25 mayo, 2019

Juego de Tonos


El ejecutivo y el legislativo han elevado sus decibeles.

Esta semana, ambos poderes del Estado cruzaron declaraciones altisonantes, estridentes, de uno y otro lado, al punto de volver a zumbar en la opinión pública el cierre o disolución del Congreso.

A todas luces, un diálogo de sordos. Un fracaso más de la política, entendida como diálogo y construcción; y más bien un punto a favor del espíritu de confrontación y ataque.

El quid del asunto es la reforma política. Un conjunto de 12 proyectos elaborados por una comisión de expertos a pedido del ejecutivo que el Congreso ha decidido entrampar, cuando no fondear, en el tacho de basura.

El primer despojo fue el proyecto que buscaba arrebatar la inmunidad parlamentaria para entregarla a la Corte Suprema. Un proyecto atractivo para el pueblo —siempre opuesto al Congreso—, pero imposible para una representación encabritada, arisca, mayoritariamente opositora como la que tenemos.

En lugar de persuadir y trabajar los votos para la aprobación de la reforma, el gobierno prefirió la pechada al Congreso y la denuncia a la opinión pública.

Pero, ¿es realmente la inmunidad parlamentaria la principal de las reformas o acaso el principal problema del país? Ni uno ni otro. Es más bien un estilete contra la autonomía legislativa. 

El castigo a los congresistas por demorar, entrampar o encubrir a un colega en problemas con la justicia, se paga en las urnas. 

La inmunidad legislativa es un principio del equilibrio de poderes. Tiene su origen en el abuso de cualquiera de los otros poderes. Permite a los congresistas actuar sin una espada de Damocles sobre sus cabezas.

Es cierto también que hay un abuso de parte de los representantes ante el pedido de la justicia de levantamiento de su inmunidad por delitos que no son inherentes a su función pública o, mejor dicho, por delitos abiertamente comunes.

En ese caso, una buena salida es colocar un plazo prudente para hacer efectivo el requerimiento judicial y aplicar el silencio administrativo positivo. Si el Congreso no resuelve el pedido de la justicia en el plazo previsto; la justicia, procede en consecuencia.

Nada se consigue elevando el tono de la disputa entre poderes. Más bien, el ruido que genera la disonancia, acompañada de estridencia, preocupa a la sociedad y desalienta la economía. Modulemos, pues, el debate.


05 mayo, 2019

Pisco: sana competencia


Hay consenso en diversificar la producción como mecanismo para mejorar la canasta exportadora y dejar de ser una economía primario exportadora. Lo que se discute es el cómo. Los Centros de Innovación Tecnológica son un modelo para, desde el Estado, ayudar a los pequeños productores a mejorar sus productos, estandarizar los procesos de producción, dinamizar su comercialización y potenciar su participación en el mercado interno como externo. 

Hemos tenido, sin embargo, desde el propio gobierno, en diferentes etapas, experiencias que han apoyado estas iniciativas y otras que las han relativizado y hasta desincentivado. El argumento para no apoyar los CITE ha sido producto de la visión ortodoxa de la economía que indica que el Estado debe abstenerse de cualquier actividad productiva que signifique competencia desleal a las inicitivas privadas.

¿Pero puede calificarse de competencia desleal la transferencia tecnológica que genera el CITE Agroindustrial Ica (CAI) para cientos de pequeños productores que sin tener tierras ni bodegas se atreven a procesar Pisco de calidad en las  instalaciones del CAI?

Inaugurado en abril de 2002, el entonces CITE Vid Ica tenía 4 técnicos especialistas en manejo de la uva y procesamiento del Pisco. Desde entonces, su labor fue investigar, promover mejoras y prestar asistencia técnica a toda la cadena de producción de Pisco; desde la siembra de la uva y manejo de suelos y plagas, hasta la cosecha, post cosecha y fabricación del destilado de uva.

A lo largo de estos 17 años de existencia el ahora CITE Agroindustrial Ica logró asesorar e incubar 118 exitosas empresas productoras y exportadoras de Pisco, y formó y capacitó a más de un centenar de pequeños productores, quienes, en conjunto, han elaborado más de 500 mil litros del mejor destilado de uva.

El CAI no es competencia para las grandes bodegas productoras de Pisco. No puede serlo con sus menos de 50 mil litros/año que produce en un mercado que registra una producción anual entre 6 y 10 millones de litros de Pisco. 

Hoy, este centro de innovación tecnológico tiene 40 técnicos de primer nivel expertos en diferentes rubros agrícolas —no solo uva—, que desarrollan investigación y asesoramiento en control de plagas, desarrollo y manejo de cultivos, procesamiento y transformación industrial de diversos productos agrícolas.

El CAI no es competencia desleal. Su servicio está a disposición de todos, pequeños, medianos y grandes productores. Los laboratorios del CAI, en todo caso, compiten con los laboratorios privados de las grandes bodegas en exigencia y búsqueda de calidad. Y este tipo de competencia es bueno, porque exige a todos los productores a innovar, renovar. Incentiva a mejorar.

