20 marzo, 2014

Lecciones ¿aprendidas?


Presidente Ollanta Humala, 48 horas después de haberse aprobado el voto de confianza al Gabinete Cornejo: “El Congreso tiene toda la soberanía de darle o no darle el voto de confianza, pero no me parece que por un gabinete ya presentado quieran sacar temas (por lo de Nadine) que no vienen al caso. En todo caso debieron haber decidido no dar el voto de confianza y hay un camino y todo está dentro de la Constitución. Yo como presidente estaba preparado para cualquier decisión que tome el Congreso de la República porque la buena marcha del Perú tiene que continuar así no le guste a algunas personas”.

A juzgar por las palabras del presidente Humala, no todos los actores parecen haber tomado debida nota del significado de la reciente crisis generada entre el Ejecutivo y Legislativo. Por esta razón, es necesario precisar qué lecciones deben sacar los protagonistas en la arena y los que permanecen en la sombra.

La democracia implica balance de poderes.- Un Congreso existe, entre otras cosas, para contrapesar al Ejecutivo. Para balancearlo. Equilibrarlo. Fiscalizarlo. Esto no significa que el Legislativo obstaculice de manera permanente la labor del Ejecutivo, pero tampoco que sea una mesa de partes. La Constitución establece una solución cuando estos dos poderes del Estado no entran en razón. El Presidente disuelve el Congreso cuando éste le denienga el voto de confianza a dos gabinetes.

El voto de confianza ha terminado generando desconfianza.- Somos un sistema presidencialista y el voto de investidura o de confianza es una práctica heredada del sistema parlamentario. Nunca había ocurrido que mayoritariamente los congresistas votaran ámbar y dejaran en en limbo jurídico la confianza al gabinete. Ahora algunos parlamentarios oficialistas están pensando seriamente en modificar la Constitución y eliminar esta práctica que en su modo extremo puede ocasionar situaciones de incertidumbre como la que hemos vivido. El propio presidente Humala ha pedido estudiar esta situación, que, en todo caso, requiere una modificación constitucional. Lo que no se puede hacer es eliminar la opción ámbar. En democracia, nadie puede ser obligado a actuar (o votar) en uno u otro sentido.

No dejes para mañana lo que puedes negociar hoy.-  El gabinete tenía hasta treinta días para acudir al Congreso, presentar su plan de trabajo y solicitar el voto de confianza. ¿Por qué se adelantó la presentación diez días sin siquiera haber tomado contacto con las bancadas? La primera votación del viernes pudo hacerse hasta el 24 de marzo. La segunda votación de ese mismo día también pudo postergarse, pero se insistió pese a que en ese momento ya se sabía que no habría los votos suficientes.

La Primera Dama y sus movimientos en el tablero - Puede que la oposición la haya tomado de excusa para arrinconar el gobierno. Y que haya pretendido usarla para jaquear al Gabinete. Pero no se puede decir lo mismo de la opinión pública que coincide en mucho con lo que piensa la oposición. La Primera Dama tiene el derecho de opinar como presidenta del Partido Nacionalista y de cumplir funciones protocolares propias de su cargo, pero –como ha señalado por escrito el Presidente del Consejo de Ministros René Cornejo– no puede interferir en actos de gobierno ni ser su vocera oficial. Excepto que se regule su rol vía una ley y se le asigne esa y otras funciones o se reabra el Despacho de la Primera Dama y se reglamente su funcionamiento.

La oposición, si se une, lo puede todo.- Incluso, hasta ganar la Mesa Directiva. En pleno tira y afloja para el voto de investidura al gabinete Cornejo, algunos parlamentarios sacaban cuentas y sumaban votos pensando en la renovación de la Mesa Directiva. Este año se presenta una oportunidad de oro para ellos y sacar al partido de gobierno de la presidencia del Congreso. El problema es que no es seguro que vuelvan a nuclearse todos a una. Sus desmedidos apetitos de poder terminarán dividiéndola.

Votos son amores… y también buenas razones.- Aunque el gobierno afirmó que no negociaría con bancada alguna, se dio cuenta que para ganar votos se tiene que ceder y conceder. Esto obligó a sus operadores a llegar a acuerdos con representantes regionales de la oposición, pero también con miembros de su propia bancada a quienes no se puede dejar de lado mientras ven que sus adversarios consiguen cosas para su región.

16 marzo, 2014

Cómo salir de la crisis y no morir en el intento


Una salida negociada a la crisis entre el gobierno y las fuerzas de oposición tiene varias formas de encararse. Depende de estilos, del terreno en que se escoja plantear la negociación, pero, principalmente, del nivel de desgaste que perciba el gobierno de si mismo.

