29 mayo, 2022

El hambre ya está aquí



El economista jefe de la FAO, el peruano Máximo Torero, lo acaba de decir en una entrevista en el diario El Comercio: “En el Perú hemos encontrado niveles de hambruna que no habíamos visto antes”. Se refiere a los comedores populares de las zonas periurbanas de Lima, organizados por personas que perdieron su empleo durante la pandemia y que ahora sufren porque sin ingresos no pueden comprar sus alimentos que, además, suben cada día de precio.

 

A esta situación dramática, el funcionario internacional la llama: inseguridad alimentaria aguda.

 

En el penúltimo peldaño de la escala social, en la frontera de la indigencia, se encuentran las ollas comunes, organización social de sobrevivencia que atiende solo el almuerzo y que ha eliminado de la dieta el desayuno y la cena.

 

Para apaciguar el dolor que causa el hambre en los estómagos, las personas de las ollas comunes salen a pedir ayuda en los mercados. Hasta hace unos meses los vendedores minoristas les regalaban algunos productos, pero ahora es distinto. Ya los pobres no pueden ayudar a los pobres extremos.

 

Los sobrevivientes prefieren esperar a que termine la jornada de venta y escoger entre los desperdicios algunas verduras, tubérculos o frutas que puedan usar para preparar sus alimentos. Los pocos soles que pueden obtener de la venta de materiales reciclables solo alcanzan para comprar espinazos de pollo, vísceras o huesos de res “para darle sabor a la sopa”. 

 

La FAO envió un equipo técnico a realizar trabajo de campo para verificar la magnitud del problema. En los próximos meses publicará sus resultados. Pero los avances preliminares no dejan duda sobre el azote del hambre en las poblaciones pobres periurbanas del Perú. La pérdida del empleo por desactivación de la economía informal devolvió a los pobres al fondo del abismo social.

 

Sin trabajo, sin ingresos, no hay programa social que aguante. Peor aún si carecemos de institucionalidad y tenemos un Estado deficiente, débil y desestructurado. Es cuando se requieren recursos humanos preparados para asumir el control de la situación, diseñar estrategias claras de ayuda, pero sobre todo que aseguren, incentiven y aceleren la reactivación económica.

 

¿Puede alguien creer que la principal mina del país, que genera recursos para el Estado, sigue cerrada? El problema no es solo la guerra, el cambio climático, las sequías y las enfermedades que asolan a todo el mundo. En nuestro caso es también de gestión y administración del aparato público.

 

Ojalá las municipalidades puedan empezar a diseñar y enseñar a la gente a generar jardines, techos, viveros o macetas de alimentos vegetales. Cada centímetro de tierra debiera ser aprovechado para cultivar alimentos. La crianza de animales menores también puede ayudar a generar la proteína que necesitamos para escapar de las garras de la anemia y desnutrición crónica. El pescado y los frutos del mar son también una buena alternativa para mejorar la dieta diaria. 

 

Pero si el 2022 es ya preocupante, a la FAO le alarma más el 2023. ¿Qué pasará —se pregunta— si no se pueden traer todos los fertilizantes que se requieren para la campaña grande de julio y agosto? En ese caso caerán no solo los productos de panllevar, sino hasta los productos estrellas de la agroexportación, hundiendo más nuestra generación de divisas. 

 

Urge convocar a una cumbre nacional contra el hambre donde participe no solo el sector llamado a liderarla, el Ministerio de Desarrollo Agrario y Riego, sino todos los ministerios sociales y de producción, así como el sector privado de alimentos, think thanks, la academia y las iglesias. El hambre no espera. El hambre ya está aquí.

24 abril, 2022

Línea de masas

 

El paro agrario realizado esta semana ha sido algo más que una protesta del sector agrícola. Puede verse también como un ensayo de movilización social, lo que en el maoísmo se conoce como “Línea de masas”, un proceso mediante el cual los grupos organizados —las masas— “aprenden a liberarse en la lucha”, mientras el partido los conduce correctamente hacia ese estadio de confrontación-aprendizaje.

