24 febrero, 2019

Bedoya y la clase media


Luis Bedoya Reyes, hizo un llamado a la unidad de la clase media en el Perú. Dijo que la clase media es muy nutrida en nuestro país y puede ser “el pie firme que conduzca a un desarrollo social igualitario y eficaz”. Es un pensamiento aristotélico, el del joven centenario; prefiere una sociedad donde predomine la clase media, homogénea económicamente, sin conflictos graves por la riqueza, con ciudadanos que asuman alternadamente su responsabilidad de gobierno.
El problema es que hay diversos tipos de clase media. La clase media que irrumpe y aumenta exponencialmente en China es diferente a la clase media que decae en Estados Unidos y que mira con desconfianza a los latinos que desesperadamente cruzan el muro, es distinta también a la clase media que convulsiona y estalla en violencia en las calles en Europa, ante la lenta e inexorable desaparición del Estado de bienestar. 
En América Latina no hemos tenido una clase media dirigente. En algunos de nuestros países ni siquiera tuvimos clase media. Cuando nacieron las repúblicas hubo clases altas expoliadoras, rentistas, que con el tiempo devinieron en mercantilistas, conservadoras, racistas; nada nacionalistas y hasta neocolonialistas. 
La clase media latinoamericana es una clase en consolidación. Una tarea por hacer. Si bien en términos económicos ha crecido, la clase media en la región es aún un espacio precario, intermitente, frágil, ante cualquier eventualidad social o económica.
Y en una situación así de vulnerabilidad, difícilmente esa clase media ascendente podrá dedicar su tiempo a construir y mantener las instituciones que una sociedad democrática demanda. Esa nueva clase sandwich, hija del crecimiento económico de los últimos treinta años, tiene aún en su base formativa el patrón de la informalidad, la cultura del achoramiento y el lastre de una educación de baja calidad y una salud igualmente precaria.
"El Perú tiene un compromiso serio en formar y dirigir su clase media”, señaló Bedoya. Y en esto tiene razón. Es responsabilidad de todos formar y dirigir una clase media culta, democrática, tolerante. 
El Estado tiene su parte, construyendo hospitales y postas médicas que aseguren la atención de salud; disminuyendo los índices de anemia infantil; impartiendo una educación básica de calidad; aumentando el presupuesto para investigación, ciencia y desarrollo; ampliando las becas de estudio para los jóvenes con talento. 
El camino hacia una clase media con responsabilidad política pasa por mejorar no solo el nivel económico, sino también el acceso a servicios de salud y educación de calidad que permitan a las nuevas generaciones construir instituciones honestas, amplias, sostenidas, democráticas. 
En el plano social, los ciudadanos tienen también su contribución con esta nueva clase media. Cada uno, desde su espacio familiar, social, debe desarrollar esta tarea. Se puede empezar por cosas simples, nada sofisticadas, como preferir la papeleta de tránsito al billete escondido al policía; respetar la cola; no hacerse el dormido en el asiento reservado para los adultos mayores; tolerear la diferencia; alentar al equipo de fútbol sin violencia.
 “En la clase media está la gran reserva del Perú y la esperanza de la igualdad, por eso ojalá podamos ponernos de acuerdo algún día en esas metas inmediatas y en esas metas posibles, ojalá el gobierno, independiente de su obligación en la redistribución del ingreso, pueda tener el horizonte despejado para que esa clase media nos conduzca al desarrollo igualitario”, dijo Bedoya. 

Es un buen argumento que debemos todos escuchar y poner en acción.


17 febrero, 2019

El primer año de Chanita

Los recuerdos no solo viven en nuestra memoria. Quedan también atrapados en viejas fotografías, decoloradas, sepias, en una lucha permanente contra el olvido y el tiempo. 

A veces, abandonamos esas viejas fotos en un álbum, o en una caja de zapatos, hasta que volvemos a ellas y la vida y sus pasajes reaparecen y todo se ve nítidamente… como aquel día. 

Una de esas fotografías llegó a mis manos hace unos días. Por más de cuarenta años la conserva la familia Condori, forma parte de sus recuerdos, de su vida, la celebración del primer añito de Chanita, su hija única.