La transferencia tecnológica del CAI es por tres años para cualquier productor. El primer año es de aprendizaje, el segundo de consolidación y el tercero de expansión. Así hemos pasado de 16 marcas más o menos reconocidas que habían hace 20 años a casi 400 que existen ahora. 

Esta semana, el renovado CAI fue visitado por el fundador presidente de USIL, Raúl Diez Canseco Terry, su creador, en el marco del Récord Guinness alcanzado con la degustación de Pisco más grande del mundo. 899 degustadores reunidos en un mismo lugar para probar tres tipos de Pisco. Es la manera de incentivar el consumo del Pisco y llevarlo más allá de nuestras fronteras: Innovar, probar, competir, promover. Hay que incentivar la competencia, no desalentarla. ¡Salud!




18 abril, 2019

La Historia lo juzgará


Entre la humillación de la cárcel y el fin de su vida, Alan García eligió su destino. Antes que verse acusado por la justicia, entregó lo más preciado que tiene el ser humano. Ante la disyuntiva de perder la libertad o la vida, decidió hacer justicia por mano propia. Con los agentes esperándolo en la sala de su casa para detenerlo, se encerró en su dormitorio, tomó su arma y se disparó un balazo en la sien.

La vida es solo un entrenamiento para la muerte, sostenía Platón. Una manera de resumir el sentido de vivir. Una pugna entre la pasión y la virtud; entre lo banal y el conocimiento. Entre la ética y lo inmoral. 

Si esto es así para el común de los mortales, qué es la vida para los políticos. Un entrenamiento para la Historia. O debiera serlo, en todo caso. Una oportunidad para dominar los caballos alados de Fedro y elevar el carro sin perder el equilibrio de conducirlos con mano firme.  

¿Dónde se ubica la política? En ambos mundos. En la luz y en la oscuridad. En la teoría y la práxis. En el mundo de las ideas, pero también en el de las pasiones, en la dura, pragmática, realidad. En la ética y su permanente lucha de contrarios.

La decisión de García no fue un acto desesperado. Ni cobarde. Fue un acto político. Razonado. Quizás algo alterado por el desequilibrio emocional del momento. Pero, de todas maneras, una circunstancia pensada que requiere valor para convertirla en una decisión final. 

Cuando eres político y libre de culpas la cárcel no es un castigo, sino una pascana en el camino. El acto de terminar con su vida no lo vuelve inocente. Ni lo exime de los errores o delitos cometidos. La muerte no lo redime. Pero no se puede negar que la muerte por honor, aún cuando sea por temor,  acorralado por la justicia, otorga dignidad a la política. 

Entre la Justicia o la Historia, Alan prefirió el juicio de la Historia. La muerte así meditada, no es un acto de locura, sino de razón pura, mirando no lo efímero y cotidiano, sino lo trascendente y permanente. Ahora, ya no serán solo los hombres, sino la Historia, la que finalmente lo juzgue.

***

ACTUALIZACIÓN

(Viernes, 19 de abril de 2019) En el segundo día del velatorio de Alan García, en local central del Partido Aprista, una de sus hijas, Luciana García Nores, leyó una carta que el padre dejó a sus hijos. Con este documento, se esclarece que la decisión fatal del expresidente fue un acto pensado y planificado; el último acto político de un hombre político. "... le dejo a mis hijos la dignidad de mis decisiones; a mis compañeros, una señal de orgullo. Y mi cadáver como una muestra de mi desprecio hacia mis adversarios porque ya cumplí la misión que me impuse".

Carta de Alan García


“Cumplí la misión de conducir el aprismo al poder en dos ocasiones e impulsamos otra vez su fuerza social. Creo que esa fue la misión de mi existencia, teniendo raíces en la sangre de ese movimiento.
Por eso y por los contratiempos del poder, nuestros adversarios optaron por la estrategia de criminalizarme durante más de treinta años. Pero jamás encontraron nada y los derroté nuevamente, porque nunca encontrarán más que sus especulaciones y frustraciones.
En estos tiempos de rumores y odios repetidos que las mayorías creen verdad, he visto cómo se utilizan los procedimientos para humillar, vejar y no para encontrar verdades.
Por muchos años me situé por sobre los insultos, me defendí y el homenaje de mis enemigos era argumentar que Alan García era suficientemente inteligente como para que ellos no pudieran probar sus calumnias.
No hubo ni habrá cuentas, ni sobornos, ni riqueza. La historia tiene más valor que cualquier riqueza material. Nunca podrá haber precio suficiente para quebrar mi orgullo de aprista y de peruano. Por eso repetí: otros se venden, yo no.
Cumplido mi deber en mi política y en las obras hechas en favor de pueblo, alcanzadas las metas que otros países o gobiernos no han logrado, no tengo por qué aceptar vejámenes. He visto a otros desfilar esposados guardando su miserable existencia, pero Alan García no tiene por qué sufrir esas injusticias y circos.
Por eso, le dejo a mis hijos la dignidad de mis decisiones; a mis compañeros, una señal de orgullo. Y mi cadáver como una muestra de mi desprecio hacia mis adversarios porque ya cumplí la misión que me impuse.
Que Dios, al que voy con dignidad, proteja a los de buen corazón y a los más humildes”.