 

Esta forma concertada de empezar a “batir el campo” en la práctica tiene una doble consecuencia. Por un lado, activa un sector golpeado por la subida de precios y escasez de fertilizantes e insumos agrícolas; y, por otro, troca la responsabilidad propia en ajena pasando de una política agraria ineficiente a echarle la culpa de la crisis agraria a los monopolios, oligopolios y a las posiciones dominantes en el mercado. La receta es conocida: polarizar y agudizar las contradicciones.

 

El proceso de confrontación permanente entre los poderes del Estado avanza y adquiere un nuevo dimensionamiento. Enfrentamos una polarización no solo entre poderes del Estado, sino en diferentes estratos de la sociedad. Los conflictos sociales se reactivan en el momento de mayor debilidad del Gobierno con dos viejas banderas de lucha: cierre del Congreso y nueva Constitución. La polarización empieza a expresarse ya no solo en auditorios, instituciones o publicaciones, sino en la propia calle, en una carrera que pareciera guiarse por el clásico principio de los movimientos sociales, según el cual, quien gana la calle gana el poder. 

 

Lo concreto es que el Ejecutivo no puede gobernar, entendiendo este concepto como toma de decisiones para la resolución de problemas, y el Legislativo tampoco puede remover o vacar al primer mandatario. Así estamos prácticamente desde la segunda vuelta electoral. Estamos entrampados. El punto de quiebre que se espera es mediante la movilización en las calles, volcada hacia uno u otro lado.

 

Hasta ahora las movilizaciones han sido impulsadas por los polos. Primero fue la derecha, que salió a desconocer los resultados electorales y hasta a defender abiertamente un golpe de Estado. Hoy es el turno de los grupos radicales y antisistema que tienen experiencia en organizarse y alterar el país. El problema para la gran masa ubicada en el centro político es que se trata de un espacio desarticulado y carente de liderazgo. Los centros políticos por naturaleza son pasivos. Fuera de las redes sociales, este espacio que agrupa al mayor número de ciudadanos, tiene dificultades para llegar a formar una “masa crítica” que exprese con claridad una posición o, mejor aún, defina una línea u orientación política. Cuando el centro tiene norte, cambia el escenario.

 

A ello se suma que la crisis de los partidos ha hecho que la política sea cada vez más informal. Y en ese mundo, bien sabemos, prima el individualismo y múltiples como precarias redes de conexión. Una de estas redes, la Iglesia católica, acaba de dejar el púlpito para intentar mediar en el conflicto. Primero con monseñor Barreto para propender a un cambio de gabinete —que empieza a parecer insuficiente para superar el estado de confrontación en el que nos encontramos— y luego a través de la autoridad eclesiástica para llamar la atención al Ejecutivo y Legislativo y conminarlos a poner fin a la crisis.

 

Pero se necesita más. Necesitamos primero que nada recuperar la cordura en la política (Alberto Vergara, dixit). No podemos seguir en el camino de seguir quemando gabinetes y dejar que el Estado se siga descomponiendo con funcionarios incompetentes. La línea de masas no puede ser solo para los sectores arrabaleros mal llamados de vanguardia. Porque aclaremos: no hay vanguardia con ideas retrógradas. Mientras no se movilice el centro, mientras las mayorías no se organicen —o al menos se ilusionen— y no surjan nuevos liderazgos, los extremos seguirán disputando el reino de la política. Y de ellos —solo de ellos— será el cielo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

15 abril, 2022

Pescado de Viernes Santo


Fue un Viernes Santo en que perdí mi último resquicio de inocencia. Y fue en el baño. Estaba solo, desnudo, con mi esmirriado cuerpo de niño y con muchas dudas en mi cabeza producto de una vida de sermones, misas y educación en casa sobre cómo debíamos comportarnos los cristianos, los verdaderos cristianos, en Semana Santa. 

 

“Debes lavar tu ropa, limpiar tu cuarto, barrer debajo de la cama todo el polvo donde se esconde el demonio; debes ayunar, no debes comer carne, la carne es el pecado, ni escuchar música alegre que despierta a Belcebú y humilla al Señor en la cruz; debes ir a misa, rezar, pasar el día en sosiego, sin murmurar, ni contrariar. Tampoco debes bañarte porque si lo haces te convertirás en pez”.

