
Humala era y es percibido como el cuco heterodoxo, pese a que –en varios idiomas y planes– ha negado cambios traumáticos en la economía.
Lo concreto es que el presidente electo inicia su gobierno con un límite o déficit de confianza.
Las billeteras más abultadas y sus corifeos mediáticos le exigen, en una presión sin precedentes, que dé a conocer cuánto antes al premier, ministro de Economía y presidente del Banco Central de Reserva.
No sólo para calmar sus nervios, sino principalmente para no perder la costumbre de poner en esos puestos a representantes o amigos suyos.
No está mal la salida “a lo Lula”, en el sentido de nombrar a un banquero en el BCR. Eso ayudaría a recuperar el nivel de confianza interna.
Pero, mientras piensa y baraja nombres para estos puestos clave, Ollanta Humala podría hacer una acción intrépida y atacar el problema de confianza de raíz; no en el plano nacional, sino afuera.
El presidente electo debiera, antes de asumir funciones, realizar un viaje relámpago a los principales centros financieros, políticos y empresariales del mundo y poner en su agenda internacional: Chile, Brasil, Washington, Nueva York, Madrid y Bruselas.
La idea es agarrar al toro por las astas y tomar contacto con los principales líderes políticos, agentes económicos, líderes de opinión, y grupos de empresarios e inversionistas, a quienes se los calma explicándoles con seriedad los principales ejes de la política económica planteados en la Hoja de Ruta.
Para ello debe colocar en blanco y negro sus ideas centrales, encontrar a alguien que le abra las puertas afuera y comprometer a sus interlocutores a seguir invirtiendo en el Perú. Si lo logra, a su regreso, encontrará no sólo unas aguas económicas más calmadas, sino el ambiente propicio como para dedicarse de lleno a diseñar sus primeros actos de gobierno.
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