09 abril, 2021

Fracasamos todos

 

Para curar una herida primero hay que limpiarla, desinfectarla, cauterizarla. Y eso duele. Así que empecemos con este proceso político profiláctico de una buena vez, antes de conocer los resultados electorales del domingo. 

 

Pensamos que la democracia era superior a la dictadura. Y lo es. Más en teoría que en la práctica, porque depende mucho de quiénes la detenten, quiénes obtengan la representación, quiénes formen el gobierno.

 

Junto a buenos sistemas, necesitamos buenos hombres. La democracia es el menos malo de los sistemas políticos. Pero dependiendo de quiénes gobiernen esta puede tener los resultados desastrosos de cualquier régimen. 

 

Y una democracia fracasada es lo más parecido a un Estado fallido.

 

En ese sentido, fallamos todos. Falló el sistema que propuso crecer, pero no distribuir. Y fallaron los gobernantes que no estuvieron a la altura. 

 

¿Cómo llamar a este Perú doliente, que tiene ciudadanos del siglo XXI globalizado, y otros que a duras penas sobreviven en el siglo XVI con viviendas de piedra y techo de paja?

 

¿Qué nombre le damos a un Estado y a un sistema que fracasaron en asegurar la salud de los ciudadanos, que no les provee oxígeno ni puede vacunarlos adecuadamente?  

 

¿Cómo identificamos al país que tenía solo 100 camas UCI al desatarse la pandemia, que hoy exhibe el más alto número de muertos por mil habitantes y el más alto número de empleos perdidos?

 

Tiene razón, presidente Sagasti. Fracasó el Estado. Pero también sus administradores pasajeros.

 

Fracasamos en educación, no solo cuando comprobamos que estamos en el sótano en comprensión lectora y en matemática, sino cuando vemos a niños del Ande y de las zonas conurbanas de Lima subir a los cerros en busca de señal de internet.

 

Fracasamos en seguridad cuando vemos a diario en las noticias que en el Perú te matan por robarte un celular. 

 

Fracasamos en imaginar un mercado con igualdad de oportunidades para todos cuando lo que vemos en la práctica es a los mercantilistas de siempre. 

 

Pero, sobre todo, fracasamos en lo ético y moral cuando vemos a todos los últimos presidentes —democráticos o no— presos o acusados de corrupción. En el último quinquenio, cuatro jefes de Estado ocuparon la silla precaria y devaluada de Pizarro.

 

Y así vamos a las urnas, con esa bronca en la boca del estómago. 

 

Pero, en realidad, fracasamos todos. 

 

En medio de la pandemia más espantosa, los partidos ni siquiera han podido hacer un esfuerzo por acordar, consensuar, unirse. 

 

En lugar de eso, han actuado con el egoísmo y la tozudez de siempre, como si no hubiera pandemia, como si no faltara oxígeno, como si no vieran las banderas blancas en los cerros.

 

Fracasamos todos. Y lo volveremos a hacer. Somos reincidentes contumaces.


03 abril, 2021

El monstruo populista

El populismo es un monstruo. Ha despertado en estas elecciones, pero siempre estuvo allí. En cada elección asoma su figura de varias cabezas —algunas de izquierda, otras de derecha—, aupado en la desesperación y la ignorancia. Como nuestras peores pesadillas, es una creación propia como ajena. Es fruto de nuestros actos. De gobiernos que fracasaron. De democracias fallidas.

 

Pero no es un monstruo repulsivo. Todo lo contrario. Atrae a las masas. Les encanta. Las seduce. Más ahora en plena pandemia, con millones de puestos de trabajo perdidos, hospitales desbordados, hambre en los cerros, vacunas que no llegan y enfermos sin oxígeno que se curan con cañazo y sal. 

 

En medio de la hecatombe política, económica, social y moral que vivimos, el populismo se pasea, repta por los extramuros de la ciudad y del campo, arrastrando adeptos. Lo siguen los sin voz, sin trabajo, sin escuela, sin techo, sin comida, sin futuro, sin esperanza. Los que no tienen Estado, ni escuelas, ni salud; solo fuerza de trabajo, cada vez más endeble y vulnerable.