 

De todas las recomendaciones, esta última me aturdía sobremanera.

 

¿Por qué Dios prohibiría a sus fieles el aseo? Estar limpio de espíritu y de cuerpo era una manera perfecta de encontrarnos con Él. No tenía sentido esa recomendación. Pero enseguida pensaba: ¿Y si es un ejemplo?  ¿Y si en verdad lo que Dios nos quiere decir con esa prohibición es que no importa que estés sucio de cuerpo, lo esencial es que estés limpio de alma? Y si transgredías su orden ¿por qué te convertiría en pez? ¿Para multiplicarte después y repartirte en la cena? ¡Era espantoso!

 

Pensaba en todas estas cosas parado en el baño desnudo y con algo de frío. Con la mano en el grifo y el pensamiento aturdido por la conciencia que despertaba al romper una regla -hasta ese momento- de vida.

 

Dios no puede ser malvado. No puede castigar de manera cruel un acto simple y mundano como bañarse. ¿Cómo podría calmar el dolor de una madre al descubrir, de pronto, a su hijo convertido en una anchoveta, un pejerrey o un bonito, boqueando en la losa de la bañera? No. De todos los castigos que imponía Dios a quienes no guardasen como Él mandaba el Viernes Santo este era el más descocado. 

 

¿Y si era cierto? 

 

Todo estaba en mi cabeza. El romper la regla me lanzaba a ese momento perturbador en que Dios busca a Adán y Eva en el paraíso después de que han comido la manzana. Pero ellos no le dan cara. Están escondidos porque han roto un mandato y por primera vez sienten vergüenza de su estado. Tienen conciencia de su desnudez. Han perdido la inocencia.

 

Parado debajo de la ducha, desnudo y tiritando, estaba a punto de perder mi inocencia por mano propia. Era plenamente consciente de mi acto. Cerré los ojos. Recé un Padre Nuestro. Y abrí el grifo con fuerza. El agua fría encrespó toda mi espina dorsal. Me costaba respirar. Abrí los ojos y miré mis piernas. Seguían allí. No me salieron escamas, ni branquias. Grité y reí como un loco. 

 

Y pateé a un lado el balde con agua que previamente había llenado, por si acaso.

10 abril, 2022

¿Y dónde están los políticos?

En circunstancias diferentes la crisis política permanente que atraviesa el Perú debería provocar un realineamiento de las fuerzas democráticas para arribar a un pacto que ponga freno al evidente deterioro no solo del gobierno, sino del sistema institucional.

Es un momento como para que los líderes políticos tomen la batuta y conduzcan el país hacia una solución o insurjan nuevos liderazgos con ideas claras sobre el qué hacer y con capacidad para armar una propuesta, comunicar bien el mensaje y movilizar y persuadir a las masas.

Pero no. Ni uno ni otro aparecen. 

Los líderes que necesitamos no existen más, y los nuevos tampoco. Es como si hubiéramos caído en un estado profundo de crisis de representación, de anomia de líderes carismáticos, huérfanos de ideas y deseos.

El Gobierno es más un intento fallido que un gobierno. Y sin embargo, dirige el país. Lo zarandea, lo resquebraja y, por fin, lo coopta de medianía. Mientras las instituciones languidecen, los poderes informales y lumpenescos ganan el forcejo al Estado y obtienen amnistía en multas y papeletas.

Y una vez más: ¿dónde están los profesionales de la política para ayudarnos a salir del atolladero? Paralizados en una especie de catatonia política. El campamento de Cuajone no tiene agua hace más de 40 días y nadie parece interesado en solucionar este problema. Esta falta de criterio en el manejo del Estado pone en riesgo la institucionalidad democrática que los peruanos —haciendo de tripas corazón— hemos amalgamado en los últimos años. 

La crisis política permanente que el Gobierno provoca amenaza con disolver este tejido institucional. Y, lo que es peor, deslegitima la democracia como sistema de gobierno. A tal punto que se empieza a vender la idea de que el descalabro de precios que padecemos se soluciona con un cambio de Constitución. 