Una primera la de siempre, la de toda la vida, es la menos elegante, pero, no por eso, menos efectiva: negociar a puertas cerradas cuotas de poder. 

No necesariamente tiene que ser espacios en el gabinete. Se puede hacer, como el planteado gobierno nacional o de ancha base, pero esto solo será posible si el gobierno llega a la conclusión que la viabilidad del régimen está en juego.

A juzgar por las características archipelágicas de la oposición actual en el Congreso –cacicazgos de pobre nivel, angurrientos por ganar alguna prebenda–, lo que parece viable más bien es conceder pequeñas cuotas de poder: espacios de administración regional, obras públicas a nivel provincial, distrital o simples puestos públicos.

Esta tarea es desgastante, uno a uno, y requiere de operadores políticos entrenados para negociar en esos términos, más parecido a tener tratos con sindicatos de camarillas que alcanzar acuerdos con políticos con visión de Estado.

Una segunda manera de lograr fórmulas de entendimiento con la oposición es entrar por el lado de la agenda consensuada. Por este camino lo principal no es ceder espacios grandes o pequeños de poder, sino arribar, estructurar y comprometer una agenda pública que recoja algunas de las demandas de la oposición. Las más importantes, las más sensibles.

A diferencia de la primera vía –siempre cerrada– esta puede negociarse de manera pública, si lo que se busca –además de evidenciar capacidad de arribar a fórmulas de consenso en pro de la gobernabilidad–, es también mostrar ante la población voluntad de diálogo y compromiso que puedan ser capitalizados más adelante, en caso que la oposición se muestre intransigente.

Siempre habrá formulas mixtas que combinen pequeñas prebendas con grandes compromisos de Estado, pero eso es algo que solo depende de la calidad de los políticos que asumen las negociaciones.

Pero qué pasa si, después de todo, el gobierno no decide ni lo uno ni lo otro; es decir, no cede poder y no construye una agenda de trabajo. Bueno, se aplica la ley. Los artículos 133 y 134 de la Constitución lo reseñan muy bien.

Si el gobierno insiste en mantener su gabinete tal como está y no cede a alguno de los planteamientos de la oposición (precisar rol de la Primera Dama, anular el aumento de sueldos a ministros, debatir un aumento de la RMV, cambiar la política exterior del Perú sobre Venezuela), entonces el curso de colisión es inminente.

Por supuesto, el gobierno puede adelantarse a todos y plantear públicamente los términos por los que considera que su gabinete debe obtener la confianza del Congreso. Es decir, anunciar antes de la reunión del Congreso, una agenda mínima de cambios y compromisos, previamente acordados.

Todo es posible en el reino de la política. Incluso persistir en el error. Mañana lunes, tras la votación del Congreso, sabremos qué mecanismos utilizó el gobierno para remontar esta crisis. Por sus votos, los conocereis.

15 marzo, 2014

Confianza ministerial: Escenarios y cursos de acción



El Presidente de la República está en una encrucijada. Ha hecho cuestión de Estado sobre el voto de confianza del Congreso a su quinto gabinete; colocando a su gobierno en un curso de colisión con las fuerzas de oposición de consecuencias imprevisibles.

¿Qué escenarios pueden presentarse?

El primero es que se mantenga la correlación actual. Un limbo jurídico en el que las fuerzas de oposición no le niegan la confianza al gabinete, pero tampoco se la otorgan, manteniendo su voto en abstención, situación que desgastaría no solo al Ejecutivo, sino al país.

Una segunda opción es que en estas 48 horas algunas fuerzas del Congreso –léase conglomerados AP-Frente Amplio, Unión Regional, Pepecistas y demás– “mediten” su voto y decidan “por el bien del país”, otorgar finalmente la confianza al gabinete. El costo es algo que el Ejecutivo deberá evaluar.

Un tercer escenario es que estas fuerzas decidan más bien negar la confianza al gabinete y votar decididamente en rojo. En este caso, allanarían el camino al Ejecutivo que no tendría más opción que presentar un nuevo gabinete.

Si esto último sucede, el Congreso quedaría al borde de su propia viabilidad, pues un segundo gabinete baloteado, dejaría al Presidente Humala en poder de disolver constitucionalmente el Legislativo.

Todo depende del camino que elija el gobierno. Puede decidir compartir el poder y convocar a un gabinete de ancha base (con nuevos aliados). O puede crear un gabinete nacional y de consenso (como le propone Alan García), pero que no necesariamente signifique cuotas de poder con otras fuerzas, sino la covocatoria de figuras reconocidas y de consenso, una especie de gabinete de notables.

