19 julio, 2020

El New Deal (1)


A inicios de la tercera década del siglo XX, Estados Unidos se debatía en una de las peores crisis económica y social de su historia. La sobreproducción industrial y la especulación llevaron a una caída de precios que produjo despidos, miedo financiero y corrida bancaria. Es la etapa conocida como el Crack de 1929-30.

Millones de trabajadores quedaron desempleados. Las personas perdían sus casas al no poder pagar sus hipotecas y el hambre hacía presa de familias y barrios enteros. Se inició, entonces, una migración hacia la costa oeste, principalmente California.

En el momento del crack gobernaba el republicano Herbert Hoover. Un liberal que creía fuertemente en el emprendimiento individual y en el mercado. Era contrario a cualquier atisbo de intervención del Estado en la economía. Ni siquiera como señal de humanidad. 

El historiador Erick Hobsbawn aseguró en aquel momento que la situación de Estados Unidos era tan desesperada que la salida probablemente encaminaría la nación hacia el fascismo, el comunismo o el capitalismo democrático reformador de corte keynesiano.

La historia demuestra que esta última opción se impuso. El partido demócrata designó como su candidato a Franklin D. Roosevelt, un ex senador y gobernador de Nueva York que en 1921 fue atacado por poliomielitis y se creía retirado de la política. 

Pero en 1932 ganó la postulación a la Presidencia de la República y desde entonces se mantuvo en el poder. Gobernó durante 12 años y transformó su país, desterrando el miedo en la población, recuperando la confianza en las familias y en los agentes económicos, e impulsando un agresivo programa de apoyo estatal en la generación de puestos de trabajo mediante obra pública.

En su lanzamiento como candidato, Roosevelt no solo leyó bien el contexto social y económico del momento, sino que supo resumir política y comunicacionalmente su nueva propuesta.

“Esta no es una elección solo entre dos partidos, ni siquiera entre dos hombres. Es una elección entre dos formas de gobernar”, dijo el día de su lanzamiento.

Roosevelt ganó la elección en un ambiente de recesión. Los desempleados sumaban 11 millones de trabajadores, y en su peor momento llegaron a 13 millones y medio. En las calles era común ver las “sopas populares”, comedores sociales que atendían a los más necesitados. En los suburbios de la ciudad crecieron como hongos las “Hoovervillages”.

En su discurso de asunción de mando, Roosevelt volvió a dar en el bull comunicacional. “Lo único qué hay que temer es al miedo mismo. Tenemos una nación que requiere acción ahora”. 

Su propuesta de recuperación económica se conoció como el “New Deal” o Nuevo Pacto. Una nueva forma de asumir el compromiso del Estado con sus ciudadanos. 

Por aquellos tiempos se consolida una nueva carrera profesional que había surgido a comienzos del siglo: Trabajo Social. Muchas de las ideas del New Deal fueron llevadas a cabo por profesionales de esta carrera que busca el bienestar de la sociedad a través del pleno ejercicio de los derechos del hombre.   

El modelo keynesisano, base del futuro Estado de bienestar, tiene también sus raíces en aquellas medidas que Roosevelt impulsó para sacar a su país de uno de los mayores hoyos económicos y sociales que se hayan conocido: recesión, desempleo, hambre, migración, miedo. Todo junto. ¿Algún parecido con lo que pasamos hoy?

(Esta historia continuará)



11 julio, 2020

Banderas del hambre


En julio han aumentado las banderas. No las rojas y blancas de Fiestas Patrias, sino las blancas del hambre. Descoloridas, percudidas, raídas, los trapos blanco humo apenas se mueven en esta Lima sin vientos, sin lluvia y sin alimentos para los más pobres.

La pandemia no solo ha destrozado la salud miles de familias. También amenaza con liquidarlas por hambre. Según Naciones Unidas, el PBI de América Latina caerá 9.1% y el del Perú pasará los dos dígitos. Estamos en el primer tramo de la mayor recesión económica de los últimos 100 años. Lo peor está por venir.

Al final del año, 45 millones de personas en la región caerán en pobreza. El desempleo que estaba en 8.1% pasará a 13.5%.  Es decir, sumaremos 44 millones de desempleados. La pandemia y la pobreza agravarán la desigualdad.
No es la primera vez que esto sucede en el Perú. Temporadas de hambre hemos tenido siempre. Incluso antes de la pandemia, en la periferia de Lima, en la sierra y la selva, miles de familias padecían de subalimentación. 

