31 enero, 2021

Contagiemos el amor

Tiene absoluta razón el papa Francisco cuando dice que ante el contagio del virus, que amenaza la especie humana, debemos contagiar amor. 

No hay forma de que derrotemos la covid-19 solos. 

El Estado con todos los problemas que tiene hace lo que puede. Pero, al final, cuando la desesperación cunde siempre está la familia. Y aquí tampoco, en muchos casos, hay claridad ni recursos para ganarle a la enfermedad.

La segunda ola nos está demostrando que este primer nivel de la sociedad no basta para enfrentar la enfermedad. 

Entre la familia y el Estado hay un vacío enorme de soledad que debe ser llenado por esa energía que reclama el papa. Contagiemos la solidaridad, el amor al prójimo, la ayuda al otro. 

Es entonces que deben articularse otros espacios, otros niveles de organización, más fuertes y eficientes, que ayuden a las familias a luchar contra el contagio letal.

Ese espacio es el de la empresa privada. No hablamos aquí de responsabilidad social ni de sostenibilidad, sino de compromiso humano auténtico. 

Aprendiendo de su propia experiencia en Respira Perú, Raúl Diez Canseco Terry acaba de anunciar que construirá un Centro de Atención Temporal de Oxigenación para sus trabajadores y familiares. 

Un sistema de oxigenación que es crucial en la primera fase de la enfermedad. Algo que deberíamos esperar todos del Estado como parte de la política de Atención Primaria de Salud, y que ayudaría a soportar la presión por camas UCI.

Pero la virulencia pandémica es de tal magnitud que ni el Estado ni la familia por sí solos pueden con ella. Es por eso que movilizar a la organización empresarial como anillo intermedio de ayuda no solo es loable, sino replicable.

Si las empresas construyen centros de oxigenación para sus propios trabajadores y familiares —un servicio que deberían dar las postas de salud en los barrios— ayudaría enormemente a descongestionar la carga de atención que hoy desborda a los hospitales.

El sistema consiste en disponer de un espacio físico y colocar allí un conjunto de camas y concentradores individuales que producen oxígeno con energía eléctrica, o respiradores mecánicos de un solo uso que se activan solo la presión de los balones de oxígeno. Todo bajo supervisión médica, por supuesto.

Siempre habrá voces que dirán que esa no es función de la empresa. Que la función de la empresa es generar ganancia, rentabilidad. Esa es una visión del pasado. Como bien han dicho Porter y Kramer, “la competitividad de una empresa y la salud de las comunidades donde opera están fuertemente entrelazadas”. 

No hay empresa sin comunidad saludable. O no hay economía sin salud. Por eso decíamos que el concepto de compromiso humano va más allá de la responsabilidad social, la filantropía o la sustentabilidad. 

El valor compartido es en tiempos de pandemia una obligación moral. Generosidad, solidaridad, ayuda concreta, solución efectiva, no solo desde la familia y el Estado, sino desde la organización empresarial, es hoy imperativo para defender la vida humana. 

Monseñor Miguel Cabrejos, presidente de la Conferencia Episcopal Peruana y miembro de Respira Perú, lo ha dicho hoy: “En esta pandemia hemos aprendido que nadie se salva solo y que el mal de uno perjudica a todos; pero también, el bien que hace uno fortalece y beneficia a todos”. Contagiemos el amor.

 

 

23 enero, 2021

Poder nacional y potencial nacional


Quienes pasamos por el Centro de Alto Estudios Nacionales (CAEN) nos quedamos para siempre con el estudio sistemático de la Realidad Nacional, la Defensa y el Desarrollo como pilares del Bienestar y la búsqueda, aceptación y difusión de los Objetivos Nacionales necesarios para afianzarnos como Nación e Identidad.

 

La visión estratégica que plantea el CAEN desarrolla, además, dos conceptos clave para entender la respuesta que eventualmente puede asumir el Estado en situaciones extremas como una guerra, un desastre natural, una calamidad o un ataque pandémico: el poder nacional y el potencial nacional. 

 

Tener un sistema público de salud por un lado y un sistema privado por el otro es parte del potencial nacional. En situaciones de normalidad, los pacientes acuden a los centros de salud, según donde estén afiliados. Pero ante una situación excepcional —una guerra o un megaterremoto—, el Estado puede disponer la unificación de este sistema pensando en la vida y la salud de las personas. Esto ya es el poder nacional.