Es como si se quisiera activar con calzador el “momento constituyente” cuando en realidad no estamos, sino, ante un “momento desfalleciente”. Desfallecen nuestros políticos, desfallecen las propuestas, desfallecen las ganas.

El problema con esta incapacidad en todos los frentes es que se puede provocar el abatimiento del propio sistema democrático. Si las soluciones al problema que vivimos no vienen de la civilidad, en un momento de máxima tensión, podría salir de los cuarteles. 

¿Qué esperan para empezar a mirar el cambio de la Mesa Directiva del Congreso y preparar la sucesión constitucional con criterio e incorporar en ella a congresistas como Roberto Chiabra o Gladys Echaíz?

¿Por qué no se autoconvoca el Acuerdo Nacional y firman de una vez todas las reformas mínimas que necesita el país no solo para pasar la página actual, sino para escribir en serio las que vienen?

¿Por qué nadie ha asumido la propuesta de Sagasti de juntar 76 mil firmas para reformar la Constitución y adelantar el proceso electoral?

¿Por qué no se discute en serio el proyecto de ley de la congresista Adriana Tudela para recortar el mandato de los congresistas a la mitad del actual periodo y aprobar su reelección?

Señores políticos, pónganse el alma. 

 

 

 

 

 

 

25 marzo, 2022

Firmar o no firmar

El ex presidente de la República, Francisco Sagasti, acaba de proponer el adelanto de las elecciones generales vía la presentación de una iniciativa ciudadana al Congreso acompañada de 75 mil 600 firmas para modificar la Constitución en dos legislaturas ordinarias más un referéndum.

 

Firmar o no firmar, he ahí el dilema.

 

Es perentorio resolver esta disyuntiva que tiene en vilo a nuestra endeble democracia. Adelantar las elecciones puede ser una consecuencia de una renuncia presidencial, pero ya hemos escuchado al presidente decir en todos los idiomas que no está dispuesto a dar ese paso. 

 

Por otro lado, en el Congreso tenemos un segundo proceso de vacancia en curso y en la Agenda del Día al menos dos mociones de censura a ministros. Este enfrentamiento de los principales poderes del Estado dificulta la gobernabilidad y abre un camino de confrontación abierta, que probablemente se resuelva en la calle. 

 

Firmar es un acto que requiere decisión y valentía. Y de acuerdo con la historia, compromete, muchas veces, la vida.

 

Le pasó al presidente Augusto B. Leguía, el 29 de mayo de 1909, cuando una turba armada al mando de Carlos de Piérola —hermano del califa Nicolás—, y sus hijos Isaías y Amadeo, irrumpió en Palacio de Gobierno.

 

En el asalto al poder mataron a miembros de la guardia —entre ellos al soldado Choquehuanca, del que existe un busto en Palacio— y sacaron a empellones al inquilino de turno, el presidente Leguía.

 

En medio del desconcierto, conminaron al presidente a firmar su rendición y ceder el poder. Pero el presidente se negó.

 

Lo trasladaron entonces a la calle, lo condujeron por un tramo del Jirón de la Unión para conducirlo luego a la Plaza de la Inquisición. Al pie del monumento al libertador Bolívar lo volvieron a presionar exigiendo su capitulación.

 

— ¡No firmo! — exclamó Leguía. 

 

Finalmente, llegó la guardia montada, y tras liquidar a varios de los insurrectos, liberó al presidente quien terminó con los pelos alborotados y manchados de sangre, pero ileso. 

 

Leguía volvió por las mismas calles por donde lo sacaron. Y donde hace unos momentos lo vituperaron, esta vez lo aplaudieron y vitorearon. 

 

El régimen convirtió este pasaje de negación y firmeza en el “Día del Carácter”, que se celebraba cada 29 de mayo. 

 

Firmar es un acto de autenticidad. Una señal única de voluntad. Una declaración expresa de consentimiento. 

 

Obtener 76 mil firmas para adelantar las elecciones no es un problema.  El problema es aprobar la propuesta en el Congreso. 