La tercera opción va más en la línea de lo que acaba de decir el Jefe de Estado en Huarochirí. 
“Tiene que cambiar la política, por eso necesitamos una renovación en el pensamiento de los políticos. Y que entendamos todos los políticos que tenemos que trabajar no pensando en intereses subalternos, no pensando en intereses personales”.

Es decir, no negociar ni repartir el poder. Persuadir y obtener la confianza sin incorporar nuevas fuerzas al gobierno.

Si eso no cambia, y el presidente se mantiene firme en su decisión, el curso de la acción se traslada a las fuerzas de oposición.

A partir de allí, serán esas mismas fuerzas opositoras las que deberán meditar si les conviene denegar la confianza al gabinete exponiéndose a recibir un segundo gabinete sobre el que no cabría más la abstención, pues, llegados a ese punto deberán votar verde (para continuar equilibrando el poder desde el Legislativo) o rojo para autodisolverse.

14 febrero, 2014

Contarlo todo o la voz propia



“Contarlo todo”, el libro de Jeremías Gamboa, el chico de Santa Anita –llamado Gabriel Lisboa–, que estudia Comunicaciones en la Universidad de Lima y que a costa de mucho esfuerzo aprende el arte de escribir en el periodismo, pero que entiende también que para seguir su vocación de contar historias tiene que dejarlo, no es, en verdad, solo una novela.

Es más que eso. Es un río de situaciones ordenadas y secuenciadas que como toda buena novela que crea un universo propio es un texto que se puede analizar desde la crítica literaria, pero también mirarse desde su arista sociológica. Y es este último aspecto el que me interesa abordar.

Gabriel Lisboa es un joven de la llamada clase media emergente, que estudia becado en una de las universidades mas caras de Lima, vive con sus abuelos –ella una ama de casa y él un mozo de restaurante, autodidacta–. Este peruano, hijo de la segunda generación de migrantes, se apropia de la ciudad dejando atrás el mundo de sus padres, el mundo rural, quechuahablante. Ese mundo –Ayacucho en la novela– que pese a todo, el joven citadino Gabriel Lisboa visita en un último intento por reafirmar su vena literaria.

Lisboa viaja a Ayacucho con un libro de Arguedas que le había costado entender antes en la ciudad. Lo olvida en su bolsillo trasero, pero sobrevive a su juerga, como si el mundo andino estuviera atado a él de manera indisoluble, aunque deblititado todavía. Por breves momentos, parece entender ese mundo rural, ese Perú profundo, pero le gana su espíritu citadino. Lo que logra rescatar de Ayacucho en su novela es una discoteca en Huamanga, un lugar “parecido a Barranco”, adornado con una bola de espejos en el techo que “ya no se usan en las discotecas de Lima”.

Lisboa cree empezar a entender el complejo mundo andino de Arguedas, pero siente que lo que le pasó en la capital ayacuchana es mucho “más pragmático, realista” y centra su historia en una conquista y encuentro amoroso que tiene con una joven huamanguina, a quien logra llevar a la cama, lo que para ella es su “primera vez”. La muchacha marca también un cambio de mentalidad. La otrora sagrada virginidad no le importa demasiado, revelando emociones y decisiones de la juventud provinciana asumidas con libertad y sin mayores culpas o cargos de conciencia.

Gabriel representa a un nuevo peruano. Un peruano emergente que se integra a una urbe cosmopolita y que consigue abrirse paso con su talento. Este neo peruano no conoce la lengua de sus padres, que luchan por “seguir siendo”, pero aprende a hablar inglés. Nada de eso le servirá cuando se enamore de una niña de la clase alta de Lima, en cuya familia siente de manera sutil aunque firme el peso de la diferencia social y cierta forma de racismo social.

El alter ego de Gabriel reacciona y se rebela ante esta discriminación, después de todo –reflexiona el personaje–, de qué estamos hablando si en su caso es un chico que ha sabido mantenerse en los primeros lugares en una universidad donde muchos hijitos de papá no pueden siquiera terminar una carrera y que ha escrito en dos de las más prestigiosas revistas del medio y en una llegó a ser editor a muy corta edad.

En esas condiciones materiales de vida, Gabriel se forma y va tomando lentamente conciencia de su propio ser. Deja la industria del periodismo para encerrarse en el taller del escritor. Una tarea farragosa, solitaria, de orfebre, que es en el fondo la tarea de un escritor. El resultado es Contarlo todo, un vómito negro del Nuevo Perú. Necesario para seguir avanzando en ese redescubrimiento del otro Perú, ausente hoy en día en esta primera novela, pero que seguramente el autor explorará en una segunda entrega, acaso el encuentro con su padre, o sus raíces, que es, de algún modo, la búsqueda constante de sí mismo. Y en ese camino, expresarse como lo ha hecho ahora, con propia voz.