Politikha / Blog de Luis Alberto Chávez

19 febrero, 2015

Enroque corto


En ajedrez, cuando el Rey se mueve hacia los espacios de su Dama y cambia casilleros con la Torre para protegerse, se denomina enroque largo. Pero si decide moverse hacia su lado y busca la torre de su extremo más próximo, se denomina enroque corto. En política, sucede casi lo mismo.
 
No le quedaban muchos caminos al presidente Humala para recomponer su gabinete. Optar por un cambio radical y proponer al Congreso un nuevo jefe de gabinete ­–un enroque largo­–, no era un escenario posible, sin ceder poder.
 
Difícilmente un representante del oficialismo –con excepción de Marisol Espinoza– podría obtener un voto de confianza en el Parlamento.
 
El gobierno ha perdido la mayoría en el Congreso y hoy por hoy el oficialismo no puede   asegurarle al Presidente ni siquiera los votos para aprobar su salida del país.
 
Pasar de una bancada de 47 a 33 miembros, ha significado que el Ejecutivo quede un poco rehén del Congreso.
 
Parece un contrasentido, pero es real: la fuerza de la presidenta del Consejo de Ministros depende hoy en día de la debilidad de la bancada de Gana Perú.  
 
Entre ambas existe una relación de mutuo dependencia y de correlación inversa.
 
La salida de Ana Jara del gabinete y la imposibilidad de poder ser reemplazado (a) por otro (a) de la misma cantera que obtuviera el respaldo del Congreso, era, en definitiva, un juego de suma cero y, por ende, una opción no viable.
 
Este razonamiento no dejaba muchas salidas. Había que hacer un enroque corto.
 
La decisión presidencial, entonces, no es fruto de un repentino espíritu de concesión a las fuerzas opositoras o ­–como señalan algunos– un guiño al Apra o al fujimorismo; sino consecuencia de su limitada capacidad de movimiento.
 
El ejecutivo no tenía más opciones. El escenario más viable es el que tenemos ahora. Conservar la jefatura del gabinete y realizar cambios al interior del equipo, escuchando a la calle en algunos casos y reacomodando el tablero interno en otros.
 
En situaciones límite, cortar un brazo o una pierna es siempre mejor que cortar la cabeza. El rédito político en este caso es ganar tiempo.
 
La presidenta del Consejo de Ministros sale fortalecida. Se ha deshecho de dos de los ministros más populares que ella, según la más reciente encuesta de Ipsos-Apoyo: Urresti y Omonte; y ha desinflado el globo de la censura que se venía contra su gabinete.
 
La oposición política, sin embargo, difícilmente cederá. La oposición médiática tampoco. Cada quien en lo suyo, eso sí. Los primeros se proyectan hacia la captura de la próxima mesa directiva del Congreso. Los segundos seguirán hurgando en el pasado y petardearán a los nuevos ministros (léase Maurate).
 
Los ajedrecistas dicen que el enroque corto es más seguro, pues coloca al Rey en un extremo del tablero donde lo pueden defender más peones y otras piezas. El enroque largo, en cambio, coloca al Rey al centro que, por lo general, es un área desprotegida. Sea como fuere, el enroque tiene dos condiciones para medir su efectividad: una, que el Rey no esté en jaque. Y dos, de preferencia, es un movimiento de apertura, no de fin de juego.


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Artículo publicado en Diario 16, el jueves 19 de febrero de 2015.

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15 febrero, 2015

Principios Rectores


La respuesta y explicación del director de El Comercio, Fernando Berckemeyer, sobre el despido de una de sus editoras a raíz del impasse surgido por la publicación de una columna de opinión con dos ideas "potencialmente difamatorias", tiene una trascedencia enorme no solo para la prensa o el periodismo, sino para la sociedad.
El director apela a los principios rectores del diario y al sentido común para afirmar que "los columnistas tienen libertad de expresión, pero no de difamación". Y está en lo cierto. La libertad de uno termina cuando empieza la del otro, decía John Stuart Mill.
El momento es oportuno para extender esa misma prolijidad al tratamiento de otros espacios en las plataformas digitales del Grupo El Comercio, como son las casillas de "opinión del público" que existen en cada nota informativa que presenta el diario.
Esas "opiniones" de anónimos escribas son muchas veces insultos, diatribas o bajezas de toda calaña, no solo "potencialmente difamatorias", sino abiertamente difamatorias; injurias puras o simples calumnias avezadas.
Lo decíamos en esta misma columna hace apenas tres semanas: "¿Por qué si yo escribo una carta con insultos a un personaje político y la firmo con mi nombre y apellidos, número de DNI, y la envío a un medio impreso, éste no solo no me la publica sino que la envía de frente al tacho? ¿Y por qué ese mismo comentario procaz aparece publicado ad infinitum en la edición virtual de ese mismo diario? ¿Existe acaso un Código de Ética para el papel y otro diferente para la plataforma digital?".
Esta posición no es de ahora. La vengo sosteniendo desde hace por lo menos seis años en esta misma columna de Politikha. ¿Recuerdan el alboroto suscitado en el propio Diario El Comercio el 18/12/2009, cuando en ángulo inferior izquierdo de su primera plana apareció impresa una supuesta carta de un lector que luego de vaciar su opinión firmó con el elocuente como escatológico nombre de Tsura Tukuro?
El escándalo giró alrededor del descuido del editor de cartas de dejar pasar un comentario firmado por un sujeto inexistente. La carta fue enviada por correo electrónico. No se tomó en cuenta ni el documento de identidad, ni la dirección. Su contenido no era oprobioso ni nada, pero la misiva perforó todos los controles de cuidado de edición.
No hay en los principios rectores de El Comercio y en ningún diario del país, creo, algo así como un Defensor del Lector Digital, una especie de CM que defienda en nombre del medio esos principios rectores que valen para el papel, como el Principio 10 de El Comercio: En defensa de la calidad de vida, que vela por el cultivo de los valores cívicos, "especialmente los que propugnan la libertad, la verdad, la honradez, la igualdad, el respeto por las buenas costumbres y el servicio a los demás".
No hay buenas costumbres en las opiniones que dejan los trolles cuando comentan una noticia en las plataformas digitales. No existe un código de ética que funcione para el papel y para la red. Y no me vengan con eso de que se restringe la libertad de expresión. En esos comentarios insultantes no hay solo libertad. Parafraseando al director de El Comercio podemos decir que las opiniones libres tienen libertad de expresión, pero no de difamación.