 

La frase: “Que se vayan todos”, no tiene eco en el parlamento. Aceptémoslo: los congresistas no se quieren ir.

 

Pero volvamos a la historia. 

 

Superada la conspiración golpista contra Leguía, el tiempo pasó. Vino el Gobierno de José Pardo y luego volvió Leguía para quedarse en el oncenio con varias intentonas golpistas de por medio. 

 

Hasta que, finalmente, uno de sus acérrimos rivales, Nicolás de Piérola, murió.

 

Leguía fue al velorio. Carlos de Piérola, el insurrecto de antaño, le alcanzó el libro de condolencias para que lo firmara. 

 

Dicen que Augusto Bernardino sonrió socarronamente, sacó su pluma y dijo:

 

— Esta vez, sí firmo. *

 

 

 

 

 



 

 

* Alzamora, Carlos. Leguía. La historia oculta. Titanium editores. Lima, Perú. Julio, 2013.

19 marzo, 2022

Toma de agua

 

Southern Perú anunció esta semana que paralizaba sus labores debido a que comunidades altoandinas de Torata, en Moquegua, incendiaron diversos tramos de la línea férrea al puerto de Ilo y cerraron el paso del agua de la represa Viña Blanca, que permite las operaciones mineras y abastece por lo menos a 5 mil familias.

 

Tumilaca, Pocata, Coscore y Tala, son las comunidades en pie de lucha contra Southern Perú. Ellas exigen una contraprestación de US$ 5 mil millones y un pago permanente del 5% de las utilidades netas. 

 

Lo que sorporende no son las aspiraciones económicas de la comunidad que han sido siempre materia de controversia en el sector, sino que usen un recurso estratégico vital como el agua para presionar por sus reclamos.

 

El agua nace en las zonas altas de los Andes, discurre por gravedad a lo largo de ríos y valles y termina en el mar. Desde tiempos precolombinos, las comunidades intersectan estas aguas para la agricultura y ganadería. Lo hacen con amunas, qochas y pequeños reservorios que construyen donde hay más concentración de lluvias.

 

El Estado hace lo mismo para fines agrícolas y mineros: represa el agua. Viña Blanca es una de los 743 represas que existen en el país. 442 presas son usadas para riego, y 113 para fines de relave minero (ANA, 2015).

 

Cortar el agua como medida de fuerza es una práctica antigua que tienen las comunidades de las zonas altas, pero de la cual no se tiene reportes específicos. Al menos, no recientemente.

 

Un informe sobre conflictividad social de la Defensoría del Pueblo entre 2011 y 2014 detectó 539 conflictos sociales, de los cuales 153 (28.3%) estuvieron vinculados a los recursos hídricos. Pero no se específica si como parte de la conflictividad se recurrió a una medida radical como bloquear los accesos de agua.

 

La historia, en cambio, sí registra este antecedente. En las crónicas de Pedro de Sarmiento se cuenta que fue Mama Huaco quien recomendó tomar las cabeceras de agua de las comunidades aledañas al Cusco con la intención de dejar de irrigar sus tierras, disminuir sus fuerzas y conquistarlos. 

 

María Rostworowski encuentra en documentos judiciales de La Colonia el uso de la fuerza y control de las cabeceras de agua, como forma de coacción de las comunidades ubicadas en las partes altas en contra de sus vecinos de las partes bajas. 

 

Es el caso del curaca de Collec, quien sigue un juicio contra los serranos de Cantao del curaca serrano de Guambos y el señor costeño de Jayanca. Los de arriba reclamaban un pago por el uso del agua que nacía en sus tierras y, como los de abajo se negaban, les cerraban el curso del agua. 

 

El control de las bocatomas de agua ubicadas en las partes altas fue, al parecer, un recurso estratégico en los Andes para dominar el territorio o para asentar el poder de una comunidad sobre otra. Y de paso dejar establecido que el uso de los recursos naturales debía pagar un justiprecio. 

