Politikha / Blog de Luis Alberto Chávez

28 diciembre, 2007

Un partido de ciudadanos

Cuando se escarba en el diagnóstico de la crisis de los partidos, por lo general, existe consenso. Se trata de organizaciones anquilosadas, carentes de organización democrática interna; de gran resistencia al cambio; con un control oligárquico de la conducción política; de carácter cerrado y a veces patrimonial de la dirección; que ve a los ciudadanos como meros instrumentos electorales.

Los partidos políticos surgen en Europa en la primera mitad del siglo XIX. Según Norberto Bobbio el primer embrión de representación política fueron las organizaciones de notables, barones de la tierra, cuyo foco de atención político era difundir o constituir los parlamentos. En 1832 The Reform Act de Inglaterra permitió que grupos industriales y comerciales se sumaran a la participación de la cosa pública. Fueron asociaciones locales formadas para promover candidatos al Parlamento y realizar y sufragar elecciones. No había conexión o vinculación entre estos grupos; la organización era mínima, por lo general individualizada y basada en el comité. El sufragio, era limitado.

La revolución industrial y la aparición de la clase obrera impactaron de manera importante en la estructura de los partidos. Diversos movimientos de protesta se cohesionaron hasta generar una explosión de partidos de los trabajadores en el viejo continente. Nacen los partidos socialistas: Alemania, 1875; Italia, 1892; Inglaterra, 1900; Francia, 1905. Surgen así, los partidos de aparato, organizaciones masivas, con programa político sistemático para conquistar el poder, estructura piramidal con dirección central - cuerpo de líderes profesionales del qué hacer político- y bases dirigidas y organizadas.

El partido de aparato es considerado el partido político moderno, producto de la democracia de masas. Con el tiempo fue perdiendo paulatinamente sus características originarias (participación de las bases, lucha por la transformación de la sociedad, educación moral y política de la masa) para acentuar más su vocación electoral, darle mayor importancia a la actividad parlamentaria y aumentar su influencia. En realidad, se fue adecuando a los tiempos, o como dirían los politólogos, se fue aggiornando debido a cambios estructurales en la relación ciudadano-Estado. Las reglas de convivencia social eran ahora más estables, la percepción de las diferencias de clase habían disminuido y, en conjunto, la participación política de la sociedad era mucho más amplia. Todo ello, ocurre en apenas los últimos cincuenta años del siglo XX.

La consecuencia de estos cambios en la estructura y fines de los partidos es la aparición de los denominados “partidos atrapatodo”, organizaciones que utilizan a la militancia básicamente con fines electorales, con nula o escasa educación política y moral de las bases y con una persistencia por cooptar a los “expertos” o recurrir a personas de prestigio para aumentar las posibilidades electorales.

Desde su origen, las funciones del partido político son dos fundamentalmente: 1) transmisión de la demanda política y 2) participación en el proceso de las decisiones políticas. La primera alude a la posibilidad de intermediar ciertas exigencias y necesidades de la población en la toma de decisiones; mientras que la segunda indica el objeto de ser del partido: participación en el proceso de las decisiones políticas. Así, el partido actúa como correa de transmisión de las aspiraciones de la sociedad o como ejecutor mismo de dichas políticas. Influye o ejerce. Intercede o gobierna.

Estos partidos de aparato o atrapatodo, también denominados partidos de masas, tienen -a diferencia de los entes embrionarios, los clubes de notables-, una organización compleja, una demanda política diversa; constituidos en su mayoría por adherentes y con una minoría de profesionales de la política –“el círculo interno”, lo llama Bobbio- “que toma las decisiones importantes, define la línea política y controla nombramientos, más allá del posible disenso o de los intereses reales de las bases del partido”.

Este es el germen de nuestros partidos. Partidos de aparato nacidos en Europa que han evolucionado de acuerdo al grado de desarrollo social y económico alcanzado en sus propias jurisdicciones. Estructuras verticales, impactadas por los partidos de los trabajadores. Maquinarias electorales, desarticuladas de las bases y –como ocurre en muchos de nuestros casos- de la sociedad. En este aspecto, nuestros partidos siguen comportándose como la Iglesia Católica del siglo pasado; esperando a sus fieles en los templos en lugar de convocarlos en las calles y casas como los modernos evangélicos.

Si surge un nuevo partido éste seguramente nacerá sin los lastres del pasado, sin el burocratismo de las viejas organizaciones políticas y con una vocación proactiva. Un componente importante de la evolución de los partidos es el concepto de ciudadanía. El desarrollo de los partidos está ligado al asentamiento de la democracia, de la manera en que el desarrollo de la ciudadanía está ligado a la conquista de derechos. Se debe, por ello, avanzar más allá de la efervescencia partidaria que se despierta en época de elecciones. Modernizar los partidos políticos es democratizarlos al interior, renovar sus elites, e introducir mecanismos de participación interna. Es, en suma, pasar del partido de masas y de cuadros al partido de ciudadanos.



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