Los estómagos crujientes espolonean la imaginación. Los que están en el fondo de la escala social ni siquiera pueden activar un comedor popular. Recurren a un recurso más sencillo y directo: la olla común. 

Como las banderas blancas, las ollas comunes se multiplican en la periferia de Lima. No hay gas ni querosene para cocinar. Se cocina a leña o con pequeños restos de madera vieja de algún objeto inservible que se encuentra en cualquier parte. 

Avena en las mañanas para el desayuno. Arroz, menestras y torrejas de verduras para el almuerzo. Los niños y los ancianos primero. Los mayores, si alcanza.

La Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) cree que al final del año América Latina podría tener cerca de 90 millones de pobres. Si esto se cumple la crisis sanitaria podría convertirse en crisis alimentaria.

Atender la emergencia alimentaria es una prioridad. Los organismos internacionales recomiendan un Bono contra el Hambre por un periodo de seis meses. Atender a la población en pobreza extrema y mayor de 65 años en la región demandaría un costo de 23,500 millones de dólares.

El paquete debiera considerar, además, ayuda financiera a los productores de alimentos y a la agricultura familiar, que hasta ahora han resistido el embate de la pandemia al mantener estable la cadena de suministro de alimentos. El problema no es la producción de alimentos, sino el acceso a ellos. Sin trabajo, no hay plata para comer. 

“Hambre de Dios, sí; hambre de pan, no”. La frase de Juan Pablo II cuando visitó nuestro país recobra hoy su vigorosa sonoridad a demanda.

Las ollas comunes pueden ser un poderoso aliado en evitar que el hambre siga golpeando. Habría que organizar no su conformación, sino su reconocimiento. Convertirlos en núcleos ejecutores para que sean sujetos de ayuda económica directa sin pasar por la burocracia municipal, que no ha podido cumplir con eficiencia la entrega de canastas. La experiencia logística del Banco de Alimentos también puede ayudar.

En estas condiciones llegaremos a las elecciones generales del próximo año. Votaremos los sobrevivientes; con el estómago vacío y la cabeza caliente. El Bicentenario no será de celebración, sino de reconstrucción. Tendremos que reconstruir el cuerpo y el alma nacional.

Quienquiera que gane no tendrá tiempo ni de sentarse en la silla dorada. Tendrá que llegar con el plan de reactivación bajo el brazo. Se requiere, por tanto, no un gobierno que llegue a aprender, sino a implementar lo que sabe. A Palacio no se llega a descubrir los problemas, sino a resolverlos.


05 julio, 2020

Al medio hay sitio


En psicología el hijo sánwidch, el del medio, suele sentir que no es tomado en cuenta o que es poco considerado. No es primogénito, sobre quien los padres ponen todas sus expectativas, ni el “benjamín”, el engreído de la casa. En las sociedades pasa algo parecido. La clase media pasa desapercibida para el Estado. Toda la atención se centra en los más pobres y desvalidos —y esta bien que así sea— pero, por lo general, las políticas de ayuda para la clase media escasean o no son asumidas como prioritarias.
Durante casi treinta años todos los esfuezos macroeconómicos que hiceron los países, hablemos de América Latina, fueron para disminuir la pobreza y ensanchar la clase media. Es decir, ayudarlos a salir del fondo de las preocupaciones para depositarlos en la zona del olvido. Ambos cometidos se lograron. Las naciones de América Latina avanzaron en lo económico y social hasta alcanzar en muchos casos el nivel de los países de ingresos medios.
Entre el 2000 y 2010 las cifras fueron impresionantes. En esta década tuvimos un crecimiento promedio de 4% anual, lo que hizo duplicar los ingresos per capita de US$ 7.200 a US$ 14.160. En el Perú, hasta el 2014 la pobreza retrocedió de 45,4% a 29,1%. Incluso la pobreza extrema tan resistente en nuestro medio se redujo de 12,2% a 7,8%. 
El Banco Mundial calculó el 2012 en 50 millones los nuevos integrantes de la clase media en la región. Para el 2015, la CEPAL estimó que 90 millones de personas en América Latina habían logrado asecender a la clase media. La pandemia ahora amenaza con tirar todo como un castillo de naipes. Nunca hablamos de una clase media consolidada, sino de una más bien precaria, inestable, asentada en el crecimiento del empleo, eso que la pandemia ha terminado por deshacer. 
En tres meses hemos retrocedido lo que ganamos en treinta años. Según la CEPAL, 2019, los pobres ya venían aumentado en América Latina, por lo menos, desde el último quinquenio. Antes del Covid-19, esta institución calculaba que los pobres habían aumentado 17 millones entre el 2014 y el 2019, mientras que los pobres extremos aumentaron 26 millones en el mismo periodo. El Perú no escapaba de esta debilidad del crecimiento. El 2018, según el INEI, teníamos 20.5% de pobres.
La paralización de la economía como medida de contención de la pandemia, ha tenido el efecto de cortar las piernas para detener la hemorragia. La clase media endeble ha sido empujada a la informalidad. El pago de pensiones en colegios y universidades privadas ha caído a 50%. Los pequeños negocios han cerrado acumulando deudas en los bancos. Este impacto negativo del Covid-19 en los ingresos laborales regulares de las familias indica que la clase media vulnerable aumentaría del 42,7% al 46,5%, y la clase media consolidada caería del 35% al 31,7%, según estudios recientes del BID.
No queda nada que esperar. La salud y el empleo es lo primero que se resiente cuando la crisis golpea. La clase alta tiene soporte para resistir el embate. Las clases populares son socorridas por el Estado. La que está realmente fregada es la clase media. Nadie se acuerda de ella. En términos sociales no tienen bonos de solidadaridad. En salud, han perdido su cobertura privada y ahora aumentarán las atenciones en los centros hospitalarios públicos; y en cuanto al empleo, se lo tendrán que inventar, como antes, como siempre. ¿Al medio hay sitio? Parece que no. 