 

El potencial nacional, entonces, es la totalidad de medios tangible o intangibles que tiene el Estado que, en circunstancias ad hoc, puede transformarse y pasar a formar parte del poder nacional. La discusión entre una y otra situación es definir las “circunstancias ad hoc”, las características especiales en que se toma y se basa la decisión.

 

En una guerra convencional no hay mucha explicación que valga. El desastre se aprecia con abrir la ventana. La conducción del Estado pasa a una situación de conmoción y emergencia, y dispone de todos los recursos. No es tan claro en el resto de circunstancias. Incluso un megaterremoto podría tener dificultades para que un gobierno democrático convierta el potencial nacional en poder nacional.

 

Pienso en la pandemia global que nos afecta y que cada vez vemos que empieza a tener situaciones de descontrol que amenazan la seguridad ya no solo de las naciones, sino, el género humano. Por las informaciones más recientes sabemos que el virus se resiste y muta, incluso, ante el poder de las vacunas. Desde España se confirma su salto de humano a visones, como sucedió antes en Dinamarca y Noruega. ¿Qué pasaría si salta a otra especie viva, un animal doméstico, por ejemplo? 

 

En la primera ola nuestro país no tuvo capacidad inmediata de producir plantas de oxígeno. Es decir, potencial latente tuvo, posibilidad real, también. Allí están nuestras empresas metal-mecánicas, industria nacional que ha sobrevivido a mil vaivenes y desórdenes de la economía y la política. Listas para operar, pero sin pedidos para hacerlo. Ni interés de parte del sector público para involucrarlas.

 

Lo que faltó no fue decisión para pasar del potencial nacional al poder nacional, sino voluntad política para incorporar al sector privado a la lucha efectiva contra la pandemia, coordinación eficaz para unir esfuerzos. El Estado fue torpe en la administración de su bonanza económica. En lugar de abrir el primer nivel de contención del virus (las postas médicas), lo cerró, derivando a todo tipo de pacientes a los hospitales públicos de mayor nivel.

 

Esta semana, gracias al esfuerzo de la sociedad civil, Respira Perú, iniciativa solidaria formada por la Conferencia Episcopal Peruana, la Sociedad Nacional de Industria y la Universidad San Ignacio de Loyola, junto a Motores Diesel Andinos S.A. (Modasa), lograron unir voluntades y presentaron las primeras seis plantas de oxígeno ensambladas 100% en el Perú. Es decir, hicieron realidad el potencial nacional en una de sus características, la latencia, que es pasar de la idea de medios aún no aprovechados —la línea de producción de la empresa— al efectivo ensamblaje de piezas para obtener una planta de oxígeno medicinal que produce 20 m3 por hora.

 

Qué importante que, a inicios de esta segunda ola, el Perú dé el primer paso para recuperar su autonomía en la producción de oxígeno medicinal. En este rubro hoy tenemos potencial nacional real. Para convertir este potencial en poder nacional, el sector público y privado debieran permitir operar esta línea de producción, activar su nivel de producción de 20 plantas por mes. ¿Es posible? Sí. Siempre que tengamos una mirada estratégica de nuestro potencial nacional y limemos la desconfianza que deteriora la relación entre unos y otros, paralizando todo. 

 

 

 

17 enero, 2021

Los Antivacunas

Al movimiento de Los Sin Vacuna -países rezagados en la obtención de las vacunas para sus ciudadanos-, se suma ahora un movimiento que ya existía en el mundo, pero que hoy se manifiesta en todo su dramatismo y crudeza en nuestro país: Los Antivacunas.

 

No abundaremos en detalles sobre por qué este tipo de posturas antirracionales adquieren no solo protagonismo, sino grado de certeza, convencimiento y seguimiento, solo diremos que forma parte del comportamiento del ser humano que se mueve entre el miedo y la esperanza.

 

Hay razones religiosas, políticas, económicas; pero son las posturas pseudo científicas, los prejuicios, los razonamientos conspirativos,  las mentiras y la desinformación, lo que más daño hacen.

 

En la Panamericana Sur, una pinta política electoral ha sido reemplazada por un enorme mensaje -fondo blanco, letras rojas- que dice: “Soy peruano. No a la vacuna carajo”. No me extraña el mensaje en sí, sino que nadie se atreva a borrarlo. 

 

Según la encuesta de IPSOS APOYO, en los últimos cinco meses, los peruanos que no se vacunarían han pasado de 22% a 48%. Ello, en medio del inicio de una segunda ola pandémica que nos muestra nuevamente el fantasma del penoso sistema de salud de la primera ola: colas de familiares buscando oxígeno, hospitales desbordados y faltas de camas UCI.

