Politikha / Blog de Luis Alberto Chávez

31 octubre, 2008

De lobby y de lobos


El lobby es una actividad prima hermana del cubileteo. Ejecutada dentro de la ley es una práctica habitual y, en ciertos casos, hasta necesaria. Lo fue, por ejemplo, para el país en las negociaciones ante senadores y representantes de los Estados Unidos. El Perú contrató una reconocida empresa de lobby que cobró un ojo de la cara por sus servicios. No por nada Washington DC es también conocida como la capital del lobby. Y esta herramienta de gestión no sólo está regulada por ley, sino que opera con libertad y transparencia. Cada representante está obligado a señalar y mostrar públicamente los grupos de interés que representa o que quizás colaboraron con su campaña.

El lobby es, entonces, una suerte de profesión liberal acorde con el estilo del libre pensar y actuar de la sociedad norteamericana. Es en suma, un mecanismo de presión mediante cual un grupo de personas influyentes se organiza para defender sus intereses.

Pero el lobby es también un choque de fuerzas, un sistema de pesos y contrapesos, entre los poderes públicos y fácticos. Un juego entre los poderes establecidos -Ejecutivo, Legislativo, Judicial- y los poderes constituidos -los empresarios, los sindicatos, la Iglesia, los medios de comunicación-. Hay, por lo tanto, gente especializada en hacer sentir el poder que unos tienen sobre otros para conseguir determinados objetivos. Por eso, el lobby es también un arte.

Salvando la diferencia que tenemos con el sistema anglosajón, lo más parecido en nuestro caso sería el cabildeo, esa vieja práctica heredada en la que las cosas se conseguían merodeando y ganándose el favor en la cortes virreynales, primero y republicanas después. Un sistema comercial proteccionista como el implantado en La Colonia no podía rendir más frutos, sino en base a privilegios, prebendas o gollerías obtenidos mediante pequeñas o grandes corruptelas.

Mantener las normas, crearlas con nombre propio, adecuarlas o torcerlas, según convenga, implicaba la existencia de un sistema viciado en sus formas. La ley del embudo, ni más ni menos. Nació así una costra llamada mercantilismo; una vieja forma de entender y depender de los favores del Estado.

De esa misma madera podrida proviene ese líquido oleaginoso que sirve para “aceitar” al funcionario público y conseguir cosas. Ocurre en diferentes niveles y planos de la administración pública y privada: desde el somnoliento secretario que suelta el expediente por unos soles, hasta el importador que consigue la rebaja del arancel para determinado producto, pasando por el periodista mermelero que merodea por todas partes. Cual deporte nacional, se resbala ante el untuoso y mágico producto llamado coima.

Por eso, la corrupción es vista hoy en día como el principal problema de este gobierno. Es la percepción del momento, según las encuestas. Y es también una de las razones de la furia que se desata en estos días. No hay nada más irritante para el ciudadano que ver cómo se roba desde el Estado. Abajo, el pueblo no diferencia el lobby de la coima. A quienes defienden sus intereses aceitando funcionarios se les dice coimeros. Y a los hombres públicos que son descubiertos, se les llama simplemente delincuentes de cuello y corbata. Un mal de siempre, lamentablemente.

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