20 junio, 2020

Los silenciosos


A los caminantes y nuevos caminantes se unen, sin voz pero con voto, los silenciosos, jóvenes que han perdido sus empleos con la pandemia y que ven el futuro con preocupación, cuando no con desesperanza. Uno de cada seis jóvenes en el mundo se quedó sin trabajo por el Covid-19. En el Perú, es uno de cada tres. 

2.4 millones de empleos formales se han perdido oficialmente. No hay cifras sobre la caída del empleo informal. Pero el -40,5% de PBI en abril y el -12,5% proyectado para el año pueden dar una idea del panorama infernal. Una vuelta por La Victoria también ayuda.

No estamos ante una crisis sanitaria o económica, sino ante una crisis del Estado-nacional (Alberto Vergara, dixit). Tenemos 200 años de crisis larvada que la pandemia simplemente maduró. Somos una República histórica y estructuralmente desigual. Lo que avanzamos en treinta años de disciplina y sacrificio fiscal lo hemos perdido en tres meses. Al final del día seremos más pobres y más enfermos. 

¿Teníamos otra opción? No en este momento. Siempre supimos que la cuarentena radical era para evitar saturar la demanda hospitalaria. Un terremoto podía desbordar igual o peor las emergencias. La respuesta no está solo en el presente, sino en la Historia. En nuestras raíces desconectadas. En el suelo que nos vio nacer, pero que nos empuja a mal vivir. O morir.

Y, mientras tanto, en silencio, millones de jóvenes se ocultan tras la estadística. Ellos son el resultado de la peor crisis económica de los últimos 100 años. La pobreza podría crecer de 20,5% a 27,5%, según proyecciones del BCR, por lo que tendremos que volver a empezar.

El problema es que no sabemos si la gente querrá nuevamente empezar a recorrer el mismo camino. El “sentir del pueblo”, va en otra dirección. Quiere un Estado benefactor antes que un Estado ahorrador. Sería mejor un Estado eficaz, y no de prosperidad falaz como el de la República Aristocrática de Basadre. Un Estado que obre y no ubre ni robe. 

Por ahora hay menos ruido que nueces. En Chile, el hambre ha roto la tregua en algunas zonas y la gente ha salido a saquear tiendas en busca de comida. En Perú, la primera señal de descontrol es el aumento de la delincuencia. Nacional e importada. 

Desde el Ministerio del Interior se propone extender el toque de queda hasta fin de año “para frenar a los delincuentes que roban de noche”. Pero no está demostrado que restringir un derecho ciudadano sea una medida efectiva para que la Policía cumpla con su mandato constitucional que es controlar el orden público. Aprovechen más bien que los principales afectados con la pandemia, los jóvenes, están en modo silencioso. Si se dan cuenta, entonces, sí, la cosa puede complicarse. Y puede haber ruido. Mucho ruido.




