Politikha / Blog de Luis Alberto Chávez

17 abril, 2012

Guerra de Baja Intensidad en el VRAE

El uniforme comando que vistió el presidente de la República simboliza la decisión de ponerse al frente de las operaciones militares contra los terroristas que huyen en la selva cusqueña luego de liberar a 36 rehenes de las empresas de gas de la zona.

Es su trabajo.Quizás donde mejor se siente. Analizando información. Dando órdenes. Desplegando tropas. Disponiendo medios. Ejecutando planes. Desarrollando estrategia.

A juzgar por las informaciones de los medios, la segunda fase del Operativo Libertad son acciones militares de “ablandamiento” y “persecución”; esto es bombardeos y ametrallamientos desde el aire y sembrado de patrullas o grupos operativos en diversos puntos del escenario en búsqueda del enemigo.

Los primeros estragos de esta dura etapa empiezan a sentirse. Ha habido enfrentamientos y bajas en Ayacucho, Huancavelica; y desplazados civiles en la zona de Lagunas, Echarate en la Convención, Cusco. El teatro de operaciones abarca, cuando menos, tres regiones.

Estamos -como bien dice el General Roberto Chiabra-, ante un conflicto de baja intensidad.

De acuerdo a los manuales militares, existen dos tipos de conflicto armado: la Guerra Regular y la Guerra de Baja Intensidad. La primera es entre ejércitos reconocibles que dominan partes de un territorio. La segunda tiene tres modalidades: Subversión (busca conquistar el poder; Narcotráfico (busca obtener dinero) y Terrorismo (busca golpear el poder).

El enemigo es una banda armada, con un discurso ideológico, pero cuyo objetivo principal –tomar el poder- ha sido cambiado por el soporte armado que brinda al narcotráfico. Ellos le llaman a eso “impuesto de guerra”, pero, aún cuando levanten el puño y entonen canciones por la liberación popular, han perdido su raíz ideológica. No buscan ya conquistar el poder, sino, ganar dinero.

De ahí que sus principales demandas en el reciente suceso de toma de rehenes en Kepashiato haya sido la recompensa monetaria. A cambio de la liberación de los rehenes, las huestes de los Quispe Palomino exigían a las empresas 1 millón 200 mil dólares mensuales. No reivindicaban la libertad de ninguno de sus compañeros presos, menos de Abimael Guzmán a quien consideran un traidor, ni de Artemio a quien ven como competidor.

La banda armada de los Quispe Palomino cuida su territorio; las rutas de acceso, paso y salida de la droga que se produce en esa zona. La solución por lo tanto no es sólo militar. Es social. Se necesita presencia del Estado.

El Modelo San Martín -cultivos alternativos como cacao y café por coca-, no funciona en el VRAE porque allí no existe carretera para transportar los productos. Tampoco hay escuelas, ni hospitales, ni agua, ni desagüe. Sólo existe coca y de muy buena calidad.

No se trata, por eso, de aumentar bases militares en Vizcatán. Mantenerlas es costosísimo. Hombres, pertrechos y alimentos deben llevarse usando helicópteros y mover éstos semanalmente equivale a una fortuna. Además, está el inconveniente del aislamiento que favorece ataques y emboscadas sorpresivas.

La guerra se gana psicológica y militarmente, pero la victoria se sostiene social y políticamente. Es momento que el Estado haga su tarea.

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