 

Para ellos el populismo no es absurdo ni irracional, sino una legítima opción frente a su situación de abandono. Un legítimo reclamo, podría admitirse. Si no hay atención hospitalaria, ni medicinas, ni trabajo, ni nada parecido a servicios de un Estado decente, ¿por qué no pensar en regular el precio de las medicinas, de los combustibles y aumentar el salario mínimo y entregar comida gratuita a los pobres? 

 

Para los peruanos sin educación, sin salud adecuada y en estado de sobrevivencia permanente, el populismo no es una locura. Es una medida desesperadamente lógica y racional. Es su tabla de salvación. Una boya a la cual aferrarse en medio de un mar de abandono y desolación. Cada quien vota por quien cree que lo beneficiará.

 

Sin problemas básicos resueltos de tercer mundo no esperen una votación decente de primer mundo. Nuestra democracia adolece de cimientos sociales como para pensar en construir los siguientes pisos de derechos políticos. Es por eso un sistema precario. 

 

Los derechos económicos y sociales tienen aún serios déficits en nuestro país como para aspirar a una democracia institucional. La encuesta ENAHO 2018 indica que 53% de peruanos tienen alumbrado público, energía eléctrica en casa, agua potable, teléfono, celular y conexión a internet. La otra mitad es el caldo de cultivo del populismo. 


El país es un zapallo partido en dos. Una mitad mira el mundo con sus necesidades básicas satisfechas, con un porcentaje de ella preparada para competir en el mundo global. La otra, se acuesta sin saber qué comerá el día siguiente; vive con el riesgo de quedar atrapada en los muros de la pobreza.

 

El monstruo populista crece en esa laguna negra alimentada por años donde se han desatendido las demandas ciudadanas primarias: derecho a la educación, a la salud, a la justicia. En esa sanguaza de necesidad, los cantos de sirena del populismo atraen a los que nada tienen que perder.

 

El próximo domingo iremos nuevamente a las urnas. El monstruo estará allí. ¿Qué harás con tu voto?

 

28 marzo, 2021

Fragmentados y subrepresentados

 

A dos semanas de las elecciones generales, el país luce fragmentado y subrepresentado en sus opciones político-electorales.  Ningún candidato ha captado las simpatías de la población. El que encabeza las encuestas tiene menos del 12%. En elecciones pasadas a estas alturas el primero ya bordeaba el 30%. 

 

Después de 10 elecciones presidenciales desde 1980 a la fecha, con cinco presidentes en el último quinquenio, la sensación de que la política ha fracasado en asegurar el bienestar y desarrollo es evidente. En un contexto de aumento de la corrupción en todos los niveles y con una pandemia que solo ha desnudado la incapacidad gubernamental.

 

Nadie cree en nada ni en nadie. No en vano nuestro país encabeza en América Latina el grupo de países con menos credibilidad en los partidos políticos. Entre el 80% y 90% de los peruanos no tiene interés en la política ni se identifica con partido político alguno.

 

En esas condiciones de extrema precariedad, los partidos tampoco han hecho su trabajo de  reflexión, ni confluencia, ni para conseguir la unidad. La pandemia no ha hecho más que confirmar esta percepción de una política que no sirve para entregar resultados. ¿Qué es sino un sistema de salud con 100 camas UCI al inicio de la covid-19? ¿Y qué tipo de Estado no puede siquiera asegurar un balón de oxígeno?

 

Ningún gobernante podrá enfrentar solo el desafío de devolver a la política su verdadera razón de ser. Necesitará una gran capacidad para convocar a los mejores y para concertar acuerdos. Pero, en lugar de eso, vemos solo ataques y una tremenda crisis de confianza.

 

Más que una nueva Constitución, necesitamos constituir un Estado austero, honesto y eficaz. Si solo se cumplieran estas tres características nos ahorraríamos 23 mil millones de soles, que cada año engordan los bolsillos de los funcionarios públicos.

 

El crecimiento económico en sí mismo no es el fin, sino el medio. Al crecimiento del primer plato se le debe agregar la justicia social en el segundo plato para equilibrar la balanza del Buen Gobierno. 

 

Eso requiere evitar el populismo como mecanismo de acción. El debate que queremos escuchar es ¿qué tipo de Estado queremos tener? Ni un Estado que regale todo. Ni uno que todo lo regule.

