18 octubre, 2020

La Ley de Hierro

 

En la primera década del siglo XX el joven sociólogo alemán Robert Michels introdujo una tesis que se mantiene: las organizaciones democráticas invariablemente engendran un grupo de poder que domina al resto. Una cúpula que divide la organización entre mandantes y mandados, representantes y representados, delegados y delegantes.

 

Este comportamiento —observó Michels— se encuentra en todo tipo de representación, por tanto, es consustancial a la democracia. 

 

Al grupo de poder dominante le llamó oligarquía, entendida más como camarilla o círculo de interés, que como clase social. 

 

Así, el problema de la democracia no estaba tanto en la ideología, la economía, la cultura de los pueblos o el poder capitalista que influye sobre los medios de comunicación, sino en una paradoja insalvable: el tipo de organización burocrática que transformaba a las organizaciones de poder en maquinarias de dominación.

 

Lo que Michels identificó, entonces, fue el dominio que al interior de una organización ejerce quienes llegan a la cúspide. Sean del color o línea que sean. 

 

Ese dominio ocurre en todo tipo de organizaciones que tienen como método de funcionamiento el sistema democrático representativo: sindicatos, iglesia, clubes o partidos políticos.

 

Cuando los representados delegan su poder en quienes los representan, estos tienden a acumular en el tiempo un poder casi absoluto en nombre de los propios representados, convirtiendo a la organización en una máquina de dominación.

 

Los partidos necesitan de dirigentes para operar. Y los dirigentes necesitan masas organizadas a quienes dirigir. Entonces, si las masas no aceitan los mecanismos de alternancia democrática en la dirección, la renovación de cuadros y la apertura a nuevos militantes, las reglas empiezan a cambiar para favorecer a la cúpula en el poder.

 

A ese comportamiento de camarilla le llamó Michels “la ley de hierro de la oligarquía”. Una forma de accionar de los grupos en el poder que buscan perpetuarse en él al acumular conocimiento e información, control sobre los mensajes y, sobre todo, pericia, maña, manejo político. 

 

Los dirigentes enquistados se vuelven duchos en el teje y maneje del partido, en el arte de armar asambleas y dirigir sus acuerdos, en manejar plenarias y en generar incentivos y desincentivos para estimular o frenar espacios de poder, endureciéndose cada vez más en los cargos de poder.

 

Estos grupos en el poder luchan contra otros grupos y todo asegura que las pugnas entre los que quieren quedarse y quienes aspiran a sucederlos se repetirá ad infinitum

 

Por más democrática que sea la organización es imposible que tarde o temprano no se forme una “camarilla oligárquica” que maneje el partido a su antojo.

 

El Perú no escapa a esta regla. El Jurado Nacional de Elecciones informó no hace mucho que más de la mitad del total de organizaciones políticas reconocidas por la ley tienen dirigentes partidarios con mandato vencido, es decir, son manejadas por pequeñas camarillas oligárquicas. 

 

Esta cooptación legítima del poder se sustenta debido a una militancia mayoritariamente pasiva y silenciosa que se inscribe en un partido político, pero que no participa mayormente de él. No hace vida partidaria. 

 

Solo hay una forma de romper la ley de hierro en los partidos: como se hace físicamente con el metal, calentándolo. Esto es, despertar a la masa silenciosa y construir un nuevo liderazgo. 

 

El tipo de liderazgo puede variar. Puede ser generacional, carismático, descentralizado, ideológico, doctrinario o programático. Pero tiene que ser nuevo. 

 

Ese nuevo liderazgo debe afirmarse en un llamado a la unidad; un llamado auténtico.

 

La unidad no es un discurso, es una acción. No es una palabra, es un propósito, una vocación, una actitud, un compromiso. Pero, sobre todo, un acto, un gesto de desprendimiento, humildad y grandeza. Y se debe trabajar plena y conscientemente en tratar de alcanzarla.