Al verla, mi memoria ha recuperado el color de esos años. El efecto ha sido instantáneo. La casa estaba pintada de un verde suave, por fuera, y de gris blanco por dentro. Un mantel blanco de tela y encima otro de plástico con adornos celestes, ¿o guindas?, cubren la mesa, y la señora Condori, en un elegante vestido y un pienado bombé, sostiene a Chanita que luce su traje rosado con pechera blanca y corona dorada de reina. 

Todos los demás niños lucimos una paleta del arcoiris en nuestras ropas, modestas, pero decentes. Eran tiempos en que los señores grandes formaban las parejas y nos hacían bailar: cumbias colombianas, peruanas, las primeras piezas de rock. Los niños nos preocupábamos de las golosinas, de hurgar los bolsillos y asegurar el trompo o las canicas, pero, las niñas, por una razón que no comprendíamos, se preocupaban más en no desarreglarse y en mantener una postura de grupo; comportándose como unas auténticas pequeñas señoritas.  

El baile era el momento del lucimiento personal. Los más deshinibidos hacían piruetas, remolinos, movidas de hombro, tembladeras de piernas a lo Elvis. La mayoría solo repetía mecánicamente un par de pasos y movimientos y los más tímidos esperaban que termine cuanto antes las canciones para volverse a pegar a la mesa y seguir comiendo golosinas.

El señor Condori bailaba al centro con su hija. La señora Condori miraba con orgullo la escena. Y yo, no sé por qué razón, miraba todo. El señor Condori bailando alegre con Chanita en brazos, la señora Condori aplaudiendo y sonriendo con su diente de oro que brillaba, los niños entretenidos en juegos de soldados y carreras de autos imaginarias, las niñas murmurando en grupo, sin despeinarse, y la mesa llena de gelatinas, mazamorras moradas, chizitos, galletas de chocolate, gasesosas y canchita Pop Corn recién salida del horno.

Eran tiempos de inocencia infantil, pero también de los primeros latidos diferentes del corazón. Las primeras palpitaciones desacompasadas y la imaginación desbordada. El baile era una excusa para tener un momento a solas, una mirada directa, una mueca de sonrisa por cumplido. 

Hasta que llegó el momento de las fotos. Chanita, la reina, al centro. Primero la familia. Luego los amiguitos. Todos. Foto por aquí. Una más allá. A ver, Chanita, Chanita, linda, una sonrisita. Así reinita, así. Flash. Niño, métete más, no vas a salir; a ver, todos, digan chisssss. Flash. 

— Oe, te puso un conejito, jajajajaja, te puso un conejito.
— ¿A quién, a quién?, ¿cuenta, pe?
— ¿Quién, yo?

Definitivamente, los recuerdos viven en nuestras memorias. Y los niños que llevamos dentro, también.

10 febrero, 2019

Los Sin Agua


En Brasil a fines de los noventa se generó el Movimiento Sin Tierra. Millones de trabajadores rurales se organizaron para reclamar un justo y equitativo reparto de la tierra. En el Perú, podría formarse el Movimiento Sin Agua. Existen cerca de 5 millones de peruanos sin agua potable y el doble de connacionales sin saneamiento. La mitad de los peruanos sin acceso al recurso hídrico, vive en los cerros, arenales y pedregales de Lima.

A raíz del desastre ambiental ocurrido en San Juan de Lurigancho, el alcalde diseccionó su distrito en sectores y encontró que el 70% de su población vive en las laderas y cumbres, donde no llega el agua, sino por camiones cisternas que no se dan abasto para atender las necesidades del distrito. Según el economista Roberto Abusada, 2.8 millones de limeños vive esta misma situación, en los cerros.

Necesitamos aumentar la capacidad hídrica, mientras Sedapal pierde el 30% del agua que produce y mientras los pobres pagan veinte veces más por el agua de cisterna. Llenar un tanque de 1,100 litros en Cristo Rey en San Juan de Lurigancho cuesta 15 soles y puede durar quince días si se restringe el aseo diario a una ducha semanal. En el Asentamiento Humano Santa Rosa, al norte de Lima -según informa hoy el diario El Comercio- ese mismo tanque cuesta 20 soles y solo dura una semana si el agua se utiliza para lavar ropa. En San Isidro, donde los vecinos tienen servicio de agua las 24 horas, 1,100 litros de agua cuesta 1 sol con 12 céntimos. Los pobres pagan veinte veces más por el agua.