 

Es verdad que la acumulación excesiva de poder económico genera distorsiones en la sociedad; pero, para eso no necesitamos un Estado que castigue ni que persiga, sino un Estado promotor, regulador, que permita un equilibrio sano entre el capital y el trabajo.

 

No hemos compensado nuestras diferencias de oportunidades. Crecimos, pero desarrollamos poco. Y compensamos menos. ¿Qué pensará una madre de familia cuando escucha a un político y luego para alimentar a sus hijos tiene que abrir una olla común y cocinar con leña?

 

Felizmente aún somos un país donde la solidaridad se expresa en las familias, en los barrios, en el campo. Un país donde los jóvenes tienen un marcado compromiso y voluntad de servir. 7 millones de peruanos son menores de 30 años. Y casi el 10% de ellos serán nuevos votantes. 

 

Ellos están esperando un mensaje de esperanza. Un mensaje nuevo que represente la esencia de la democracia y que recupere la confianza. La crisis y la emergencia no pasarán con el nuevo gobierno. No hay panacea. Pero al menos que exista horizonte. Por eso, pensemos bien la importancia de nuestro voto este 11 de abril. 

 

21 marzo, 2021

Centrar el centro


Como ya es costumbre en el Perú, asistimos a unas elecciones nacionales impredecibles. No solo nadie se aventura a pronosticar quién ganará, sino, sobre todo, cómo gobernará. A tres semanas de acudir a las urnas vivimos, como ya es usual cada cinco años, en la incertidumbre electoral.

 

Para algunos analistas, el centro político se ha diluido mientras los extremos de derecha e izquierda han crecido. Y, sin embargo, en todas las elecciones, desde el 2001 en adelante, siempre ha ganado el centro. ¿Cambiará esta tendencia ahora?

 

Alberto Vergara, en “Ni amnésicos ni irracionales” (2021), detecta este vacío. Desde Toledo en adelante ningún candidato ganó las elecciones siendo al mismo tiempo defensor del libre mercado en lo económico y facho en lo político, por su poco apego a la ley y al estado de derecho.

 

Ese puesto reservado para el monstruo ultraliberal, mercantilista, reaccionario y religiosamente doctrinario, ha asomado por fin su cabeza en estas elecciones. Aunque es difícil que logre ganar en segunda vuelta, conservando su posición de extrema derecha, sin acercarse al centro.

 

Las condiciones extremas en lo económico, social y moral, en que nos está dejando la pandemia, ayuda al crecimiento de los extremos. El miedo incrementa la sensación de la gente, que pasa de sentirse entre desesperada y frustrada, a colérica y escéptica. 

 

Vergara sostiene que en segunda vuelta gana quien se muestra “más proclive al bloque democrático, mientras que el aspecto económico no tiene mayor importancia”. Sin embargo, como él mismo reconoce, el intervencionismo estatal en la economía ha estado presente a lo largo de todos los procesos electorales, aun cuando en las ánforas solo ganó el 2006 con García. 

 

La pregunta a tres semanas de ir a votar es: ¿el efecto pandemia habrá terminado por agotar el modelo de libre mercado o, por el contrario, lo robustecerá? ¿Pesará más la legalidad, el estado de derecho o la economía? ¿Más Estado o más mercado? 

 

Sea cual fuera el resultado en la primera vuelta, en la segunda volveremos a escoger el mal menor; es decir, de nuevo nos encontraremos en el centro. No hay forma de asegurar gobernabilidad desde posiciones extremas. 

 

Pero no se crea que el centro es solo un punto intermedio en la línea de posiciones extremas. En política, el centro se construye. Y no solo con el trabajo de los candidatos. Los electores también ayudan con su voto. 

 

Por lo tanto, es mejor desde ahora pensar en ese momento para decidir por quién votar. ¿Quién asegura un gobierno con estabilidad sin caer en posiciones extremas? ¿Quién de todos los candidatos es el más convocante o el que tiene menos resistencias partidarias para construir gobernabilidad? Solo quedan tres semanas para responder estas interrogantes y colaborar a centrar el centro. 