07 abril, 2019

El Bono Joven Bicentenario


La Contraloría General de la República que dirige Nelson Shack ha iniciado un cambio, acaso una revolución, y antes de que lo perdamos —como dijo el premier Del Solar en el Congreso—, ha echado mano al bono demográfico, el bono joven. 

El contralor ha realizado una convocatoria para captar 10,598 jóvenes voluntarios que colaboren en la supervisión y monitoreo de 5,454 obras públicas contenidas en el Plan Integral de la Reconstrucción con Cambios. 

Pero, además, ha anunciado que tomará autoridad de las Oficinas de Control Interno de las municipalidades para convertirlas en unidades profesionales y operativas que no dependan del alcalde, sino de la propia Contraloría en la que participen, debidamente contratados, abogados, auditores, ingenieros, economistas.

Es una manera espectacular de apostar por los jóvenes. Y por el cambio. Por hacer las cosas de manera diferente. Apelando a  la mística que tienen los chicos y chicas por colaborar con su país en actividades concretas de lucha contra la corrupción.

Me hace recordar a una propuesta que hice hace varios años, para crear el Servicio Civil Universitario, un sistema remunerado de participación de nuestros jóvenes bachilleres para trabajar en las comunidades más necesitadas del país.

El sistema permitía a jóvenes universitarios aplicar sus conocimientos en las comunidades más necesitadas de las zonas urbano marginales y/o rurales del país. La idea tenía un doble impacto. Por un lado, los profesionales conocerían mejor su país y tendrían además la oportunidad de aplicar los conocimientos adquiridos en las aulas en la realidad; y por otro, nuestra gente pobre aprovecharía los conocimientos de sus mejores hijos y mejorarían su calidad de vida.

El Servicio Civil Universitario para todas las profesiones sería emprender una verdadera reforma universitaria, vinculando a jóvenes profesionales egresados de todas las carreras profesionales. Miles de jóvenes profesionales egresados de las universidades públicas y privadas se incorporarían rápidamente a trabajar con las comunidades campesinas, organizaciones rurales, barriales y juveniles, pero también con las municipalidades o gobiernos regionales, para asesorar técnicamente a poblaciones pobres del campo y de las ciudades. O, como ahora, ayudar al contralor general a luchar contra la corrupción.

El sistema de movilización y participación universitaria se aplica en México, Costa Rica, Chile, Argentina, entre otros países de la región. En nuestro país existe el Servicio Rural Médico (SERUM) para los estudiantes de Medicina y el Servicio Civil de Graduandos (SECIGRA) para los estudiantes de Derecho. La convocatoria de la Contraloría demuestra que se necesitaba ampliar el sistema otras carreras profesionales.

Los bachilleres en Arquitectura y Urbanismo, Ingeniería Civil, por ejemplo,  podrían trabajar con los asentamientos humanos de Lima a través de los gobiernos locales o regionales o ayudando a formar Núcleos Ejecutores para desarrollar proyectos en habilitación urbana, titulación, mejoras en autoconstrucción de casas, escuelas, cunas, calles o lozas deportivas.

Los administradores o economistas podrían asesorar a las poblaciones de escasos recursos en cómo obtener un título de propiedad, cómo abrir un negocio, alquilar un bien o constituir una empresa. Los abogados, en reclamos de pensiones, juicio de alimentos o procedimiento legal frente a actos de violencia familiar.

Los educadores, los trabajadores sociales, los comunicadores se integrarían a proyectos locales de reforzamiento escolar, alfabetización, preparación pre-universitaria, clubes de lectura, talleres de ciencia o enseñanza del idioma inglés. Los politólogos podrían ayudar a las organizaciones locales o regionales a diseñar mejores políticas públicas.

En el campo, operarían equipos multidisciplinarios de ingenieros agrícolas, zootecnistas, industriales, nutricionistas, profesionales de cocina, administradores en hotelería y turismo, etc., para ayudar a los pobladores de las zonas más pobres a poner en valor sus activos culturales, agropecuarios, ecológicos.

Los jóvenes esperan sólo la oportunidad de ser útiles. La fuerza de voluntariado existe. Y la necesidad de trabajar también. El Servicio Civil Universitario no sería oneroso para el Estado. En el Perú existen unos 780 mil estudiantes universitarios, de los cuales, 50 mil terminan cada año su carrera. En una primera etapa se podría convocar a 20 mil estudiantes. Si se les paga 1,200 soles a cada uno de ellos, sería 288 millones de soles anuales, menos de la cuarta parte de lo que pagará el gobierno este año en consultorías.