No es fácil para el Estado dotar de agua en los cerros. Tener agua en las partes altas de Comas y Collique, así como en muchas de las zonas periféricas de la ciudad, demoró entre 30 y 40 años. Para la empresa privada aún no existen incentivos necesarios para probar otras alternativas como desalinizar el agua de mar (quizás la solución a futuro para una ciudad ribereña como Lima), o sembrar bosques y cosechar agua en las cabeceras de cuenca, o represar el agua de lluvia y promover las amunas o la infiltración de agua en los cerros, como lo hacen las comunidades altoandinas.

Llevar agua a las alturas de los cerros implica doblegar la gravedad. Por eso resulta caro. Mientras, el Estado sí podría organizar la distribución de agua de cisternas evitando que las mujeres pobres que viven en esas laderas y cumbres pierdan horas de horas bajando hasta el surtidor de agua y rogando y casi secuestrando los camiones cisternas para que suban a sus casas. ¿Quién puede organizar un flujo constante de agua a los cerros de Lima, con días y horas de reparto? ¿Sedapal? ¿La municipalidad? ¿La organización popular?

El alcalde Alex González demostró que sectorizar el distrito en una emergencia, le permitió tener un panorama ordenado y estratégico de las necesidades de la población. Esa misma lógica debe usarse de manera constante. 

Cuando escasean los servicios, cuando falta el agua, vivimos en emergencia permanente. Sectorizar el territorio, nombrar un responsable por zona, organizar e identificar los liderazgos locales y fiscalizar los servicios públicos puede ayudar, tal vez no a solucionar del todo, pero, al menos, a paliar las necesidades de la población. 

Hasta que el Estado resuelva el déficit de infraestructura en agua y saneamiento que tiene el país que suma 12 mil 252 millones de dólares, según ha calculado la Asociación para el Fomento de la Infraestructura (AFIN). El plan máximo de Los Sin Agua.  




03 febrero, 2019

El compliance officer en los partidos

Lava Jato ha empezado a cambiar las organizaciones empresariales, al Estado y cambiará también a los partidos políticos. El coletazo de la corrupción ha sido tan fuerte que terminará por recomponer a todo tipo de organización y las de tipo político no pueden ser la excepción.

En el Perú, los procesos abiertos en el marco de las investigaciones por sobornos al más alto nivel de la empresa brasileña Odebrecht han llevado a la Fiscalía a considerar al interior de los partidos la formación de “organizaciones criminales para delinquir”.

Es decir, que un grupo de ciudadanos al amparo o bajo la cubierta de una organización política se reúne para realizar actos reñidos, violatorios o directamente atentatorios de la ley, con el animo de obtener un fin, en este caso, el poder.

El  razonamiento fiscal es el siguiente: no es el partido el que se convierte en organización criminal, sino son los dirigentes -que manejan el partido- los que actúan, de manera consorciada, como una banda criminal.

Sin entrar en detalles de cada acción partidaria analizada por la fiscalía, ni de lo laxo que resulta el uso del concepto “banda criminal”, lo cierto es que las actividades y decisiones de los partidos políticos transcurren en un velo de misterio frente a la ciudadanía; sobre todo en lo que se refiere al manejo administrativo, económico y financiero de las campañas electorales.

No es suficiente la normatividad existente de rendición de cuentas a la ONPE de los ingresos y egresos de los gastos de campaña, tanto de los candidatos como de los partidos políticos.  La situación actual requiere, además de conductas transparentes y éticamente correctas, una formación rigurosa de las normas y leyes que rigen el comportamiento de las organizaciones políticas al momento de realizar operaciones jurídicas, financieras, contables y administrativas.