 

11 octubre, 2020

País de cumbres y abismos


País de cumbres y abismos. De contradicciones. De fuerzas endógenas y exógenas. País de hiel y miel al mismo tiempo. Dulce y cruel, como reflexiona el historiador, maestro y pensador peruano, Jorge Basadre, cuyas palabras, dichas hace ya veintiún años, mantienen su lacerante vigencia. El abismo social que veía y demandaba acabar, sigue siendo hoy una dura realidad ante nuestros ojos.

“País de choques y mezclas entre razas inconexas y polivalentes a través del tiempo largo, a veces cegado por la embriaguez de momentos alegres y confiados, aunque en más de una ocasión, resultó sumido en un agonizar cruento para tener, luego, extraordinaria aptitud para reaccionar. País de demasiadas oportunidades perdidas, de riquezas muchas veces malgastadas atolondradamente, de grandes esperanzas súbitas y de largos silencios, de obras inconclusas, de aclamaciones y dicterios, de exaltaciones desaforadas y rápidos olvidos. País dulce y cruel, de cumbres y abismos. País de Yahuarhuácac, el inca, que, según la leyenda, lloró sangre de impotencia; y de Huiracocha, el inca que se irguió sobre el desastre. 


País de aventureros sedientos de oro y de domino sobre hombres, tierras y minas y, también, país de santos y de fundadores de ciudades. País de cortesanos según los cuales no se podía hablar a los virreyes sino con el idioma del himno y el idioma del ruego. País de altivas y valerosas cartas que suscribieron Vizcardo Guzmán y Sánchez Carrión, separadas en el tiempo y unidas por la más pura inspiración democrática. País donde a lo largo del tiempo, gamonales altivos o taimados creyeron vencida a la estirpe de los defensores de los indios entre los que hubo mártires como Juan Bustamante y oradores incorruptibles como Joaquín Capelo. 


País de millones de analfabetos monolingües y con grandes figuras culturales. País de tanto desilusionado, pesimista, maldiciente en 1823 y 1824 mientras que, en esos momentos horribles, Hipólito Unanue voceaba su esperanza terca en el fervoroso periódico Nuevo Día del Perú. País donde, en la guerra de la independencia, se produjo el bochorno de la escaramuza de Macacona y, poco después, la larga luminosa de la los Húsares de Junín. País que entre 1879 y 1883 se enredó y dividió en un faccionalismo bizantino cuyos efectos letales no lograron contrarrestar, en múltiples rincones de la heredad nacional, numerosos héroes famosos o anónimos cuyos nombres debemos exhumar y que lucharon durante cinco largos años, a diferencia de lo ocurrido en la guerra entre Francia y Alemania en 1870, limitada a unos pocos meses. 


País que requiere urgentemente la superación del Estado empírico y del abismo social; pero, al mismo tiempo, necesita tener siempre presente con lucidez su delicada ubicación geopolítica en nuestra América”. 

 

(Discurso de Jorge Basadre Grohmann, agradeciendo la imposición de la Orden del Sol, en enero de 1979).






03 octubre, 2020

Perú 2021: ¡Pensá!


El gobierno del 2021 debe ser un gobierno diferente. Tiene que serlo. Para empezar, debe atender la emergencia, recuperar la confianza, reactivar la economía y ejercer la política.

 

El gobierno del bicentenario heredará una triple emergencia: sanitaria, económica y política. La conjunción de las tres genera en la gente desesperanza.

 

El país llegará con la mayor tasa de fallecidos por millón, con un PBI de menos 12 puntos porcentuales, con las reservas internacionales casi evaporadas y con millones de puestos de trabajo perdidos.

 

Si no tenemos claro que lo primero es recuperar la confianza y reactivar la economía, la pendiente hacia abajo será pronunciada. 

 

El nuevo gobierno, por tanto, debe inyectar optimismo. Ser austero. Y honesto.

 

Importarán los resultados: que recupere la inversión, que genere empleo y reduzca la desigualdad, la pobreza, la enfermedad y el hambre. En pocas palabras, que sea eficaz.