 

El 52% de los que no se vacunarían refieren temor a sufrir efectos secundarios y 30% considera que el desarrollo de las vacunas ha sido demasiado acelerado. Todas estas razones han sido explicadas por la ciencia, pero un grueso sector de la población se resiste a creer en ello. 

 

La desinformación se combate con información. Simple, directa y sostenida. Esta tarea no es solo del gobierno, pero es el gobierno el primer actor en salir a escena. 

 

Urge que desde esta posición de dirección del país se convoque, por ejemplo, a las principales agencias de publicidad para que desarrollen junto a expertos y especialistas de diversas áreas del conocimiento, una campaña sostenida de información digerible y creíble.

 

El gobierno puede convocar también a los medios de comunicación para unir esfuerzos en el despliegue informativo, a los candidatos a la presidencia, a las organizaciones empresariales, eclesiásticas, sociales y universidades, para el mismo propósito. 

 

La campaña informativa se despliega con aliados. No confundir esto con presupuesto publicitario. Lobystas abstenerse.

 

Los números en el frente de guerra no engañan. El 14 de enero hubo 5,022 nuevos infectados; la mitad de ellos llegó a los hospitales en las últimas 24 horas. Al día siguiente, ya había 2,011 nuevos contagios. Si no nos vacunamos, no tendremos protección. 

 

Necesitamos que la mayor parte de la población desarrolle los anticuerpos para enfrentar al virus. Y eso se logra cuando nuestro organismo lo reconoce. Y eso es la vacuna: un bicho inactivo que nos inoculan para preparar las defensas. 

 

Se siente repulsivo, horrendo, pero más horroroso es que el virus con toda su letalidad nos ataque igual. Vamos, presidente, estamos sguros que puede hacer algo más que mostrar un dispensador de alcohol colgado al cuello.

09 enero, 2021

Vacunas y vacunación


Una cosa es el sustantivo, otra la acción. Ya tenemos vacunas, ahora debemos procurar que llegue a la mayor cantidad de peruanos. Y eso implica planificación, logística y recursos humanos.

 

No incidiremos en buscar culpables por el retraso al que quedamos expuestos los peruanos. La responsabilidad tiene que señalarse, aunque el daño en tiempo y vidas sea irreparable.

 

Lo que sabemos es que al final se siguió el camino de Chile que contrató a un bufete internacional de abogados para que negociara y cerrara la compra de las vacunas. Los esfuerzos conjuntos de la Cancillería, el Ministerio de Salud y el sector privado a través del comando vacuna no funcionaron. 

 

Hoy tenemos vacunas caras (2,750 millones de dólares por 38 millones de dosis de Sinopharm con 79% de efectividad), pero tenemos. Un chupo de plata. Pero, vamos, he aquí la razón suprema del Estado: la defensa de la vida y la dignidad humana.

 

No podemos entramparnos ahora en acusaciones mutuas entre la cancillería y el Ministerio de Salud sobre qué sector impidió cerrar las negociaciones para adquirir las vacunas y si primó más el concepto de seguridad nacional sobre el de salud pública.

 

El gobierno debe superar este escollo, alinear sus sectores y dedicarse a planificar el desarrollo operativo que asegure que las dosis lleguen a tiempo a las personas que más lo necesitan.

 

El primer círculo de atender al personal médico y fuerzas policiales no parece muy complicado. El tema se encrespa algo al tratar de llegar a la población adulta mayor y se pone más oscuro aún al identificar a la población vulnerable con enfermedades mórbidas asociadas. 

 

El problema es que no solo no existe seguimiento ordenado de los pacientes con comorbilidades o enfermedades crónicas, sino que muchos de ellos ni siquiera lo saben. De los 2 millones de diabéticos que circulan en el país, la mitad de ellos desconoce que padece la enfermedad.

 

El segundo problema es que no existe personal médico suficiente para atender los casos más dispersos, en comunidades de altura o de selva. Sobre este último punto convendría poner en práctica un sistema de Servicio Médico Rural adelantado con jóvenes estudiantes y graduados de carreras médicas para formar brigadas de vacunación que penetren el país.

 

Capacitar a los jóvenes que se forman en universidades e institutos técnicos en diversas especialidades médicas para que vacunen a nuestros compatriotas será una buena forma de empezar el Bicentenario. Existe también el problema de los "anti vacunas", personas que se niegan a ser vacunados, pero ese tema merece un post aparte. 

 

Los problemas políticos, las investigaciones y probables acusaciones que se abran en el camino, no deben distraernos de lo prioritario: atender de manera inteligente, urgente y eficiente la protección sanitaria de la población más vulnerable. 