Así como se desterró de la historia  “el anforazo”, o “el arreglo en mesa”, en el momento del escrutinio, hoy es imprescindible que los partidos se despojen de las diferentes modalidades que encuentran para disimular inconductas funcionales en el manejo económico que van desde “el pitufeo”, hasta “la doble contabilidad”, pasando por “los gastos inflados”, “los aportes voluntarios falsos”, y “las colaboraciones anónimas”.  

Todos esos recursos mentirosos de campaña entrañan algún tipo de responsabilidad. Para evitar caer en ellas, las organizaciones políticas necesitan algo más que secretarios de economía, jefes de campaña o tesoreros. Requieren de un profesional idóneo, no elegido en asamblea, seleccionado por su alto sentido de la ética y excelente formación jurídica, que establezca con claridad lo que se puede y no se puede hacer en un partido político. Que imponga normas de conducta y protocolos de actuación así como las medidas de control y vigilancia que el partido, sus dirigentes, militantes y simpatizantes,necesitan conocer y cumplir para evitar caer voluntaria o involuntariamente en conductas delictivas.

Ese personaje es el compliance officer, el oficial de cumplimiento, una especie de contralor-veedor-fiscalizador, encargado de cumplir y hacer cumplir estrictas medidas de control que lleven al partido político y sus integrantes por la senda de la ley y la ética. Su rol no es solo preventivo en el sentido de cumplir la ley, sino hasta prospectivo, en la medida que un partido sano incrementa, a la larga, la confianza ciudadana, lo que podría traducirse a su vez en mejores resultados en el ánfora y en una mejor salud para la democracia.

El papel del compliance officer es, por tanto, no solo orientar al partido y sus dirigentes a actuar dentro del marco de la ley para evitar futuras acusaciones penales, sino, también de ayudar a recuperar el nivel de confianza en las instituciones políticas, una de las más golpeadas y vapuleadas en los últimos años. En el Perú, este personaje no existe. Los partidos son manejados por camarillas que hacen y deshacen a su antojo, tanto en acciones y decisiones políticas, como en conductas y actividades  administrativas, contables y financieras. Es momento de cambiar esta situación.

27 enero, 2019

Carta abierta al alcalde George Forsyth

Municipalidad de La Victoria
Sr. George Forsyth.
Alcalde distrital.

Apreciado Alcalde,

La labor que usted ha emprendido en Gamarra es destacable por varios motivos. Principalmente, porque acomete una tarea que ninguna autoridad municipal se atrevió a realizar, por lo menos, en los últimos cincuenta años.

Y por la forma en que ha empezado su gestión revela decisión, coraje y claridad de objetivos. Su propuesta es simple, directa y por lo mismo encomiable: ley y orden. Respeto a las normas. Cero corrupción.

Sorprende, por cierto, su juventud, pero a la vez la madurez con la que entiende la función que le corresponde como alcalde. Usted primero que nada es autoridad y debe hacerse respetar.

Las mafias que intenta combatir en Gamarra viven de lotizar la calle, el espacio de todos. El Estado no puede ceder a la fuerza de organizaciones privadas, menos delincuenciales, por lo que hace bien en recuperar el espacio público; hoy privatizado en puestos fijos de venta callejera, zonas de comercio ambulante y lugares para estacionamiento de vehículos.

El Perú no es más el Jirón de la Unión, si alguna vez lo fue realmente. Hoy el Perú es Gamarra. Todas sus potencialidades y virtudes, pero también todos sus vicios y antivalores están allí.

Gamarra es un emporio comercial nacido de la fuerza del migrante, sin acceso al crédito, de gran espíritu emprendedor, capaz de hacer empresa. Pero al mismo tiempo es un conglomerado de informalidad, con ventas sin factura, con trabajadores sin protección social y con un entorno inseguro, plagado de mafias donde la autoridad local llegó a coludirse con la delincuencia.

En Gamarra convive hoy la formalidad y la informalidad comercial, social y cultural.  Más de 31 mil establecimientos comerciales que dan empleo a más de 71 mil trabajadores (INEI, 2016), requiere de una autoridad firme que respete y haga respetar la ley. La tierra prometida del comercio no puede ser más tierra de nadie. Y para eso se necesita presencia del Estado.

