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25 agosto, 2019

Conversar es ceder


No hay forma de solucionar la crisis entre el legislativo y ejecutivo sin que alguno de los dos poderes ceda posiciones. No es solo una cuestión de conversar, sino de llegar a acuerdos. 

Esta semana, las cabezas de ambos poderes volvieron a levantar sus banderas, sin punto de consenso a la vista. 

El Congreso —al menos una mayoría notoria— se resiste a adelantar elecciones. El presidente, por su parte, insiste en que no hay otra salida que el recorte del mandato presidencial y congresal.

Sobre el mecanismo de adelanto de elecciones, además, se debe agregar el ingrediente del plazo. No hay tiempo para hacerlo vía referéndum, como propuso el presidente Vizcarra. Esto obligaría a aprobar la iniciativa en dos legislaturas ordinarias sucesivas, lo que implica recortar la presente y convocar a una extraordinaria solo para ese fin.

Sin un cambio en las posturas máximas de los representantes de los poderes de Estado, difícilmente habrá acuerdo. Si conversar no siempre es pactar; en este caso, para encontrar una salida, conversar es ceder.

Vizcarra (47% de aprobación personal) llega con el respaldo mayoritario de la calle a su propuesta de adelanto de elecciones (70%). Mientras que Olaechea (15% de aprobación personal) representa al Congreso de la República en su nivel más bajo de aprobación (8%).

¿Estará dispuesto el presidente de la República a ceder en su propuesta de elecciones adelantadas? Por lo que ha declarado a medios como Hildebrandt en sus Trece (HT) y Semana Económica (SE), parece que no. 

“He escuchado a algunos congresistas decir que lo mejor para solucionar la crisis es vacar al presidente. Esa es otra alternativa, que la propongan. Otra alternativa es lo que dice la gente: cierren el Congreso. Hay que analizar todas las alternativas. Lo que nosotros decimos es que se deben hacer las cosas de manera ordenada, pensando en el Perú”, le dijo el presidente a SE.

“Después de tres años de gobierno, con un presidente que renuncia, después que se intentara su vacancia, con un gabinete que cae, con ministros censurados, con normas que se presentan y que son distorsionadas por el Congreso, el planteamiento es adelantar las elecciones”, planteó en HT. 

En otras palabras, resetear la política.

Los constitucionalistas, sin embargo, coinciden en que tal como están las cosas hoy no hay razones suficientes para legalizar —ni respaldar— ninguno de los dos extremos: cerrar el Congreso o vacar al presidente. 

Y si no existen hoy, entonces, podrían también eliminarse de la mesa de conversaciones. Ni cierre del Congreso, ni vacancia presidencial, he ahí un primer punto de partida de la cita entre el presidente de la República Martín Vizcarra y el presidente del Congreso, Pedro Olaechea. 

¿Será posible ese milagro? Después de todo, quizás no fue tan mala idea que ambos personajes se reúnan para conversar en la Iglesia San Francisco, porque una ayudita para salir de posturas irreductibles, van a necesitar. 

11 agosto, 2019

La democracia contemplativa

En su acepción filosófica la contemplación es una forma de entender la vida y de encontrar la verdad. La vida activa, dijo Aristóteles, está referida a los negocios, a la guerra y al hombre; la vida contemplativa, en cambio, se relaciona con la relflexión, la paz y los asuntos divinos. En religión, la contemplación -decía Santo Tomás- es un estado de gracia en búsqueda de la verdad y el amor a Dios. En política, en cambio, la contemplación tiene una doble acepción. En el campo teórico es necesaria para promover la reflexión, el entendimiento, el conocimiento profundo de las relaciones humanas y el poder. Pero, en el pedestre acto de gobernar, corre el riesgo de convertirse en una burbuja que obnubila al gobernante, paraliza la toma de decisiones, genera el desconcierto y no deja que se organicen ni fluyan las ideas, ni el sentido de la la ley y el orden. Desaparece hasta el respeto.