 

Para eso, más que palabras, necesitamos planes, reformas, cambios, acciones. Planteamientos, no demagogia. Programas, no experimentos.

 

Un Roosevelt después del crack de 1929. Un Kennedy del surgimiento. Un Konrad Adenahuer de la recostrucción alemana. Un Ben-Gurión de la fundación israelí. 

 

Más un equipo que lo acompañe a gobernar.

 

Que lleve adelante El Plan Bicentenario de Reconstrucción. Salud y Educación. Infraestructura productiva y social. Minería. Agro. Turismo. Innovación tecnológica.

 

Un equipo de gobierno que entienda que el bicentenario no será el año de la celebración, sino de la reconstrucción. 


Que impulse un nuevo modelo de desarrollo. Más inclusivo. Sistemas tributarios más justos. Empleos formales y decentes. Fortalecimiento de la sostenibilidad ambiental. Nuevos mecanismos de protección social.

 

Que promueva un Estado equilibrado en lo económico, lo social y lo medioambiental. 

 

Que elimine, combata o, cuando menos, ponga a raya a los dos peligros que han acechado al Estado desde su creación: el populismo y el mercantilismo. No es sano un Estado que todo lo regala, ni que solo le regale a algunos.

 

Además de todo esto, el próximo gobierno tendrá que saber dialogar. Hacer política. Lograr acuerdos. Hacer al menos esfuerzos por alcanzarlos. 

 

Gobierno y Parlamento no deben enfrentarse todo el tiempo. Es bueno que tengan puntos discordantes. Es malo que se entrampen allí y no lo superen. ¿Ven lo que pasa cuando el presidente del Consejo de Ministros y la ministra de Economía acuden al Congreso a conversar sobre una ley? Acercan posiciones. Concilian. Llegan a acuerdos. 

 

Elijamos bien. Escojamos con la cabeza, con el corazón si desean, pero no con el hígado. Hacé como Gareca: ¡pensá!



26 septiembre, 2020

Primavera electoral

 

Setiembre no solo trae los primeros rayos de sol que calientan las tardes primaverales. Es también temporada de fiebre y miel electoral. De candidatos que buscan partidos y de partidos que buscan candidatos.

 

Como las abejas buscan las flores, ambas especies se necesitan para sobrevivir. 

 

No importa aquí ni ideologías, ni doctrinas. Es tiempo de subastas y de acuerdos al mejor postor. De cálculos y reacomodos. De encuestas y de marketing. De adornar el carro para el desfile primaveral. 

 

Al analizar los tipos y estructuras de los partidos políticos, Maurice Duverger dejó en claro que su estudio se basaría en aquellas organizaciones enraizadas en la historia, con doctrinas filosóficas definidas y con vocación de permanencia en el tiempo. 

 

Fuera de su estudio, por lo tanto, quedaron lo que él llamó partidos “de tipo arcaico y prehistórico”, como los que normalmente se encuentran en países del Oriente, Oriente Medio, África, Europa central (antes de 1939) y América Latina.

 

En opinión de uno de los más grandes teóricos de los partidos políticos, estos partidos o proto-partidos eran simples “clientelas agrupadas alrededor de un personaje influyente, clanes constituidos alrededor de una familia feudal, camarillas reunidas por un jefe militar”.

 

A juzgar por lo que vemos en estos días no hemos avanzado mucho para salir de los extramuros de esa definición de partidos políticos. 

 

Nuestros criollos partidos, como las flores, hibernan todo el año y despiertan en primavera, urgidos por los ardores legales que demandan pertenecer a una estructura política inscrita en el Registro de Organizaciones Políticas para soñar con ceñirse el fajín presidencial. 

 

Esta y no otra es la razón por la que veremos hasta el 30 de setiembre una sucesión de conversos de último minuto inscribiéndose en un partido político, abriendo su corola de par en par.

 

Según la ley son 24 partidos los llamados a florecer hasta esa fecha. ¿Parece mucho? ¡Qué va! En nuestro caso, hay más vocación presidencial que partidos.