16 diciembre, 2020

Los sin vacuna


La pandemia no solo ha desnudado las falencias del Estado. También las del ser humano. Hoy el mundo ve nacer a un grupo de hombres y mujeres marginales, vulnerables, descartables, expuestos al contagio, sin derecho a proteger la vida: Los sin vacuna. 

 

Si algún sentido tiene el calificativo de Tercer Mundo es este. Un mundo de tercera. Olvidado, sin tecnología, ni laboratorios, ni industria farmacéutica propia. Un mundo con recursos, pero con déficit de gestión. Incapaz de comprar una vacuna.

 

Una galería donde pululan los apetitos y las luchas anodinas por el poder.

 

Un galpón donde se privilegian los intereses particulares antes que los colectivos. Y donde el Estado es un remedo o una ficción, y desatiende su principal razón de ser: proteger la vida y la seguridad de los ciudadanos.

 

Hoy son las vacunas. Fuimos incapaces de prever, cerrar las negociaciones, concretar y pagar por adelantado los pedidos. En el camino quedaron tres presidentes, ministros y gestiones. En su lugar aparecieron protestas, manifestaciones, cierres de carreteras y muertos. 

 

Ayer fueron pertrechos de guerra. En lugar de unirnos frente al conflicto internacional, nos volvimos locos buscando los mendrugos de poder. Nos peleamos en plena Guerra del Pacífico. No compramos las armas que debíamos. Y, por si fuera poco, esquilmamos el Estado, escapando con el botín. 

 

Si algo aprendimos de la historia es a no ponernos de acuerdo en la emergencia. A acusarnos y a pelearnos de todo y por todo. La pandemia, por lo tanto, no nos asusta. Nos obliga a bajar la guardia. Nos impele a irrespetar el distanciamiento físico. A romper las reglas. A petardear el poder en lugar de fortalecerlo. Igual hoy como ayer.

 

Mientras un grupo de seres humanos, algunos vecinos, empezaron a vacunarse, nosotros estamos arrumados en el vagón de tercera. En el de primera van los que tienen industria farmacéutica. En segunda, los que no fabrican vacunas, pero, al menos, tuvieron la sapiencia de comprar. 

 

Los peruanos, aplicados durante años en tener las cuentas macroeconómicas en azul, nos enfrentamos a la dura realidad de estar jalados en recursos humanos. Porque plata había. Capacidad de pago existe. ¿Acaso no hemos quemado las reservas internacionales para evitar el quiebre de las empresas? ¿No nos hemos endeudado por 100 años? 

 

Una vez más nos fallaron.  Los políticos no estuvieron a la altura de las circunstancias. Se pelean entre todos. Se distraen zarandeando el poder. 

 

El resultado es una sociedad arrojada al mundo de las sombras, del miedo. Un lugar donde moran los seres descartables, los sin vacuna, los que deben apelar a la inmunidad del rebaño para salvarse.

 

Porque eso somos, finalmente, un rebaño humano. 

 

Así como los sin tierra, sin agua, sin techo y sin trabajo, nace hoy un nuevo mundo perecible de seres-vacunos, sin vacuna.

 

13 diciembre, 2020

El otro boom del agro


Hay otro boom en el agro. Y esta semana estalló. Las cifras que explican este otro "boom", no están en dólares, sino en magros soles. Es el problema central de la protesta social que terminó con la Ley de Promoción Agraria: los sueldos bajos. Alrededor de este punto hay reclamos por derechos de salud, laborales y tributarios. Pero, lo central de la explosiva respuesta del trabajador del campo es el aumento de sueldos. 

El jornal promedio actualmente es de 39 soles por 8 horas de trabajo. Las penalidades y descuentos pueden reducir en la práctica el monto a 20 soles. Si descontamos el desayuno, almuerzo y pasajes casi no queda nada para el diario. No hay ahorro. Ni planes. Ni horizonte de vida.

 

El jornal es sobrevivencia pura y dura. Evidencia de que algo no funciona. Así pasamos del boom agro exportador a la explosión del agro trabajador.

 

El mayor problema parece ser la informalidad que además arrastra una serie de distorsiones e inseguridades. Si el trabajador es captado por una service (en complicidad o no con la empresa formal), no tiene derechos, ni beneficios. Nada. El jornalero informal depende solo de su fuerza de trabajo. Agotada ésta es reemplazada por otro y así sucesiva y abusivamente.