 

 

 



06 marzo, 2021

Vacunación, lógica y logística


En términos simples, la logística es el conjunto de medios necesarios para llevar a cabo un fin determinado de un proceso complicado. Para algunos es un arte, para otros una ciencia. Pero en realidad se trata de un aspecto central que define el éxito o el fracaso de una operación.

 

El acto de vacunar en nuestro país se ha convertido en un desafío logístico que requiere mucho de lógica. Para empezar, el proceso encierra dos tipos de problemas, uno de disposición física del producto, que no tenemos, y otro de organización y traslado de las vacunas a su público objetivo. 

 

Si fuéramos un país que se respeta, con desarrollo e investigación, con industria farmacéutica propia, con sistema primario de salud y postas médicas en cada barrio, o con capacidad de articulación latinoamericana regional que nos hubiera asegurado la compra de vacunas en volumen, no sería mayor problema atender a los 24 millones de mayores de 18 años que requieren inmunizarse contra el SARS-Cov-2. 

 

Usaríamos el padrón electoral, donde estamos agrupados por distritos y segmentados inclusive por mesas de votación, y acudiríamos a los puntos de vacunación más cercano a nuestros domicilios por edades y fechas establecidas. Un sticker en el DNI acreditaría que cumplimos con esta medida.

 

Pero, no somos ese país de fantasía.

 

Tenemos que hacer de tripas corazón y ejecutar un mecanismo propio de nuestras carencias. Las vacunas Pfizer —que ya empiezan a llegar y las tendremos a razón de 50 mil cada semana— son las más complicadas de tratar. Además del excesivo frío que requieren, vienen en cajas que no se pueden abrir y redistribuir, sino que, una vez abierta, se deben usar en su totalidad. Esto obliga a ir en busca de grupos de personas para ser más eficaces en su uso. Se atenderá así a los adultos mayores ubicados en albergues y casas de reposo. EsSalud buscará a los asegurados del PADOMI y llevará estas vacunas al domicilio. Además, se está pensando inmunizar con esta vacuna a las comunidades nativas para tener que ir a los lugares más alejados solo una vez.

 

No es fácil armar toda esta logística. Se tendrá que ser muy minucioso para manejar los padrones de asegurados de EsSalud, del Minsa, de los programas sociales: Juntos, Pensión 65, los usados en los bonos de emergencia. Sin que los beneficiarios se crucen.

 

Felizmente tenemos el dispositivo legal, aprobado en octubre del año pasado. En la primera fase se vacuna el personal de salud, administrativo, seguridad, limpieza, entre otros, que forman parte de la primera línea de atención contra la COVID-19 y que laboran en el Ministerio de Salud, EsSalud, SISOL, Sanidades de las Fuerzas Armadas y de la Policía Nacional, así como del sector privado (clínicas).

 

A ellos se suman el personal de las Fuerzas Armadas, Policía Nacional del Perú, Bomberos, Cruz Roja, serenazgo, brigadistas, estudiantes de la salud y miembros de las mesas electorales. Como no hay tantas vacunas, los miembros de las mesas electorales deberán esperar.

 

En la segunda fase, se vacunan los adultos mayores de 60 años, personas con comorbilidad, población de comunidades nativas o indígenas, personal del INPE y personas privadas de la libertad. En esta etapa el único requisito para acceder a una vacuna es la edad. Primero los mayorcitos de 85, luego los de 80 a 85, después los de 75 a 80 y así hasta llegar a los de 60 años.

 

En la tercera fase se vacunan las personas de 18 a 59 años.

 

Como ha dicho bien el presidente de la república, Francisco Sagasti, no hay disponibilidad suficiente de vacunas en el mundo. No hay producción que alcance para todos. Las negociaciones son de Estado a Estado, y los privados tendrán que esperar para entrar a operar. Mientras, el pánico se apodera en algunas partes del mundo. Italia acaba de cancelar la exportación de vacunas AstraZeneca a Australia, debido a una cláusula que permite primero asegurar el mercado europeo. 

 

Estamos ante un verdadero reto de organización, inteligencia y paciencia. Nuestro país no forma parte de los países que producen las vacunas, ni de los que disponen plenamente de ellas en el corto tiempo. Habrá que esperar. El proceso será largo. Seguramente habrá errores en el camino. Esperemos que el aprovechamiento indebido no sea uno de ellos. Solo pedimos un poquito de lógica en la logística.