 

La valla electoral los devolverá a la dura realidad. 

 

Además, la próxima temporada será dentro de cinco años. Si es que nos recomponemos y aprendemos algo de lo que significó este quinquenio.

 

De lo contrario, hay tiempo suficiente para volver a tropezar con la misma piedra, y apurarse en solicitar un kit electoral para futuras campañas políticas. 

 

La primavera es una estación recurrente, cíclica y eterna. Y los políticos, como las abejas, lo saben. 

 

Porque, como dijo el poeta: “Podrán cortar todas las flores, pero no podrán detener la primavera”. Ni el sueño de postular para presidente.

 

 

 

19 septiembre, 2020

Crisis de confianza


La crisis de confianza se nota en todos lados. Se abre a nuestros pies.

En las instituciones que nos representan, en la que nos gobiernan y hasta en las relaciones interpersonales. 

¿Qué representan, sino, los audios grabados al presidente de la República por personas de su círculo más íntimo? 

¿Qué las sospechas desde el poder de una conspiración en curso? 

¿Y qué del brulote armado por el ministro de Energía y Minas ante descabelladas elucubraciones de dos colaboradores de su propio entorno?

Nadie cree en nada ni en nadie. 

¿Qué de las recetas y recomendaciones que pululan en las redes para acabar con el covid-19? ¿Ivermectina, hidroxicloroquina, anticoagulantes? 

¿Y qué de los médicos que las defienden y de supuestos estudios que demuestran su eficacia, pero que nadie ha leído ni visto?

Todos sospechan de todos. 

Creen que los medios nos lavan el cerebro, que la escuela solo sirve para reproducir el statu quo, que la religión nos vuelve borregos, que los políticos nos mienten, y que todos, absolutamente todos, roban.

Sobre los partidos y el Congreso, que nadie se asombre. Son los menos queridos y respetados en en mundo.

La confianza en los partidos (21.2) y en el Congreso (20.9) en el Perú, antes de la pandemia, ya estaba en su nivel más profundo de desconfianza ciudadana, según El Barómetro de las Américas. De ahí el apoyo que tuvo su cierre en setiembre del 2019. Y la expectativa que generó la actual representación.

En confianza interpersonal tampoco estamos bien. 

El año pasado solo el 11% de los encuestados describió a las personas de su comunidad como muy confiables. Esto no ha cambiado mucho entre el 2006 y 2019. A diferencia de Canadá donde el 85.4% piensa que sus vecinos son muy confiables.

Otra herramienta de medición, El Latinobarómetro del 2018 ya decía que somos la región más desconfiada del planeta y que por segundo año consecutivo teníamos el récord mínimo histórico de confianza interpersonal. 

Colombia, Uruguay y Guatemala, con 20% cada uno, encabezaron la tabla. En el fondo: Perú (11%) Costa Rica (10%) Venezuela (8%) y Brasil (4%).

La confianza en las instituciones representativas otorgaba al Perú el índice más bajo. 

El nivel de confianza los peruanos en su Congreso llegó a 8%, la última posición de la tabla; en Uruguay fue el 33%. 

Y si hablamos de los partidos políticos en América Latina, en promedio, alcanzaron 13%, once puntos porcentuales menos de lo que tuvieron el 2013. 

En el Perú el nivel de confianza en los partidos fue 7%.

Es una crisis generalizada de confianza lo que tenemos. Y de valores. Hay impotencia, frustración, y también algo de cinismo para dejar que las cosas sigan como están.

Al descender los niveles de confianza se erosiona el sistema democrático. Se pierde legitimidad de origen. Y se la substituye por la legitimidad de hecho. 

No hay integración social. Y cuando eso sucede, el terreno es fértil para los demagogos y aventureros. Ojalá despertemos a tiempo los peruanos.