El Perú es un país joven en edad. Pero si no hacemos algo ahora, corremos el riesgo de que en pocos años, como advirtió bien el presidente del Consejo de Ministros, Salvador Del Solar, citando un informe de la CEPAL, el Perú y América Latina perderá el bono demográfico.

Apostemos por los jóvenes. ¿Qué tal si  empezamos por aquilatar la idea del contralor —podríamos hacer un esfuerzo por transformar la medida de voluntaria a remunerada— y la convertimos en una política de Estado, en honor a los jóvenes del Perú Bicentenario? 

31 marzo, 2019

Las Bambas: ¿Qué sombrero tiene el Estado?


Hay que tener el sombrero bien puesto. Quedó claro que el tema de Las Bambas no es un asunto de privados. El Estado tiene un rol fundamental: cumplir y hacer cumplir la ley, proteger la inversión privada, asegurar el libre tránsito, brindar seguridad, pero, fundamentalmente, defender a los ciudadanos.

No hay Estado sin ciudadanía. El Estado garantiza las reglas de una convivencia pacífica. Cuando esta no es posible, existen los tribunales. Allí se dirimen las diferencias entre privados; en uno de los poderes del Estado. 

El problema es cuando el Estado se quita el gorro de garante y se pone del lado de una de las partes, generalmente de los poderosos. Así ha ocurrido con las comunidades campesinas o rurales desde siempre. 

En Las Bambas se trató, desde el principio, de hacer las cosas de manera diferente. A los campesinos de Fuerabamba se les pagó por las tierras que ocupaban, se les construyó un pueblo completo en Nueva Fuerabamba, y se les permutó tierras agrícolas y de pasturas en Villa Villa. ¿Qué pasó entonces? ¿Por qué llegamos al punto de estallar un nuevo conflicto social?

La respuesta tiene varias aristas. Es verdad que el Ministerio de Transportes no expropió los terrenos ni le pagó el justiprecio a la comunidad por sus tierras donde ahora pasan centenares de camiones diarios. Pero también es cierto que los comuneros se han negado a que el Ministerio de Transporte tase esas tierras. Lo que ellos quieren ahora es que la empresa les pague un peaje por derecho de uso de la vía. Y probablemente, sientan que fueron engañados y quieren replantear los acuerdos firmados con la minera.

En el entramado de pasiones humanas que explican las posiciones extremas que vemos hoy están desconfianza, el engaño y también algo de codicia. ¿Fueron las comunidades engañadas por la empresa en el momento en que tasaron sus tierras? ¿Negociaron en igualdad de condiciones? ¿Cumplió el Estado con organizar, consensuar y ejecutar planes de desarrollo para las comunidades impactadas por la minería? 

Por lo que hasta ahora vamos conociendo, parece que no. ¿Cómo asegurar entonces que las comunidades -cualquiera que esta sea- que se encuentren dentro de una zona con recursos naturales explotables, conviva y procese sus expectativas dentro de un clima de paz?

Lo ideal sería convertirlas en socias de las empresas. Pero si eso no se puede, al menos el Estado debe asegurarles un adecuado asesoramiento legal para acompañarlas y ayudarlas a decidir en el momento que la empresa realice su oferta. 

Además de los sectores Energía, Ambiente y Transporte, la Defensoría del Pueblo, que tiene oficinas regionales descentralizadas, podría ser el ente que brinde este tipo de asesoría legal especializada a las comunidades que lo requieran. 

Un segundo paso sería no solo tener planes de desarrollo para las zonas de influencia, sino comités de desarrollo local, que administren los fondos que adelanta la empresa minera, con participación de las propias comunidades, debidamente asesoradas, por supuesto.

Si el Estado no cautela el interés de las comunidades, estas buscarán algún tipo de asesoría legal o económica y podrían encontrar a profesionales inescrupulosos que lucran con la ignorancia de la gente, como estamos viendo. Al Estado habría que recordarle en este caso que: al que le sirva el sombrero, que se lo ponga.

23 marzo, 2019

Hasta luego, César


Paren las rotativas. César Lévano ha muerto. Se ha ido el maestro. El periodista. El poeta. El compañero. Queda su recuerdo. Sus palabras. Su obra. Sus enseñanzas.

A César lo encontramos en las aulas sanmarquinas, pero lo conocimos fuera de ellas. En el Patio de Letras, en La Casona, en su casa, pero, sobre todo, en las redacciones. 

Compartí con él una oficina de crujiente piso de madera en CARETAS. Eran los años 98, 99. Las computadoras ya reinaban en las redacciones, pero César se resistía a usarlas. 

Él prefería su vieja máquina de escribir que volteaba al terminar, como dándole descanso.

Todos los martes cerrábamos edición, junto a Raúl Vargas Vega con quien compartía y se turnaba la nota principal o la entrevista.