 

28 febrero, 2021

Permiso para morir

 

Morir es la consecuencia natural de la vida. Desde que nacemos iniciamos un camino sin retorno hacia el destino final. 

 

Dios, en su infinita bondad, es la vida eterna. En la tierra como en el cielo. Morir con dignidad debe ser, por tanto, la consecuencia de vivir con dignidad. 

 

Pero bien sabemos que no es así. 

 

Millones de seres humanos vienen al mundo a sufrir. Viven en un mundo de carencia y necesidad. En su corta existencia, estos seres no han conocido más que hambre, guerras, enfermedad, miseria, abandono y desolación. 

 

La felicidad es, en este caso, una quimera. La dignidad una palabra vacía, sin sentido. 

 

La muerte, en esas circunstancias, el fin a su sufrimiento. Solo la fe hace posible soportar el sufrimiento y aguardar con esperanza, a veces con resignación, una vida digna en el más allá, junto a El Creador.

 

Pero ¿qué hay de los seres humanos que carecen de ese soporte espiritual, que no tienen fe en alguna creencia, que sufren y se resisten a seguir siendo esclavos del dolor y de la muerte a plazos?

 

¿Puede el hombre disponer de su muerte, como lo puede hacer de su vida? 

 

Los griegos se preguntaron esto hace miles de años. En una batalla de centauros, Quirón fue herido en la rodilla por Hércules. Su herida jamás se curó. El centauro solo sentía dolor y sufrimiento. Quirón, quien tenía el don de la inmortalidad, pidió, entonces, morir. Compadecido, Apolo, lo hizo mortal y le concedió el deseo.

 

El dolor humano tiene un límite. Más allá de él solo es posible sublimarlo en la fe. El dolor en el misterio de la religión tiene un propósito; el sufrimiento, un sentido. Cristo sufrió por todos nosotros. Y su dolor en el martirio de la crucifixión llegó a límites más allá de lo humano. Pero lo hizo por un bien mayor: la salvación de todos. 

 

Sin el componente religioso y espiritual, queda aún el aspecto ético y moral. Siendo la vida una condición objetiva, ¿puede la medicina encargada de salvar y aliviar el dolor ayudar a morir con dignidad? Esta pregunta se ha respondido en situaciones de guerras, administrando morfina a los heridos insalvables. Y se responde ahora en hospitales y clínicas, en casos extremos. 

 

En condiciones de sufrimiento y dolor extremo, cuando la ciencia y la medicina llegan a su propio límite es cuando considero que la fortaleza de la condición humana debe imponerse para pedir, demandar, exigir, como Quirón en el pasado, y como Ana Estrada hoy, permiso para morir.

24 febrero, 2021

Oxígeno para todos

 

La información oficial señala que la demanda no satisfecha de oxígeno en el Perú es de 110 toneladas métricas por día. Es una cantidad brutal. Si desplegamos esta magnitud en cilindros de 10 m3, serían 110 mil balones.

 

En otras palabras, dos estadios nacionales llenos de gente y diez mil personas más se quedan sin conseguir oxígeno todos los días en nuestro país. 

 

¿Qué ha pasado? ¿Por qué esta demanda drástica de oxígeno? ¿Acaso la cifra de contagiados no se ha reducido, como ha informado el gobierno?

 

La respuesta podría estar en la inseguridad que siente la gente en los servicios de sanidad. El miedo a dejar a su paciente en el hospital habría impulsado a muchos a proveerse por su cuenta de balones y atender a sus enfermos en sus casas. 

 

Los casos extremos llegan de todas formas al hospital, pero el primer estadio de la enfermedad se procesa en el domicilio.

 

Esta es la razón por la que vemos centenares de familias desbordando todos los puntos de venta de oxígeno medicinal recargable. 

 

Cada semana se requieren 770 mil balones de oxígeno medicinal. Las 40 toneladas que llegarán de Chile son 40 mil balones, una bocanada para la magnitud que necesitamos.

 

Cualquier esfuerzo que se realice para abastecer hospitales y clínicas no atenderá la necesidad primaria de oxígeno.