 

Digan lo que digan, no hay punto de comparación entre el crecimiento de las ganancias de la agroexportación y el sueldo de sus trabajadores. Es como si el primero subiera por ascensor y el segundo por escalera. El siguiente cuadro lo confirma. 

El problema, entonces, no es de crecimiento del empleo, sino de calidad del mismo. Es en el salario donde las distorsiones, entre lo formal e informal, se hacen más evidentes. Y aquí es donde se ancla el reclamo de los trabajadores en la comisión multipartidaria del Congreso de la República.

 

Las negociaciones deben equilibrar las posiciones en algún punto entre 40 y 70 soles diarios. El otro punto asociado directamente al principal es la temporalidad de los contratos. Debe mejorarse en la nueva propuesta que se elabore. El empleo temporal —característico en la agricultura— no tiene por qué ser precario. El trabajo estacional debe asumir proporcionalmente los costos de gratificaciones, vacaciones y seguro médico. 

 

Sobre este punto convendría que se evalúe la necesidad de crear supervisores especializados en empresas agrícolas —una especie de Sunafil especializada en trabajo agrícola: Sunagro—, un organismo técnico que entienda las características especiales que tiene la empresa agroexportadora formal, que tiene, además, el know-how de ser supervisada por empresas multinacionales con estándares mucho más exigentes para acceder al mercado externo.

 

Trabajo decente es no solo un concepto. Si en verdad aspiramos a ingresar al exclusivo club de los países de la OCDE, debemos empezar por mejorar las condiciones laborales de los trabajadores, aumentar sus jornales, es decir, embridar sus derechos a los beneficios del boom agroexportador. 

 

 

05 diciembre, 2020

Entre espontáneos y representativos



¿Qué tienen en común la marcha de los jóvenes y de los trabajadores agrícolas que lograron cambios dramáticos en las últimas semanas: la primera un nuevo gobierno y la segunda la derogatoria de la Ley de Promoción Agraria vigente hasta el 2031?

 

Que ambas manifestaciones carecieron de representantes, dirigentes o líderes identificables.

 

Es un fenómeno global, la explosión de las masas carentes de liderazgos claros. A tal punto que si el gobierno hubiera querido seriamente iniciar una mesa de conversaciones no habría podido señalar a quiénes sentaba enfrente.

 

Ni los propios levantados hubieran podido hacerlo.

 

Es una realidad que merece ser analizada. Ni lo jóvenes que salieron a protestar ni los agricultores que bloquearon las carreteras tuvieron dirigentes con quienes se pudiera dialogar. 

 

Ha sido la masa, una turba organizada, con dirección, pero carentes de representantes, la que ha logrado dos de los más importantes cambios políticos en los últimos años.

 

En el primer caso, el mecanismo de sucesión constitucional se puso al límite con tres presidentes sucesivos en dos semanas.

 

En el segundo, el tercer presidente en ejercicio —cuarto en el periodo 2016-2021— decidió el camino corto de la derogatoria de la norma antes que el camino largo de la negociación sin representación.

 

En el camino quedaron gobernadores, alcaldes y viceministros. Los trabajadores del campo solo aceptaban a ministros y al presidente de la república para negociar. 

 

Sin representación, la institucionalidad parecía una palabra hueca, carente de contenido.

 

¿Qué atizó las protestas? A primera vista no parece haber sido un partido político ni un grupo de interés ni algo remotamente parecido a un movimiento social.

 

En el caso de las manifestaciones de los jóvenes, esa presencia masiva multiplicada por el efecto de las nuevas tecnologías obedece a un estado de ánimo, a un hartazgo del establishment político y a un signo de que vivimos en la sociedad no solo del espectáculo, sino de la desconfianza.

 

La protesta de los agricultores sí ha sido contra las condiciones infrahumanas de empresas informales que creen que hacer productivo el campo implica el retorno del caporalismo o yanaconaje. 

 

Los agricultores carecen de dirigentes nacionales en los partidos políticos. No hay tampoco un movimiento agrarista acorde con el crecimiento de trabajadores en la agroexportación.

 

No es el caso de los jóvenes, quienes han avanzado con cuotas obligatorias en las listas en todas las elecciones nacionales y subnacionales. En su caso, hay representación, pero no liderazgo.

 

Tal vez por la ausencia de organismos de nivel como el Consejo Nacional de Juventudes (CONAJU), que de tener un asiento en el Consejo de Ministros el 2002 pasó a ser una secretaría a partir del 2006.

 

Estando tan cerca las elecciones generales se abre una oportunidad interesante para ver la capacidad de los partidos de escuchar y dar espacio a estos dos grupos sociales, además de las mujeres que tienen también una agenda sectorial propia. 