13 junio, 2020

Los nuevos caminantes




Hace unas semanas escribimos sobre el fenómeno sociológico de miles de peruanos sin trabajo en la capital y con hambre que regresaban a sus provincias a pie, expulsados por el coronavirus, y al mismo tiempo teniendo como última esperanza el refugio en sus lugares de origen. Les llamamos los caminantes.

Eran miles de personas y familias enteras movilizadas de forma silenciosa, pacífica, por las carreteras, que no encontraron en el mercado ni en el Estado respuesta a sus demandas de salud, alimentación o puestos de trabajo.

Hoy un nuevo tropel de ciudadanos se ha volcado a las calles. Inundan las principales avenidas alrededor del centro histórico de Lima y La Victoria. A diferencia de los anteriores caminantes, estos no llevan sus enseres a cuestas, sino mercadería, bienes de valor, que no pueden vender. 

No son desempleados o trabajadores precarios en busca de empleo. Tienen un capital que se deprecia conforme crece su angustia. Son comerciantes formales, inquilinos de galerías, muchos de ellos con uno o dos puestos de venta, con créditos en el banco y cuentas que pagar. 

Son emprendedores que tampoco el mercado o el Estado ha logrado atender. Con el agravante de que, además, son castigados por algunos alcaldes insensibles que privilegian el ornato al orden; como cuando pintan las casas de los pobres en lugar de proveerles servicios básicos e infraestructura.

El Estado en todos sus niveles no sabe qué hacer con esta masa de comerciantes que sale incluso en carros y camionetas y se estacionan en cualquier esquina para ofrecer sus productos. Los que no tienen vehículos simplemente se echan sus costales al hombro con prendas de vestir, artículos mil, mochilas, maletas y repuestos de carro y computadora. 

Urge atender esta demanda social, que tras noventa días de cuarentena está haciendo explotar la economía. Menos burocratismo. Menos protocolismo. Más creatividad. 

Una fórmula rápida, como se propuso entonces para los primeros caminantes, es utilizar los espacios públicos que ya existen —parques zonales, estadios, colegios, iglesias para ubicar a estos comerciantes y organizar el mercado. Esto permitiría mostrar, de paso, las ventajas de la formalidad. Con más del 70% de economía fuera de registro que aporta alrededor del 20% del PBI, no vamos a ninguna parte. 

No se trata ya de perseguir, castigar, penar; sino de atraer, enseñar, y ser efectivos en la entrega de servicios. La tarea obviamente no es solo municipal. El gobierno nacional debe intervenir ya. No atender este problema solo empujará a los hoy precarios emprendedores formales, a punto de quebrar, precisamente al lado oscuro de la informalidad. No frustremos, ni matemos el emprendimiento.



06 junio, 2020

Adiós, Madre



Querida Madre,

No pude abrazarte, ni besarte, ni alisar tus cabellos, en la hora final. Tú que solo diste amor toda la vida, te vas sin que pudiera coger tu mano. No es justo. No es humano. Por eso te escribo esta carta. Para que la leas en el camino. Para que sepas que estarás viva en mis recuerdos, en mis oraciones, en mis tribulaciones y alegrías. Solo se ha ido tu corpus, Madre, no tu esencia. Tu envoltura, no el amor que irradiabas por tantos, tantas veces. El cuerpo ha cumplido su ciclo, acotado por la pandemia. Pero la vida en su expresión más profunda, continúa su viaje. Debe ser por eso que el amor a la madre es infinito. Porque se anida en el espacio más grande que tiene el ser humano para los seres que quiere: el alma. 

Ve tranquila, cumpliste tu misión en La Tierra. Luchar fue tu destino. Trabajar, tu camino. Diste todo por tus hijos, hasta lo que no tenías; sacrificándote siempre. Llegaste a Lima a los once años y dejas este mundo a los ochenta. Viniste del campo a la ciudad y te acostumbraste a la vida agitada, al tránsito, al reloj. Añorabas tu Piura natal, cómo no, la recordabas verde, con olor a tierra mojada, a leña de algarrobo y sabor a mojarras frescas. ¿Soñabas con ella? Porque soñabas, y todas las mañanas te levantabas temprano para contarle tus sueños a mi tía Amada. Historias realistas, otras fantásticas, de agua limpia y agua sucia, de escaleras, de parientes, de amigos, de viajes, de comidas, de animales, de vida de niña y de mujer. Me despertaba tu voz y la sonoridad de tus relatos e interpretación. 