 



 

12 septiembre, 2020

Horas oscuras


En Darkest Hour, la película que recrea la asunción al poder de Winston Churchill en los días que Hitler invadía Europa —interpretada de forma magnífica por Gary Oldman—hay una escena que recrea el absoluto aislamiento en el que muchas veces viven los políticos. Una burbuja que los encierra en su castillo de cristal y los aleja de lo que piensa y siente el real soberano: la calle.

Siguiendo el consejo del Rey —quien le recomienda escuchar al pueblo antes de tomar una decisión—, Churchill se escabulle de la cápsula oficial en la que viajaba rumbo al Parlamento para decidir si negociaba la paz con Hitler, como le recomendaban sus opositores, o si iba a la guerra.

 

El jefe de gobierno desaparece en el subterráneo, donde se encuentra con ciudadanos birtánicos de a pie, sorprendidos de ver al hombre más poderoso de Inglaterra, después del rey, viajar en servicio público. 

 

Luego de romper el hielo pidiendo fósforos para encender su puro, el viejo político pregunta a los pasajeros qué harían si las tropas invasoras cruzaran el Canal de la Mancha y se apoderaran de la isla. ¿Estarían dispuestos a que su gobierno firme un acuerdo con el enemigo o pelearían y defenderían la tierra? 

 

La respuesta de los ciudadanos, incluída una niña, es unánime: pelearían hasta entregar la vida. Rechazarían un acuerdo de paz con el enemigo.

 

Lo que sigue es una trepindante secuencia en la que Churchill hace uso de la palabra en la Cámara de los Comúnes y lleva a su país a la guerra con el voto unánime de los parlamentarios, oficialistas y opositores. 

 

“Me preguntáis: ¿cuál es nuestra política? Os lo diré: Hacer la guerra por mar, por tierra y por aire, con toda nuestra potencia y con toda la fuerza que Dios nos pueda dar; hacer la guerra contra una tiranía monstruosa, nunca superada en el oscuro y lamentable catálogo de crímenes humanos. Esta es nuestra política.

 

Me preguntáis; ¿cuál es nuestra aspiración? Puedo responder con una palabra: Victoria, victoria a toda costa, victoria a pesar de todo el terror; victoria por largo y duro que pueda ser su camino; porque, sin victoria, no hay supervivencia...”.

 

La estretategia, el verbo, la emoción y la acción; todo en un solo acto. Una pieza magnífica de histrionismo político, en sintonía con el sentir ciudadano. 


¿La moraleja? Escuchar al pueblo. Lo que tienen que hacer los gobernantes es escuchar a sus gobernados. Se sorprenderían de la lógica y racionalidad que encontrarían en la ciudadanía a los complejos problemas de Estado que deben resolver los líderes de gobierno.

 

Guardando las distancias, no estaríamos en este delicado escenario, en estas horas oscuras, hablando de golpes, conspiraciones o sediciones, si quienes lo dirigen o fiscalizan, escucharan lo que dice la gente de a pie.

 

El país se encuentra en una crisis política que reclama actuar con mesura, serenidad y responsabilidad para no agravar la crítica situación sanitaria y económica que ya vivimos debido a la pandemia.

 

La majestad de la Presidencia y del Congreso de la República es una condición que viene con el cargo, pero esta se gana día a día, con la actuación ponderada y justa de quienes lo detentan.

 

Por encima de los administradores temporales del poder están los intereses de la Nación. 

Recuperemos el equilibrio, la gobernabilidad, y la serenidad que el país reclama en estos momentos. No podemos cometer los errores históricos que sufrió el propio presidente Belaunde en su momento. Que la Historia no nos condene; sino que nos enseñe. 




06 septiembre, 2020

Voto electrónico y virus humano

 

Las organizaciones políticas deben prepararse para un nuevo escenario. Uno más entre tanto cambalache pandémico. Entre el 19 y 27 de diciembre de 2020, los militantes de todos los partidos políticos elegirán a su candidato a la Presidencia de la República a través del voto electrónico no presencial (VENP). 

 

Es una nueva modalidad de elección. Nunca antes los partidos políticos en el Perú habían elegido a sus representantes a cargos políticos a través del internet.