 

No vaya a ser que de tanta presencia espontánea de grupos descontentos pasemos a un espontaneísmo activo en las calles, una práctica conocida en las izquierdas radicales para ganar a río revuelto y agudizar las contradicciones al margen de partidos y organizaciones representativas.

 


29 noviembre, 2020

Azul inmenso


Recuerdo perfectamente el día en que decidí ser de Alianza Lima.

No fue la historia, ni la racha del equipo, ni las jugadas que no había visto, ni entendía mucho. Fue un impacto cromático. Una predilección por el azul. El rebote de luz que me devolvió una fotografía a color, en una vieja revista. Pantalón y medias azules con filos blancos y camiseta de rayas anchas verticales en la misma combinación. La insignia, un retazo cortado del pecho y sus tres coronas imperiales extraídas del escudo de Lima; perfecta. Tenía seis o siete años. 

 

Todos los fines de semana el interior Nº 5 de mis tíos Fernando y Asunción, donde por entonces vivía, se inundaba con las voces de Alfonso “Pocho” Rospigliosi, Mario Grau, Miguel Portanova y otros, a través de Radio Ovación, "un Perú en sintonía", que narraban y comentaban los partidos de fútbol. No teníamos televisor antes de los setenta, así que todo giraba alrededor de la desvencijada radio JVC Nivico, con pilas National o Rayo-Vac, sujetadas por fuera con una liga como si fueran sus propias vísceras.

 

Mi tío y sus amigos se reunían en la puerta de la casa a jugar cartas, mientras mi tía preparaba algunos piqueos. La JVC se colocaba en el alfeizar de la ventana desde donde todos escuchábamos las incidencias de los encuentros. A veces los jugadores mi tío y sus amigos paraban sus partidas de cartas, cuando la narración se hacía emotiva e intensa. Los más chicos revoloteábamos alrededor, o jugábamos a las bolitas teniendo siempre una línea de vista con los adultos. No era muy aficionado al fútbol, la verdad. Por entonces, ya había descubierto, en la ruma de periódicos viejos, las tiras cómicas, los pupiletras y las noticias de ovnis que me interesaban más.

 

Mi tío, como buen arequipeño, era fanático del Melgar Fútbol Club, aunque ninguno de mis primos siguió sus gustos. El mayor, José, era del Cristal; el que le seguía, Lucho, del Aurich de Trujillo, y Manuel, mi contemporáneo, creo que de la U. Yo no tenía un equipo aún, por eso, cada vez que mi tío Fernando me preguntaba, le decía: “No sé, estoy pensando, tío”. 

 

—¿Por qué eres hincha del Melgar?— le preguntaba yo, tratando de encontrar una razón. 

—Porque es de mi tierra, Arequipa— respondía. 

 

Su respuesta me llevaba al Callao. Allí nací, aunque nunca viví. Los dos equipos que por entonces estaban en la primera división eran el Sport Boys y el Deportivo Chalaco. Nada me unía a ellos. 

 

Entonces, comencé seriamente a observar los equipos y a interesarme un poco más en su historia, los resultados y los jugadores. En los partidos más interesantes, entraba a la casa de la vecina —doña Julia—, que abría su sala y nos dejaba ver los partidos y algunas seriales por 5 centavos. En los entretiempos preparaba canchita popcorn y nos regalaba la primera porción. 

 

En blanco y negro vi que la pelota podía dibujar trazos armónicos; triángulos, cuadrados, rombos, si era bien tratada por los jugadores. Pitín Zegarra, Cubillas, Sotil, Cueto, Velásquez, eran en ocasiones verdaderos artistas. Zumbaban gambetas endiabladas, tocaban e hilaban fino, hacían acrobacias y melismas que salían del poeta de la zurda, bailes, despuntes; el fútbol era por momentos un canto coral armónico y bello que llegaba al clímax con el gol. 

 

Y, cómo no, también había sufrimiento, un eterno sufrimiento, tan peruano y tan propio. 

 

Me concentré, entonces, en las vestimentas. En la vieja revista a color aparecían todos los equipos. La crema de la “U” me pareció una camiseta desteñida, sin vida, que se ensuciaba rápido. La celeste del Cristal, muy pálida en comparación con la uruguaya, y con un filo blanco que le disminuía aún más el color. La blanquiazul, en cambio, me pareció de un equilibrio perfecto. Un azul marino, inmenso, libre, cósmico, épico, que llevaba al mar y al mismo tiempo al cielo, sin fronteras. El blanco puro como el alma blanca. 

