estatal es la que no puede colocar un tomógrafo en un hospital o no pueda hacer análisis clínicos a más de una docena de accidentados porque no hay tanto personal para atender... un domingo por la tarde.

Es la informalidad del Estado. Un Estado incapaz de ordenar la convivencia ciudadana, poner orden y ejercer autoridad. Un Estado donde lo que mejor funciona es la coima que lo perfora y lo entumece, volviéndolo ineficaz.