Las voces de Los Zileri tronaban de cuando en vez. Ora Enrique. Ora Marco. César, en cambio, era apaciguado, reflexivo, histórico, referencial, poético. 

Solo cuando hablaba del sindicalismo y la lucha obrera, de Marx, de Mariátegui y la traición de Ravines, la transfiguración de Haya, la resistencia de Gonzales Prada, se le inflamaban las venas. Y se volvía realmente rojo.

Cuando se dejaba llevar, recordaba su infancia, sus trabajos y picardías. Recitaba a Vallejo. Cantaba a Chabuca. Emulaba a Pinglo. Admiraba a Hildebrandt. Y amaba a Natalia. 

Y si reía, dejaba traslucir el niño tímido que llevaba dentro.

En esa buhardilla de piso apolillado, muchas veces, cerrábamos a cuatro manos; editábamos, ajustábamos, cortábamos, titulábamos, seleccionábamos fotos y hacíamos leyendas. 

Corregía musitando, para encontrarle musicalidad al texto. Cuando no la hallaba, devolvía el trabajo.

El cierre incluía, de manera obligatoria, la hora del caldo de gallina. En la madrugada, parábamos. A César le llevaban su caldo a la oficina. Lo aprovechaba con deleite. 

Luego seguíamos. Escribíamos, corregíamos, titulábamos, seleccionábamos fotos, hacíamos leyendas, hasta ver el cielo azul.

César vivió y envejeció con dignidad. No lo doblegó, ni le agrió el corazón, la cárcel, la política, la tiranía o la vida ajustada. 

Lo enriquecían sus lecturas, sus reflexiones, sus ideales. Lo enaltecía su virtud y ética. Y sus libros, periódicos y revistas viejas. 

Lo suyo era el cultivo de una vida cultural, intelectual. Sin bajas pasiones, ni envidias, ni poses de falso Catón.

Tras los cierres en CARETAS, terminábamos zombies. César acomodaba sus papeles, sus libros, levantaba su máquina de escribir y bajaba despacio. 

Afuera, en la Plaza de Armas, el día rompía. La gente empezaba a deambular. Las oficinas y negocios desenrollaban sus puertas, corrían sus cortinas. Los taxis se acercaban. 

César cogía el primero. 

—¡Al Rímac!

Un día le pregunté por qué siempre tan apurado para irse.

—Voy a tomar mi café y mi pan con tamal. Natalia me espera—, me dijo.

Aún lo veo irse. Subiendo adelante. Sonriendo. Acomodando su pierna de madera con las manos. 

—Hasta luego, César. Vaya pronto. Natalia lo espera.

16 marzo, 2019

Gestión y comunicación



Cuando el problema es la economía (parada) y la gestión (ineficiente) es poco lo que pueden hacer la comunicación o la paridad de género. Ayudan, sin duda, en el primer tramo, en el de la presentación de objetivos generales, pero, al final del día, la diferencia es la capacidad de entregar resultados.
Del sector privado, la gente espera una economía dinámica, que crezca y genere puestos de trabajo; y del Estado, reclama funcionarios honestos y mejoras en la calidad de los servicios públicos, principalmente seguridad, salud y educación. 
Lo que se busca son cosas tangibles. No humo.
Es verdad que no hay política efectiva sin comunicación. Pero, una sirve a la otra; no la reemplaza. 
La comunicación es una herramienta de la gestión. No es la gestión misma. Pensar lo contrario es cargarle demasiada responsabilidad al proceso de comunicación. Es lo que sucede cuando escuchamos decir a los políticos cada vez con más frecuencia, “no hemos sabido comunicar bien” o “a partir de hoy mejoraremos nuestra comunicación con la gente”.
Los errores de gestión son de los políticos. Como señalaba en un anterior post: “Es una falacia pensar que la comunicación pueda resolver los problemas de la política (…) La comunicación es un instrumento de la política. Y no al revés”.  

La mayoría de la veces los problemas del gobierno no son de comunicación, sino de gestión. Si el puente se cae, la percepción, ánimo o sensación de la gente no va a cambiar hasta que se solucione el problema de tránsito de un lugar a otro; por más comunicación que se realice. 

Si la ejecución del presupuesto para la reconstrucción en Salud en el norte apenas tuvo un avance del 5%, en el 2018, lo que hace que los centros de salud luzcan abandonados generando malestar y rechazo en la gente de  Lambayeque y Piura. ¿Es un problema de comunicación o de gestión?

Este es el tema que deberá enfrentar el gabinete Del Solar. El presidente del Consejo de Ministros es un extraordinario comunicador. Pero tendrá que mostrar sus dotes de gestor si quiere cambiar el humor nacional.  

Todo gobierno democrático, tiene el deber de comunicar lo que piensa hacer. Pero debe hacer y no solo decir. “La mejor comunicación no es la que se dice, sino la que la gente ve y siente. Por eso, en lugar de preocuparse por comunicar, primero, el gobierno tiene que preocuparse en gobernar” (Politikha).