 

El azul ha sido siempre mi color favorito. Y fue cómo decidí mi equipo. Nadie me lo recomendó. No seguí a nadie. Lo descubrí. Empató con mis sentidos. Ahora lo sé. Fue el color. La armonía del color. Como diría Rubén Darío; azul, “el color del ensueño, del arte, un color homérico y oceánico”. Azul intenso. Inmenso. Azul sentimiento. Azul hoy, mañana y siempre.



22 noviembre, 2020

Jóvenes Bicentenario

 


Entre todas las fotos y carteles que ha dejado la manifestación de las últimas semanas —varias notables por su ingenio y rotundidad— hay una que me parece representativa. Más que una foto, es un fresco de época. Un instante de la marcha atrapado en una fracción de segundo.

 

En la foto, tres mujeres jóvenes sostienen un cartel hecho, literalmente, sobre la marcha. El mensaje central es un latigazo generacional: “Te metiste con la generación equivocada”. #AmoMiPerú, #FueraCongreso, #PerúDespertó.

 

Las tres jóvenes posan para el lente. 

 

Dos de ellas miran de frente al teleobjetivo, con una seguridad y templanza que también podría leerse como valentía, plenamente concientes del momento que viven y hasta desafiantes. Una lleva barbijo y protector facial; y la otra, miembro de un grupo de baile folklórico, que en los últimos años llenan los espacios públicos los fines de semana practicando, viste un traje de gala de Puno, donde hasta el tapabocas hace juego con el sombrero y la falda. Elegancia regional, descentralizada, en la lucha. La tercera mira hacia abajo, quizás como la última reminiscencia de una generación que poco a poco va perdiendo la vergüenza y el temor. 

 

Al lado otros dos jóvenes, hombre y mujer, llevan sus casacas de la selección nacional de fútbol, símbolo de la alegría y unidad, que ellos vieron —sufrieron y gozaron— regresar al mundial después de 36 años. Ambos sostienen sus vuvuzolas, ayer para alentar a la selección, hoy para reventarle los tímpanos a la sociedad que están hartos de la representación política, que se cansaron de tanta ineptitud, de tanta corrupción y de tanta prepotencia. Para recordarles que así como se organizaron para celebrar los goles de Guerrero, Farfán y Flores, con la misma fuerza y alegría son capaces de pasar en una a modo protesta.

 

Destrás de esta primera fila, una masa de jóvenes queda congelada con los brazos hacia el cielo, transformados en miras telescópicas, para sostener un teléfono celular y grabar y fotografiar el momento. Todos fotografían. Todos graban. Todos comunican. Todos comparten. Es un fenómeno de esta nueva sociedad hiperconectada. No son periodistas que informan como algunsos sostienen, son ciudadanos que comunican. Transmiten lo que ven. Replican lo que reciben. Comparten mensajes, memes, audios, fake news, videos inéditos. Todo. En muchos casos, sin discriminar sobre la autenticidad de la fuente o veracidad de sus contenidos. No tienen por qué hacerlo. No es su trabajo. Esa es la diferencia con la prensa. O debiera serlo en todo caso. 

 

Los celulares en posición vertical toman fotos, los horizontales graban. Mensajes cortos. Tiktokeros pasaron de la gracia y el vacilón a la documentación e información. En segundos los mensajes convirtieron a los conectados en una colmena humana. La noche del 12N y el 14 N no solo hubo marchas en el centro de Lima. La gente también salió en los distritos. Hubo mucha clase media caminando en familia, con mascotas, en bicicleta, en patines. No fue una marcha de la izquierda, ni de terroristas, ni de conspiraciones internacionales. Fue una protesta ciudadana, con barras bravas, grupos de K-Pop, jóvenes de PlayStation. Un acto de masas que dijeron: ¡basta! Los peruanos se manifestaron incluso fuera del país. 

 

Esta generación, en lugar de relanzar las bombas lacrimógenas, las apagó, las atrapó en una botella de agua con bicarbonato y las ahogó. La organización de este tipo de activistas, con función específica, se hizo por redes, de forma colaborativa, pidiendo que les proveyeran materiales, cascos, guantes, overoles. En menos de 48 horas obtuvieron lo que solicitaron. Otros salieron con mochilas de primeros auxilios para ayudar a los heridos. La defensa legal también se organizó por zonas, se compartieron nombres, teléfonos y correos de abogados y de estudiantes recién graduados en Derecho para ayudar a los detenidos. 