 

Voto electrónico en elecciones políticas hemos tenido, pero presencial, con una máquina con pantalla táctil ubicada en centros de votación y en circunscripciones precisas.

 

Voto electrónico no presencial también hemos tenido, pero en colegios profesionales, algunos con no tan buenas experiencias, como el del Colegio de Abogados. 

 

Pero ambas características: voto electrónico y no presencial, para elecciones políticas, no. Es la primera vez. 

 

No es para alarmarse. Casi no hay actividad de la vida que no pueda expresarse usando el internet. La pandemia no solo ha acelerado el uso de modalidades remotas, sino que las vuelve imprescindibles. 

 

Toda actividad que genere aglomeración de personas es desaconsejable en estos momentos. Y la actividad electoral, tanto las internas en los partidos políticos, como las generales, son actividades que generan tumultos.

 

En el caso de las elecciones de abril próximo, el Congreso ya amplió el horario de votación de 8 a 12 horas (de 7 a.m. a 7 p.m.) y, tal como señalábamos en un post anterior, la ONPE ya está estudiando nuevos escenarios abiertos de votación: estadios, parques zonales, parques y calles. 

 

Ante la nueva normalidad, nuevos procedimientos y también nuevas actitudes y comportamientos.  

 

Por el momento se desconocen los detalles de cómo será el voto electrónico no presencial que los militantes de los partidos experimentarán este fin de año. 

 

Algunas dudas que merecen ser despejadas: Hay nueve días para realizar los procesos internos. ¿Se sortearán las fechas de elección para cada una de las organizaciones políticas? ¿Qué padrón de electores se tomará en cuenta? ¿El que cierra el 30 de setiembre que permite inscripción de afiliados de última hora? ¿El que se utilizó en las últimas elecciones para congresistas? ¿Qué mecanismos de seguridad se utilizarán para evitar suplantaciones? ¿Será necesario que los militantes se inscriban primero en un padrón electrónico? ¿Habrá cabinas especiales para quienes no tengan acceso a internet, sobre todo en zonas rurales?

 

Si estas preguntas de carácter procedimental son necesarias responderlas, imagínense la infinidad de interrogantes relacionadas con el software.

 

Estamos exactamente a tres meses de que se realicen estas elecciones en las organizaciones políticas. Cada partido decidirá si la elección es “un militante, un voto” o a través de delegados. 

 

La automatización del proceso de elección en los partidos es un avance, en la medida que se trate de una modalidad segura, accesible y confiable.

 

Una razón más para que los partidos incorporen en sus estructuras una fuerte y solvente Secretaría de Tecnologías de Información y capaciten a sus personeros en habilidades informáticas.

 

La ONPE tiene 11 años de experiencia aplicando este tipo de voto en elecciones de colegios profesionales, universidades y otras instituciones de la sociedad. Se sabe que desde el 2009 atendió a 70 instituciones que lograron, en algunos casos, una participación electoral mayor al 90%.

 

Hay numerosas experiencias en Europa, Estados Unidos y Asia sobre el uso del voto electrónico no presencial. De manera que esto podría abrir las puertas para que los propios partidos políticos peruanos establezcan alianzas con sus pares de otros lugares del mundo y convoquen a expertos en el tema para que los asesoren.

 

El proceso de elección interna de los partidos políticos ameritaría también que no solo se invite a observadores de la OEA y de organizaciones sociales como Transparencia, sino a representantes de partidos políticos democráticos del mundo que tengan experiencia en verificar este tipo de elecciones.

 

Recordemos que la tecnología por sí misma no resuelve todo lo que la truhanería humana es capaz de hacer, especialmente cuando de disputar el poder se trata. Lamentablemente. 

 

Y si no, preguntémosles a los propios partidos. Más de la mitad de las organizaciones políticas en el Perú son conducidas por autoridades que tienen el mandato vencido. El Congreso aprobó una norma para cambiar esta situación y renovar las directivas. Pero los partidos se han zurrado en ella. Y aquí no hay tecnología que valga contra este virus humano poderoso y letal.