Cuando un país llega a ese nivel de actitud contemplativa en democracia, es posible entender cómo la representación teatral del fusilamiento del Presidente de la República en la Plaza de Armas de Arequipa, pasa como un acto legítimo de protesta, sin que la fiscalía actúe de oficio denunciando a los instigadores por apología a la violencia. O que un grupo de gobernadores y alcaldes logren hacer  retroceder al gobierno en su postura -correcta- de otorgar licencia de construcción a una empresa privada para promover la minería. O que hasta el momento nadie sepa qué pasará en el Congreso de la República con el proyecto presentado por el ejecutivo para recortar el mandato y adelantar las elecciones generales, sintiendo que lo más probable sea que nada ocurra y nadie se espante por ello. Es decir, que el proyecto sea rechazado sin que nadie tenga claro el derrotero político de los próximos meses y nos quedemos todos con la sensación de que en este país lo único cierto es que no hay certeza de nada.

En la democracia contemplativa predomina la inacción del gobierno a la acción eficiente del Estado; el inmovilismo legal ante la arremetida delictiva de los caóticos y violentos; el retroceso y el miedo frente a la decisión asumida; el espíritu claudicante y mediocre ante el ánimo constructivo y la energía de la autoridad. Si contemplar es reflexionar, mirar de lejos, para tener perspectiva de las cosas, en política es tomar distancia, sin alejarte de la realidad pensando que los problemas no se resuelven o se resuelven por sí solos. En filosofía y religión, la contemplación va en búsqueda de la verdad; requiere un espíritu altruista y limpio para encontrar la conexión divina. Es de puertas hacia adentro. En política hay que ser realistas, analizar bien antes de hacer y/o anunciar las cosas, tomar la decisión y empuñar firme el mando de la nave cuando la tormenta arrecia. Es una facultad humana que requiere menos estado de gracia y, ciertemente, más coraje y decisión. Es de puertas hacia afuera. Un extraño hechizo se apodera de la democracia cuando ingresa a ese sopor parecido al estado de gracia de la filosofía, de contemplarlo todo -con asombro- y no actuar nada. 


06 enero, 2019

Poder es querer


El fiscal de la Nación, Pedro Gonzalo Chávarry, ha perdido toda legitimidad para seguir encabezando el Ministerio Público. Carece de superioridad jerárquica. Manda pero no gobierna. Ni él mismo se obliga. Un día saca a los fiscales Domingo Pérez y Rafael Vela y al día siguiente los repone.

El daño que le hace a la institucionalidad del Ministerio Público, sin embargo, no se resuelve con un caballazo jurídico del Ejecutivo. Es una situación de emergencia, pero aún en estas circunstancias, se debe respetar la constitucionalidad de las normas y la autonomía de los poderes.

Montesquieau decía que los tres poderes del Estado no podían estar en una sola mano o grupo de personas porque, sino, caemos en tiranía. Tampoco podía intervenir un poder en otro, sin afectar el balance y equilibrio necesario para gobernar sin abuso. La separación de poderes es básico para el funcionamiento democrático y para asegurar el respeto a las libertades y garantías procesales del ciudadano frente al Estado.

La propuesta del Ejecutivo propone mediante una ley que los fiscales supremos adjuntos reemplacen temporalmente a la Junta de Fiscales Supremos, expectorando a estos últimos de un plumazo. Esto, en tanto se forma la nueva Junta Nacional de Justicia que reemplaza al liquidado Consejo Nacional de la Magistratura. Eso no se puede hacer. No está previsto en la Constitución.

Esa vía de solución no existe, como bien lo han explicado diversos constitucionalistas. Pero, entonces, ¿qué hacer para recuperar la conducción jerárquica en el Ministerio Público?, ¿cómo apartar al fiscal Chávarry de su función respetando los cánones institucionales?, ¿Qué hacer si no renuncia voluntariamente al MP?

La respuesta pasa nuevamente por el Espíritu de las Leyes. Poner en funcionamiento la separación de poderes. Es decir, que cada uno de los poderes, despliegue su función, realice su tarea, y asuma su responsabilidad, en esta hora complicada.

Y para ello hay dos mecanismos. Si la denuncia es por infracción a la Constitución, el Congreso resuelve de manera autónoma. Si la denuncia es por delitos de función, el Congreso actúa como sala de antejuicio y dispone la suspensión del funcionario para que este sea denunciado por el Ministerio Público y sancionado por el Poder Judicial.