 

Para cubrir esta demanda se necesita una estrategia articulada que permita operar en varios frentes. Está muy bien comprar oxígeno como se ha hecho con Chile. Pero, necesitamos más. Por lo menos, triplicar ese volumen de compra, no semanalmente, sino todos los días.

 

Adicionalmente, se debe acordar más líneas de fabricación nacional de plantas de oxígeno de tipo PSA, como criogénicas que producen oxígeno líquido y que puede ser más fácilmente envasado en balones para atender a las familias y evitar que duerman en las calles tres días o que se tengan que trasladar a Pisco para recargar sus balones.

 

Otra medida que ayudaría a que las familias atiendan a sus enfermos en casa sería declarar la libre importación de concentradores de oxígeno mientras dure la emergencia sanitaria. Estos dispositivos mejoran la oxigenación de los pacientes, reemplazan el uso de balones y pueden servir para atender un grupo de familias con la debida supervisión médica. 

 

Actualmente, solo las empresas farmacéuticas pueden importar los concentradores de oxígeno pagando aranceles e impuestos. Liberalizarlos de estas cargas impositivas y restricciones de importación podría hacer que lleguen a más hogares. 

 

Que las empresas puedan instalar centros de oxigenación para sus trabajadores, familiares y comunidad del entorno, ayudaría también a desconcentrar la oferta de oxígeno. Nada mejor que las empresas invirtiendo en la salud del principal capital que tiene un país: el recurso humano.

 

Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), el problema de la provisión de oxígeno es tan grave que tres de cada cinco países en el mundo requerirán en poco tiempo oxígeno medicinal. Si no acometemos medidas integrales industriales, logísticas, tributarias y sociales, será difícil encontrar una salida al problema del oxígeno que por ahora nos asfixia.

 

20 febrero, 2021

La utopía de Floki

En la serie Vikingos, Floki es un guerrero danés que domina el arte de la guerra, eximio constructor de barcos, que cree fervientemente en sus dioses, pero que un día, tras asesinar a Athlestan, un mártir cristiano consejero del líder del clan, Ragnar Lothbrok, y perder primero a su única hija y luego a su esposa, decide abandonar su mundo de guerra, muerte y venganza para construir otro inspirado en “los auténticos dioses”.

 

Floki se abandona al vaivén de las olas y tras una larga odisea marina encalla en una tierra desconocida. Un lugar al que ningún hombre había llegado antes. A punto de morir con una herida pútrida en la mano, Floki se encomienda a sus dioses, pero se cura con las aguas sulfurosas de un volcán cercano. Al volver en sí entiende que los dioses le han permitido vivir con un propósito: disfrutar de las bondades de la tierra y compartir esa dicha con otros hombres. 

 

Decide entonces regresar a su pueblo, Kattegat, para atraer a un grupo de familias, convencerlas de las bondades de la nueva tierra y fundar con ellas un nuevo asentamiento vikingo, un lugar donde se destierre la violencia, la guerra, la rapiña y el deseo de venganza, y florezca en cambio el trabajo, la ayuda mutua, la justicia, la prosperidad y el culto en paz a los dioses. 

 

No es el primer utópico que fracasará en su intento. Ni el último. El sueño de Floki, la construcción de una sociedad justa y en paz se desarmará casi tan pronto como se inició. El asesinato del hijo de una familia generará el deseo de venganza de los afectados en una escalada de violencia que terminará por eliminar al fruto inocente del amor entre los hijos de ambas familias, simbólicamente, el primer hijo de la nueva tierra.

 

Si bien Platón diseñó en el mundo antiguo La República, un mundo más justo, coherente y ético, será Tomas Moro quien acuñe la palabra utopía, cuya traducción más exacta es “lugar que no existe”. Al igual que Floki, Moro también cree, a mediados del Siglo XVI, que los europeos pueden construir una civilización perfecta en una isla descubierta en aquel entonces y que los viajeros relataban con cuentos fantásticos de vida en comunidad, propiedad colectiva y tiempo libre para la paz, donde el interés de uno sería armónico con el interés del otro.

 

El mundo perfecto de Floki, como en el resto de pensadores y filósofos que han ideado lo mismo, no toma en cuenta que el componente esencial de la nueva sociedad no es la estructura jurídica o económica sobre la que se construye esa nueva sociedad; tampoco la religión, sino el hombre. Es la naturaleza humana la que, independientemente del orden social, sistema legal o principio económico que se pretenda establecer, se impone. 