 

 

30 agosto, 2020

Elecciones y pandemia

 

Cada vez es menos inusual que se posterguen elecciones debido a la pandemia. 34 países lo hicieron a fines de marzo de este año cuando el pico de la enfermedad estaba en Europa. Elecciones generales, parlamentarias, plebiscitos; el covid-19 paró la democracia en seco.

 

Un repaso por Las Américas preparado por IDEA Internacional demuestra que el fenómeno es global. En Río Cuarto, Argentina, se postergaron las elecciones municipales previstas el 29 de marzo para realizarlas el 27 de septiembre 2020.

 

En Bolivia, las elecciones generales se reprogramaron hasta en tres oportunidades. Ahora se anuncia el 18 de octubre de 2020 como nueva fecha para elegir presidente de la República. En Mato Grosso, Brasil, se postergó una elección suplementaria para elegir a un senador; de abril de 2020 se trasladó al 15 de noviembre 2020.

 

El referéndum constitucional en Chile planteado para abril, recién se podrá realizar el 25 de octubre de este año. Las elecciones primarias en Paraguay  que iban a ser en julio se movieron para noviembre 2020; y las elecciones locales se pasaron para octubre del 2021.

 

Algo similar pasó en Uruguay. Las elecciones locales (departamentales y municipales), previstas para el 10 de mayo de 2020 han sido reprogramadas para el 27 de septiembre 2020. 

 

De ahí que sean sumamente importante las recientes declaraciones del nuevo jefe de la ONPE, Piero Corvetto Salinas, elegido por la Junta Nacional de Justicia, en  medio de un proceso con algunas sorpresas, en el sentido de que las elecciones generales en nuestro país convocadas para el 11 de abril próximo se llevarán a cabo de todas maneras.

 

En una reciente entrevista (El Comercio 28/8/2020), ante la pregunta de si cree posible una postergación de las elecciones generales, el nuevo jefe de la ONPE responde: “No, de ninguna manera. Nosotros tenemos el compromiso de hacer la primera vuelva el 11 de abril (del 2021) y el 11 de abril se hará la primera vuelta. Estamos trabajando para ello y seguiremos trabajando y lo vamos a lograr, no tenga ninguna duda. Cualquier escollo que exista lo vamos a superar”.

 

En la misma entrevista anuncia algunos cambios que podrían ser determinantes en el resultado electoral. El más importante es la incorporación del voto adelantado para militares y policías, y el voto electrónico no presencial para peruanos en el exterior. 1 millón 200 mil votos en juego más o menos.

 

Cerca de 900 mil peruanos están habilitados para votar en el exterior. Y existen casi 300 mil uniformados con derecho a elegir. De estos últimos, entre 100 mil y 115 mil policías y militares no pueden hacerlo debido a que deben cumplir ese día con brindar seguridad al proceso electoral.

 

Si tenemos en cuenta que la diferencia por la que Pedro Pablo Kuczynski derrotó a Keiko Fujimori en la segunda vuelta fue de menos de 50 mil votos, se entenderá la importancia que adquieren los cambios propuestos por Corvetto Salinas.

 

Coincidimos en que la pandemia no debe alterar el proceso de recambio constitucional de Gobierno. El Congreso ha hecho bien en extender el plazo de votación a doce horas (de 7 de la mañana a 7 de la noche); y está claro que se requerirá más presupuesto para incorporar medidas de bioseguridad para evitar que los centros de votación se conviertan en focos de contagio.

 

Está muy bien dejar que cada elector lleve su lapicero, acuda con mascarilla y alcohol y que se programe la convocatoria al centro votación, cerca del domicilio para evitar en lo posible el uso de transporte público, y programar por horas a los ciudadanos, teniendo en cuenta el último dígito del DNI o si tiene o no comorbilidades.