Hace bien, señor alcalde, en solicitar el auxilio de la fuerza pública, de la Policía en este caso, para recuperar las calles y facilitar el comercio ordenado en locales adecuados. Si el trabajo no es sostenido, estratégico e inteligente, cualquier esfuerzo se diluirá en el tiempo. Esta es una guerra de resistencia, como usted bien dijo.

Resista alcalde. No descarte colocar en su momento en las 16 entradas que tiene Gamarra en sus 75 manzanas con más de 150 galerías, piquetes combinados de la Policía y el Ejército que le permitan acceso ordenado y seguro a esa colmena humana productiva donde todos buscan —en la luz y en la sombra—, ganarse la vida.

Gamarra es hoy el más importante centro comercial textil del Perú. El tercer distrito en aporte al PIB de Lima, después de San Isidro y Miraflores. No es posible que La Victoria sea el distrito con calles y servicios públicos colapsados. Aquí, junto a cholos emprendedores de todas las regiones del país hay también comerciantes judíos, árabes, italianos, chinos, coreanos (y ahora último venezolanos), que en conjunto generaron ventas por más de 6 mil 600 millones de soles (INEI, 2016).

Si usted tiene éxito, señor alcalde, no solo se lo agradecerá La Victoria y Lima. Se lo agradecerá el país. Hacer que la ley y el orden convivan en Gamarra y desterrar la corrupción, es un imperativo en todo el Perú. Un espejo para cualquier autoridad. Imponer el orden, respetando la ley y los derechos humanos, es algo que la democracia debe ser capaz de proveer.

Una cosa final, alcalde. Cuidese. Cuide también a su gerente de Fiscalización, Susel Paredes. Están chocando con mafias peligrosas. Éxitos en su tarea y que no le quepa duda que su  trabajo por la ciudad será más que valorado. Inicia usted su carrera política de manera expectante. SI logra lo que se propone no solo habrá recuperado su distrito, sino la forma original de hacer política, que es resolver los problemas de la gente.




20 enero, 2019

Propuesta servida


Como una señal de los tiempos que vive el país –asqueados por la corrupción–, el miasma afloró esta semana. La matriz de alcantarillado que corre de forma paralela a la línea 2 del Tren Eléctrico, se rompió a la altura del paradero Pirámide del Sol y las aguas negras inundaron cuatro manzanas de San Juan de Lurigancho. 2 mil personas lo perdieron todo.

Una comisión especial del Colegio de Ingenieros determinará las causas del daño y las responsabilidades del caso. Las preguntas inmediatas flotan por sí solas. ¿Qué pasó realmente? ¿Fue un problema de ingeniería? ¿O un problema de corrupción? ¿Se hicieron trabajos apurados? ¿Se festinaron trámites para firmar el contrato de la Línea 2 del Tren Eléctrico? ¿Es el Consorcio Tren Eléctrico (Odebrecht – Graña Montero), el que movió y reinstaló la tubería el responsable? ¿Fue Sedapal negligente al recepcionar la obra y dar su conformidad?

Pero hay otras preguntas algo más sedimentadas que también debieran responderse: ¿Se puede prever un desastre técnico de esta magnitud? ¿Existen sistemas de vigilancia seguros de las alcantarillas? ¿Estamos preparados para responder a un desastre de esta magnitud?

Los atoros y daños en redes de alcantarillado dependen de  diversos factores. El nivel de pendiente, el material de construcción usado, el tiempo de construcción de la obra y la política de mantenimiento de la misma.  Las autoridades indican que el atoro de la matriz se produjo en 20 metros de tubería. Las primeras imágenes captadas por cámaras de video introducidas al área obstruida permiten calcular la acumulación de piedras y tierra de casi un metro de alto en un tubo de 1.5 metros de diámetro. ¿Entró el material por alguna rajadura o rotura del tubo o no hubo la gradiente adecuada lo que permitió el sedimento y acumulación de material y posterior atoro de la tubería matriz?