Esos sueños freudianos los aprendí de ti. A propósito, Carl Jung decía que la psique no responde a las leyes del espacio y del tiempo. Eso explica las visiones, los sueños, el mirar antes de doblar las esquinas, la sensación de haber estado en un lugar antes. Auténticas vivencias, manifestaciones no físicas de otra dimensión. Lo mismo pasa con los recuerdos y los sentimientos: viven mientras se sientan, y se proyectan sin las ataduras del tiempo y del espacio.

Mi razón se doblega ante el sentir, querida Madre. Solo quería dedicarte estas líneas para agradecerte haberme regalado lo más preciado que podemos tener: la vida. Hoy, en medio de la más absoluta soledad, cumplo con devolverte al lugar de donde venimos, para que encuentres eterno descanso y paz. Pero quiero que sepas que no te quedas aquí. Tú te vienes conmigo. Te llevaré por siempre en mi corazón, hasta que la luz de mis ojos se apague y nos volvamos a encontrar en la inmensa y celeste eternidad. 

Te quiere,

Tu hijo, Lucho.

24 mayo, 2020

El pan nuestro


En la tercera o cuarta semana de la pandemia, de súbito, me desperté con la necesidad de hacer pan. Prepararlo, amasarlo, hornearlo, con mis propias manos.

De pequeño ayudaba a mi madre a hacer queques. Pesaba los ingredientes con meticulosidad, embadurnaba los moldes.

Pero nunca hicimos pan.

Hasta hoy que, en pleno confinamiento, descubrí que solo se necesitan cuatro ingredientes: harina, levadura, agua y sal. 

El pan es uno de los alimentos más antiguos del hombre. Nace con el trigo, unos diez mil años a.C.

Probablemente, estos cereales remojados en agua fueron olvidados, generándose una masa intragable que se arrojó al fuego y se coció; convirtiéndose en una crujiente hojuela.

Los egipcios dominaron la técnica y los griegos y romanos la perfeccionaron. Tal vez por su antigüedad, el pan simboliza el alimento primario.  

En la religión sacia el hambre de los pobres al multiplicarse, lo mismo que los peces. En la eucaristía, es el cuerpo de Cristo que será entregado por todos nosotros.

En política representa el derecho a la alimentación. Aunque también la manipulación desde el poder que busca atrapar la voluntad del hombre por el estómago. 

¡Pan y circo!, clamaron los césares. Haya acuñó ¡Pan con libertad!, pero los pobres saben que cuando el hambre aprieta lo único que hay es ¡Pan con soledad! Y si la cosa es para llorar, ¡Pan y cebollas!

No hace mucho, comentaba con los amigos este impulso repentino que me asaltó por preparar pan. Literalmente, salté de la cama con esta necesidad. Tuve hambre de pan. Desperté como si mi reloj biológico me dijera: ya es hora.

Luego comprobé en las redes que no fui el único. Infinidad de mensajes daban cuenta de lo mismo. Había gente que contaba que sentía esa misma necesidad de preparar su hogaza en casa.

Tiene que haber una explicación psicoanálitica, estoy seguro. El enclaustramiento prolongado está surtiendo efecto. Y, como en el pasado remoto, se vienen tiempos de hambre en el mundo. 

Hay que guardar pan para mayo. Y quizás también para junio, julio, agosto y setiembre. La cosa viene pelona. Y el hambre, como el virus, mata.

Ahora que hice mi primer pan, pensé mucho en un amigo de infancia. Panadero. De padre italiano. 

Era el menor de tres hermanos. Estuvimos juntos en primaria. Llevaba panes frescos, olorosos, crujientes por fuera y esponjosos por dentro. A veces me invitaba.

Un día fui a su casa y me enseñó su panadería por dentro. Todo era un desorden armónico. Los costales de harina arrumados, las mesas pegoteadas, la manteca en latas cuadradas, un barro de harina parda en el piso y dos hornos de ladrillo con puertas de hierro pesadas que solo controlaban sus hermanos mayores.

Ese día jugamos a ser panaderos. Hicimos panes, galletas de animales y pelotas de fútbol para comer de un bocado.

A mi ese mundo me ilusionó. Preparar el pan uno mismo. Me pareció fascinante. Pero a mi amigo no. Odiaba la panadería. Su padre lo levantaba todos los días a las cuatro de la mañana para ayudar en el trabajo. Entonces entendí por qué se dormía en las clases.