Así como gestión sin comunicación no sirve, porque no se ve. Comunicación sin gestión, no camina. La gallina cacarea cuando pone el huevo. No antes.  

09 marzo, 2019

Yo, robot

Todos los días tenemos una noticia de alguna proeza robótica. Se prueba con éxito y salen al mercado robots que desatoran cañerías, doblan ropa, preparan sándwiches, tragos, diagnostican a pacientes, opinan jurídicamente sobre controversias varias, relacionan parejas, redactan noticias sobre el clima, los deportes, elaboran obituarios, crean piezas musicales y hasta hay uno que pinta cuadros que se subastan como piezas de arte.

Convivimos con tecnología que a pasos agigantados reemplaza las actividades humanas.

Hasta hace poco se creía que la creatividad humana, era el espacio vedado para los mecanismos automatizados. Pero, ¿quién podría negar que un conjunto de sonidos técnicamene perfectos, agrupados en una escala determinada, con una melodía agradable al oído y acordes y compases aleatorios no copiados, no califica como creación o, mejor aún, como inspiración?

Los humanistas dirán que la inspiración viene del alma. Los naturalistas, que es resultado de un proceso químico cerebral. Los románticos, que proviene del corazón. Y los religiosos que es un don de Dios.

¡Pero la máquina no tiene ni alma, ni cerebro, ni corazón, ni fe! Y, sin embargo, crea. 

Los robots procesan datos; tienen una capacidad para analizar en milésimas de segundos, infinidad de algoritmos que les permite ejecutar una serie de tareas, muchas de ellas antes realizadas solo por el ser humano. El resultado es el reemplazo de estas funciones humanas por los robots. No es solo el complemento de la tecnología en las actividades humanas. A la larga, será el reemplazo total de uno por otro; en algunas funciones, oficios o profesiones, al menos. La guerra de drones, por ejemplo, no es más ciencia ficción. Pero tampoco lo es el hecho que los empleos humanos en manufactura caen, mientras la intervención de robots en la fabricación de objetos, aumenta. ¿Será hoy más barato prender un robot que corta, cose, pega botones y embolsa camisas en China que pagar a un conglomerado humano que hace lo mismo en Gamarra? Cuando lo sea, no desaparecerá Gamarra, pero su posibilidad de competir en el mercado mundial habrá desaparecido. A no ser que transite el mismo camino hacia la robotización.

El mexicano José Ramón López-Portillo, en su excelente libro “La gran transición” sostiene que cuando nos referimos a la tecnología hay dos visiones y formas de entenderla. 

La visión pesimista señala que la tecnología traerá desempleo masivo, desigualdad extrema. Y que al comienzo, una mayor conectividad conducirá al aparente empoderamiento de la sociedad civil, pero, a la larga, comprobaremos que será a expensas de su privacidad y libertad. Una cámara puesta en la calle, por ejemplo, podrá, al comienzo, ayudar a manejar el tránsito o dar seguridad, pero, con el tiempo, podría controlar la libertad individual de las personas, vigilándolas, espiándolas, grabándolas.

En una etapa superior de la tecnología usada para el mal, fuerzas disruptivas podrían manejarla con propósitos políticos malsanos —conocer lo que piensa la gente a través del análisis de la data que deja en redes sociales—, acceder al poder, perpetuarse, instaurar regímenes populistas y autoritarios o, incluso, llegar a algún tipo de totalitarismo tecnológico. 

Felizmente, hay también una visión optimista, indica López-Portillo, que cree que la tecnología ayudará a solucionar problemas como el hambre, la pobreza, las enfermedades, la ignorancia, el deterioro ambiental. En esta visión, el mundo alcanzará la autosuficiencia en energía renovable, fomentará el reciclaje de recursos no renovables y todos lograremos un mayor bienestar. Se crearán nuevas ocupaciones inimaginables, ingresaremos en una nueva era de abundancia y cooperación; y las capacidades biológicas, cognitivas y sensoriales de los seres humanos se expandirán exponencialmente.

Convenimos, entonces, que la máquina crea y puede desarrollar creatividad. Si esto es así, ¿qué la diferencia del ser humano?, ¿la cuestión moral o ética?, ¿los sentimientos?, ¿la búsqueda de la verdad?, ¿de la justicia?, ¿la capacidad de perdonar?, ¿de amar? No lo sé. Pero le preguntaré a Siri.



03 marzo, 2019

El esquivo camino al desarrollo


¿Cuál debe ser la ruta al desarrollo del Perú? Muchos caminos se han intentado. Algunas ideologías prevalecieron. Todas aportaron algún cambio. Un grado de mejora. Para unos más que otros, es cierto. Pero, avanzamos. En casi 200 años de República hemos tenido un esquivo camino al desarrollo. Pasamos del guano a la minería. Interrumpimos la agricultura y casi no tuvimos industria. 