 

Es el ser humano quien sin importar si tiene un Dios, varios dioses o es ateo, lleva en su alma el principio de toda civilización: la guerra y la paz, el trabajo y la rapiña, la envidia y la solidaridad, la perfidia y lo sublime, la vida y la muerte. 

 

Desesperado, desesperanzado, Floki renuncia a su proyecto de construir una sociedad ideal. Y se lanza a la nada. Otra vez. Las olas lo llevan ahora más lejos, mucho más lejos. Lo arrojan a las costas de América —como en realidad pasó alguna vez con los Vikingos, exploradores del mundo marino—, donde encuentra a otros seres humanos. Pero ya no tiene fuerzas ni deseos de conocer o intercambiar conocimiento. Se refugia en una casa que levanta en un árbol, sin contacto alguno con la nueva civilización. 

 

Los amerindios no lo atacan. Ni lo matan. Lo dejan vivir. Les causa curiosidad. Lo alimentan. Tiempo después, otros viajeros vikingos lo encuentran. Floki desciende de su casa-árbol. Los naturales lo creen loco. Sus antiguos camaradas también. Acaso por pensar un mundo mejor. Acaso por ser coherente con estos principios. Acaso porque eso es imposible.

 

 

13 febrero, 2021

Oxígeno y mercado negro

 

“El problema del oxígeno no es solo en el Perú”, ha dicho el presidente Francisco Sagasti. “Miren México, vean España”, ha complementado. Cuando todos pensábamos que la demanda se había duplicado, el presidente nos ha dicho que en realidad se ha triplicado.

 

La segunda ola ha disparado el contagio y este la demanda de oxígeno. La Organización Mundial de la Salud (OMS) prevé que tres de cada cinco países en el mundo requieren oxígeno medicinal.

 

Ahora bien, México y Perú se parecen y difieren en muchas cosas. 

 

Aquí la gente se amanece dos o tres días en la puerta de un expendedor o distribuidor para llenar un tanque de 10m3. Se desespera, pero aguarda una ayuda. En México, la Guardia Nacional ha salido a resguardar los camiones repartidores de bandas armadas que asaltan el oxígeno en el camino para venderlo en el mercado negro. 

 

Aquí, por ahora, seguimos desplegando campañas para ayudar a aumentar la producción de oxígeno. La empresa privada realiza denodados esfuerzos para este fin. En México, el gobierno ha dispuesto surtidores gratuitos en distintos puntos del D.F. para que la gente se abastezca del vital elemento. 

 

En el Perú tenemos un déficit diario de producción de oxígeno de 110 toneladas métricas, según han informado las autoridades de Salud. En México el problema no es de producción, sino de logística, no hay balones suficientes.

 

Aquí nos movemos en un mercado de escasez con rasgos iniciales de mercado negro. En México, ya tienen un mercado de la muerte a toda madre. Allá los pocos balones de oxígeno que hay se venden a precios exorbitantes. La solución era importarlos de Estados Unidos, pero ahora ese país también está saturado por la enfermedad y no exporta balones. Los fabricados en China demorarán meses en llegar. 

 

Entonces, se abre el mercado de la muerte. En México los balones se alquilan por días y semanas. También se alquilan los concentradores de oxígeno —pequeños productores de oxígeno medicinal que pueden ser enchufados en casa— a un precio de 100 dólares a la semana. El negocio es lucrativo. Y si no tienes plata para este servicio, te mueres.

 

Aquí, en Perú, se conoce de alquiler de balones, pero no concentradores de oxígeno que pueden costar en el mercado interno entre 1200 y 1700 dólares. No tenemos noticias de que se estén alquilando, pero no sería raro. El mercado de la muerte tarde o temprano se abre en todas partes. Una forma de evitarlo es abrir la libre importación de concentradores y dispositivos de alto flujo de oxígeno. Y desbaratar la maraña burocrática que se lleva vidas.

06 febrero, 2021

Vacunate te te te.