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Artículo escrito el miércoles 11 de Febrero de 2015 y publicado en Diario 16 el sábado 14 de Febrero de 2015.

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08 febrero, 2015

El poder psicosocial


Se ha abusado del término “psicosocial”. Cualquier acto de manipulación, propaganda o antipropaganda es hoy un psicosocial. Su mala fama le viene de los noventa, cuando el gobierno autoritario abusó de este mecanismo hasta la grosería.

En Defensa Nacional, sin embargo, lo psicosocial es un área de estudio y de acción. El Poder Nacional, el Potencial Nacional o la Realidad Nacional se analizan desde los dominios político, económico, psicosocial y militar.

El dominio psicosocial está ligado al poder. Al poder expresado en su forma más amplia, de conducción de grupos humanos. Se ocupa de acciones o luchas que ocurren en la mente de la gente con la finalidad de producir, cambiar, combatir o doblegar una conducta.

El espacio donde el psicosocial combate es en la conciencia y en el subconsciente. Así lo entienden, al menos, los militares y policías. Es parte de su formación. Es indispensable para ganar una guerra. Siguiendo a Clausewitz, el fin de la guerra no es liquidar al enemigo, sino doblegar su conciencia, dejarlo sin voluntad o apropiarse de ella.

Siendo parte de la lucha por el poder, el psicosocial no es solo una expresión del conocimiento militar. Es una herramienta política. Y en manos de los políticos, su valor estriba en la consistencia que adquiera al paso del tiempo.

El psicosocial viene principalmente de quien ejerce el poder. Pero nada impide que políticos diestros –conspiradores profesionales– lo utilicen como arma contra el poder. Esto último pasó en el gobierno del presidente Toledo, quien fue víctima de psicosociales urdidos por sus enemigos políticos, muchos de ellos enquistados en los propios órganos del Estado.

El psicosocial empieza de muchas formas. A veces con un sobre manila que llega a un medio y se reproduce como una “investigación periodística”. Otras, como un simple rumor. “Ya cae el Cholo Toledo”. “De Navidad no pasa”. “El paro nacional lo tumba”, “No termina su gobierno”. Algunos de estos rumores pasaron a la acción. Se sostuvieron en medios y columnas de opinión.

Una situación similar se quiere imponer hoy en día. Una serie de rumores sibilinamente desestabilizadores o abiertamente golpistas inundan diversos círculos de opinión. “Se viene una denuncia bomba”, “Se cae el gobierno de Humala”, “De la legislatura de marzo no pasa”, “Preparemos un gobierno de unidad nacional”.

Este tipo de operaciones psicosociales se repotencian cuando llegan a los medios de comunicación. Pero un psicosocial es efectivo solo si llega a estar en las conversaciones diarias de la casera del mercado. En la mente del común de la gente. Ahora bien, la casera no es un ser pasivo, sin resistencia a la manipulación. En su mundo interior batallan los argumentos y, sobre todo, las acciones de las partes. Y lo que piense la gente de su entorno, familiares, amigos. Juegan hasta las costumbres y los hábitos. La psicología de la casera definirá el rumbo que tome el rumor.

Siendo las redes sociales un mecanismo ideal para esparcir el rumor, lo son también para contrarrestarlo. La baja credibilidad de los medios de comunicación es una razón para ello, pero también la reacción inmediata de quienes no se dejan impresionar fácilmente por rumores y psicosociales.

El rumor muere al revelarse la verdad. Pero ¿qué pasa si lo que se esparció es verdad? Entonces, no estamos ante un rumor, ni un psicosocial, sino ante una conspiración. Una verdad descubierta que se utiliza para liquidar a un enemigo político o destruir un régimen.

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Publicado en Diario 16, el miércoles 4 de febrero de 2015.

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