Pero ese día fuimos felices jugando a preparar nuevas formas de saciar el hambre. Terminamos con harina hasta en las pestañas.

He pensado en él ahora que amasé de verdad mi primer pan. ¿Qué habrá sido de su vida? Lo único que sé es que al morir su padre, sus hermanos mayores continuaron un tiempo el oficio, pero luego lo abandonaron. Vendieron la panadería y hoy en su lugar se levanta un edificio multifamiliar. Mi amigo creció, se fue del barrio y nunca más supe de él.

Un tutorial me ha servido para convertir la harina en la foto que acompaña este post. He trabajado unas horas, y no ha sido fácil. El trabajo en sí no es fácil. Ganarás el pan con el sudor de tu frente.

Hay que mezclar los ingredientes en orden. Poco a poco, sin prisa. Temperar el agua para que la levadure funcione. Esperar. Amasar. Golpear. Estirar. Doblar. Dejar reposar. Y luego, volver a golpear. Amasar. Enseguida, suavizar el proceso. Acariciar. Doblar. Juntar la masa. Palmotear. Descansar. Hornear. 

Con pan y vino se hace el camino. El alimento que calma el hambre. De coraza dura, dorada y crujiente. Y de miga suave, porosa, humeante.  El pan. El pan nuestro. 

17 mayo, 2020

Yo no me río de la muerte



“Yo nunca me río
de la muerte.
Simplemente
sucede que
no tengo
miedo
de
morir...”
- Javier Heraud, El Viaje.


Escucho al médico internista en RPP y vuelvo a pensar en ella.

Es difícil hacerlo cuando directamente no te ha golpeado o cuando lo hizo estabas como ausente.

De niño sentía su presencia cada noche.

Pensaba que se llevaría a mi madre y eso me producía una gran tristeza. 

Un hueco en el pecho me atravesaba de palmo a palmo.

No quemaba. Dolía. 

El dolor del corazón es el dolor de la oquedad.

A los doce años la vi a los ojos. Un auto casi me atropella, pero me salvó el instinto y la adrenalina acumulada en mis piernas que me hicieron correr, mientras el auto quemaba llantas, resbalándose en la calzada.

A los quince años visitó a uno de mis amigos.

Entonces, la conocí. Y pude sentir el dolor en el dolor ajeno.

Pensaba, si ayer nomás fuimos a verlo al hospital.

Estaba en pijama. Un pijama grande para su cuerpo esmirriado.

Hicimos una travesura y nos escapamos de las enfermeras.

Nos llevó a un sótano, y luego a otro. 

“Aquí vienen todos”, nos dijo.

“Los dejan en una cámara fría como una refrigeradora”.

—¿Tienes miedo?, preguntó.

—No, dije. Tengo pena.

—Ah, tienes miedo, miedo, ja, ja, ja, ja.

—¿Y tú?

—Ayer trajeron a uno de mis amigos del pabellón. Se lo llevaron a operar y no regresó. Casi nadie regresa. Tenía miedo. Yo no.

El día de su muerte estaba a punto de ir al colegio. El uniforme gris, pantalón y chompa plomo derretido, era lo más cercano que tenía al luto.

Sentí el dolor en el dolor de su madre, que encaneció en un segundo.

El tiempo pasó y fuimos creciendo. 

Pero cada vez que pasaba su madre a comprar al mercado, ella nos veía en silencio, con una mezcla de tristeza y resignación, como si una parte de su vida se hubiera ido ese día con su hijo.

Muchos años después, pero muchos años después, murió mi abuelo. Mi corazón había dejado de ser de niño. Entendía la muerte como algo natural. Mi abuelo vivió su vida y se fue sin molestar a nadie. 

Un día se durmió y no despertó más. 

He sentido luego otras muertes. Muertes cercanas, como la madre de mi amigo. Mi suegra. Otro amigo de infancia. Y muertes lejanas, muchas muertes lejanas.

Hoy ella se pasea por todos lados.

Flirtea, acecha, atrapa.

¿Qué pasará cuando la tenga que mirar a los ojos?

¿Qué pensará el médico cuando tenga que decidir?

Quizás no diga nada. Y no tenga miedo.

O quizás piense en la segunda estrofa del poeta:
“Yo no me río de la muerte.
Pero a veces tengo sed
y pido un poco de vida”.