 

200 años después, los comuneros de Torata vuelven a tomar medidas extremas como sus antecesores. El cierre de válvulas de la represa Viña Blanca es un acto de fuerza que debe evitarse, porque atenta contra la vida. Cerrar el curso del agua, en este caso, afectó no solo las operaciones mineras, sino también el hospital, las viviendas y a unas 5 mil personas que viven en el campamento minero.

 

 

13 marzo, 2022

Sancionar para educar, no para lucrar

Es hora de frenar las ordenanzas municipales abusivas.

 

Una patrulla de serenos en Chiclayo arremete contra un carretillero de D’onofrio que vende sus helados y golosinas en el damero histórico de la ciudad, lugar que ha quedado prohibido para el comercio ambulatorio, según una ordenanza municipal. 

 

En San Juan de Miraflores, una tienda de abarrotes que apenas consigue obtener ingresos para mantener a una familia de cinco miembros acaba de ser cerrada por la Gerencia de Fiscalización de la municipalidad por haber encontrado extinguidores con la fecha vencida, lo que transgrede un artículo de una ordenanza municipal recientemente publicada.

 

En Miraflores, una grúa perteneciente a una empresa privada que presta servicios a la municipalidad trabaja de sol a sol levantando carros indebidamente estacionados en casi todas las calles que, de un tiempo a esta parte, han sido declaradas zonas rígidas, mediante una severísima ordenanza municipal.

 

Caso similar ocurre en Surco, donde al comienzo se empezó a pintar las bermas de amarillo, pensando que su finalidad era el ornato, pero una vez concluido el trabajo las calles —antes residenciales y con parqueo autorizado— pasaron a ser zonas prohibidas para estacionar, causando no pocos dolores de cabeza a desprevenidos conductores que ven como la grúa se lleva sus carros de las puertas de sus casas.

 

No hay excusa que se resista al poder de la autoridad municipal. Ningún argumento vulnera el principio de autoridad. La ley es dura, pero es la ley. 

 

La Ley 27972, Ley Orgánica de Municipalidades (LOM), estipula en su Art. 20 que son atribuciones del alcalde “defender y cautelar los derechos e intereses de la municipalidad y los vecinos”, pero de un tiempo a esta parte se defiende más el interés de la municipalidad que el del vecino.

 

No hay reelección municipal. Entramos al último año de gestión. No hay tiempo que perder. Es tiempo de hacer caja. Pague la multa y quéjese después.

 

El mismo artículo de la LOM, inciso 5, dice que el alcalde promulga las ordenanzas y dispone su publicación. He ahí la madre del cordero: los vecinos desconocen estas normas. Los alcaldes y su concejo municipal cambian las ordenanzas y disponen su publicación. Y a partir de aquí se viene el desbarajuste municipal, el atropello de los más elementales derechos de convivencia y razonabilidad. Se vulnera el principio de proporcionalidad de la pena. Y lo que es peor, la sanción, multa o decomiso no tiene un fin educativo, sino simple y llanamente punitivo.

 

Se debe poner fin a este abuso municipal. La ordenanza no puede ser un instrumento para esquilmar al vecino, al pequeño emprendedor. Sirve para ordenar el comercio, en eso estamos de acuerdo, pero ello demanda un esfuerzo de ambas partes, primero para educar a las partes, no solo hacer caja tercerizando el servicio de fiscalización y trabajando al destajo.

 

Antes de hacer efectiva una sanción —sea multa, decomiso, cierre de local o levantamiento de vehículo— la autoridad debe advertir, formar, enseñar, al vecino imponiendo en primer lugar una multa educativa. Dicha papeleta primeriza debe pasar a una base de datos, dar un tiempo perentorio al vecino para subsanar la observación, y de persistir en la infracción imponer, sí, la multa económica. A la primera, advierto y enseño. A la segunda, multo.

 

Es una reforma que el Congreso puede y debe hacer. Limitar el poder omnímodo de las ordenanzas municipales, incorporando el principio de primera falta como multa educativa. Caso contrario, tendremos alcaldes que, bajo la lógica de ordenar la ciudad e imponer la autoridad, se convierten en pequeños autócratas que modifican las normas con la finalidad de generar flujo económico a costa de los vecinos.

