Politikha / Blog de Luis Alberto Chávez

04 noviembre, 2006

Terrorismo y pena de muerte

El terrorismo es una expresión de guerra asimétrica que basa su poder en el factor sorpresa. Actualmente se le considera un peligro mundial, aunque su centro de acción no esté definido, ya que opera no desde un territorio o Estado, sino que cuenta con redes internacionales.

Su gran poder ofensivo no está en los medios que maneja -aunque hay quienes prevén el uso de bombas químicas-, sino en el recurso humano que emplea. Más que en las armas, su fuerza real está en la ideología y en su expresión extrema, el fanatismo.

El terrorismo es también una expresión de totalitarismo. El tercer totalitarismo que conoce el mundo tras la aparición y derrota del bolchevismo ruso y del nacional-socialismo de la Alemania nazi. Por eso se afirma que el terrorismo no es un fin, sino un medio para llegar a un objetivo.

Actualmente Estados Unidos libra una guerra abierta contra el terrorismo inspirado en ideología religiosa musulmana, y tiene tropas desplegadas en Irak y Afganistán que le está costando miles de muertos.

En el Perú quedan aún rezagos de una cruenta manifestación de terrorismo ideológico político que, según la Comisión de la Verdad, causó más de 68 mil muertos y 25 mil millones de dólares en pérdidas.

El Perú rechazó y rechaza el terrorismo. Los campesinos organizados, con el apoyo de sus Fuerzas Armadas lograron, después de años de aprendizaje, combatir el fenómeno de Sendero Luminoso y del MRTA.

El accionar conjunto de FF.AA. Policía Nacional y ciudadanía, con una demostración excepcional de inteligencia de los organismos coercitivos del Estado, logró desmembrar la expresión terrorista en nuestro país y encarcelar a sus principales dirigentes. El costo de aprendizaje fue alto, como sabemos, y no exento de errores, como toda guerra.

Por eso, muy pocos seguramente se pueden oponer a una propuesta como la lanzada por el Presidente Alan García de imponer la pena de muerte para los terroristas. El problema es si hay necesidad de una medida de ese tipo o si estamos –una vez más- ante métodos conocidos de operaciones psicológicas destinadas a ocultar problemas más agudos de la conducción del país. El Estado tiene razones que no siempre son entendidas por los ciudadanos. Y el mal uso de ellas puede hacer peligrar la seriedad de su administrador de turno: el Gobierno.

Según ha informado la ministra del Interior Pilar Mazzeti, el martes 31 de octubre ella recibió de la Embajada de los Estados Unidos la información de un probable atentado contra el Presidente de la República. A las pocas horas, el país fue informado por el propio Presidente García de la decisión de su Gobierno de implantar la pena de muerte para los terroristas. ¿Tiene relación una cosa con la otra? ¿Estamos ante un real peligro que amenaza la continuidad del Estado o del Gobierno y que merece la pena máxima para sus seguidores? ¿No estamos ante una respuesta emotiva, producto de un informe que la propia embajada norteamericana no ha querido reconocer como válido?

¿O es una táctica desinformativa bien planeada en tres actos: 1) Aviso a la embajada, 2) Alerta de la embajada al Ministerio del Interior y 3) Anuncio de pena de muerte para los terroristas? Adelantándose a suspicacias como ésta el Primer Ministro Jorge del Castillo ha dicho: “(La información) no ha salido del local de Alfonso Ugarte, ha salido de la embajada de los Estados Unidos”. ¿Qué fuente le entregó a la embajada norteamericana la información, en ausencia de su titular, James Curtis Struble, quien se encontraba de viaje en su país y regresó a Lima recién la madrugada del viernes 2 de noviembre?

Son preguntas que deben esclarecerse ante un hecho de suma gravedad como el que pretende imponer el Gobierno. Todos rechazamos el terrorismo mundial y local. Pero así mismo, nadie quiere un poder estatal que gobierne en base a psicosociales, con repercusiones graves para la vida de todos los peruanos, para no hablar de las implicancias que a nivel internacional tendría una medida de este tipo. Lo que tenemos que evitar es que se instale nuevamente el fantasma de un peligro mayor que ronda siempre en situaciones como ésta: el terrorismo de Estado.

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