Para monitorear el nivel de material acumulado en el interior del sistema de alcantarillado se utilizan unas cámaras de televisión que, mediante boyas o balsas, se sueltan cada cierto tiempo en el interior de las alcantarillas para verificar el interior de las redes. También se usa la inspección visual a través de buzones y tuberías en las que se miden el nivel de sedimentación de materiales y velocidad de la corriente generada. Los cruces y las conexiones de intersección las tuberías son los puntos de mayor interés.

El ingeniero Manuel Luque Casanave, investigador de la Universidad Nacional de Ingeniería (UNI) y especialista en automatización señala que para generar una alerta temprana y evitar futuros colapsos de la red de colectores y alcantarillas, se puede colocar sensores ultrasónicos (no contactantes) de nivel en las tuberías de desagüe en los puntos críticos de de la red principal.

En el caso de la matriz colapsada en San Juan de Lurigancho estos sensores ultrasónicos de flujo se colocarían por pares, uno en un buzón y el otro en el siguiente buzón aguas abajo. El resultado es un sistema de monitoreo que permite detectar a tiempo si hay un atoro o una elevación significativa de nivel de aguas servidas, activando una alarma si encuentra valores por encima del promedio.


La ingeniería resuelve los problemas; ofrece soluciones. Que el desastre medioambiental de San Juan de Lurigancho sirva no solo para buscar responsables (que está bien hacerlo), sino que también ofrezca la oportunidad para mejorar la calidad de los servicios, usando la tecnología. Que afloren las ideas.


13 enero, 2019

Recuerdos de la campiña española



Azorín decía que el alma castellana se explicaba por la meseta llana y la tierra elevada en la que habitaban sus pueblos, de sol canicular, tierra seca, tempestades inesperadas, vientos cortantes y chubascos repentinos que han marcado el carácter de su población.

Al hablar de La Mancha, el escritor se preguntaba si acaso existía otro pueblo “más castizo, más manchego, más típico”, donde las campiñas son rasas, las horas pasan lentas y las calles lucen vacías, estremecidas por el viento que brama impetuoso.

Algo parecido se puede decir de Artajona, Olite y Javier, tres pueblitos aledaños a Pamplona, capital de Navarra, donde el tiempo parece haberse detenido. La vida del campo, las calles vacías y el tañido a lo lejos de las campanadas de la iglesia le otorgan a estos lugares ese aire bocólico, denso y amarillo tan característico de la vida rural.

Caminar hoy por las calles empinadas de estos pueblos rurales de España es como convivir con la soledad, recuperar la fascinación por el silencio y ser de vez en cuando perturbado por el suave balido y el campaneo de un rebaño de ovejas que cruza sin preocupaciones las bien cuidadas carreteras que tiene la campiña española.

En estos tres pueblos que logramos recorrer existen castillos-fortaleza, construidos sobre promontorios de piedra que representan el dominio de las diversas castas feudales que dominaron estas tierras; una región poblada por los vascones que soportó las invasiones de diversas culturas: los romanos, los visigodos, los musulmanes y los francos, y cuyos descendientes, al final, lograron vivir de manera armónica, especialmente en Toledo, ese laberinto portentoso, pueblo de armeros y comerciantes, también conocida como la ciudad de las tres culturas.

Desde lo alto de los castillos, donde el viento golpea sin piedad, puede verse los pueblos con sus calles sinuosas, de casas de piedra y argamasa, techos a dos aguas y ventanas de madera, agrupadas en medio de campiñas, viñedos y pastizales.

El cielo es de un azul intenso como un tapiz en el que se dibujan las nubes blancas, grises o negras, que los lugareños reconocen y saben —horas más, horas menos —, si habrá lluvia o no.

No es difícil imaginar la vida campesina en estos apacibles lugares. Una naturaleza imprevisible, por momentos extrema, intensa. Y un grupo de hombres y mujeres del campo acostumbrados a mirar la vida con tranquilidad, a trabajar la tierra de manera sosegada, y a disfrutar de un buen vino de temporada, una hogaza de pan recién salido del horno y un pedazo de queso manchego; mientras una guitarra rompe en el silencio y el viento hace danzar el polvo de las calles empedradas que señalan un destino conocido, desde siempre.