06 marzo, 2022

La guerra llega al espacio exterior

 

La cooperación espacial multinacional —con astronautas estadunidenses, europeos y rusos trabajando en misiones científicas de paz conjuntas— es otra de las víctimas de la invasión rusa a Ucrania. En un sentido no solo metafórico, la guerra ha llegado al espacio exterior.

 

Esta semana se anunciaron medidas que hacen peligrar la continuidad de programas como el ExoMars (ruso-europeo), que debía lanzar una misión a marte en setiembre de este año. O el futuro de la Estación Espacial Internacional (ISS), símbolo de la cooperación entre naciones como Estados Unidos, Rusia, Alemania, Francia y Japón.

 

Moscú también ha tomado represalias ante el durísimo castigo económico que ha recibido de occidente. Cables internacionales señalan que la agencia espacial rusa Roscosmos “decidió suspender sus lanzamientos de Soyuz desde Kourou, en Guayana Francesa, y de repatriar a su equipo de un centenar de ingenieros y técnicos”.

 

No hay lugar en el mundo, ni en el espacio, que no se vea alterado por la guerra.

 

La carrera espacial fue el punto culminante de la Guerra Fría. 

 

En 1957, Rusia orbitó al primer ser vivo en el espacio, la famosa perra Laika. Al año siguiente, Estados Unidos logró con éxito poner en órbita su primer satélite artificial. 

 

En 1961, nuevamente Rusia logró lanzar al espacio al primer ser humano, Yuri Garagarin. Cuatro años después, los rusos lograron colocar una sonda espacial en Venus. 

 

Hasta que, en 1969, Estados Unidos logró la hazaña de colocar al primer hombre en la Luna, Neil Armstrong, afirmando su delantera en la era espacial.

 

En 1975, ambas potencias simbolizaron los resultados que logra la cooperación internacional al acoplar con éxito las naves Apollo 18 y Soyuz 19.

 

La era espacial moderna, iniciada en los primeros años del siglo XXI, continuó esa ruta de cooperación internacional en el espacio, al que se sumaron nuevos actores como China, Japón e India.

 

Todo hacía suponer que el fin de las tensiones entre las superpotencias en el ámbito espacial habían terminado, hasta hoy.

 

El desarrollo de la Estación Espacial Internacional (ISS) es prueba de ello. Probablemente estemos asistiendo a ver cómo se cae la mayor cooperación tecnológica espacial entre occidente y Rusia.

 

La agencia rusa Roscosmos, que mantenía relaciones comerciales con la francesa Arianespace, anuncio esta semana que “se iba a concentrar en la construcción de satélites militares”. 

 

La guerra, como dijimos, altera todo. En este caso, deja atrás la cooperación con fines científicos y pacíficos expresados en el Tratado del Espacio Exterior aprobado por las Naciones Unidas, que establece los principios generales sobre la investigación, exploración y uso del espacio exterior y cuerpos celestes.

 

En su primer artículo, el tratado señala: “La exploración y el uso del espacio exterior, incluida la Luna y otros cuerpos celestes, deben realizarse en beneficio e interés de todos los países, independientemente de su grado de desarrollo económico o científico, y será de incumbencia de toda la humanidad”.

 

Una inspiración pacifista, sin duda; y, por lo mismo, frágil, como estamos constatando en estos días. Quizás, por eso, el propio tratado no limita el desarrollo de actividades militares en el espacio. Prohíbe sí orbitar cualquier tipo de armas de destrucción masiva, incluidas las nucleares. O colocar bases militares en algún cuerpo celeste, incluida la Luna. Escenarios que, por desgracia, no parecen ya imposibles.

26 febrero, 2022

Rusia – Ucrania: ¿Guerra convencional o nuclear?

 

Días antes de la invasión de Rusia a Ucrania, vimos a civiles ucranianos realizando prácticas de defensa armados con metralletas de madera. Eran civiles dispuestos a defender su patria. Al otro lado de la frontera, el ejército profesional ruso realizaba pruebas y ejercicios de guerra disparando las nuevas armas hipersónicas del Kremlin: misiles Avangard y Kinzhal, que pueden ser cargados con ojivas nucleares. 