 

La masa en movimiento que salió a las calles de forma espontánea actuó mejor organizada que si la hubiera convocado algún partido político o grupo de movimientos. Pero, además, hay que decirlo, no hubo daños a la propiedad privada mayores ni ataques a los monumentos públicos. Hubo sí, ataque a la policía con bombardas y choque frontal, lo cual es condenable. 

 

Fue una reacción de ciudadanos en pos de república —como ha dicho Max Hernández—, sin organizaciones que los representen, que atravesó todas las capas sociales, pero que si habría que ponerle un rostro este sería el de una mujer joven entre 18 y 24 años, de un distrito de clase media, con estudios universitarios y, probablemente, sin trabajo formal o, peor aún, desempleada, globalizada, tecnologizada, que no cree en la política, pero que se ha dado cuenta que debe participar activamente en ella. Porque es allí donde se logran los grandes cambios. Como dicen ellos mismos, esto recién empieza. Próxima estación, abril 11, en el ánfora electoral.

14 noviembre, 2020

N12: democracia en la calle


La democracia, esencialmente, está ligada a la calle. Nace allí. Todos los movimientos sociales que generaron cambios en la sociedad empezaron en la calle. La lucha por los derechos civiles, los derechos humanos, los derechos medioambientales. Todos. La reforma universitaria de 1918, la lucha por las 8 horas, la lucha por el voto para la mujer, para los analfabetos. La lucha por recuperar la democracia. Todos. No hay la menor duda; la democracia en sus orígenes, primero que nada, es una expresión popular.

 

Existen los partidos, los foros, las organizaciones, y ahora las redes, para encausar las propuestas. Pero cuando estas germinan en medio de un proceso de desinstitucionalización, con partidos políticos que no representan a nadie o cuando hay grupos de interés económico que contaminan y pervierten los partidos, entonces las anchurosas avenidas y plazas son el espacio natural del debate y la confrontación política.

 

El caso más reciente de manifestaciones populares que logró cambios políticos acaba de ocurrir en Chile. Empezó como un reclamo de los estudiantes frente al alza de los pasajes en el subterráneo y un año después terminó con la convocatoria a una asamblea constituyente para un nuevo pacto social. Es lo que pasa cuando las tensiones sociales se acumulan en el tiempo. Los estallidos sociales se encauzan luego a formas más racionales de hacer política como una asamblea constituyente.

 

Leer la calle es fundamental no solo para los politólogos o sociólogos, sino, para los políticos. En el Perú, desde el 2000-01, con la Marcha de los Cuatro Suyos, no ha habido expresiones políticas en las calles de la magnitud que hemos visto el 12N. No solo fue una marcha en el centro de Lima. Fue multiradial, con varios focos en los distritos, provincias y fuera del país.  Y multicanal, no solo con gente en las calles, sino también cacerolazos en los barrios, y redes sociales efervescentes alborotando el ciberespacio. 

 

Es un error pensar que se trata de protestas que liberan tensiones por un largo encierro pandémico, o por frustraciones personales debido a la pérdida del empleo o del semestre académico. No. La calle está caliente porque no acepta la salida política a la crisis. Hay un desacuerdo generalizado frente a la vacancia planteada y frente al nuevo gobierno instalado en el poder.

 

Lo que estamos viendo en calles y plazas es lo más parecido a una desobediencia civil. Un acto de protesta ciudadana y juvenil -pero no solo juvenil- frente a la política de hechos consumados y  de statu quo que vivimos.  Una respuesta ante el stablishment político. Un cansancio a la forma en que se hacen las cosas. Un hartazgo frente a la manipulación y cinismo político. Un desembalse social al margen de los partidos políticos. Una vez más, estamos ante una democracia sin partidos de ciudadanos sin república, para hablar en términos Vergarianos. Una reacción de las calles, en las calles, que haría bien en escuchar y entender el parlamento y el ejecutivo. Esto no tiene visos de calmarse. Todo lo contrario.

 

El Tribunal Constitucional tiene ante sí la responsabilidad histórica de dirimir con argumentos jurídicos y constitucionales claros, precisos y justos, lo que por ahora la calle intuye y es su fortaleza en las manifestaciones: que el argumento de vacancia por incapacidad moral permanente ha sido usado de manera irregular y ha primado la fuerza de los votos antes que la racionalidad de la medida. Una decisión que ha desbordado las costuras constitucionales.

 

La democracia en la calle es una señal de libertad, pero también de que los mecanismos institucionales para procesar las diferencias están desechos. ¿Qué saldrá de todo esto? La fotografía completa la tendremos el 11 de abril del 2021, cuando se procese el resultado de las ánforas.