El fiscal Chávarry tiene actualmente cuatro denuncias en la SubComisión de Acuscaciones Constitucionales del Congreso de la República. Esta instancia debe procesarlas de inmediato, establecer el debido proceso y la legítima defensa, dictaminarlas, votarlas y elevarlas al pleno para su debate y aprobación final. La Comisión Permanente del Congreso puede igualmente presentar una nueva acusación constitucional.

La pelota está, pues, en la cancha del Congreso.

La reciente suspensión del fiscal Chávarry de su licencia como abogado en el CAL, tiene una doble instancia procesal que deberá ser resuelta en el Tribunal de Honor del colegio para que sea efectiva; pero inicia un proceso para que cualquier persona que se considere agraviada invoque el Art. 99 de la Constitución y pueda presentar una acusación ante la Comisión Permanente del Congreso por infracción constitucional.

El camino es largo, tedioso y complicado. Pero es el mecanismo legal que debemos respetar. Optar por la vía rápida de la intervención de un poder sobre otro es abrir una puerta peligrosa y poner un pie en el terreno fangoso de la inconstitucionalidad; una frontera oscura que celebran las masas, pero que al final, resulta contraproducente porque implica la supremacía de un poder sobre otro.


Al Congreso hay que decirle con todas sus letras que, en este caso, poder es querer.


14 octubre, 2018

Temblores de octubre


Es octubre en Perú, mes de los temblores. Pero no me refiero a los acostumbrados movimientos telúricos, sino a los espasmos políticos que empiezan a inquietar la economía.

La economía es el sismógrafo que mide los terremotos políticos. No es un aparato muy sensible que registre cualquier remezón. El zamaqueo político tiene que ser muy profundo y grave para que salten las agujas.

Los primeros especímenes que suelen sentir las vibraciones que genera la turbulencia política son los inversionistas, los empresarios.

Toda regla tiene sus excepciones, por supuesto. Cuando renunció el presidente Kuczynski, por ejemplo, el sismógrafo económico casi ni se movió. Los empresarios no se inmutaron. El dólar permaneció igual.  Los agentes de finanzas, bolsa y banca, siguieron tomando su café de las cinco.

Fuera del zumbido de las redes, todo marchó con tranquilidad social, aunque con mucho ruido político. Hoy, sin embargo, la situación es algo distinta. Se habla incluso de golpes, algo que ha hecho mover el pesado sismógrafo. Los temblores de octubre reportan que hay preocupación en el sector económico a tal punto que el Banco Central de Reserva (BCR) advirtió esta semana dos preocupaciones:

1. El ruido político que hay en el país ha causado una caída en la confianza empresarial. Tanto que las expectativas sobre la economía a tres meses cayeron a su menor nivel desde marzo (El Comercio, 13/Oct/2018).

2. Existe el riesgo de que el 2019  tengamos nuevamente un fenómeno de El Niño costero. El BCR ha dcho que hay un 57% de probabilidad de que esto ocurra, pero los entendidos dicen que ha subido a 65%.

El primer fenómeno incide sobre la confianza empresarial, el segundo sobre la confianza ciudadana. Y cuando ambos coinciden en desplomarse, generan un problema para quien gobierne. La población se desespera y exige resultados a sus gobernantes. En una situación así muchos gritan y pocos escuchan.

El ruido político sumado a una eventual catástrofe climática sería terrible no solo  para el presidente Vizcarra, sino para el país. La pérdida de confianza vuelve endeble el sistema democrático. El capital social, base de la economía, se refleja en el nivel de confianza que tiene la gente entre sí y entre los agentes económicos.

Son muchas las dificultades que por estos días enfrenta la política: la anulación del indulto a Fujimori, la detención de su hija Keiko, el enfrentamiento entre el Legislativo y Ejecutivo, las contradicciones del presidente Vizcarra con la bicameralidad, la apurada ley aprobada por el fujimorismo para liberar a presos mayores de 75 años y la no acusación constitucional con el fiscal de la Nación. Si a ello agregamos el retraso de las inversiones del Ejecutivo en obras y la posible llegada de un nuevo Niño, la ecuación político-económica pinta un desastre.

Es necesario escuchar al ministro de Economía. Y sobre todo, ver actuar a los líderes empresariales. Se requiere recuperar la confianza económica y eso pasa por generar más inversión y más empleo. Sobre un sano nivel de confianza de los agentes económicos, se levantan los pilares de la democracia.

La política está empezando a sensibilizar la economía. Se sienten los primeros remezones de octubre. Tengamos cuidado con eso.