El Perú sigue en tiempo real la llegada de las primeras vacunas de Sinopharm. Los medios de comunicación han abierto la página de Flightradar24 y señalan el vuelo AFR 201 de Air France en su trayecto desde China hacia nuestro país. Emiten informes minuto a minuto. Si no hay inconvenientes, las vacunas aterrizaran el domingo 7 de febrero en horas de la noche.

 

Son 300.000 dosis, pero la euforia que ha desatado su llegada evidencia lo mal que hemos hecho las cosas. Somos el último vecino de la cuadra en ponerse al día. 

 

Argentina, por ejemplo, el 30 de diciembre inició su plan de vacunación con la Sputnik V, que ellos mismos trajeron desde Rusia el pasado 24 de diciembre. 600.000 dosis de la vacuna rusa, a las que se agregan 22 millones de dosis de la vacuna AstraZeneca-Oxford en los primeros meses de 2021. 

 

Chile empezó a vacunar a sus ciudadanos con la vacuna Pfitzer-BioNTech el 24 de diciembre del año pasado. 10.000 dosis llegaron ese día al país, el cual ya ha desplegado su plan para vacunar a 15 de los 18 millones de habitantes del país durante el primer semestre de 2021. El gobierno también ha firmado acuerdos con Oxford/AstraZeneca y Janssen.

 

Colombia sí está algo retrasado en el proceso de vacunación, pero ya tiene cerrada la compra de vacunas para 35 millones de sus connacionales. El 20 de febrero inicia su proceso de inmunización con el personal médico y adultos mayores de 80 años.

 

Volviendo a nuestro país, una semana después del arribo del primer lote, el 14 de febrero, llegará el segundo lote de 700.000 dosis. En total, dispondremos de 1 millón de vacunas que servirán para inmunizar a 500 mil personas debido a que la vacuna de Sinopharm requiere dos dosis seguidas para ser efectiva. 

 

El plan peruano de vacunación contra el covid-19 contempla tres fases. En la primera se vacunará el personal de salud, Fuerzas Armadas, PNP, bomberos, Cruz Roja, personal de limpieza, estudiantes de salud y miembros de mesa electoral. En la segunda fase a personas adultas mayores de 60 años; y en la tercera a la población entre 18 y 59 años.

 

Hasta el año 2018 los profesionales de la salud (médicos, obstetras, tecnólogos médicos, psicólogos, odontólogos, etc.) eran alrededor de 140 mil. Si le agregamos los asistentes de la salud, pasaban los 280 mil. Súmense los miembros de las FF. AA. PNP, estudiantes de salud, entre otros, y completamos los primeros 500 mil inmunizados.

 

Si lo vemos por edades, de los 30 millones de peruanos, 1 millón 300 mil necesitarán de todas maneras su vacuna. Ellos son adultos mayores de 65 años que representan el 8,7% de la población (INEI, 2017). La población más jóven entre 15 y 64 años es el 65,7% de la población, es decir, 9 millones 815 mil ciudadanos. Este grupo tendrá que tener paciencia, entre ellos está el grupo de peruanos con co-morbilidades (hipertensión, diabetes, obesidad mórbida) que requieren vacunarse con urgencia, pero que es difícil identificar.

 

Si la información de la ministra Pilar Mazzetti se concreta, es posible avanzar este año en inmunizar por lo menos a la totalidad del primer grupo y empezar con el segundo. Ella anunció que además del millón de vacunas de Sinopharm, en marzo de este año llegarán 250.000 vacunas Pfizer y en abril otras 300.000 dosis más. En el mismo trimestre, mediante el mecanismo Covax Facility, la titular de Salud ha asegurado 117.000 dosis de Pfizer, en febrero o marzo, y 400.000 dosis de Astra-Zeneca en marzo.

 

Si sumamos, tendríamos a fines del verano medio millón de peruanos inmunizados con dos dosis de Sinopharm, otro medio millón más con una sola dosis de Pfizer y 200 mil personas más vacunados con las dos dosis de Astra-Zeneca. En total, 1 millón 200 mil peruanos vacunados. Lejos del 70% de inmediato inmunizados que necesitamos para estar seguros, pero, algo es algo.

 

¿Cómo la ves, varón? ¿Te convenciste? ¡Vacunate te te te! Pero, por mientras (y después) ¡Protégete te te te!,¡Cuídate te te te!