Hoy el mundo ingresa de manera veloz a la Cuarta Revolución Industrial, y nos seguimos haciendo la misma pregunta: ¿qué hacer para dar el salto al desarrollo? El World Economic Forum (WEF) advirtió hace dos años que por lo menos "el 35% de las destrezas exigidas para empleos en todas las industrias cambiarán en 2020”. ¿Qué estamos haciendo frente a ello?

Estados Unidos, China, Japón y Europa avanzan hacia una alta tecnologización. Un mundo de máquinas, donde el ser humano es reemplazado y los robots compiten en costo/hora con obreros y agricultores de carne y hueso de otras latitudes, entre ellas, América Latina.

La agroexportación tiene un espacio. La agricultura de subsistencia, como la conocemos, no. En la medida que los mercados internacionales se vuelvan más competitivos y exigentes, la agricultura de subsistencia será casi de sobrevivencia. Un banano de Tumbes regado con agua contaminada no tiene mercado externo asegurado. En cambio, una uva de Piura con campos regados con tecnología del agua, dosificada y limpia, llega tranquilamente a cualquier mesa del mundo.

Pero la base no es la tecnología. Ese, más bien, es el resultado, la consecuencia del verdadero camino al desarrollo: La Educación.

Educar y fomentar habilidades especializadas y avanzadas contribuye al crecimiento económico personal, promueve la productividad y contribuye al crecimiento económico. La tarea del Estado debe ser proporcionar este tipo de educación competitiva que genere la creatividad, la autoconfianza y desarrolle las potencialidades de nuestros jóvenes.

Nuestro país invierte el 0,12% del PBI en Investigación y Desarrollo, cifra por debajo de otros países de la región. Brasil invierte el 1,28% de su PBI. Argentina el 0,53% de su PBI. Chile el 0,36% de su PBI. Y Colombia el 0,27% de su PBI.

Tenemos apenas 0,2 investigadores por cada 1.000 integrantes de la PEA, mientras que el promedio en América Latina es de 1,57. Los retos son enormes, pero tenemos que empezar ya, si queremos evitar verdaderas catástrofes sociales más adelante. Por ahora, el Estado peruano invierte 4,8% del presupuesto de Educación en becas. Colombia invierte 7% y Chile invierte el 10,3%.

Si queremos transformar la productividad de nuestro país, si queremos incentivar el talento de nuestros jóvenes, debemos empezar por triplicar el fondo para becas de estudios en universidades peruanas y en el extranjero. Ese debiera ser el mejor regalo para los jóvenes en el Perú del Bicentenario: triplicar el presupuesto de Beca 18.

El camino al desarrollo, para que no sea esquivo, debe invertir en nuestra gente, en nuestros jóvenes. El recurso humano, es el mejor capital de un país, de una Nación. Pero el mejor capital de un ser humano es su formación integral; su conocimiento, su capacidad creativa, sus valores y el coraje para asumir los retos y salir adelante.



24 febrero, 2019

Bedoya y la clase media


Luis Bedoya Reyes, hizo un llamado a la unidad de la clase media en el Perú. Dijo que la clase media es muy nutrida en nuestro país y puede ser “el pie firme que conduzca a un desarrollo social igualitario y eficaz”. Es un pensamiento aristotélico, el del joven centenario; prefiere una sociedad donde predomine la clase media, homogénea económicamente, sin conflictos graves por la riqueza, con ciudadanos que asuman alternadamente su responsabilidad de gobierno.
El problema es que hay diversos tipos de clase media. La clase media que irrumpe y aumenta exponencialmente en China es diferente a la clase media que decae en Estados Unidos y que mira con desconfianza a los latinos que desesperadamente cruzan el muro, es distinta también a la clase media que convulsiona y estalla en violencia en las calles en Europa, ante la lenta e inexorable desaparición del Estado de bienestar. 
En América Latina no hemos tenido una clase media dirigente. En algunos de nuestros países ni siquiera tuvimos clase media. Cuando nacieron las repúblicas hubo clases altas expoliadoras, rentistas, que con el tiempo devinieron en mercantilistas, conservadoras, racistas; nada nacionalistas y hasta neocolonialistas. 
La clase media latinoamericana es una clase en consolidación. Una tarea por hacer. Si bien en términos económicos ha crecido, la clase media en la región es aún un espacio precario, intermitente, frágil, ante cualquier eventualidad social o económica.
Y en una situación así de vulnerabilidad, difícilmente esa clase media ascendente podrá dedicar su tiempo a construir y mantener las instituciones que una sociedad democrática demanda. Esa nueva clase sandwich, hija del crecimiento económico de los últimos treinta años, tiene aún en su base formativa el patrón de la informalidad, la cultura del achoramiento y el lastre de una educación de baja calidad y una salud igualmente precaria.
"El Perú tiene un compromiso serio en formar y dirigir su clase media”, señaló Bedoya. Y en esto tiene razón. Es responsabilidad de todos formar y dirigir una clase media culta, democrática, tolerante. 
El Estado tiene su parte, construyendo hospitales y postas médicas que aseguren la atención de salud; disminuyendo los índices de anemia infantil; impartiendo una educación básica de calidad; aumentando el presupuesto para investigación, ciencia y desarrollo; ampliando las becas de estudio para los jóvenes con talento. 
El camino hacia una clase media con responsabilidad política pasa por mejorar no solo el nivel económico, sino también el acceso a servicios de salud y educación de calidad que permitan a las nuevas generaciones construir instituciones honestas, amplias, sostenidas, democráticas. 
En el plano social, los ciudadanos tienen también su contribución con esta nueva clase media. Cada uno, desde su espacio familiar, social, debe desarrollar esta tarea. Se puede empezar por cosas simples, nada sofisticadas, como preferir la papeleta de tránsito al billete escondido al policía; respetar la cola; no hacerse el dormido en el asiento reservado para los adultos mayores; tolerear la diferencia; alentar al equipo de fútbol sin violencia.
 “En la clase media está la gran reserva del Perú y la esperanza de la igualdad, por eso ojalá podamos ponernos de acuerdo algún día en esas metas inmediatas y en esas metas posibles, ojalá el gobierno, independiente de su obligación en la redistribución del ingreso, pueda tener el horizonte despejado para que esa clase media nos conduzca al desarrollo igualitario”, dijo Bedoya. 