23 septiembre, 2018

Nace un caudillo


Sin partido político, habiendo llegado casi por accidente al poder, sin bancada para gobernar, el presidente Vizcarra ha logrado reposicionarse y pasar de un político endeble, acosado por la fuerza mayoritaria del Congreso, a un hombre con iniciativa política que se plantó en el terreno, marcó la cancha e impuso su juego.

En apenas tres meses el presidente Vizcarra cambió la agenda política y consolidó la  imagen más que de un político, de un caudillo; un líder con apoyo en las masas populares, antes que en las instituciones.

Para llegar a este punto, el hoy presidente —que goza de una popularidad de 52%, según JFK—, repitió una experiencia que ya había tenido cuando ejerció la representación del Colegio de Ingenieros de su pueblo natal, Moquegua.

El 2008, en medio de un conflicto entre el gobierno central y el pueblo de Moquegua, por la distribución del canon y regalías mineras, el entonces líder del Colegio de Ingenieros regional, se puso del lado de la gente. Fue la primera vez que Vizcarra tomó el micrófono ante una multitud de 15 mil personas. Apenas dos años antes había intentado ser alcalde de Moquegua, pero perdió.

A partir de un reclamo justo, en el momento indicado, frente al fracaso de la representación política, Vizcarra optó por defender la postura de la ciudadanía que reclamaba la administración independiente entre Tacna y Moquegua de los ingresos por canon y regalías.

“Debemos aprender de esta experiencia. De lo positivo y de lo negativo”, dijo en esa oportunidad. El perfil de ingeniero se transformó en el de un negociador dirigencial y de éste pasó al de un representante de los intereses de la mayoría. Dos años después del Moqueguazo fue elegido presidente regional.

Su transformación en Palacio de Gobierno ha tenido un tránsito parecido. Ante la aparición de los audios de la corrupción y la percepción —aparente o real— de que el Congreso no reaccionaba con celeridad para poner fin a esta situación, —lo que generó que la calle se caliente—, Vizcarra nuevamente optó por ponerse del lado de la gente y convocar el referéndum.

Entre el Congreso que lo bloqueaba y la gente que reclamaba acción, Vizcarra optó por la calle. Para un hombre sin partido político, es sintomático el número de movilizaciones en diversos puntos del país, organizadas la víspera de la votación de la cuestión de confianza, que salieron a corear su nombre.

Hoy, el presidente viaja por todo el país llevando un solo mensaje: lucha contra la corrupción y referéndum. El Congreso no puede ya retroceder en este tema. Hacerlo sería una burla que levantaría a la ciudadanía. En Moquegua, en los tiempos del levantamiento, y aún después, Vizcarra hizo lo mismo. Se paseaba por todos los medios con un solo mensaje: le explicaba a la gente que el problema de Moquegua era la ineficacia y la insensibilidad de las autoridades de Lima. Simple y sencillo, como ahora.

¿Es un caudillo el presidente Vizcarra? Está camino a serlo, en todo caso. Pero no se crea que es el típico caudillo latinoamericano populista, violador de los derechos humanos, cercenador de las libertad de expresión, que se apoya en las Fuerzas Armadas o en una popularidad carismática, para esquilmar la caja pública y/o desaparecer o perseguir a sus antecesores a punta de controlar la Policía, el Ministerio Público o el Poder Judicial.

No. Vizcarra no es Chávez ni Maduro. Puede ser el primer líder caudillista que en lugar de eso solo pretenda terminar el gobierno, recuperar el crecimiento, mejorar la administración, impartir justicia y, eso sí, dejar sentada las bases para un retorno más adelante. ¿Se lo permitirán? 


12 agosto, 2018

El presidente y el sol de Pucallpa


— PUESTA EN ESCENA EN TRES ACTOS 
ACTO 1.- El sol de Pucallpa.
Es la ceremonia de inauguración de la Expo Amazónica 2018. El presidente de la República Martín Vizcarra ha llegado con una comitiva de siete ministros. La maloca principal es enorme, los techos altos, pero el calor pulveriza cualquier resistencia.   
El presidente suda copiosamente. La asesora se le acerca por detrás y discretamente le alcanza una servilleta. Él lo acuna entre sus dedos. Su mirada se extravía por un momento. Un breve soponcio lo invade.  ¿Usará el papel?, ¿se secará?, ¿lo hará frente a cámaras?
El presidente mira hacia un lado y otro. El calor ahora incendia todo su cuerpo. Respira, ¿suspira? Finalmente, toma una decisión. Dobla el papelito una vez, luego otra vez, y una vez más, hasta que lo guarda en el bolsillo posterior de su pantalón.