 

No parece ser una guerra en igualdad de condiciones. Ninguna lo es en verdad, pero esta, en especial, es totalmente desequilibrada. Ni la OTAN ni Estados Unidos pueden enviar soldados al frente. Hacerlo significaría no solo desatar la Tercera Guerra Mundial, sino pasar de la guerra convencional, que aún vemos, a la guerra nuclear. El inicio del fin de la especie humana. 

 

Cuando Vladimir Putin presentó el 2018 una nueva generación de armas de guerra —misiles hipersónicos, drones militares e inteligencia artificial—, en realidad le estaba diciendo a quien lo escuche que Rusia aseguraba nuevamente el “equilibrio estratégico” entre las potencias del mundo. 

 

El jefe del Kremlin se refería a la posibilidad que tiene hoy su país de vulnerar el sistema de escudo antimisiles que desde hace un tiempo posee Estados Unidos para protegerse de cualquier ataque nuclear intercontinental. 

 

Como siempre, el desarrollo tecnológico de Rusia ha venido del campo militar. Un misil hipersónico es capaz de generar una velocidad de MACH 5, es decir, cinco veces la velocidad del sonido: 6174 kilómetros por hora. Los cazabombarderos actuales llegan a MACH 2 (2.469 km/hora). 

 

Estados Unidos ha probado un misil Minuteman III a MACH 23 (28.400 km/hora). Pero Rusia ha logrado probar en plena crisis con Ucrania el misil Avangard, que desarrolla una velocidad de MACH 27 (32.202 km/hora). Un monstruo destructor. Imparable.

 

Pero la evolución en el arte de guerra no pasa solo por analizar las ventajas de la tecnología.  El “problema nuclear” es tal vez el “último problema de la humanidad”. En auges y caídas de las grandes potencias, el ensayo de Paul Kennedy, el autor reflexiona sobre la posibilidad real de pasar de una guerra convencional a una de nueva generación de tipo nuclear.

 

No hay manera de responder con certeza. Lo cierto es que el poder aniquilador de estas armas es a la vez el mejor disuasivo para usarlas. Precisamente, a causa de la existencia de armas nucleares, las potencias pueden llegar a la conclusión de que lo mejor es mantenerse en los márgenes de la guerra convencional. La razón es que no hay forma de que en una contienda nuclear uno de las partes anule completamente al otro sin sufrir daños. 

 

Kennedy razona de esta manera: “Los grandes arsenales nucleares de cada superpotencia continuarán existiendo, pero (salvo un “disparo” accidental) serán con toda probabilidad inutilizables, porque contradicen la antigua presunción de que, en la guerra, como en casi todo lo demás, tiene que haber un equilibrio entre los medios y los fines”.

 

Ese “disparo accidental” es hoy una posibilidad remota en la guerra Rusia - Ucrania. Pero si por alguna razón ocurriera, el presidente Joe Biden explicó bien que pasaría: “Todo puede enloquecerse de una manera muy rápida (...) en el momento en el que un soldado ruso dispare a un soldado estadounidense, nos encontraríamos en una guerra mundial”.

 

Nada asegura por el momento que ambos soldados se encuentren. Pero la guerra tiene sus leyes y sus caprichos. Dependerá de cómo evolucione el conflicto en los próximos días. El mapa geográfico de Europa está cambiando aceleradamente. Hoy es Ucrania, pero se amenaza con acciones de fuerza también a Finlandia y Suecia. 

 

Parafraseando a Bismarck, las potencias del mundo solo pueden navegar en “la gran corriente del tiempo” a la que no pueden crear ni dirigir, aunque si maniobrar con más o menos experiencia o habilidad. Diferentes fuerzas se interponen en el camino como para intentar siquiera señalar con claridad un rumbo fijo, inalterable, de viaje. 

 

Una simple bala mal dirigida puede alterar el siempre inestable equilibrio del poder global. ¿Cómo será la Tercera Guerra Mundial? Einstein respondió esto una vez: "No sé cómo será la Tercera Guerra Mundial, pero sé que la cuarta será con palos y piedras".