Es un buen argumento que debemos todos escuchar y poner en acción.


17 febrero, 2019

El primer año de Chanita

Los recuerdos no solo viven en nuestra memoria. Quedan también atrapados en viejas fotografías, decoloradas, sepias, en una lucha permanente contra el olvido y el tiempo. 

A veces, abandonamos esas viejas fotos en un álbum, o en una caja de zapatos, hasta que volvemos a ellas y la vida y sus pasajes reaparecen y todo se ve nítidamente… como aquel día. 

Una de esas fotografías llegó a mis manos hace unos días. Por más de cuarenta años la conserva la familia Condori, forma parte de sus recuerdos, de su vida, la celebración del primer añito de Chanita, su hija única.

Al verla, mi memoria ha recuperado el color de esos años. El efecto ha sido instantáneo. La casa estaba pintada de un verde suave, por fuera, y de gris blanco por dentro. Un mantel blanco de tela y encima otro de plástico con adornos celestes, ¿o guindas?, cubren la mesa, y la señora Condori, en un elegante vestido y un pienado bombé, sostiene a Chanita que luce su traje rosado con pechera blanca y corona dorada de reina. 

Todos los demás niños lucimos una paleta del arcoiris en nuestras ropas, modestas, pero decentes. Eran tiempos en que los señores grandes formaban las parejas y nos hacían bailar: cumbias colombianas, peruanas, las primeras piezas de rock. Los niños nos preocupábamos de las golosinas, de hurgar los bolsillos y asegurar el trompo o las canicas, pero, las niñas, por una razón que no comprendíamos, se preocupaban más en no desarreglarse y en mantener una postura de grupo; comportándose como unas auténticas pequeñas señoritas.  

El baile era el momento del lucimiento personal. Los más deshinibidos hacían piruetas, remolinos, movidas de hombro, tembladeras de piernas a lo Elvis. La mayoría solo repetía mecánicamente un par de pasos y movimientos y los más tímidos esperaban que termine cuanto antes las canciones para volverse a pegar a la mesa y seguir comiendo golosinas.

El señor Condori bailaba al centro con su hija. La señora Condori miraba con orgullo la escena. Y yo, no sé por qué razón, miraba todo. El señor Condori bailando alegre con Chanita en brazos, la señora Condori aplaudiendo y sonriendo con su diente de oro que brillaba, los niños entretenidos en juegos de soldados y carreras de autos imaginarias, las niñas murmurando en grupo, sin despeinarse, y la mesa llena de gelatinas, mazamorras moradas, chizitos, galletas de chocolate, gasesosas y canchita Pop Corn recién salida del horno.

Eran tiempos de inocencia infantil, pero también de los primeros latidos diferentes del corazón. Las primeras palpitaciones desacompasadas y la imaginación desbordada. El baile era una excusa para tener un momento a solas, una mirada directa, una mueca de sonrisa por cumplido. 

Hasta que llegó el momento de las fotos. Chanita, la reina, al centro. Primero la familia. Luego los amiguitos. Todos. Foto por aquí. Una más allá. A ver, Chanita, Chanita, linda, una sonrisita. Así reinita, así. Flash. Niño, métete más, no vas a salir; a ver, todos, digan chisssss. Flash. 

— Oe, te puso un conejito, jajajajaja, te puso un conejito.
— ¿A quién, a quién?, ¿cuenta, pe?
— ¿Quién, yo?

Definitivamente, los recuerdos viven en nuestras memorias. Y los niños que llevamos dentro, también.