ACTO 2.- El otro ingeniero.
Una bandera peruana flamea en lo alto del edificio en construcción, un hospital regional de nivel 3. Lo reciben los ingenieros de la obra quienes despliegan un plano. El presidente pregunta dónde estamos, cuál es el acceso principal y dónde queda el área de hospitalización. Los ingenieros señalan los puntos en el plano. El presidente alza la vista para corroborarlos en el terreno. Enseguida camina a paso firme y se dirige a la segunda planta. Cuando regresa, los obreros le piden que se tome una foto con ellos. Accede. Mientras se establecen breves lazos de confianza, se cuelan las voces:
—¡Presidente, cierre el Congreso!  
—¡Siga adelante con el referéndum!
—¡Aumente el sueldo mínimo!
El presidente sonríe. Mientras se retira, en la calle más voces se unen al coro anónimo e irreverente. Desgarbado, el presidente intenta responder a todos.
—Estamos empezando una reforma de la justicia. El referéndum es un mecanismo para darle poder al pueblo.
—Tenemos que actuar con responsabilidad.
Sube a su carro. Seguridad del Estado, con tablets y celulares en las manos, graba a todas las personas que se arremolinan en torno al presidente.

ACTO 3.- Habla al Pueblo.
No solo el ambiente está caliente. La plaza también lo está. El presidente despliega su estrategia. Habla directamente a la gente. Les dice que la reforma del sistema de justicia debe ser profunda, llegar hasta el final. Que no basta con reformar la justicia en Lima, ni siquiera a los que se escucha en los audios Ustedes creen que solo esos magistrados en Lima han obrado de manera inadecuada o delincuencial o también existen igual en todo el Perú, les pregunta. Enseguida se responde: no podemos poner un parche y pensar que la solución está en cambiar a ese juez. Tenemos que reformular todo el sistema de justicia del Perú y eso es lo que nos proponemos. No basta cambiar un corrupto, tenemos que sacar a todos. Por eso hemos pedido que el pueblo se pronuncie para cambiar la elección del Consejo Nacional de la Magistratura, porque los jueces eran elegidos por un grupo de personas que no tenía capacidad moral.
—¡Cierra el Congreso, presidente!-, se vuelve a escuchar entre el público.
El presidente ya no suda. Sus ojos tienen ahora otra expresión. Arremete entonces contra el statu quo y pregona sobre la reforma política. Explica que el referéndum va de todas maneras este año, sí o sí. Explica en términos sencillos que el referéndum es un mecanismo para escuchar al pueblo, para hacer que su decisión sea tomada en cuenta por los gobernantes. Que está convencido que es la mejor manera de avanzar en la reforma de las instituciones. Que él es un provinciano identificado con las regiones y que ahora debemos reformar la política dándole el poder al pueblo. Y les anuncia que  apenas llegue a Lima irá al Congreso a entregar los proyectos de ley donde plantea la no relección de los congresistas, el retorno al Congreso bicameral y el financiamiento de los partidos políticos.

Epílogo
El presidente está aprendiendo a menajarse a pasos agigantados. Tiene reflejos y está pendiente del manejo de las cámaras. Todavía le falta afilar su mensaje político en medios, pero tiene un entrenamiento riguroso (habla por lo menos cuatro veces en público), y eso lo ayudará. Por ahora habla mejor a la gente que a los medios.
El día que visitó Pucallpa había subido 10 puntos (empieza a cerrarle la boca al cocodrilo, como dijimos). Y, por lo que ví ese día, si mantiene esa posición estratégica de colocarse al lado del pueblo, va a seguir subiendo. En pocas semanas, le tocará el turno al Congreso. Si éste diluye las propuestas del presidente Vizcarra, las cambia o tergiversa o, peor aún, las rechaza; entonces, solo entonces, el presidente podría activar el Plan B. ¿Populista? ¿Efectista? ¿Demagogo? Política, señores. Política.