 

También deberá tomarse en cuenta el criterio de carga viral, que se eleva en ambientes cerrados, para pensar en ubicar mesas de sufragio en espacios abiertos: canchas deportivas, estadios, parques zonales, recreacionales, además de los colegios y universidades de siempre. En casos extremos podrían acordonarse algunas calles —como se hacía en la pre-pandemia los domingos para pasear con la familia— e instalar allí, al aire libre, mesas y cabinas de votación, debidamente protegidas por la seguridad pública.

 

Toda idea es bienvenida. Necesitamos renovar la conducción administrativa del país. Un nuevo equipo que conduzca la nave. La pandemia ya hizo demasiado daño como para prolongar la agonía y la desesperanza.

22 agosto, 2020

Preguntas a boca de urna

¿Cómo llegaremos los peruanos a las urnas el 2021 ? ¿Con qué espíritu iremos a votar? ¿Con qué ánimo encararemos el futuro? ¿En quién confiaremos? O mejor, ¿en qué creeremos?

Es crucial responder estas y otras preguntas. En términos económicos y sociales, el país llegará casi a rastras. Los cálculos más optimistas esperan una recuperación al nivel  pre-pandemia recién  el segundo semestre. Pero el rumbo del país y sus consecuencias, acaso, ya se definieron.

 

La recaudación tributaria será una primera dificultad. En unas semanas tendremos el presupuesto del próximo año. Será la primera vez en veinte años que disminuya en términos reales.

 

Con las arcas afectadas, el próximo gobierno será austero. Y los equipos que administren la cosa pública, sumamente eficientes y con una alta vocación de servicio.

 

En esas circunstancias, la corrupción deberá ser castigada de manera drástica, ejemplar, de paje a rey. Necesitamos recuperar, en este sentido, la decencia de gobernar.

 

No habrá más dinero para bonos. Y la deuda pública cuyo ratio oscilaba entre el 20 y 25% del PBI, -lo que nos enorgullecía- podría dispararse. Los organismos de crédito internacional estarán dispuestos a prestarnos dinero. El problema es cómo les pagaremos sin despellejarnos.

 

Pero si las dificultades económicas serán acuciantes, lo serán más las demandas sociales. Se requerirá estimular el empleo para todos, pero, especialmente para los jóvenes. Son las principales víctimas sociales de la pandemia. Han perdido sus precarios trabajos y muchos también sus estudios.

 

Llegaremos enfermos y con hambre. Habrá más pobres y desempleados. 


¿Qué tipo de gobierno necesitaremos entonces? ¿Qué cualidades deberá tener el gobernante que escogeremos esa tercera semana de abril del próximo año? 

 

En primer lugar, no debe ser uno solo -basta ya de caudillismos egoístas-, sino un equipo. Un conjunto de hombres y mujeres que nos diga con claridad y sencillez qué se proponen hacer desde el primer día para atender la emergencia-país.

 

Ese equipo debe tener liderazgo para ejecutar las cosas y para contagiar el estado de ánimo de la gente. 

 

Un gobierno que no confunda marketing con capacidad de gestión. 


Y que primero que nada reconozca la deuda social que tenemos como Nación y cierre las brechas abiertas que tenemos desde la fundación de la República, como bien anota James A. Robinson en una entrevista reciente. 

 

Somos una República histórica y estructuralmente desigual, decíamos en un post anterior. Suturemos, entonces, cerremos, soldemos, esas heridas.

 

¿Escogeremos con la razón o como siempre con la emoción? ¿Votaremos por la esperanza o con desolación?, son preguntas o dudas a boca de urna.

 

Necesitaremos un shock de endorfinas sociales para recuperar el alma nacional. La vacuna puede ayudar a devolver el ánimo colectivo de la gente. Ojalá para entonces esté clara su llegada al país. 

 

No necesitamos más por el momento. Visión y objetivos claros. Gente capacitada para gobernar. Decencia. Y vocación de servicio.


Recuperar la confianza es la base. El optimismo lo construimos a punche. Que las nuevas autoridades sepan qué hacer y no decepcionen ayudaría bastante.